Ha yo no tenia ni idea de porque lo del martes 13....igual creo que es un mito....
Mis viejos se casaron un martes 13 y ya llevan 18 años...y ensima tubieron un hijo como yo . jaja
Mirá, mi viejo se embarcó a Argentina (si, en esa época la gente se embarcaba.. harán unos... 55 años) un martes 13, y se caso un martes 13 de febrero (casualmente) por civil...
Es viudo, su primera esposa murió de cáncer, y está devuelta en España... (lo que le costó un ojo y el otro de la cara... a mi vieja)
Martes 13, ni te cases, ni te embarques
Oh, Mario,
if only I could control everyone the way I control you...
Hop you little plumber, hop, hop
Mirá, mi viejo se embarcó a Argentina (si, en esa época la gente se embarcaba.. harán unos... 55 años) un martes 13, y se caso un martes 13 de febrero (casualmente) por civil...
Es viudo, su primera esposa murió de cáncer, y está devuelta en España... (lo que le costó un ojo y el otro de la cara... a mi vieja)
Martes 13, ni te cases, ni te embarques
Brrrrrrrr......... tu papa me convencio....el martes 13 me voy a kedar durmiendo en mi cama...tranquilo........por las dudas nomas-
"Las guerras continuarán existiendo mientras el color de la piel sea más importante que el de los ojos."
Es un chamullo como el de tirar la sal o romper un espejo, yo naci un viernes 13, los numeros 1 y 3 se repiten en mi DNI, es mi numero de suerte y es mas me llamo Matias como el 13° apostol.....
Las encuestas demuestran que, entre todas las supersticiones referentes a la mala suerte, la inquietud relacionada con el número trece es la que hoy en día afecta a más gente.
Los franceses, por ejemplo, nunca dan a las señas de una casa el número trece. En Italia, la lotería nacional lo omite. Las líneas aéreas internacionales saltan ese número en las filas de asientos de los aviones. En los Estados Unidos, los modernos rascacielos, comunidades de propietarios y edificios de apartamentos dan al piso que sigue al 12 el número 14.
Un experimento psicológico puso a prueba la potencia de esta superstición. Un nuevo edificio de apartamentos de lujo, a una de cuyas plantas se le dio temporalmente el número trece, alquiló unidades en todas las demás plantas, y sólo muy pocas en la planta decimotercera. Cuando se cambió el número de esta planta por el de 12-B, los apartamentos sin alquilar en seguida encontraron inquilinos.
Todo esto se remonta a la mitología nórdica en la era precristiana. A un banquete en el Valhalla fueron invitados doce dioses. Loki, el espíritu de la pelea y del mal, se coló por las buenas, con lo que el número de los presentes llegó a trece. En la lucha que se produjo para expulsar a Loki, Balder, el favorito de los dioses, encontró la muerte.
Ésta es una de las primeras referencias escritas al infortunio relacionado con el número trece. Desde Escandinavia, la superstición se difundió a través de Europa, en dirección Sur.
Al iniciarse la era cristiana, estaba ya bien establecida en los países mediterráneos. Entonces, aseguran los folkloristas, la creencia fue notablemente reforzada, tal vez para siempre, por la cena más famosa de la historia: la Última Cena.
Cristo y sus apóstoles eran trece. Menos de veinticuatro horas después de esta cena, Cristo era crucificado.
Los mitólogos han considerado la leyenda nórdica como una prefiguración del banquete cristiano. Trazan paralelos entre el traidor Judas y Loki, el espíritu de la contienda, y entre Balder, el dios favorito que resultó asesinado, y Cristo, que fue crucificado. Lo indiscutible es que, desde principios de la era cristiana en adelante, invitar a cenar a trece personas significa buscar un desastre.
Como ocurre con toda superstición, una vez sentada una creencia, la gente busca, conscientemente o no, acontecimientos que encajen con el pronóstico. En 1798, por ejemplo, una revista británica titulada “Gentlemen's Magazine”, estimuló la superstición del número trece al citar estadísticas de seguros en aquella época, que revelaron que, como promedio, una de cada trece personas reunidas en una habitación moriría antes de un año.
En los Estados Unidos, el trece sería considerado como un número afortunado. Forma parte de muchos de los símbolos nacionales, ya que en el reverso de los billetes de banco hay una pirámide incompleta de trece escalones, el águila heráldica sostiene en una garra una rama de olivo con trece hojas y trece frutos, y en la otra, trece flechas. Hay, además, trece estrellas sobre la cabeza del águila. Todo esto, desde luego, nada tiene que ver con la superstición, sino que conmemora las trece colonias que originaron el país, y que por su parte fueron un símbolo de buen auspicio.
Pero en según que países, si el 13 cae en viernes la cosa se pone fea. Según la tradición, en un viernes día 13, Eva tentó a Adán con la manzana, el Arca de Noé inició su larga navegación durante el Diluvio, una confusión de idiomas puso fin a la construcción de la torre de Babel, el Templo de Salomón fue arrasado, y también en este día Cristo murió en la cruz.
Sin embargo, el verdadero origen de la superstición parece ser también un relato en la mitología escandinava. El nombre del viernes —Friday en inglés, Freitag en alemán— procede de Frigga, la liberal diosa del amor y la fertilidad. Cuando las tribus escandinavas y germánicas se convirtieron al cristianismo, Frigga fue execrada y desterrada a la cumbre de una montaña, considerada como bruja.
Se creía que cada viernes la diosa, rencorosa, celebraba una reunión con otras 11 brujas, más el demonio —con lo que eran 13 los asistentes—, y conspiraban para causar infortunios durante la semana siguiente. Durante muchos siglos, en Escandinavia el viernes fue conocido como el «Sabbath de las brujas».
Aunque se desconoce cuál pueda ser el proceso que en España dio lugar al «martes y trece, ni te cases ni te embarques», sí podemos recordar que el nombre del día procede de Marte, el dios de la guerra.
Spoiler de romper un espejo
ROMPER UN ESPEJO
Pero si hay una cosa que muchas personas creen que trae mala suerte es romper un espejo. Es una de las más extendidas supersticiones todavía existentes, como portadoras de mala suerte.
Se originó mucho antes de que existieran los espejos de vidrio. Esta creencia surgió de una combinación de factores religiosos y económicos. Los primeros espejos utilizados por los antiguos egipcios, los hebreos y los griegos, eran de metales como el bronce, el latón, la plata y el oro pulimentados, y, por tanto, irrompibles.
En el siglo VI antes de Cristo, los griegos habían iniciado una práctica de adivinación basada en los espejos y llamada catoptromancia, en la que se empleaban unos cuencos de cristal o de cerámica llenos de agua. De modo muy parecido a la bola de cristal de las gitanas,
El cuenco de cristal lleno de agua —el miratorium para los romanos— se suponía que revelaba el futuro de cualquier persona, cuya imagen se reflejara en la superficie del mismo.
Los pronósticos eran leídos por un «vidente». Si uno de estos espejos se caía y se rompía, la interpretación inmediata del vidente era que la persona que sostenía el cuenco no tenía futuro —es decir, que no tardaría en morir— o que su futuro le reservaba unos acontecimientos tan catastróficos, que los dioses, amablemente, querían evitar a esa persona una visión capaz de trastornarla profundamente.
En el siglo I, los romanos adoptaron esta superstición portadora de mala suerte y le añadieron un nuevo matiz, que es nuestro significado actual. Sostenían que la salud de una persona cambiaba en ciclos de siete años. Puesto que los espejos reflejaban la apariencia de una persona —es decir, su salud—, un espejo roto anunciaba siete años de mala salud y de infortunios.
La superstición adquirió una aplicación práctica y económica en la Italia del siglo XV. Los primeros espejos de cristal con el dorso revestido de plata, desde luego rompibles, se fabricaban en Venecia en esta época. Por ser muy caros, se trataban con gran cuidado, y a los sirvientes que limpiaban los espejos de las casas se les advertía severamente que romper uno de esos nuevos tesoros equivalía a siete años de un destino peor que la muerte.
Este uso efectivo de la superstición sirvió para intensificar la creencia en la mala suerte acarreada por la rotura de un espejo, a lo largo de generaciones de europeos. Cuando, a mediados del siglo XVII, empezaron a fabricarse en Inglaterra y en Francia espejos baratos, la superstición del espejo roto estaba ya extendida y firmemente arraigada en la tradición.
Spoiler de Derramar la Sal
DERRAMAR LA SAL
La sal fue el primer condimento en la alimentación del hombre y alteró de tal modo sus hábitos alimentarios, que no es de sorprender que el acto de derramar tan precioso ingrediente llegara a ser equivalente a un mal augurio. Tras un accidental derramamiento de sal, el gesto supersticioso anulador, como lanzar un pellizco de la misma por encima del hombro izquierdo, fue práctica común entre los sumerios, los egipcios, los asirios y, más tarde, los griegos.
Para los romanos, la sal era un elemento tan valioso para condimentar las comidas como para curar heridas, y por tanto acuñaron expresiones en las que se utilizaba esta palabra, algunas de las cuales han llegado a nosotros. El escritor romano Pretonio, en su Satyricón, creó la frase “no vale su sal” como oprobio para ciertos soldados romanos, a los que se les daban estipendios especiales para sus raciones de sal, llamados salarium —“dinero de sal”, origen de nuestra palabra “salario”.
Explican los arqueólogos que hace unos 8.600 años, en Europa se trabajaba activamente en las que se cree fueron las primeras minas de sal descubiertas en el continente: los depósitos de Hallstein y Hallstatt en Austria. Hoy, estas grutas son atracciones turísticas, situadas cerca de la ciudad de Salzburgo, que, claro está, significa “Ciudad de Sal”.
La sal purificaba el agua, conservaba la carne y el pescado, y realzaba el sabor de la comida, y los hebreos, los griegos y los romanos utilizaban la sal en sus principales sacrificios.
mira vos no sabia el porque, yo la verdad ni bola le doy es un dia común aunque algunas veces recuerdo que me pasaron cosas malas en ese dia pero fue pura casualidad