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Viejo centauro dijo: 08.10.07
En donde vivo, hay unas tiendas que se dedican a vender y comprar libros usados. Vagando por una de ellas me encontré un libro muy extraño. Y lo compré de inmediato. Aquí les dejo lo que había en ese libro, haciendo hincapié en que NO son mis palabras ni mis conceptos, ni pretendo ofender las creencias de nadie.

El libro que se llama “El Evangelio según Judas Iscariote” y no es el que se ha mencionado recientemente en los medios. Se anota como autor ó compilador del libro una persona que se hace llamar solamente Raúl Rangel (mexicano) y que no cita su segundo apellido. Lo que aquí transcribo no es todo el libro, sino solo el preámbulo y el “Evangelio” mismo. La editorial se identifica como “ARKANO” en el domicilio Mier y Pesado 128, Col. Del Valle en México D.F. dice también mas abajo en la hoja de la editorial: D.R. © 1994 Selector, S.A de C.V. y este libro es una primera edición de Septiembre de 1994.
Desconozco absolutamente si este escrito es auténtico ó no, (probablemente no) me he dedicado solo a transcribir una parte de él y dejando fuera los comentarios del compilador quien hace un análisis de lo que este evangelio dice.
De nuevo, NO es el evangelio al que se le ha dado recientemente tanta publicidad y cuyo origen es mas creíble aunque ciertamente no es ningún escrito hecho por Judas Iscariote.
Este presente “evangelio” entendido como la narración de la historia de Judas Iscariote y su relación con Jesús, sí se supone que está redactado supuestamente por el verdadero Judas Iscariote y está escrito en primera persona.
Dejo el análisis de este “evangelio” al lector. De aquí en adelante son palabras del autor, no mías. Por favor nadie se ofenda, solo trascribo lo dicho por este autor.
Nota: está pasado en 3 partes



INTRODUCCIÓN

La verdad siempre estuvo allí. Sólo faltaba que tus ojos se abrieran (Proverbio árabe)

El Principio
A pesar de no ser todo partidario de las ideas de Freud, hay una en la que creo tiene toda la razón: "Infancia es destino." Por lo menos en mi caso esto es así, porque aun ahora recuerdo el día en que, caminando con mi madre por las calles del México viejo, ella me dijo: Te voy a llevar a un lugar, sólo para que lo veas. Pero si tienes miedo me lo dices, y nos salimos." Cuando uno es muy niño, toda la seguridad del universo infantil gira en torno de la presencia de la madre. Así que cuando ella me dijo que me iba a llevar a "un lugar" en el que posiblemente yo iba a tener miedo -un yo tan fresco que aún no se acostumbraba a la extrañeza de llevar un nombre propio- pero que me iba a llevar sólo para que lo viera; le dije que sí. Y me llevó a una iglesia.
Tenía aproximadamente unos seis años, pero aún puedo evocar en mi memoria la atmósfera de tenebrosidad que había en esa vieja iglesia llena de polvo, suciedad, olor a orines de gato, y toda esa lúgubre colección de imágenes religiosas, tenuemente alumbradas por la luz de las veladoras que había al pie de los altares. Pero mi mayor impresión la tuve cuando llegué ante un hombre semidesnudo, clavado en una cruz. Para mí ese hombre no era, no podía ser el "Hijo de Dios". Ni siquiera era un ser humano conocido, sino la imagen misma del desamparo y el dolor. Pero a diferencia de otras madres que hacen que sus hijos se arrodillen ante ella, la mía me permitió observar, impunemente, al Dios Desnudo, con su expresión de terrible agonía en un rostro medio oculto tras un mechón de pelo seco.
Para mí ésa tampoco podía ser la "Casa de Dios". Era más bien como un museo de los horrores, habitado por viejas vestidas de negro que se movían silenciosas como cuervos al derredor de los altares. En ese momento recordé que mi madre me había dicho: "... pero si tienes miedo me lo dices, y nos salimos", y le dije que sí, que tenía mucho miedo. Y nos salimos. Pero el niño que salió del templo ese día, no era de ninguna manera el mismo niño que minutos antes había entrado. Sin darse cuenta de ello, estoy seguro, mi madre me excluyó de un solo golpe de los principios de una religión a la que pertenece la aplastante mayoría del pueblo mexicano, haciendo de mí una especie de iconoclasta natural.
El incidente quedó ahí, medio olvidado en mi memoria entre muchos otros recuerdos de mi infancia, pero con el tiempo, desentrañar ese misterio se convirtió en una obsesión, y esa obsesión fue, entre otras cosas, la que hizo de mí un escritor.
Para mí, Jesucristo no podía ser más que ese simple y desamparado ser humano que yo había visto aquella vez clavado en la cruz. Empecé a estudiar su vida con el mismo interés con el que habría estudiado la vida de cualquier otro ser humano, vida que sin embargo esconde en alguno de sus pliegues el misterio de una religión y una cultura que se han formado en torno de ello, y que lleva ya casi dos mil años de existencia.

La interpretación oficial de los Evangelios establece que la muerte de Jesús se debió a la presencia claramente identificada de un traidor, llamado Judas Iscariote, y que el móvil de la traición fue la ambición, pero al mismo tiempo, y por razones completamente diferentes, Jesucristo hace aparecer su propia muerte como un hecho inevitable y necesario, lo cual da un carácter ambiguo y contradictorio a la traición, porque ¿cómo podía ser Judas el traidor, culpable de su muerte, si por otra parte el mismo Jesús reconocía que le era necesario morir para completar su misión?
La insólita belleza literaria de una trama en La cual el autor intelectual del crimen y la víctima coincidieran en la misma persona, haciendo del supuesto traidor el detonante visible de otra trama invisible. Desató mi imaginación. ese era el verdadero misterio a resolver. Pero no era un misterio teológico sino más bien policiaco.

El Misterioso Joven de la Manta
Observada con ojos de creyente, la trama de los Evangelios parece coherente precisamente por eso: porque está hecha para ser creída, no para ser analizada lógicamente; Pero yo, que no podía verla más que con mis propios ojos, y no con los ojos de la fe, detecté un punto, en el cual esta trama parecía abrirse dejando. ver algo más. Y ese punto era cuando: en el Evangelio de Marcos, se menciona la presencia de un misterioso joven que, envuelto solamente con una manta,. Acompañaba a Jesús de Nazaret cuándo llegaron los soldados romanos a aprehenderlo en el Monte de los Olivos. Dice así:

Y dejándolo, huyeron todos. Y un joven lo acompañaba vestido con una manta, y echan mano de él, pero él, abandonando la manta, huye desnudo. (Marcos: 14, .51.,,52).

¿Quién era ese joven? ¿Qué hacía allí acompañando al Maestro en esa hora tan aciaga? Nadie parecía saberlo. El primer; comentario que leí en torno de esto fue en el libro Plenitud, de Amado Nervo. Nervo decía que era "uno que lo amaba". Pues sí, yo estaba de acuerdo que era uno que lo amaba" ¿pero quien era ese uno? Por otro lado el mismo Juan se define en su Evangelio como "el discípulo amado", lo cual quería decir que posiblemente el Misterioso Joven de la Manta y Juan, "el discípulo amado", eran la misma persona. Pero si Juan y el Joven de la Manta eran la misma persona ¿por que no lo decía así Juan en su Evangelio? ¿Se le había olvidado?¿Tenía alguna razón para ocultarlo? Evidentemente no se trataba de un incidente cualquiera. Y por otra parte, si Marcos lo había mencionado ¿por qué no lo identificaba plenamente? La información estaba allí, alguna hipótesis podía ser establecida, pero ¿cómo probarla o refutarla'? En esos tiempos jamás imaginé que un día pudiera desentrañar semejante misterio.
Pasó el tiempo. Mis inquietudes intelectuales eran tan particulares que tuve que abandonar la posibilidad de cursar una carrera universitaria, encontrando acomodo en la publicidad en calidad de copy writer. No me fue mal. La publicidad me brindó la oportunidad de contar con un trabajo para sobrevivir, sin tener que abandonar por ello mi interés en la literatura.

Mi Encuentro con Tomás Harris
Los departamentos creativos de las agencias de publicidad son ó por lo menos lo eran en mi tiempo uno de los pocos sitios en los cuales el sistema aún permite la amistosa convivencia entre la locura individual y la colectiva, condimentado todo con bastante sentido del humor. El creativo publicitario podría ser fácilmente conceptuado como "un mal necesario": alguien que en función de su personalidad, no del todo regular, tiene algo que los demás no tienen y que se denomina "creatividad"..
Los departamentos creativos se convertían así un poco en la Legión Extranjera y otro poco en el manicomio de “Atrapados sin salida:" un lugar en el que, sin auscultar mucho su origen y pasado, eran admitidos todo tipo de "outsiders”, siempre y cuando tuvieran el talento suficiente para acuñar una frase ingeniosa con la que acompañar una campaña publicitaria. Llegaban ahí todo tipo de locos, farsantes y auténticos talentos, a compartir por un tiempo el mismo lugar, como si se "tratara de una estación espacial. En uno de esos lugares fue donde conocí a Tomás Harris.
La personalidad de Tomás merece un capítulo aparte, era pequeño, delgado, calvo, con ojos pequeños y vivarachos, y una risita burlona, que lanzaba entre dientes, haciéndolo aparecer como un anacoreta loco o un monje perverso. Era una persona muy inteligente, con mucho sentido del humor, y tenía una cultura realmente impresionante. Sabía latín, griego, italiano. francés, inglés y muchas otras cosas más. Nos hicimos amigos porque, siendo tan diferentes como éramos teníamos muchas cosas complementarias. Él tenía los conocimientos pero le faltaba mi inquietud; yo tenía la inquietud, pero me faltaban sus conocimientos; Un día, platicando sobre algunos temas de religión, en los que era especialmente docto, le pregunté quién podría haber sido, en su opinión, el Misterioso Joven de la Manta; Me contestó que Juan. Como he dicho, esta era una respuesta que yo ya había supuesto con anterioridad. Pero a diferencia mía, que no había pasado de la suposición, él parecía saberla. Y saberla con absoluta certeza;"Le pregunté cómo había adquirido tal certeza, y me contestó que él poseía un documento llamado El Evangelio de Judas Iscariote que así lo acreditaba. Naturalmente, me extrañó mucho su respuesta , ya que como todos sabemos ó por lo menos lo damos por supuesto-Judas se suicidó después de haber consumado su traición, carcomido por el remordimiento. Entonces: ¿Cómo era' posible que ahora apareciera un nuevo "evangelio", con su nombre y con otra versión de los hechos? ". Un objeto puede probar su autenticidad en el hecho mismo de existir, en tanto que un documento no. La Biblia es un documento que data de hace miles de años, pero cada quien tiene un ejemplar en su librero. Ese "evangelio" lo podía haber escrito prácticamente cualquiera, con sólo ponerle el nombre de Judas Iscariote. Pero-¿cómo probar qué tan auténtico era? Solamente conociendo su origen y examinando su coherencia interna.
Le pregunté a Tomás cómo había llegado a sus manos el mentado "evangelio", y me contó que cuando estaba estudiando la carrera de sacerdote en el Colegio Gregoriano de Roma, se volvió amigo de uno de sus maestros, el cual a su vez era muy amigo del encargado de la Biblioteca Vaticana. Cuando el maestro iba a visitar a su amigo el bibliotecario, Tomás, se le unía, metiéndose con él en la Biblioteca. Un día el bibliotecario, que lo vio por ahí curioseando entre los libros, se acercó a él y le dijo: "Si quieres leer algo realmente interesante, toma esto", y le dio precisamente El Evangelio de Judas Iscariote. Tomás empezó a leerlo, le interesó de inmediato y pidió al bibliotecario que lo dejara hacer una copia. El bibliotecario le dijo que sí, que no había problema. Tomás hizo la copla y la guardó.. Luego, cuando decidió abandonar la carrera del sacerdocio, volvió a México... y se trajo la copia. Según me dijo Tomás, el original del Evangelio estaba escrito en latín, y relataba en su principio la forma en la que había llegado ahí en plena Edad Media, en una ciudad alemana de cuyo nombre no puedo acordarme, un obispo católico decretó una quema de libros judíos. Los rabinos judíos contra-tacaron amenazando al obispo con dar a conocer el contenido de un extraño documento llamado El Evangelio de Judas Iscariote, si así lo hacía. Y para que tuviera una idea mas específica de lo que se trataba, le enviaron una copia al Papa. (Esto tal vez explique por qué el Evangelio estaba escrito en latín y no en arameo o griego, como se podría suponer}. El Papa leyó el documento, la anunciada quema de libros judíos no se hizo, pero la copia se quedó allí, en la Biblioteca Vaticana.
La historia no sólo me pareció bastante verosímil, sino que además me ayudó a comprender mejor algunas facetas de la personalidad de Tomás: su impresionante cultura, sobre todo en religión y lenguas antiguas, su aspecto de anacoreta prófugo del desierto, y su capacidad para desdoblarse en personajes que tenían mucho de sacerdotales.

No me extrañó tampoco que, siendo tan simpático e inteligente como era, se hubiera vuelto amigo de uno de sus maestros, y que este maestro, amigo a su vez del encargado de la Biblioteca Vaticana, lo hubiera llevado con él cuando lo visitaba, Pero la Biblioteca Vaticana de Roma debe ser un poco como la Biblioteca de Babel de Borges: un lugar en el que el conocimiento, acumulado durante tanto siglos en miles y miles de libros, hace de aquello un laberinto en el que el problema ya no es encontrar La Verdad, sino simplemente la salida. Entonces ¿cómo encontrar allí un documento que supuestamente debe ser supersecreto; cuya existencia quizás el mismo Tomás desconocía, sin contar con la ayuda de un buen guía? Tomás tuvo el mejor, tal vez el único que podía haberle proporcionado semejante información, en la persona del encargado de la Biblioteca Vaticana. Esto también me pareció del todo creíble. Ahora bien ¿por qué el bibliotecario le dio a leer El Evangelio?

El Evangelio de Judas Iscariote debió haber sido en otros tiempos un documento celosamente guardado. Algunos, muy contados, debieron haber sabido de su extraña existencia. Pero su trama difiere tanto de los otros Evangelios, es tan diferente de la versión "oficial" de la Pasión, que con el tiempo debió haber empezado a verse como una rareza literaria, como bella pieza de posible ficción, tan interesante como inconcebible; pero nada más, Cuando el bibliotecario le dio a Tomás el Evangelio, lo dio tal vez porque ya no, lo consideraba "real." ni verdadero. Si lo hubiera considerado así, a lo mejor no se lo da. Tomás debió haber empezado a leerlo, al principio por simple curiosidad, pero como tenía una mente inevitablemente lógica, fue tal vez cautivado no sólo por su belleza literaria, sino también por la posibilidad de que tuviera por lo, menos algo de verdad. Fue entonces cuando pidió al bibliotecario que le permitiera hacer una copia de él. El bibliotecario le dijo que sÍ; que no, había problema. ¿Quién iba a pensar, a estas alturas, que Judas Iscariote, el traidor por excelencia, pudiera, ser autor de un documento como ese. Tomas sacó una copia en latín, y la guardó. En realidad no se trata de un "evangelio" propiamente dicho, sino de un relato autobiográfico, y aun cuando su relación con Jesús de Nazaret es el tema principal, tampoco es el único. También nos habla de otro hombre, un soldado romano llamado Lucilio Vero, quien fue muy importante en su vida.
De acuerdo con la información que me proporcionó Tomas, Aelio Lucilio Vero (5 a.C.- 32 d.C.) fue un personaje real. Se trata de un jurista y general romano, autor de varias obras sobre derecho, quien murió en Palestina en condiciones "oscuras". Yo nunca he tenido oportunidad de comprobar hasta qué punto esta información es falsa o verdadera.
Tengo la impresión de que antes de haberme encontrado a mí, Tomás no le dio mucha importancia al Evangelio. Pero cuando yo le pregunté quién podía haber sido, en su opinión, el Misterioso Joven de la Manta; la necesidad de acreditar una respuesta le hizo recordar que en algún cajón de su escritorio tenía olvidada la copia del extraño documento que años atrás había sacado de la Biblioteca Vaticana. Cuando yo le pedí que lo tradujera del latín al español y me diera una copia, accedió por que además de la amistad que auténticamente me tenía, esa era la única forma de poder comentar con alguien más sus impresiones sobre tan delicado asunto.
Tardó aproximadamente un mes en hacer la traducción, y al final llegó con un montón de hojas tamaño carta, escritas en su vieja máquina, con unas anotaciones en los márgenes, algunas de las cuales lo siento mucho, nunca logré entender.
Hay quienes piensan que ese mes lo utilizó para escribir lo que en realidad es un cuento suyo, jugándome con ello una broma de la que estoy haciendo involuntarios partícipes a ustedes, mis posibles lectores. Pero hay muchas cosas que me hacen dudar de esta posibilidad.
Como anteriormente dije, la autenticidad de un determinado documento sólo puede probarlo su origen y su coherencia interna. Su origen, que considero verosímil, ya lo he dado a conocer a ustedes. Ahora pasemos a examinar someramente su coherencia interna.

La posibilidad de que Jesucristo haya sido homosexual es una hipótesis que no puede descartarse por completo. De acuerdo con lo que dicen los mismos Evangelios, Jesús, nunca tuvo relaciones sexuales con alguna mujer, sus discípulos eran todos hombres, entre ellos había uno que se designaba como el "discípulo amado", y el "discípulo amado" era el apóstol Juan.
Se dice que en esos tiempos las relaciones entre hombres eran mucho más íntimas que ahora, pero que en este caso por lo menos no implicaba la homosexualidad. Se olvida que este tipo de relaciones tiene muchos matices, y que algunos de ellos no necesariamente implican el acto sexual. La relación entre Jesús y Juan pudo haber sido una de ellas. Dentro de los mismos Evangelios hay ciertos detalles que lo hacen ver así: en la Última Cena, Juan, "el discípulo amado", estaba recostado en el pecho del Maestro; casi todos los evangelistas coinciden en afirmar que Judas entregó a Jesucristo con un beso. Y al final tenemos la presencia del Misterioso Jove de la Manta. El problema es que si esto es asÍ, ¿cuál es el sentido original del "amáos los unos a los otros", que es la base de toda la doctrina cristiana?
El apadrinamiento de una idea tan corrosiva como ésta no hubiera podido correr a cuenta de cualquier escritor, no. solamente por la enorme cantidad de conocimientos que ello implica, sino por el valor que debió tener quien primero llegara a concebirla para luego pasar a la audacia de ponerla por escrito. Tal vez Tomás tenía los conocimientos y el talento suficientes para concebir un cuento como éste, pero el valor y la audacia para volverse autor de semejante escrito, creo que no. Es más, podría afirmar que esta es una de las razones por las cuales estoy a favor de la autenticidad del Evangelio. ¿Quién mas que Judas lscariote, el, traidor, se habría atrevido a escribir un relato como éste, en primera persona del singular, y con tal conocimiento de causa?
Hay otro dato que también me parece importante señalar: si Tomás lo hubiera escrito, no se habría dedicado a hacer comentarios conmigo acerca de un cuento qué en realidad era suyo, a menos que pretendiera engañarse a sí mismo. Se habría dedicado a observar las reacciones que su lectura causaba en mí, Viéndome como el Objeto, posible de su burla. Pero no fue así. Se dedicó a hacerme algunas observaciones y estas, fueron de lo más interesante. En primer, lugar, me hizo notar que la lamentación auto condenatoria con la que se inicia el Evangelio es en realidad una interpolación; ya que no coincide con el tono del resto del escrito, que es puramente autobiográfico. Judas expresa su remordimiento ante la muerte de un ser al que amó, pero lo hace en una relación de hombre a hombre, no de hombre a Dios, como lo habría hecho cualquier escritor post cristiano. Tengo la impresión de que algún monje medieval consideró necesario adicionar esta lamentación, muy bella por cierto, porque tratándose de las confesiones del traidor más grande que registra la historia, era imposible que Judas no hubiera sentido un gran remordimiento de conciencia.
La posibilidad de que, aun estando en Betania, Jesucristo haya promovido un tumulto en el templo de Jerusalén, para luego meterse tranquilamente a la ciudad mientras los soldados romanos estaban ocupados tratando de controlarlo, me parece más lógica y creíble que la versión "oficial", que , supone que Jesús fue personalmente a expulsar a los mercaderes del templo. Esta fue otra de las observaciones que me hizo "Tomás. Nos dio mucha risa observar que el relato de Judas es tan realista, que incluso delata el poco éxito que Jesús tuvo en Nazaret al tratar de reunir aun buen número de oyentes, razón por la cual salió de ahí más bien decepcionado. Pero después de esta primera reunión en la que Tomás me entregó la copia del Evangelio traducida al español, nunca más volvió a hacerme un comentario exhaustivo de este escrito. Él me lo dio, yo me dediqué a examinarlo por mi cuenta, y luego él desapareció. Yo sé que no ha muerto, pero no me considero con el derecho de investigar su paradero.

EL EVANGELIO DE JUDAS ISCARIOTE

Primicias de la muerte soy yo. Vuelto, mi culpa me negó la ilusión del olvido y el descanso que se otorga a los hombres. Interminable conocer mi culpa es mi castigo, sin que los siglos puedan mellar la espada ni cicatrizar la herida.
Sumidero del odio, pozo de los desprecios, soy yo. Podría parangonarse conmigo aquel que torciera el curso de las estrellas, ordenado por la potencia del Señor. Yo torcí los destinos de Israel e hice la oscuridad cuando apuntaba el día anunciado por los padres. Luz que los tiempos aguardaban vigilando, apagué. Luz que Yavé enviaba hacia los altos cielos para que el ciego viera, para que el enfermo sanara y los muertos volvieran a la vida.
Vaso de iniquidad, cáliz de la ira, soy yo. Hombres pésimos que vengan a comparar mi delito con su crimen, se hallarán justificados, porque mi delito es incomparable, tal que los ojos se avergüenzan de llorarlo y la lengua de pedir su perdón, de modo que mutuamente se devoran el castigo y la culpa, y uno y otro se sirven de alimento. Si un solo hombre hubiera que me perdonase, mi crimen sería perdonado, porque nadie aventaja en misericordia al misericordioso.
Tinieblas, dolor, desolación soy yo. Mi culpa y mi castigo me empujan, cargado de mudas esperanzas de perdón, hacia el sol que pasó y se extinguió en los mares de Occidente y no será más. Quien omitió el día, sólo tendrá visión de oscuridad. Ese es mi patrimonio.
Tú que llegas a leer esto, no dudes e darme tu odio ni temas darme tu horror, porque tu odio y tu horror son ya más míos que tuyos, mi suerte, mi heredad. Poco es llevar a cuestas el peso de tu dádiva, si comparo esa carga con la del amor que nunca se ha apagado en la sangre sucesiva, en el corazón multiplicado, en la sola palabra.

Parte autobiográfica

Nací en Jerusalén, el año que precedió al de la muerte de Augusto César. (13 a.C. Augusto murió en agosto de 14 a.C. El nombre de Simón Iscariote, como padre de Judas, es reconocido por los mismos Evangelios. Pero ninguno de ellos registra cuál fue su origen. Por ejemplo, Juan dice: "se refería a Judas, el hijo de Simón Iscariote, porque éste, uno de los Doce, le había de entregar"(Juan: 6,71).
Mi madre era entonces muy joven, y desde hacía algún tiempo su madre la hacía entregarse por dinero a hombres ricos. Al parecer mi padre fue un extranjero, ya que siendo los de mi raza por lo general morenos y de pelo negro, mi pelo era rubio y mis ojos grises, muy claros.
Cuando yo tenía tres años, mi madre conoció a un hombre rico, comerciante en granos, el cual, aunque hijo de Israel, vivía y tenía su casa principal en Tiro. Ese hombre, llamado Simón, llegó a aficionarse mi madre de tal modo que la tomó por mujer, adoptándome como su hijo por dar gusto a su esposa. Sin embargo, poco tiempo después, al nacer el primer hijo de ambos cónyuges, fui motivo de disensión entre ellos, por lo que mi madre decidió enviarme con mi abuela, que Vivía en Jerusalén. Cada cierto tiempo, por medio de sus agentes, Simón, mi padre, me enviaba dinero para mi manutención y cuidado. Supe después que de ese dinero mi abuela apartaba y enterraba una parte en un rincón de su dormitorio. Algunas veces espié cuando lo estaba haciendo. Simón engendró en mi madre cuatro hijos, dos varones y dos hembras, sin contar otros que murieron en el vientre o a poco de nacer.
Cuando cumplí seis años, mi abuela me mandó a la escuela de Efraín, por sobrenombre el Ciego. En esa escuela aprendí a leer y a escribir, aprendí a llevar cuentas, aprendí la historia de todas las desventuras y tribulaciones del Pueblo de Dios, aprendí a entender El Libro, aprendí los pormenores de la Ley y los preceptos de la religión.
A los doce años de mi edad murió el Ciego, y mi madre decidió enviarme a la escuela de Jonatáh, hijo de Uriel, para aprender la traducción de La Ley, Los Profetas y los Escritos Sagrados. Pero yo, que no quería dedicar mi Vida al estudio, decidí abandonar las escuelas. Mi abuela aceptó bajo .la condición de que trabajase para ganar mi sustento y el de ella, pues me dijo que si no estudiaba, mi padre ya no me enviaría dinero para sostenerme, lo cual no era cierto, según pude descubrir más adelante.
Comencé a desempeñar pequeños trabajos que me remuneraban con cosas de comer o con monedas de cobre, todo lo cual daba a mi abuela..Un día robé, por primera vez, dos monedas de plata; una cambié por cobre, a fin de tener qué darle a mi abuela, y la otra conservé como tesoro. Tenía asegurados muchos días en los que no tenía que ir a trabajar. Salí de la ciudad por el Oriente hasta un sitio tranquilo y hermoso, donde enterré mis monedas cuidando que nadie me viese, hecho lo cual puse una piedra encima, para no perder el sitio. Luego me lavé en el torrente porque hacía calor y toda la tarde estuve allí ensoñando. Deseaba adquirir esa tierra, edificar un pequeño refugio, sembrar olivos, higueras y vides, y vivir en soledad, sin amo.
En adelante, con gran previsión, robaba cuando no había peligro ni sospecha, y así fui aumentando mi pequeño tesoro hasta que llegué a tener asegurados muchos años de descanso sin que a mi abuela le faltaran las monedas que exigía cada noche.
En ocasiones, acepté trabajar para comerciantes cuyas caravanas salían, llegando a ir tan lejos como hasta Tiro y Damasco. De ese modo vi a mi madre dos veces, aunque el dinero que me dio y lo que ganaba! con mi trabajo tenía que entregarlo casi íntegro a mi abuela, apenas llegaba de nuevo a Jerusalén.

Editado por centauro: 09.10.07 a las 00:14 Razón: Cambio de nombre

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Viejo centauro dijo: 08.10.07
Regresando una vez de Ascalón con unos hombres, hallamos en el campo a algunas segadoras. Contaba yo entonces catorce años de edad. Era hermoso, proporcionado, y nada común. Me tocó en suerte una mujer que me doblaba en días, la única que he conocido. Por vergüenza de los hombres la conocí. Tuve que beber mucho vino para vencer la repugnancia que me produjo, porque no tenía dientes y su cuerpo estaba impregnado de hedores insufribles. Al recordarla me sobrevenían disgusto y pesadumbre que sólo el tiempo ha podido atenuar.
Teniendo dieciocho años fui arrestado bajo sospecha de robo. No pudiendo probar mi inocencia fui llevado entre los soldados a Jéil Torre. Allí estaba de guarnición una cohorte solamente, porque la legión acampaba en Cesárea. En la Torre estaba también la residencia de los oficiales. Como los decuriones no podían hacerme desistir de mi inocencia, se pusieron a amenazarme, primero con la flagelación, luego con cortarme las manos. Me penetró el miedo por ser crueles los romanos, y porque sí había cometido el hecho de que se me inculpaba, aunque no estuvieran seguros. Dijeron que me salvaría sólo si aceptaba enlistarme, tras lo cual me enviarían al otro lado del imperio, que es España, donde si me distinguía por valiente durante veinte años en servicio, me darían licencia de volver a Jerusalén, honores y tierras fértiles.
Hubo tumulto fuera entonces, y a poco entró el Cuestor con algunos oficiales. Advirtiéndome, se detuvo. Me contempló durante largo rato.. Despidió luego a quienes le acompañaban y aproximándose a los soldados, inquirió sobre el asunto que distraía su Vigilancia. Informado,'los despachó y con afabilidad me pidió acompañarlo, llevándome enseguida a su residencia, que tenía seis grandes habitaciones, grandes y ricas, donde servían cuatro esclavas. Me dijo qué necesitaba alguien con quien hablar, que estuviera lejos de las intrigas del gobierno y el ejército, y que si yo consentía en vivir y conversar con él , y en hacer algunos trabajos fáciles como bruñir su coraza y peinar su casco, él me enseñaría la lengua romana y me procuraría una Vida agradable y descansada.

Ni él me mintió ni yo lo engañé respecto de la verdadera naturaleza de las condiciones que me proponía. Y si acepté fue por parecerme el mejor, el más sabio y el más veraz de los hombres, y porque le sentía solo como yo mismo. Esa noche hizo que nos prepararan un baño caliente, durante el cual comimos pan, miel e higos, y mucho vino de su país.
Su nombre era Lucilio, el era del orden senatorial, tenía treinta y cuatro años, y por ser sobrino del primer esposo, de la señora Livia, esposa de Augusto, estaba emparentado a la Casa Imperial, lo cual sólo le había servido, según dijo, para ser atacado por envidiosos y malcontentos. Me quedé con él hasta su muerte, es decir casi tres años, desempeñando con gusto los trabajos que me encomendaba y aun otros muchos que hacía por distracción.

Aelio Lucilio Vero (5 d,C.-32 d..C.), jurista y general romano autor de vario tratados de derecho que no han llegado hasta nosotros, pero que se sabe eran estimados por Ulpiano y por Triboniana. Lucilio Vera se distinguió en Siria por sus victorias y su benevolencia con los vencidos. La popularidad de que gozaba entre la tropa, así como las ideas liberales que había adquirido en Grecia, le valieron envidia y maquinaciones.. Murió en Palestina en condiciones oscuras. (Esta nota me la proporcionó Tomás Harris.)
Livia se divorció de su primer marido, Tiberio Claudio Nerón, de quien tuvo dos hijos: Tiberio, hijo adoptivo y sucesor de Augusto y Claudio Druso, abuelo del emperador Claudio.

Aprendí en ese tiempo la lengua romana y no poco de la griega, que también sabía Lucilio por haberse educado en
Corintio. Me enseñó asimismo el rostro del imperio, la historia de Roma y algo de sus leyes y su estrategia militar. Nunca me quiso hablar de los dioses que adoraban los romanos, en los cuales no creía y a los que fingía venerar. Se limitaba a creer en un poder infinito, creador del mundo y de nosotros. Es así como los sabios entre los gentiles han venido a comprender lo que a nosotros nos enseñó Yavé por boca de los padres. Mi abuela murió hacia principios del segundo año de los que viví con Lucilio. Después de haberla sepultado, desenterré el dinero que ella guardaba y vi que era mucho, por lo que lo cambié por oro, lo volví a su lugar y luego cerré la casa.
La muerte de Lucilio ocurrió de esta manera: un día, al amanecer, vinieron algunos oficiales a invitarlo a una cacería. Pocas horas más tarde vinieron trayendo a Lucilio casi muerto por dos heridas, una en la espalda, otra en el cuello. Dijeron haber sido atacados por un grupo de rebeldes sido atacados por un grupo de rebeldes, pero ni se diezmó después a los habitantes de la comarca, ni se incendiaron las aldeas, ni se crucificó a nadie en los caminos, cosa que era de esperarse que se hiciera, dada la importancia de la víctima.
Antes de morir, Lucilio me miró y sonrió, pero no podía hablar a causa de la herida del cuello. El médico griego no estaba en su lugar, y cuando un médico judío llegó, ya era demasiado tarde. Lucilio murió sin agonía. Uno de los oficiales asumió de inmediato el mando de la guarnición, mostrando, luego a .los presentes cartas del procurador de Siria. Ese oficial era un hombre viejo; informado de quién era yo, me pidió que me quedara con él, a lo que, con gran cólera suya, no accedí. Ninguno de los que acompañaban a Lucilio esa mañana recibió el menor daño. El cadáver fue llevado a Cesárea esa misma noche, y fue incinerado en el camino.
En su testamento Lucilio me dejó quince monedas de oro; nueve griegas, tres romanas y tres egipcias grandes, de mucho valor, más una ágata azul que no me quisieron dar por haber sido de los padres de Lucilio, mas algunos muebles y enseres hechos de muy buenas tablas.
Lucilio fue siempre conmigo en todo amable y bondadoso. Yo lo quise, admiré y respeté como si fuera mi padre, a quien nunca conocí, y el recuerdo de su voz y su rostro, de su trato y su benevolencia no me ha abandonado. Sólo un hombre he visto que le excediera en cuanto de bueno puede atesorar el espíritu humano. Así y todo, Lucilio justificó ante mis ojos, por primera vez, el amor a los semejantes que Jesús enseñaba, cosa que, hasta conocerle, nadie, ni judío ni gentil, había logrado.
Con lo que Lucilio me había dejado, volví a la casa que fue de mi abuela.. Desde que ella murió, la casa vino a ser mía, y allí me instalé modestamente. Vivir en Jerusalén, muerto Lucilio, fue en especial desagradable, porque todos los judíos, secretamente, me despreciaban por haber sido servidor de un romano, llegando algunos a negarse a venderme las subsistencias indispensables o, si consentían en hacerlo, exigían un precio desmedido. Decidí por todo eso trasladarme a Tiro, a casa de mi padre Simón, pensando que él podría darme alojamiento y trabajo, y quizás enviarme en alguno de sus barcos a lugares lejanos, quizás a Roma, dados mis conocimientos de la lengua romana y de hacer cuentas. Hice arreglos con un hombre llamado Daniel, maonita, para vender la casa y todas las cosas que en ella había. Daniel me entregó el dinero que habíamos acordado, y según se iba acercando el día en que él iba a tomar posesión de lo suyo, me puse a considerar cómo haría el viaje. Con los cambistas del Templo cambié en oro casi todas las monedas que guardaba, excepto unas pocas que preservé para los gastos del viaje. Siendo los caminos inseguros por haber ladrones, pensé vestirme como un pobre al que nadie se tomaría el trabajo de robar. Compré luego una burra, dos dagas de las prohibidas y algunas provisiones, y el día fijado para mi marcha salí de madrugada, decidido a llegar a Betel esa misma tarde. La primera jornada me llevó hasta Betel, de donde salí antes que el sol. Ya empezando el otro día llegué a Silo. Salí también de Silo antes del alba con la intención de llegar a Siquem ese día.
En el Pozo de Jacob, poco antes de llegar, cinco hombres se levantaron del campo y me salieron al encuentro. Creyendo que fueran ladrones, me atemoricé, pero solamente me pidieron que, si iba a Siquem, llegara a la casa de un hombre natural de allí, cuyo nombre era Saúl, advirtiéndole que el Maestro se hospedaría en su casa esa noche. En Siquem, siguiendo las indicaciones recibidas, encontré la casa y a Saúl, hombre ilustrado y rico, el cual me preguntó si yo también era de los que seguían al Maestro. Díjele que sí y me preparó un alojamiento con los demás, a los que me puse a esperar para darles una explicación de lo que había sucedido. Llegaron a la primera noche. Creí que el más viejo de ellos, que además había entrado antes que los otros, sería el que llamaban el Maestro, así que me dirigí a él y le expliqué lo que había ocurrido.
Pozo de Jacob. en la entrada oriental del hermoso valle deSiquem, existe aún. aunque sin uso. Y a menudo está casi seco. Siquem. ciudad de Canaan central en el valle situado entre los montes de Garizín y Ebal. También conocida como Sicar. Aquí o en Neapoli es donde Jesús platicó con la mujer samaritana (Jn. 4. 4-12). Esto nos permite situar la aparición de Judas dentro de los acontecimientos posteriores a la Primera Pascua. 51
Él a su vez me explicó en secreto, pero señalándome a aquel que en realidad era el Maestro, el cual había sido el último en entrar. A! parecer no hubo oposición alguna en que me quedara con ellos en el alojamiento, porque cuando Vino SaúI a honrar a sus huéspedes, nada comentaron sobre mí, y cuando Vinieron los servidores, con los que Saúl había hecho preparar la cena, yo fui servido igual que los otros. Les relaté mi vida, ocultando ser hijo adoptivo, mis robos y mi relación con Lucilio, por parecerme vergüenzas, y traer consigo alguna riqueza, por considerarlo peligroso. Ellos me relataron también algo de sus vidas y lo que estaban haciendo, lo cual me interesó vivamente. El más viejo se llamaba! Simón, tenía entonces poco más de cuarenta años, era alto, recio, y había sido pescador hasta hacía poco. Viudo recientemente, no tuvo descendencia con su mujer. El siguiente en edad, algo menor a la de Simón, era hermano de éste, se llamaba Andrés. También tenía oficio de pescador y había dejado a una mujer con la que había tenido varios hijos de lo cuales solo vivía una niña. Cefas, el tercero en edad, pero mayor que yo y pescador como Simón y Andrés, era primo hermano del Maestro. El último, Juan, era hermano de Jacob. Tenía como diecisiete años y no era pescador, porque siendo débil de salud, no resistía la rudeza de los trabajos del mar, por lo que se le encomendaban labores más ligeras, como remendar redes y ayudar en la reparación de las barcas. Jacob y Juan habían abandonado la casa de su padre, debido a que este era un hombre furioso, tanto así que le llamaban por sobrenombre el Trueno. No queriendo soportar por más tiempo las injurias y malos tratos que de él recibían, vieron en irse con el Maestro la oportunidad que esperaban, de modo que dejaron al Trueno con los otros hijos que tenía, menos atrevidos que ellos, y siguieron al Maestro, a quien nunca habían visto.
Esa noche el Maestro no habló para nada, limitándose a comer y beber lo que se le servía, saliendo luego a un patio donde había acémilas, y pasó la noche ahí. Nos levantamos al alba y emprendimos el camino hacia Esciópolis. Al salir de Siquem quise despedirme del grupo, pero el Maestro, con grave autoridad, me ordenó seguirlos por lo menos hasta Nazaret, donde se detendrían por algún tiempo. Accedí por estar en mi camino y echamos a andar. Pronto el Maestro ordenó que los otros fueran adelante, mientras él y yo, a uno y otro lado de mi burra, conversábamos. Su nombre era Jesús, había nacido un año antes del censo en la ciudad de David, de una mujer llamada Miriam la cual no tenía marido. Esa mujer casó, pasado algún tiempo, con un mercader en tablas que tenía su casa en Nazaret. El esposo de Miriam se llamaba José, y por dar gusto a su esposa adoptó como suyo al hijo de ésta. Sin embargo Jesús fue pronto motivo de disensión entre ambos cónyuges, por lo que su madre lo envió con un maestro de los esenios que era su tio. Estuvo Jesús en el desierto de Judá junto al tío, hasta que aquella comunidad, viéndolo crecer más en espíritu de Dios que en cuerpo, le envió a comparar su sabiduría con los hombres de países tan remotos como Egipto y Media, y aun otros más lejanos donde no hay quien adore al Señor. En esas tierras aprendió la impasibilidad, la penetración de los pensamientos y a curar. Había vuelto con los esenios poco antes de que éstos fueran perseguidos por el Tetrarca para encontrar que hacía un año que su tío descansaba en casa de sus padres. Siguió a Juan, quien de allí a poco mataron también por reprender al Tetrarca su adulterio, de modo que los esenios encomendaron a Jesús seguir la obra de Juan; obra diferente tanto de la de los discípulos de Hillel como aquella que los celotas trataban de cumplir, sin más resultado que morir en la cruz.

Por ser sus orígenes y su infancia tan semejantes a los míos, me movió a contarle la historia de mi vida, sin omitir nada excepto la naturaleza de mi relación con Lucilio. Pienso, sin embargo, que algo adivinó de esto, porque habiéndome preguntado por qué escogí para ir aTiro el camino de tierra adentro en vez de tomar el de la costa, hube de mentirle torpemente ya que revelarle la verdad habría sido denunciarme. Es verdad que no quise pasar por el sitio entre Jerusalén y Cesárea, donde habían incinerado el cadáver de Lucilio.
Jesús era muy alto, más que cualquiera de nosotros, excepto Simón. Tenía el pelo negro y abundante, al igual que la barba, y ninguno de los dos cortaba. Su tez no era oscura, pero estaba curtida por el aire y el sol del desierto. Delgado y membrudo, tenía singular fuerza corporal y mucha resistencia para caminar, ayunar y velar. Sus ojos eran especialmente admirables, por lo general parecían profundos, serenos e inmóviles, mas en ocasiones se hacían agudos y penetrantes como garras, o ardientes, como cuando nos hablaba del Reino, o terribles de ver, como cuando veía lo que ninguno de nosotros podía ver. Le vi llorar sólo dos veces; reír ninguna. Cuando algo le complacía en extremo, sus facciones, por lo general duras hasta la majestad y la roca, se dulcificaban sin que el rostro se contrajera en forma visible. Sus juicios eran precisos, lo mismo que su bondad, sus dádivas y sus palabras. Más que su causa me ganó su persona, con ser su causa la más alta, y desde el principio lo amé sin medida, para desgracia mía, ilimitada.
Vasto y difícil era su plan. Consistía, en primer lugar, en volver al pueblo, dividido en sectas y facciones, a su primitiva unidad en la Alianza del Señor, traicionada desde hacía siglos por los vicios, la codicia y el ansia de poder. Su obra se apoyaba, por tanto, en todo lo que los judíos tienen de común entre sí, y atacaba todo lo que les disgregaba. Había simplificado la Ley al máximo, reduciéndola a los preceptos de la adoración de Yavé y de su amoroso respeto por los demás hombres.
Para él no había duda de que, si el pueblo mostraba a Dios su arrepentimiento, Dios restauraría al pueblo en su predilección y le guiaría y lo protegería, enviando para ello a un hombre que sería entre los judíos, lo que los judíos son entre todo el concurso de las naciones. La vuelta del pueblo a los cauces del orden y la medida, de la virtud fortísima y de la verdadera adoración al Señor, traería consigo un contraste demasiado poderoso con los elementos de la gobernación, que no podría sostenerse más. Estos eran, por una parte, los Tetrarcas, en especial Antipas porque Filipo se había hecho a los griegos y por otra parte el Sanedrin. Roma conservaría a éstos durante algún tiempo, sin duda, pero acabarían por derrumbarse agobiados por su propia corrupción y ante la presencia del Enviado de Dios, que sería hijo de David. Ese rey, derrocados y hundidos los falsos guías, no iba a oponerse al imperio, porque la obra del imperio es en sí grata a los ojos de Yavé, sino que sería el verdadero mediador entre el pueblo y el César, logrando la confianza imperial al grado de que la Palestina no sería más una provincia sometida, sino un reino asociado, en el que los hijos de Israel podrían en libertad adorar al Señor según la tradición de los padres. Ese rey sería el verdadero mediador entre el Pueblo y Yavé, logrando que los judíos relucieran en paz, en justicia y en sabiduría sobre el rostro del imperio, despertando en Roma, como reflejo, sabiduría, justicia y paz. Ese rey era Jesús.
Llegaba el sol a lo alto cuando los otros se detuvieron para comer. Jesús me retuvo aparte y me dijo que perdonaba mis pecados. Me sentí tan bien y tan suyo, que la lengua no tiene cómo decirlo. Sentí que todos mis pecados y todas mis vergüenzas y todo mi miedo de ser como era, desaparecían.. Yo era bueno. Incluso el cansancio se borró de mis miembros. Dios estaba en él de una manera tan visible que me postré en tierra con la frente en el polvo, y sacando las dos alforjas secretas donde traía el oro, derramé las monedas a sus pies, rogándole aceptarlas y a mí con ellas. Dijo él: "Recoge las monedas y guárdalas, también las que te dará Jacob y júntalas a éstas. En adelante tú serás el tesorero del reino." Así fue como el Rey me hizo ministro suyo. Llegamos a Nazaret en dos jornadas, hospedándonos en unas caballerizas de la casa de la madre de Jesús, ya que ella no quiso que nos quedáramos dentro de la casa, por ocuparla sus cuatro hijos, y porque tenía dos hijas jóvenes. Desde la muerte de su esposo, Miriam dirigía el comercio que había sido de José, y a la vez se ocupaba de la casa y de los hijos. Era mujer de insólita energía. Infatigable, se levantaba antes del amanecer, despertaba a quienes aún dormían, arreglaba la casa y luego se dedicaba a dirigir los trabajos del taller, a comprar madera y a despachar los envíos.. Su casa era próspera, más por su esfuerzo que por la ayuda que sus hijos le daban. Excepto uno que también se llamaba Judas y tenía quince años, los demás daban señales de indolencia, a los que la madre respondía con enojo. Debió haber sido una mujer muy hermosa cuando joven: sus ojos eran grandes y azulados, aunque los esforzaba de manera que al derredor de ellos se le habían formado muchas arrugas. Era alta, más que la generalidad de las mujeres. Tenía los pies y las manos pequeñas para su estatura. Era muy gruesa. Dos veces quiso hablar Jesús al pueblo de Nazaret, para lo cual fuimos de casa en casa convocando a oír al Maestro. La primera vez se reunieron unas veinte personas, contando a los parientes de Jesús, más, creo, por curiosidad que por oír la palabra de Dios. La segunda vez sólo vino una mujer vieja. Era sorda, pero oyó que le habló el Maestro, cosa que la llenó de asombro y bendijo al Señor por haber enviado medicinas a los enfermos. Pero sin embargo, como a Jesús era el único a quien podía oír, nadie quiso creerle. Estuvimos en Nazaret cuatro días, el último de los cuales fue sábado. Al amanecer del quinto dejamos aquel lugar, y Jesús me ordenó que le entregara a su madre una moneda de oro, lo que temí por parecerme ofensa pagar con exceso hospitalidad de familia. Obedecí, no obstante, y entregué a Miriam la mayor de las monedas que me había dejado Lucilio, sólo por ser ella la madre de Jesús, diciéndole: "El Maestro me ordena que te entregue esta moneda. Ella respondió: "¿De dónde mi hijo tenga oro tan hermoso?" Dije yo: "Oro y púrpura y piedras preciosas tiene el Rey por amor de su pueblo." Ella tomó la moneda .diciendo: "Guardaré esta moneda para regalo de mi nuera, el día que Jesús mi hijo tome mujer."

Editado por centauro: 09.10.07 a las 00:15
Viejo centauro dijo: 08.10.07
Salí sin más de su casa, y cuando alcancé a Jesús me preguntó por qué lloraba. Respondí que porque su madre no creía en el reino. Dijo él: "Desprecian al profeta en su país y en su casa quienes ven a la carne y no al espíritu de Dios." Pero él nunca supo lo que Miriam me dijo. Yendo por el camino oímos gritos de mujeres detrás, y deteniéndonos vimos que venían dos mujeres, una de las cuales era la vieja que no oía más que al Maestro. Traía la otra a un niño marchito e inválido, como de ocho años. Llegándose la vieja al Maestro le explicó que la mujer era su vecina, cuyo hijo mayor padecía desde hacía algunos años una parálisis, fiebres y convulsiones, como si el demonio se apoderara de él; de lo cual moriría si nadie lo curaba; Jesús tomó al niño en sus brazos y apartándose con él, estuvieron hablando mucho rato. Luego el Maestro tocó con sus manos el cuerpo y los miembros del, enfermo, poniéndolo al fin sobre el suelo para que caminara. Riéndose, el niño empezó a caminar, aunque con cierta torpeza, de modo que Jesús lo llevaba de la mano. Jesús entregó el niño a las dos mujeres, que nos entregaron unas monedas de plata y una tira de paño, y emprendimos de nuevo la marcha hacia el lago, dejándolas en el camino dando a gritos bendiciones al Señor, por mostrarse al Pueblo en su Enviado. Yendo en el camino, reconoció a un hombre que había sido su compañero cuando estuvo en el Mar Muerto, el cual iba disfrazado para que no lo mataran los enviados del Tetrarca. Dijo Jesús: "Después de la Pascua podrás mostrar tu rostro, porque ya; no habrá esenios, ni fariseos, ni celotas, sino sólo judíos, y éstos solamente se cubrirán el rostro ante el Señor, en vergüenza de sus culpas." Respondió el hombre: "Como tú, hice promesa ante el Señor de ser siempre esenio, ¿cómo podría desdecirme ante Él?" Jesús dijo: "No serás tú, sino el Padre quien deshace la promesa, porque para Él ya no habrá sino judíos vueltos a Su Alianza, y los hijos no se agrupan entre sí, antes se consideran todos iguales reconociendo al primogénito." Y esto lo decía por él mismo.
Alegróse el hombre con las palabras que oyó y bendijo al Señor y a su enviado. Jesús le dijo: "Alégrate con justicia, porque en verdad te digo que ante el Padre no serán reconocidos sino justos e inicuos, y a éstoslos arrojará de su templo y los despeñará por los barrancos. Y esto ya lo había dicho antes, cuando estuvimos en el templo. Pro- siguió diciendo: "Los que han convertido el templo, en cueva de ladrones, encontrarán en la casa de fuego el lugar que corresponde, y serán despeñados de la diestra de el Señor." Y esto lo decía por los cambistas que hay en el templo, que ponen sus mesas en los pórticos, para comprar, vender y cambiar monedas, a los cuales haría arrojar ese mismo día. Llegamos a Jerusalén dos días antes de la Fiesta. Habíase reunido en la ciudad una gran multitud, como cada año, y quienes conocían a Jesús o habían oído hablar de él, sabiendo que venía, salieron de la ciudad a recibirlo con gritos y alabanzas, aclamándole Hijo de David. Los que estaban con Jesús, al ver gente viniendo hacia él, trataron de que el pueblo no llegase, para que no lo fueran a sofocar, tal era su ansia de tocarlo. Pero él, subiendo en la burra, anduvo entre ellos, y ellos se postraban a su paso. Cuando al fin guardaron silencio, Jesús les dijo: "Airado está el Señor porque su templo es piedra de profanación para quienes han hecho su dios del dinero. El Padre ordena a sus hijos arrojar de su casa a los extraños por que su casa es casa de oración y alabanza, y la han convertido en cueva de ladrones. Id en su nombre, derribad las mesas esparcid las monedas arrojad a los cambistas y limpiad el templo de la rata y la langosta." Quienes formaban aquella multitud ;enardecidos con las palabras del Maestro, fueron como él les había dicho, asaltaron a los cambistas, despojándolos de su dinero, y a unos mataron e hirieron a muchos.
Los romanos no tenían autorización para subir al templo, pero los policías del Sanedrín y los del Tetrarca acudieron en gran número, evitando que los amotinados se encarnizaran con los cambistas. De este modo, ocupados en poner orden en el templo, descuidaron las puertas, y Jesús pudo entrar en Jerusalén sin ningún contratiempo, aunque se cubrió el rostro, y seguimos caminando por calles estrechas hasta llegar a su alojamiento. Esta era la casa de un hombre rico natural de Arimatea, llamado José. Desde este lugar saldría Jesús al día siguiente, para ir en secreto a la reunión con los jefes y maestros. Poco después del mediodía, nos envió a algunos de nosotros a comprar provisiones para la cena, porque querían honrar y agasajar a su huésped José. Yo fui a un mercado y en el camino encontré a un hombre que me conocía, el cual era espía del Sanedrín, y me dijo: "eres uno de los que siguen al Maestro Jesús." Yo negué conocer a Jesús, porque sabía que aquellos hombres lo buscaban para detenerlo. Pero él no me creyó. Pude esquivarlo, compré lo que me había sido ordenado, y regresé diciéndole lo que había ocurrido, Jesús sonrió y dijo: "Nunca se caza el águila con perros."
Mandó luego a Cefas y a Jacob a una encrucijada, donde encontrarían a un hombre con una burra de los que venden la leche, al cual darían una contraseña diciendo: "Cenaremos lo que se desayuna", lo cual decían por la leche de burra que los enfermos suelen tomar por la mañana para fortalecerse. Este hombre los conduciría al lugar que Ezequías, el que había hablado con los fariseos, había dispuesto para la reunión, y Pedro y Jacob le dirían a Jesús si el lugar era seguro. Luego los criados de José prepararon la cena y pusieron vino a refrescar, porque hacía calor. Y llegada la hora, mandónos lavásemos los pies y las manos diciendo: "En el reino sólo aquellos que tengan limpios los pies y las manos, alcanzarán lugar en la mesa del rey.." Preguntó Juan la razón de esto, y respondióle Jesús: "Quienes han hollado sendas del mal, y quienes han manchado sus manos con sangre o con oro robado, serán apartados de mí." Eso supuse lo había dicho señalando haber sido yo ladrón, lo cual me entristeció.

Luego él y José se reclinaron para cenar, con toda la familia de José y todos los que seguían a Jesús, y en total éramos treinta y tres cenando, porque faltaba Jacob y Cefeo. Jesús partió el pan y nos pusimos a comer todos ya beber, aunque yo no bebí por temor de que la tristeza se me manifestara. No obstante Jesús, notando que yo no bebía, me ordenó beber y tuve que hacerlo aunque bebí muy poco. Cuando hubimos terminado, José y sus hijos y nueras se retiraron, dejándonos solos, para que termináramos el vino, pero este era tanto que, antes de terminarlo, algunos de entre nosotros ya estaban ebrios, y todos, excepto yo, se habían alegrado con exceso, dejando que muchas de las luces se consumieran sin removerlas. Jesús entonces llamó a Juan a su lado, el cual reclinándose con el Maestro, puso su cabeza junto al pecho de éste, y Jesús le dio a beber de su propia copa. Y viendo que otros dormían o estaban abrazados, besó a Juan y Juan lo besó a él. Acerquéme a ellos y pedí a Jesús que me dejara beber de su copa. Pero él, empujando hacia mí una de las fuentes en las que había comido, en la que no quedaba sino algo de la salsa del asado, dijo: "Para ti no queda nada." Y como vio que llorase, me arrojó un pedazo de pan, y levantando la voz para que todos oyeran, dijo: "Judas quiere mi cuerpo, y sólo tendrá pan, quiere mi sangre y sólo tendrá salsa." Y los que lo oyeron se reían con él. Yo, tomando el pan que me había arrojado, lo mojé en la salsa y lo comí. Entonces llegó Jacob, y tras de hablar en secreto con Jesús y con Juan, me ordenó llevar cierta cantidad de dinero a Pedro, que me esperaba en otra parte. Como yo no quisiera salir, Jesús me despidió con dureza diciéndome: "Lo que has de hacer, hazlo pronto." Ese dinero se lo iba a dar al hijo del (nombre ininteligible) quien lo exigía antes de (dato ininteligible)... Salí llevando la bolsa que tenía que entregar a Cefas, pero a medida que andaba iba pensando en cómo extinguir el tormento que sufría. En lugar de ir a donde se me esperaba, subí al templo, donde sabía que estaba el espía que me pidió entregarle a Jesús. Lo encontré y le dije: "¿Qué me darás si te digo quién es Jesús, a quien el pueblo reconoce como Hijo de David, y dónde está?" El respondió: "Aquellos a quienes sirvo te darán lo que crean justo por hacer eso que dices;" Y fuimos juntos pasta donde se encontraban los hombres a quienes él servía, los cuales eran del Sanedrin. Preguntaron: "¿Quién eres y qué deseas?" Respondíles: "Soy Judas, hijo de Simón de Tiro, y sé que buscáis a Jesús, el esenio de Nazaret ¿Qué le haréis si os lo señalo?" Uno de ellos habló diciendo: "Lo prenderemos",y haremos que le den los cuarenta azotes de la ley, y luego lo arrojaremos frente al pórtico, para vergüenza y escarnio, porque es un sedicioso y hoy mismo ha causado disturbios en los que murió un hombre." Dije yo: "Juradme a Dios que no le haréis más." y juraron.
Luego acordamos que me dieran seis denarios, de los cuales treinta ases eran como señal, y hecho esto ordenaron a seis hombres seguirme, y entre ellos a aquél que me conocía, armados con garrotes. Les hice saber que con Jesús estaban más de quince hombres, y que algunos de ellos tenían espadas, pero como ya antes había revelado que todos estaban ebrios, creyeron ser suficientes seis para arrebatar al Maestro. Fuimos, pues, hasta la casa de José, pensando yo entrar y decirle a Jesús que un hombre deseaba hablarle en la puerta, y que era leproso, por lo que no quería entrar, para que Jesús saliera y lo tomaran. Cuando entré me encontré con muchos que dormían, pero Jesús, Juan, Jacob y el otro Judas no estaban. Pregunté a los criados y me dijeron que el Maestro, con algunos de los suyos, se había ido al olivar, donde acostumbraba pasar la noche cuando estaba en Jerusalén, porque debido al calor preferían hacerlo en sereno. Informados los seis que iban conmigo, pensaron que eran pocos para rodear el olivar, que es grande, por lo que Jesús podría escapárseles entre los olivos y las rocas que hay, de modo que regresamos al templó, donde el yerno del Sumo Sacerdote, que se había levantado para ver a Jesús, puso en el empeño de aprehenderlo a veinte hombres de su guardia, y el Tetrarca, que había sido impuesto de todo, veinte más, todos los cuales fueron puestos bajo las órdenes de un soldado viejo y experimentado, que era de Séfora y se llamaba Malaquías. Llegamos al campo donde Jesús había ido, y le vimos con los demás, dormido en el lugar que acostumbraba. Como ninguno de los que me acompañaban sabía quién era Jesús, me enviaron a señaIarlo, y yo les dije: "Aquel a quien yo señale, ese es." Me acerqué con cuidado a Jesús, que dormía junto con Juan, el cual estaba cubierto sólo con una sábana, e inclinándome les dije quién era Jesús. Luego, como los viera venir, eché a correr, de modo que no supe cómo lo habían aprehendido, aunque al ir huyendo oí ruido y gritos. Después supe por el espía que Juan también había huido cubierto con una sábana, y que se habían llevado su ropa al templo para vergüenza suya. Llegué a la casa de Daniel, que antes me había pertenecido, y le hice levantarse y abrirme y darme alojamiento, diciéndole que al día siguiente iría yo con otro hombre, el cual...(dato ininteligible).. Yo pensaba llevar allí a Jesús, después de que lo hubieran azotado y abandonado frente al pórtico; para que sanara después, ya repuesto pero abandonado de todos, excepto por mí, lo llevaría a lugares remotos, donde viviríamos en paz. Tardé mucho en dormirme, y sólo cuando cantaban los gallos pude cerrar los ojos. Era ya muy entrada la mañana cuando desperté y oí mucho tumulto en la ciudad. Saliendo supe que iban a crucificar a Jesús. Corrí hacia el templo, y entrando donde estaban los servidores del Sanedrín les eché en cara la violación de su juramento. Dijo uno de ellos: "Nosotros cumplimos nuestra palabra", dando así a entender que eran los romanos quienes lo crucificaban. Pero yo los insulté, y echando mano de la bolsa del dinero, les arrojé cuanto traía ,que no era mucho, significando lo que me habían dado como señal. Como poseso corrí por las calles, hasta llegar a un solar que era de un hombre que hacía ladrillos.. Ese hombre sacaba la tierra de un gran hoyo, al borde del cual había un árbol y a ese árbol estaba atado un asno. Arranqué la cuerda con la que estaba atado el asno y echándomela al cuello traté de ahorcarme, pero algunos hombres, advertidos por el dueño del asno vieron mi intento y se echaron sobre mi, atándome con la misma cuerda como si estuviera loco. Así me llevaron a entregar en el templo, y los servidores me echaron en unas mazmorras, atado para que no pudiera quitarme la vida, donde seguí gritando y llorando hasta que se me acabó la voz. Cuando creyeron que ya me había calmado, enviaron al que era conocido mío, el cual vino a verme a la mazmorra y me dijo que, por estar tan próxima la Fiesta, me dejarían ir sin castigo por haber tratado de darme muerte, siempre y: cuando prometiera no atentar nuevamente contra mi vida, lo cual prometí. Pero la tristeza me tenía al borde de la muerte. Al bajar del templo empezaba la fiesta y no se veía a nadie por las calles. Abrumado, me dirigí a la casa de Daniel, pero apenas había caminado un poco, cuando se me vinieron encima dos hombres, que eran Cefas y Jacob, el de Zebedeo, y levantando sus espadas me iban a matar, diciendo: "Jesús te manda el beso que pedías." Siendo más joven que ellos, evité las heridas y escapé de ellos, que corrieron tras de mí en silencio por un rato. Por fortuna, Jerusalén es mi ciudad, y ellos extraños a ella. Con mucho cuidado llegué a casa de Daniel, quien me, ayudó a preparar mi huida hacia Tiro, donde nada sabrían de lo que había hecho, y donde pensaba pedir a mi padre Simón trabajo en su comercio, ofreciéndome a ir en alguno de sus barcos, ya que no podría fiarse más que de su hijo, y éste le sería de gran utilidad por conocer el rostro del Imperio, las lenguas y las monedas. Temprano en la mañana salí de Jerusalén con unos griegos a los que acompañaba un ala auxiliar de soldados. Pasé por el lugar donde redujeron a cenizas el cuerpo de Lucilio y erigieron en su honor un túmulo. Pasé por Cesárea, Ciudad nueva y hermosa que, aunque llena de soldados y de marinos, no ha conocido la guerra. Llegué a Tiro, y a los siete días los de Jesús intentaron matarme nuevamente. Pero mi padre, que es poderoso y rico, me defendió, hiriendo a un hombre llamado Nicodemus, al cual atormentaron para que hablara, y dijo haber venido a Jerusalén a darme muerte, por ser yo el más pésimo entre los nacidos de mujer.

Editado por centauro: 09.10.07 a las 00:15
Viejo marcelo rangel dijo: 10.06.09
Soy sobrino de Raúl Rangel y lo llegué a conocer muy bien. Sé que lo que escribió no es mentira, a reserva de que el escrito de Toma´s Harris sea mentira... Todo lo demás es real...
Marcelo Rangel
Viejo Arcángel Justiciero dijo: 11.06.09
Tendríamos que explicar un poco sobre lo que es el gnosticismo para tratar de entender el por qué El "evangelio" de Judas es falso. Pero bueno, no se si da el tiempo, el interés y la madurez del foro para tratar un tema tan agudo.
Viejo julian 777 dijo: 21.05.11
Cada persona tiene derecho a expresar lo que piensa pero por favor q aquellos pensamientos que nosotros podemos compartir con los demás no sean incoherentes.

Cuando juzgamos las cosas de Dios según nuestros propios conceptos herramos ya que estamos hablando del Dios todo poderoso el que conoce mi presente y mi futuro, él sabe que va a pasar el día de mañana no porque lo haya planeado, porque le creo al hombre con libre albedrío Dios no es culpable de las torpezas del hombre, pero el en su divino saber, ya sabe que torpezas vamos a cometer nosotros y que triunfos vamos a lograr.


Entonces, usted no puede juzgar las cosa de Dios según el FBI ni según la policía porque la sabiduría de Dios ha entorpecido la sabiduría del hombre, tal vez usted no cree en Dios pero él no va a dejar de existir porque usted deje de creer en él, y por mucho que usted intente y muchos hombres más de descalificar la palabra de Dios no ha habido, ni lo habrá otro libro tan poderoso tan eficaz como es la santa biblia.
El que la biblia diga que Jesús tenía un amado no lo hace homosexual, tal vez usted podría decir amo a mi hijo, y eso no lo hace homosexual, usted puede amar a otra persona del mismo sexo sin ser homosexual…. o es q acaso ¿¿¿¿usted lo es?????

Editado por julian 777: 21.05.11 a las 22:59
Viejo mirrorball man dijo: 30.05.11
Seguramente esto los gnosticos lo leìan mucho, igual que otras corrientes cristianas que apelaban al gnosticismo, como el arrianismo, el pelagianismo, o los bogomilos. Te recomiendo si te interesa que consigas obras de neognosticismo como la cena secreta, que practicaban los càtaros o albigenses. O que leas libros de ocultismo interesantes como fama fraternitatis, confessio. O libros de Papus y Eliphas Levi.
Siempre es bueno saber mas y no quedarse con la ortodoxia que algunos cultos tratan de hacerte creer y estancar tu sabidurìa.
Ah tambièn si te interesa la Cabala, lee los diez tomos de El ZOHAR.
Salu2 fraternales. . : . . .
Viejo errean dijo: 31.05.11
Los motivos no son para nada ocultos, la guita, la guita corrompe y mata. saludos
Viejo oPPenHeimeR dijo: 21.07.11
Originalmente publicado por Ezio-Auditore Ver mensaje
Puras pavadas de un flaco que no tiene ni idea de lo que es una persona espiritualmente evolucionada.
Como persona espiritualmente evolucionada, asumo que tu moral indica que nos tenés que iluminar al respecto.
Qué se entiende por persona espiritualmente evolucionada? Yo asumo que no tengo ni idea al respecto.
A quién te referís, puntualmente, cuando decís que "un flaco que no tiene ni idea de lo que es una persona espiritualmente evolucionada"?

Yo entiendo como requisito para ostentar tal título, el poseer tolerancia hacia el pensamiento ajeno (esto no quita convicción por el pensamiento propio, pero si quita esa libertad de tratar de "pavadas", lo que considero una falta de respeto a la otra persona, al pensamiento ajeno), no contar con el nivel de soberbia que requiere juzgar a otros de espiritualmente atrasados, o no evolucionados.

Digamos, si hay un religioso en este foro al que yo le daría ese título es errean.

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