711.353 temas | 5.150.667 mensajes | seremos forros, pero somos una bocha
Viejo Kenzo dijo: 02.07.06
LA CRISIS ACTUAL DE LA MASCULINIDAD Y EL PODER. LO QUE VA DEL "MACHO" AL VARÓN.


El final del Siglo nos encuentra dialogando sobre "El poder y el ejercicio de la sexualidad". Más allá de las conclusiones, lo que podemos decir y subrayar, es el poder ejercido por el psicoanálisis, a lo largo de décadas. Es imposible hoy, elaborar conclusiones desconociendo algunos de sus postulados. Como ejemplo, veamos lo aparecido en "Noticias", el 3 de septiembre último:
"La relación psicoanalítica, entre el acto de emitir el sufragio y la cópula tradicional, se simboliza en la penetración. En el instante en que una mujer y un hombre introducen el voto deseado en la urna, están representando una escena sexual simbólica. Es la decisión entre poder o no hacerlo. Acaso cabría preguntarse: ¿El voto en blanco es la abstinencia o el no deseo? ¿Y el voto anulado es la impotencia y la frustración? El voto ganador sin duda, sería el orgasmo. Últimamente, de acuerdo a la temperatura social que marcan los sondeos, este orgasmo sería más calmante e higiénico que pasional".


En éstos tiempos post-feministas, la masculinidad no se encuentra tan solo en transición, sino que se enfrenta a una crisis sin precedentes.



No existe -hegelianamente hablando- la masculinidad. Hay, en plural, masculinidades. Muchos modos de ser hombre.

Hay, según Robert Bly, lo "profundo masculino". Son antiguas formas de hombría adulta, caracterizadas por la riqueza emocional y la intensidad espiritual.



Cuando decimos profundo, para calificar lo masculino, nos referimos a la dimensión, alcance, concentración, sustancia, energía, autenticidad, y también, a lo estimulante, lo visceral, lo instintivo, lo anímico, lo penetrante.



También en la penumbra, profundidad remite a latente, arcaico, oculto, disfrazado, enterrado, remoto, silencioso, distorsionado por una utilización fallida.



Históricamente, el varón ha cambiado en los últimos treinta o cuarenta años. En los años cincuenta o sesenta, nos referíamos más a un varón muy trabajador, responsable, disciplinado, no tenía mucho en consideración la espiritualidad femenina, aunque sí posaba sus ojos en su cuerpo.



Era, tradicionalmente muy vulnerable, agresivo y siempre se encontraba dispuesto a la relación sexual. Suponía muchas insuficiencias y defectos. Los post-sesenta, encontraron un hombre que se preguntaba que es ser hombre ....



El movimiento feminista animó a los varones a considerar a las mujeres. Muchos hombres comenzaron a valorar sus propios componentes femeninos. En los últimos años, el hombre se volvió más tierno, más amable, más considerado.


Lo que no lo ha hecho más libre. No solo agrada a su propia madre, sino también a las jóvenes con las que convive.
El llamado "hombre light", el "hombre suave", es una realidad.



Son preservadores y protectores de la vida, pero no dadores de vida. A muchos de ellos, se los ve al lado de mujeres fuertes.



Las viejas banderas del feminismo, en ese sentido, lo han logrado. Pero -es de hacer notar- que no herir, no agredir, no significa no mostrarse agresivo o con armas.



Estamos convencidos que la realidad es diversidad, siendo, por ello irreductible a fórmulas estrechas. Es necesario efectuar un enorme esfuerzo integrador de esa diversidad, en una visión omnicomprensiva.



Los dos géneros son totalmente complementarios. Esta es una premisa con la cual nos han gatillado ideológicamente los últimos años. Habría aquí, una contradicción... ¿Cómo pueden estar en competencia como individuos y, a la vez, ser complementarios como parejas? La idea central es que son diferentes en naturaleza, pero compatibles... Es evidente que el compromiso a largo plazo entre los géneros (algo deseable, sin duda) contribuye a la estabilidad social.



Quizá ahora sería mejor o más adecuado reconocer, que en ciertos aspectos, los sexos son inherentemente incompatibles. Si reconociéramos eso, podríamos tener relaciones mejores y más sanas. Ya estaríamos eliminando una represión que llevó, en el pasado, a una simulación, una pretensión de igualdad que no reportó ni reporta beneficios psicológicos a ninguno de los géneros.



Se pretende que -aún reconociendo la presencia de uniones firmes de larga data- ambos sexos retengan la individualidad y que ninguno se subordine al otro a costa de su propio desarrollo potencial.



Nadie pretende negar las obvias diferencias físicas, ni la exclusividad de la experiencia de concebir que posee la mujer. Sin embargo, se ha enfatizado en demasía que no hay diferencias psicológicas entre los sexos. Que ambos sexos tienen la misma capacidad mental y tienen los mismos sentimientos y emociones. Todas las diferencias, serían simplemente acondicionamientos parentales, educacionales y sociales. Y hay numerosos psicólogos, intentando destacar las características idiosincrásicas de los hombres, que los distinguen como machos.



Frente a ello, hay otro grupo de profesionales, opinando sobre la permanente justificativa de los hombres que intentan encubrir una falta importante: la ausencia de la posibilidad de concebir. Puede haber aquí, no hay como negarlo, un fragmento de verdad. Pero también puede haber alguna característica que -pese a todos los intentos- no se ha logrado describir.



Las racionalizaciones de los hombres para justificar su conducta, subrayan su capacidad de inventiva, reflejada en la enorme cantidad de tecnología que ha mejorado sensiblemente la supervivencia. Sin embargo, deberíamos admitir que tal capacidad de inventiva, ha causado mucho sufrimiento. Las armas de destrucción masiva, poniendo en peligro esa misma supervivencia, son un acabado ejemplo de ello. Y no nos referimos en detalle, al enorme perjuicio al medio ambiente, a la ecología, con elementos tecnológicos de primera magnitud.



Así como los hombres aspiran a metas elevadas desde todo punto de vista, han igualado el éxito con la satisfacción de cualquier apetito, sin importar las consecuencias.


EL ELOGIO DEL ANDRÓGINO


Hasta hace poco tiempo atrás, la mujer era considerada como el lado oscuro de la humanidad y a nadie se le ocurría preguntarse por el hombre. La masculinidad parecía ser algo evidente: luminosa, natural y contraria a la femineidad. Pero las cuatro últimas décadas hicieron volar en pedazos esas convicciones milenarias. Desde que las mujeres decidieron redefinirse, forzaron a los hombres a hacer otro tanto. Es evidente que XY sigue siendo la constante, pero la identidad masculina ya no es lo que era (por suerte). Enfrentarse a las convicciones más íntimas es un proceso necesariamente largo y doloroso. El antiguo hombre, ha desaparecido. Dio paso a uno nuevo, diferente, que hemos comenzado a vislumbrar. Aún no hay nada nítido y muchas veces, hay que suplir el vacío con imaginación.



Los hombres, hasta la década del sesenta, tuvieron bien claro lo que eran, a ninguno se le ocurría preguntarse por la identidad masculina.



Algunos piensan que el movimiento feminista, desestabilizó las creencias que servían de estables referencias. En realidad lo que hizo, fue mostrar "desnudo al rey". Al acabar con la distinción entre los roles y tomarse sistemáticamente todos los campos que antes estaban reservados exclusivamente a los hombres, las mujeres desmontaron lo que caracterizaba universalmente al hombre: su -pretendida- superioridad sobre la mujer.



Desde el origen del patriarcado, el hombre se definió siempre como un ser humano privilegiado, dotado de algo de más que las mujeres ignoraban. Se consideraba másmás inteligente, más valiente, más responsable, más creador o más racional. Y ese más, justificaba su relación jerárquica con las mujeres, o, al menos, con su propia mujer.



Con la desaparición progresiva de éste más, el hombre se ha visto enfrentado a un vacío de definiciones. Hay motivos entonces, para sentir angustia por todos aquellos jóvenes que navegan alertas para evitar dos escollos: no ser suficientemente machos, o serlo demasiado.



El hombre reconciliado, no es una síntesis simple del hombre macho y el hombre blando que lo precedieron. Ni hombre blando (soft male) ni hombre duro, incapaz de expresar sus sentimientos. Es más bien el gentle man, que sabe combinar solidez y sensibilidad.



Un hombre que ha encontrado a su padre y reencontrado a su madre, es decir, aquél que ha llegado a ser hombre, sin herir lo femenino-materno. El hombre reconciliado, hace referencia a la idea de dos elementos que tuvieron que separarse, e incluso oponerse, antes de reencontrarse.



El reencuentro del hombre adulto con su femineidad primera, está en el extremo opuesto del odio a sí mismo que procede por exclusión. El hombre reconciliado, no ha sido formado en el desprecio y el miedo a lo femenino que caracterizó la educación de su abuelo, y, por lo tanto, el reencuentro es menos difícil y dramático que antes.



En fin, la emergencia del hombre reconciliado, es producto de una gran revolución paterna. Esta revolución exige un cambio radical de mentalidad y una profunda transformación de las condiciones de la vida privada y profesional.



Sólo en la androginia, machos y hembras pueden llegar a ser completamente humanos.



Pero el andrógino, siempre ha tenido muy mala reputación y peor prensa. Su origen mitológico lo asocia al monstruo hermafrodita y el uso actual del concepto, suele estar ligado a esta vieja concepción.



Unos confunden androginia con afeminamiento, otros la asimilan a la masculinización y otros, finalmente, la relacionan con la ausencia de toda característica sexual.
La confusión entre lo andrógino y lo femenino, se mantiene.



Muchos creyeron que el hombre afeminado de los años setenta, anunciaba el advenimiento del andrógino.
Otros denuncian, por el contrario, la tendencia actual a una "masculinización unilateral".



Un tercer error, consiste en confundir lo andrógino con lo neutro, con lo que queda anulado el dualismo sexual. Roland Barthes hizo referencia a ese género neutro que no es ni masculino, ni femenino: es el no sexuado. No hay muchas diferencias, en esta concepción, entre el andrógino y los ángeles, o el lactante sin acceso aún a la diferenciación sexual, o con el anciano que se ha vuelto indiferente.
No se nace hombre, se llega a ser y sólo entonces, es posible recuperar al otro y aspirar a la androginia que caracteriza al hombre reconciliado y completo.



El andrógino es la culminación de un proceso. Se suele confundir la condición adulta con la edad del registro civil. A los 18 años, consideramos que un joven es hombre, apto para la ciudadanía, el matrimonio, la paternidad y la guerra.

Y sin embargo, aún está muy lejos de haber alcanzado la edad adulta. No sólo está todavía en proceso de adquirir su identidad masculina, sino que se encuentra lejos de la última etapa: la reconciliación con su femineidad, requisito indispensable para ser un verdadero andrógino.



Desde Jung se sabe de la importancia crucial que tienen las edades medias de la vida. Sólo hacia la mitad de la vida es que el hombre llega a ser plenamente adulto, algo más tardíamente que la mujer. Es una edad en que cambian las normas masculinas. Menos centrado en sí mismo, en su poder y su éxito, el hombre empieza a interesarse en los demás, a manifestar atención y ternura, en fin, a expresar lo que se conoce como cualidades femeninas. Es tal vez, la edad ideal para ser padre porque, como dice Erik Erikson, es "la edad de la generatividad".



La revolución alcanza también a los padres. El fin del patriarcado marca el inicio de una nueva forma de paternidad. El hombre reconciliado, ya no se parece en nada al padre de otros tiempos.



El patriarca encarnaba la ley, la autoridad y la distancia, pero el patriarca se caracterizaba también, y a esto se le ha dado escasa importancia, por el hecho de que los padres abandonaban a los bebés. Se daba por sentado que el pequeño era propiedad exclusiva de la madre, y por lo tanto, el inicio de la vida transcurría en la cuasi ignorancia del padre.



La desaparición del patriarcado, el avance de la cultura post-modernista y la investigación psicológica, marcan el surgimiento de una imagen de padre y de su función, totalmente diferente, sobre todo, en lo referido a la relación con los hijos.



Se sabe hoy, que los niños que han sufrido la ausencia del padre en los primeros años de la vida, tienen mayores limitaciones en los diversos aspectos de la personalidad que aquellos que perdieron a su padre a una edad más avanzada.



Sigue vigente el viejo y clásico adagio aristotélico: son los hombres los que engendran a los hombres. Pero hoy, con fundamentos radicalmente distintos a los de ayer. fuerte,



Dr. Juan Carlos Kusnetzoff
Fuente: www.e-sexologia.com

Acerca del DR CLICK AQUI



Herramientas
Iniciar Sesion

Recordarme

Top de Usuarios