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[VOTACIÓN] Concurso de Cuento Corto en el foro de Literatura:
Concurso de Cuento corto
Condiciones:
-Escrito en prosa de cualquier género (cuento, relato, poética, descripción, ensayo).
-Hasta 8000 caracteres con espacios (2 páginas de Word en TNR 12 sin interlineado...). No hay mínimo.
Cada usuario podrá presentar alguno de sus escritos hasta el 20 de Octubre .
Luego, del 21 al 30 de Octubre , vendrá la parte de la votación. Todos los usuarios, habiendo leído los textos de los participantes, deberán elegir los 5 mejores. Cada 1er puesto tendrá 5 puntos, el 2do 4 y sucesivamente.
Desde ya, todos sabemos que esto es un juego. No quiere decir demasiado ...
-Escrito en prosa de cualquier género (cuento, relato, poética, descripción, ensayo).
-Hasta 8000 caracteres con espacios (2 páginas de Word en TNR 12 sin interlineado...). No hay mínimo.
Cada usuario podrá presentar alguno de sus escritos hasta el 20 de Octubre.
Luego, del 21 al 30 de Octubre, vendrá la parte de la votación. Todos los usuarios, habiendo leído los textos de los participantes, deberán elegir los 5 mejores. Cada 1er puesto tendrá 5 puntos, el 2do 4 y sucesivamente.
Desde ya, todos sabemos que esto es un juego. No quiere decir demasiado de los atributos finales de un cuento. Pero es una manera de ver cómo se percibe aquello que escribimos.
Participantes
Spoiler de Dye.
"La Colina & el Niño Contra el Científico"
Había una vez un viejo científico loco que inventaba artefactos de dudosa confiabilidad. Esta historia cuenta de cómo este señor se volvió querido por la gente de su pueblo, que antes lo odiaba de maneras poco felices y díficiles de remarcar en estos escritos.
Este científico vivía en las afueras de "Las Afueras", cerca de "Los Lejos", donde tenía un enorme castillo en lo alto de una colina. En el pueblo de Las Afueras la gente contaba detalladamente terribles historias sobre cierto alguien que habitaba en esa inmensa mansión mansa y que hacían que los niños jamás se acercaran o siquiera pensaran en hacerlo. El lugar demandaba respeto. Pero no todos los niños. Había un niño muy especial, que no creía todas esas temibles historias. Es por eso que este niño de identidad desconocida se dirigió una noche oscura hacia la vieja y degradada mansión en lo alto de la colina.
Saludó a su madre como todos los dias para ir a buscar agua al aljibe, del otro lado del bosque. Guardó unos binoculares de bambú en su mochila de algarrobo, se calzó las zapatillas de arena, se peinó el jopo rebelde que lo aquejaba durante semanas, y se dirigió a frenar con los mitos y leyendas que circulaban alrededor del viejo mareado.
Pero este niño no sabía que ese mismo día se iba a realizar una conspiración contra ese viejo. Más de la mitad de Las Afueras estaba yendo con antorchas hacia lo alto del castillo, donde también se encontraba el chico, que desconocía este hecho. La conspiración se disipó entre los árboles, mientras que incautelosamente los incertos se porcilaban hacia la insoculable violecidad que atribuía a este ceste. Natividamente, el chico se crivitó hacia lo surcoso del lujoso tirso humuente. El individuo mudó y se sucó. Indivinidamente el carso tomó por las astas el cígrido rematante intraso y lo hirió. Lamentablemente toda la gente los miró detenidamente y nunca más los volvieron a saludar .
Spoiler de *Anubis*
Nostalgia
Arrancó su risa de mis polleras, se guardó mi corazón en un zapato y como si nada fuera, caminamos juntos por calles coloniales. Él detuvo el tiempo minuto a minuto; deshojándose en miradas y caricias. ...
Alternábamos entre alegría inconmensurable y tristeza infinita, cambiábamos monotonía por esperanza y castigo por ternura. Saldábamos cuentas que el tiempo no supo dejar pagas al transcurso de la vida. Sentíamos extremas necesidades que sofocaban los nervios; y ahí estábamos para saciarnos de risas, de palabras, de canciones. Averiguamos mucho de lo que no creíamos, y créeme; fue imponente el resultado; sabernos como heridos y curarnos, extasiados de sueños, y ver que estábamos cumpliendo algo. Que el tiempo ya nos debía menos, pero queríamos más, y nos atrevimos a saquearlo, como usureros.
Él dejó mayo muerto para nacer en junio conmigo, sin sentir culpa, sin cansancio, descalzos en el adoquín pudimos sentir raíces en el suelo, música en el viento. Así enfermos como estábamos de ausencia, de este tiempo añorado, pudimos curarnos algo.
Él se olvidó de él, para encontrase él mismo; pero esta vez conmigo, y encontrándose de nuevo me hizo ver que estoy viva... Y todavía puedo vernos, amarnos y conocernos; en infinitos colores, que se mezclaban en cielos, en un sol pintado a mi antojo, con los colores del sueño a orillas de un río mudo que se llevo sus besos.
Y esa lagrima de angustia, que derramó en mi pellejo, se fundió con mi locura y quedo presa en el tiempo; que se escurrió entre mis dedos; como escurrió él la angustia de soñarlo y no tenerlo.
Será siempre de nostalgia, será siempre de momentos, él siempre será latido, y estará construido en mí, como manufacturado, de mismísima materia con que se hacen los sueños.
Spoiler de CerebroMagnetico
Crema de enjuague.
Pulso la perilla de la luz artificial. Sin que yo pueda siquiera intuir, a una velocidad imperceptible, rayos electromagnéticos abrazan mi cuarto y la clara realidad se prosterna ante mis ojos. Disipo mis dudas: no hay nadie. Sólo la tenue solidez perpetua de las cosas. Puedo ver de otra manera, de una, quizás, menos conveniente y terrible. Apabullante. Miro como si no fuera un hombre, ni un animal, como si no fuera un ser, fuera de mí, desde el costado del mundo de las percepciones. Veo cómo todo cambia, se interpola, cómo la verdad es una sola, indisoluble y compacta. Veo el intento de los hombres en organizarlo todo, restringiendo así su condición de libertad. Estoy sucio. En cuanto me levante tendré que bañarme. Ahora dormiré.
Ya es de mañana y existo. Una lagaña se cuela por mis pupilas húmedas y la molestia me irrita. Con pesadez voy hasta el baño y examino con delicadeza frente al espejo mi ojo. Logro encontrarla y la tiro. Ya nada me preocupa. Me bañaré. Prendo la ducha. Mis oídos perciben con tenacidad el ruido que provoca el agua al caer al piso. Oigo un bullicio lejano. Ya me aseo. Coloco en mi cabello un perfumado cosmético, refriego solemnemente como si de ese modo pudiera limpiar mis pensamientos cuando de repente comienzo a transformarme. Mis manos se aglutinan a mi cabeza y comienzo a sentir mis brazos como si fueran un líquido viscoso. El agua de la ducha comienza a golpearme sin piedad, originando en mis membranas cráteres insignificantes. Voy desapareciendo, muy de a poco, en un impulso de la naturaleza de la gravedad. Comienzo a caer, lentamente, sin intención, sólo dejándome caer. Sólo dejando que mi cuerpo sea lo que quiere ser. Sin impedimentos, ni condicionamientos.Ya me resigno, no lucho, mi piel se va transformando en una crema que llega hasta mis huesos y que también los transforma. Mis órganos, mis huesos, mis pensamientos, mi vida, toda mi vida, ahora es, inexplicablemente, crema de enjuague.
Spoiler de givi
El ladrón de atributos
Eduardo era ladrón, pero no un ladrón común y silvestre, sino que robaba los atributos de las personas. Asi, por ej, se encontraba con un señor que ayudaba a cruzar la calle a una viejita y le decía: arriba las manos, esto es un asalto, deme su generosidad!! El pobre señor le explicaba que trabajaba en un geriátrico, que no se imaginaba su vida sin la generosidad, que le daba el reloj si quería, pero con Eduardo no había caso, él siempre insistía en despojar a las personas de lo mejor que tenían.
Y así acumulaba sus pequeños tesoros, a un profesor de secundario, atacó en un callejón sin piedad, arrebatandole su paciencia, imaginense el caos al otro día en ese colegio... A un acrobata de circo le robó el talento, consecuencia: dos huesos fracturados. A Ruben, el verdulero del barrio, lo dejó sin la solidaridad en medio de un impactante asalto, pero doña Rosa, que justo salía de comprar los zapallitos para el almuerzo, alcanzó a llamar a la policia. Alto revuelo en el barrio, por fin habían atrapado al ladrón de atributos!!
El jucio fue rápido, siempre que el caso es famoso la justicia actua con sospechosa celeridad. El proceso pasó sin mayores conmociones que un último intento de dar su gran golpe y robarle la equidad al juez, nunca se supo si no la encontro o quizas se inhibió a último momento por la presencia de las cámaras de televisión.
La condena fue la esperada, el ladrón de atributos fue sentenciado a 15 años de prisión. Eduardo salió satisfecho con la sentencia y riéndose para adentro pensó: No sería más fácil despojarme a mi de mi bien más preciado, quitarme mi talento para robar?? Bastante ingenuo Eduardo, la inteligencia definitivamente no era su don, nunca entendió algo tan obvio, como que es mas fácil encerrar a lo que nos molesta, pornerlo bien lejos para no verlo, que intenar cambiarlo... pobre, no?
Spoiler de leit0
Llego a su casa y entrando bruscamente tiro el bolso y pateo el sillon mas cercano, el empujon sacudio la lampara y enervo al cachorro que aullo nervioso.
La mujer aparecio sorprendida y sorpresiva a pesar de que vivían en un dos ambientes que no dejaban nada a la imaginación. Titubeando, intento el dialogo:
- que te paso? te sentis mal?
- otra vez ese bondi de mierda me dejo clavado cuarenta minutos.. me pasaron cinco llenos.. te juro que por cada bondi que me pasaba queria arrancar el poste y tirarlo cual lanzador de bala, y mientras mas victimas hubiera mejor..
- y bueno.. vos sabes que volver del centro a las seis se vuelve complicado.. todos salen y es un hormiguero..
- al quinto que me paro, te juro, queria trompearlo.. pero detras mio habia dos viejas y si me sacaba ellas no viajaban, y nadie viajaba, y todo iba a ser mi culpa.. es como que la situación puede cambiar.. pero el culpable no cambia.. soy el culpable de mi vida de mierda, soy yo vieja, soy el culpable de tu vida.. de no haber tenido hijos, de que haya dejado pasar la vida asi, de no haber hecho todo lo que quise.. por qué no te escuche?? por que mé da igual ir a la carcel, que llegar a casa y por qué me da igual que te duela escucharlo ????
Se arrodillo, se llevo las manos a la cara y empezo a sollozar, mancho la camisa con el sudor nervioso del costado de colectivo donde reposo. La puerta estaba abierta y a nadie le importo el espectaculo dantesco porque nadie observa a la gente con problemas, son parte del paisaje.
Una lastima.
La mujer camino unos pasos hacia la piltrafa, abrio los brazos y lo apoyo sobre su hombro hasta ponerselo a cuestas con una agilidad envidiable. Giro en si y se dirigio hacia la habitación.
El colchon de resortes resono con sorpresa al recibir al invitado inesperado. El sollozo se transformo en un gemido pequeño y repetitivo; como si el desgraciado tuviera el don de transcribir guturalmente su vida.
La mujer salio del cuarto y emprendio las tareas de cerrar la puerta, pelar unas verduras, poner a calentar agua y tranquilizar al cachorro.
A sus ochenta años ya habia vivido esta situación infinidad de veces, con su marido, y ahora con su hijo. La misma casa, el mismo sillon, el mismo colchon, el dialogo en teoría es el mismo, el cachorro varia con los años; este debe ser el octavo o noveno, como si la infelicidad formara una dinastia llamada 'Pupi'.
Spoiler de alanight
Compensados del juego
Era una situación muy inesperada, al menos en ese momento. El joven de 22 años entró al parque, ni muy elegante ni triturado. Se ubicó en unos árboles donde merodeaban algunos niños, y de vez en cuando pasaba la gente. Con la cabeza firme, como todo su último año, entabló conversación con dos mujeres de su edad, no estaban cerca, pero tampoco muy lejos. Entró tímido, como para generar algo, algo que él cree que puede percibir una persona de su edad y sexo opuesto. Se sentó con ellas y empezó con la rutina, simpatía por aquí, por allá, y un poco de risas. Era otra situación, tal vez esperada, una mujer de 19 años que derramaba lágrimas por todo el pueblo, estalló. Su novio tocó límite y tuvo la idea de abandonarla. La señorita, cautivada hasta en vestimenta, recorrió el barrio como para recobrar energía, la energía que supuestamente había depositado en el monedero del amor, y que la perdió, como moneda en locker de Musimundo (a menos que la devuelvan). Enojada hasta las venas, se sentó en un banco con su pollera verde, y cruzó las piernas. Los animales no tardaron en llegar, y los perros se aparecieron mucho más tarde. En el ida y vuelta, un hombre se acerco y le cantó una canción. Modesta, gesticuló en negativo, y se corrió un poco. Otros también trataron, pero se quedaron en la misma. Al fin y al cabo, nada. El muchacho de 22 años se despidió de las damas, dejándoles su número de celular y un intento de mirada provocadora, se marchó y dio camino hacia una avenida. En el medio de la avenida, se encuentran la risa simpática con la pollera verde. Se miran, se ojean, se ven, entran en juego, caminan más lento, sacan sus tijeras, doblan unos grados, calientan el agua, se acomodan las prendas, muestran las cremas, ríen sin verdad, juegan a la moda, y siguen de largo. Con su estética.
Spoiler de ElFalsoBarto
La dirección del sitio web era “Solo los usuarios registrados pueden ver los links. ¡Registrate ahora, es gratis!. El internauta, ocioso, hizo clic en “Conoce tu futuro”. La respuesta lo dejó azorado: “Morirás a la una en punto de hoy”. Tras un instante de perplejidad, esbozó una sonrisa. Sin embargo, no pudo evitar girar su cabeza y echar un vistazo al reloj de pared que tenía a sus espaldas. Las dos agujas, superpuestas, marcaban el mediodía. Una inexplicable sensación lo estremeció. Abandonó el sitio web y siguió deambulando por la Red, procurando seguir con su objetivo inicial: matar el tiempo. El paso del tiempo, no obstante, lo inquietaba. Cada tanto miraba el reloj, prestando especial atención al perezoso e hipnótico avance del segundero. En un momento dado saltó de su silla, corrió la cortina de la ventana de su habitación y miró al cielo. Era un día estival como cualquier otro: tórrido y de cielo despejado, nada que anticipara el fin del mundo. Se halló ridículo y volvió a sentarse frente a su computadora. Enseguida se puso de pie y le dio por revisar el pase del gas. Estaba cerrado. Intentó tranquilizarse y se propuso no volver a levantarse de su silla. La hora seguía corriendo y en su cabeza resonaba cada vez más fuerte el inexorable tictac del reloj. No tardó en darse media vuelta y fijar los ojos en él, para ya no despegarlos. Finalmente marcó la una. Entonces contuvo el aliento. Ahora eran los latidos de su corazón los que retumbaban en su cabeza. El segundero siguió su marcha y el hombre estuvo congelado hasta que éste completó una vuelta. De a poco, fue recobrando la calma. El reloj marcaba la una y cinco cuando abandonó la silla y fue a buscar un poco de agua fresca para su seca garganta. Un rato más tarde decidió tomar una ducha para reanimarse. Mientras se lavaba la cabeza, el jabón se le escurrió de las manos y saltó fuera de la ducha. Al salir en su busca, con los ojos entrecerrados a causa de la irritante espuma, lo pisó y se resbaló, cayendo de espaldas. El reloj de su habitación marcaba las dos en punto de la tarde, justo una hora más que el de su computadora.
Spoiler de Dan Iffig
Ol' Idil, Imhadril!
Existen aquellos que gustan de pregonar que las ciudades esconden misterios más allá de lo visto por el manto gris del asfalto o lo guardado en el secreto de las baldosas. Sostienen con un fervor pasional que araña los límites de la locura la verdad en la existencia de eventos que exceden al plano material de la urbe y, más aún, revientan las fronteras del ser vulgar y cotidiano, del objeto social.
Yo no soy quien para desmentir a estos predicadores de aventuras, y aún cuando ostentara algún título de gran señor no estoy convencido de querer hacerlo. A veces me cuesta creer lo que veo, y cuando así sucede, prefiero inventarme que todo funciona en base al fluir de brisas coloridas con consistencia musical.
Es la última sentencia la que me recuerda la ocasión que quiero narrar. Volvía del trabajo, como casi todos los días, algo cansado y absorto en un mundo de canciones, caminando por el centro. Ese día en particular se presentaba espantosamente gris, frío y húmedo; a pesar del abrigo, el mal tiempo materializado en la más cruda lluvia lograba penetrar hasta los huesos y hacerlos sufrir. Me apuré a resguardarme en la parada del colectivo y, hecho un bollo contra uno de los rincones, esperé.
Un micro, veinte minutos de viaje, dos cuadras, mi casa, la cama, una frazada abrigada. Claro, el plan era aceptable en tanto se diera inicio a la sucesión de eventos con el primer acontecimiento: la llegada del transporte. Lamentablemente para mí, no pasaron diez, sino quince o veinte minutos de soledad total en la parada, y el desgraciado no aparecía. Entre tanto, busqué entretenimiento en los adoquines de la calle y las porquerías que tira la gente con total impunidad en la vía pública.
Al perder la mirada con la enésima cuenta de los posibles metros que me separaban de la plaza que tenía en frente, vi venir a un vagabundo. Un linyera, como le decimos acá. Un tipo de unos cincuenta y pico de años, con las barbas ralas, desprolijas y harto de roñosas. En la cabeza, un gorrito azul de lana fina; por lo demás, era un aguantadero de ropajes de poca monta: buzos, pullóveres y probablemente dos o tres pantalones. Sobre sus hombros, una bolsa de arpillera color yerba mate y un saco de vestir gris.
El linyera, al cruzar, supo encontrar refugio bajo el techo del puesto de diarios y revistas ubicado estrategicamente sobre uno de los laterales de la parada de micros. Sacó de la bolsa una suerte de almohada horrible y se sentó sobre ella, cubriéndose previamente la espalda con el saco sobre los hombros y dejando el resto de sus chucherías de indigente en uno de sus lados.
El tiempo seguía corriendo, la parada seguía vacía y mi diligencia no acertaba en aparecer. Muerto de frío, de angustia, de hambre y aburrimiento, me volví hacia el quiosco más cercano a mi antro de eterna espera y compré un chocolate. Mediano, aireado, sabroso y reconfortante. Al comenzar a comerlo, me di cuenta que el vagabuno me miraba. No sabía si acercarme y convidarlo o simplemente optar por lo fácil, por ignorar. Tras una breve reflexión, mi espíritu solidario se impuso sobre el dilema y me acerqué para ofrecerle un trozo generoso. El vagabundo, agradecido hasta la conmoción, tomó el pedazo de chocolate realizando algo así como una reverencia y volvió a sentarse sobre su almohadón mugriento.
Ahí fue cuando sucedió la magia. El tiempo pareció detenerse: la lluvia que rebotaba sobre techos y pisos dejó de escucharse, el viento se detuvo y todo ser vivo sobre la faz de la tierra quedó mudo. A mi alrededor podía aún ver vivir y existir a todos y cada uno, en una cámara lenta surrealista. Quien había desaparecido era yo.
El linyera me miró con los ojos embebidos en lágrimas anunciando la sonrisa que ocultaban las barbas. Se acercó el chocolate a la boca y tomó un bocado. Al masticarlo, bajó sus ojos hasta mis pies y los utilizó de punto de partida para examinarme completamente. Fue cuando su mirada cruzó la mía que su expresión se tornó eternamente pacífica y realizando un extraño movimiento con la mano que sostenía la golosina, exclamó:
'Ol idil, Imhadril!'
Su gorro poco a poco fue traduciéndose en miles de millones de partículas que se perdían con el viento. Le siguió su cara y todo su cuerpo, hasta finalmente desaparecer. Sobre la vereda quedó el pedazo de chocolate a medio comer. El tiempo volvió a marchar a su paso normal y mis oidos se inundaron estrepitosamente con los ruidos de la ciudad. Volví al refugio y pude divisar, más allá de la plaza, el alegre paralelepípedo azul-grana que me llevaría a casa.
Spoiler de ][SL][ FrAnCø ][SL][
Cortado por lo sano
La rutina de Francisco no parecía descarrilarse. Su día transcurría con total normalidad. El diariero le comentaba la jornada deportiva del fin de semana, el pescador le exhibía su última adquisición y hasta con los niños de la esquina lo invitaban a una mano al póker. Hasta que en su camino se cruzo con del misterio el barrio. Así lo llaman a el, aunque a vox populi se sabe que su nombre es Palmiro. Cansado que el mismo nunca le devolviera un saludo, Francisco opto por un plan que había podido desarrollar en sus incontables horas en la mesa de café. Un choque casual fue el motivo para que el sorprendido Espinosa se alarmase al tener enfrente suyo a un individuo de casi un metro ochenta del altura y unos noventa kilos. Con un gesto pidiendo disculpas y una mirada escurridiza Palmiro intentaba huir. Pero no le iba a resultar tan fácil. Francisco estaba listo retenerlo todo el tiempo que fuese necesario. Con un tono socarrón Pancho no tuve mejor idea de tratar de romper el hielo comentado que si se apuraba tanto, su pata de palo podría quebrarse. La mirada de Palmiro dejo de ser escurridiza para convertirse en desafiante. Rápidamente el gordo, (como también lo llamaban los amigos a Francisco) advirtió un: "no se me enoje Palmiro querido”. Déjeme invitarlo a café para remedir el mal momento. El tal Espinosa dudaba demasiado, pero si dudas con el gordo, perdes. Con un brazo en su hombro como tal lo hubiese hecho un amigo de toda la vida, pancho le marcaba el camino hacia el bar de la esquina.
El gallego atónito atendió a su habitual cliente sumado a su misterioso acompañante. Un cortado en jarrito como solía pedir el gordo, y para seguir sorprendiendo a la gente presente, Palmiro solo hizo el gesto universal del café. La boca de Francisco disparaba tal metralleta alemana en segunda guerra mundial, pero muy a su pesar solo recibía afirmaciones o negaciones con movimientos de la testa.
Su alrededor comenzaba a inquietarse al ver que su mejor exponente de la charla contemporánea no podía sacarle palabra alguna al señor Espinosa. Y pancho sintió la presión. Ya sus palabras no tenían su característico tono jocoso ni distendido. Cansado de dar vueltas con preguntas sin demasiado relieve, Francisco tartamudeando un poco y bajando la mirada, lanzo su mejor golpe: " Don Palmiro, disculpe mi atrevimiento pero siempre me pregunte… ¿A que se debe esa cicatriz que atraviesa su cara?”
Palmiro tomo una servilleta y arrebato la lapicera de una mesa aledaña. Descifrando una letra digna de un estudiante primario, se pudo leer en su escrito: Disculpe señor, también me cortaron la lengua.
Spoiler de xrqx
Cuidado con el Oso Grizzly
Bob el viejo marchaba al frente de una excitada horda de furibundos minusválidos. Spencer Hewitt habia equipado su silla con unas enormes ruedas todo terreno, especialmente diseñadas para permitirle transitar por sobre los intransitables suelos naturales de los más diversos biomas de la tierra; John Carlow la había modificado de manera que podía protegerse de cualquier monstruo sanguinario que la naturaleza y el destino pudieran depararle, mediante el uso de una reluciente jaula rebatible de caños cromados; Mientras que Bob el viejo, en su natural liderazgo, había ido mucho más lejos, haciendo de su silla una verdadera maquina de aniquilar osos: Dos enormes pistolas de repetición montadas hacia los lados, sobre un dispositivo que permitía moverlas hasta cuarenta y cinco grados en cualquiera de las infinitas direcciones posibles, a lo que se le agregaba un par de cuchillas protráctiles, cuidadosamente envenenadas, que se proyectaban más de cuarenta centímetros desde dentro de los brazos de la silla con sólo presionar un botón, y eso no era todo, tenía tambièn a mano un hermoso revolver cargado con balas de oro que planeaba usar en caso de que el bicho quedara sólo medio muerto, y un fino y largo tubo negro que apuntaba hacia adelante por sobre su cabeza, listo para eyectar a más de cinco metros un chorro de ácido lo suficientemente potente como para disolver el tegumento del más grande y feroz mamífero carnicero que pudiera existir.
Largo fue el tiempo que vagaron estos héroes por el bosque en busca de la maléfica bestia mutiladora, pero Bob el viejo, que decìa poder olerlo en el aire y a la distancia, se lo demostró a todos los presentes. A lo lejos, la mirada del oso se cruzó con la del temerario vengador y el animal, al que éste le atribuía una inteligencia sensiblemente superior a la del oso promedio, se dispuso a huir rápidamente. La boca de Bob el viejo se llenò de espuma y el bosque se llenó de balas. Las casi veinte sillas de ruedas se movieron a velocidades que nunca antes habían alcanzado, incluso algunos volcaron por euforizarse más allá de sus capacidacles, pero finalmente se pudo oír un osuno aullido de dolor, y los hombres lo festejaron con màs disparos.
Poco fue el tiempo que perdieron ... siguiendo el camino con manchitas coloradas y esquivando o atropellando varios tipos de cadáveres inocentes, la turba de discapacitados llegó hasta la guarida del odiado y pronto a ser ejecutado animal. Fue entonces que Bob el viejo se puso de espaldas a la cueva, y decidió dar un solemne discurso previo al evento acerca de cómo las buenas causas siempre triunfan, de cómo aquella bestia iba finalmente a pagar las consecuencias de desmembrar a más de veinte decentes ciudadanos americanos, y de como su fin significaba el comienzo de una nueva era en la que los hijos de Dios no debieran preocuparse por bestias que surgieran de la nada y los condenaran a ser paralíticos en un mundo plagado de desniveles. Emocionado hasta la mèdula, Bob el viejo se internó en la tenebrosa cueva, y sus fieles y briosos compañeros lo siguieron, extasiados ante el ursicidio y las usanzas del americano protestante.
La cueva no sólo era húmeda, oscura, tenebrosa e irregular, sino que también era bien profunda. Les llevó un tiempo ubicar al oso, al que encontraron en un gran ensanchamiento de la caverna, aullándole agonizante a un hueco en el techo, por donde entraba un haz de luz. Pero no le dispararon enseguida. Bob el viejo y sus compañeros tardaron un poco en recuperarse del hecho de haber notado que el animal, ahora más demoníaco que nunca, se encontraba en el centro de un perfecto mosaico formado por tibias y peronés cuidadosamente ubicados y de entre los cuales, seguramente, cada uno de los presentes podría haber encontrado y recuperado los suyos; Aùn más feo fue cuando el presuntamente agonizante oso se paró y lanzó un rugido que les hizo temblar la sangre. Algunos comenzaron a dispararle. Otros trataron de huir, pero curiosamente el oso, que ahora parecìiera envuelto por un brillante e inexplicable halo color turquesa, parecía no tener problemas ante las las balas, las cuchillas y los chorros de ácido, así como tampoco los tuvo para alcanzar a los que pretendían huir, aunque esto quizás tenía una muy simple explicación, ya que los osos están mucho mejor adaptados a la vida en las cavernas que los hombres en silla de ruedas. El sueño de librar a Norteamérica de la amenaza latente de los grandes carnívoros del bosque se hizo pedazos en una gran confusión de garras, dientes, balas, gritos y babas de oso.
Bob el viejo recuperó la conciencia un par de días después, con tubos, suero, catéteres, suturas y contusiones, y la extraña sensación de tener los brazos completamente dormidos; Pero pronto, al notar que en realidad el oso tenía ahora en su poder también sus cúbitos y radios, se enojó mucho y prometió al que lo oyera que mataría al animal aunque tuviera que dispararle con los dientes. Ante tal escàndalo, la habitación se llenó de enfermeros fuertemente armados con jeringas y afuera, donde se escuchaban toda dase de insultos e imprecaciones hacia los enfermeros, sus madres y sus jeringas; el señor y la señora Common, quienes días antes lamentaron no haber podido ir a la caza y ahora andaban horrorizados por el nuevo desmembramiento que habían sufrido todos los miembros de la campaña, se tomaron de las manos, aliviados de aún conservarlas.
Spoiler de Buendía
FINITUD
Cuando Martín abrió la puerta, el olor a pescado invadió sus fosas nasales. “Otra vez pescado, ¿Por qué cocina pescado si sabe que no me gusta?”, pensó para sí. Ingresando a la cocina, divisó a Valeria, que preparaba los condimentos para el filete de merluza que estaba ya casi listo. Al advertir su presencia, no por haberlo visto u oído, sino simplemente por esa sensación que experimentamos cuando una nueva presencia se suma a la nuestra en un mismo ambiente, Valeria lo miró y, sin mediar saludo alguno, preguntó: -¿Fuiste a correr hoy? -No amor, no pude. Estoy con mucho trabajo. -Ay amor, sabés que tenés que ejercitar un poco. No sólo para bajar esa pancita que tenés sino también porque te hace bien a la salud. Ya lo hablamos y me prometiste que lo ibas a hacer. Sin contestar, Martín se fue a sacar la ropa. Se puso lo más cómodo que encontró: un short, y esa vieja remera ya desteñida que le había regalado su mejor amigo antes de irse a vivir al exterior. Se refrescó la cara, prendió un cigarrillo y cuando llegó al living la mesa ya estaba servida. -¿Otra vez fumando? -Tuve un día terrible Valeria… Dejá que me relaje un poco. -Fumar no es relajarte, fumar es matarte poco a poco. Reteniendo instintos casi asesinos, Martín apagó el cigarrillo y se sentó. Dio los primeros bocados de mala gana, sin emitir palabra alguna. Valeria lo observaba, casi sin prestar atención a su propio plato. Martín advirtió esta mirada casi inquisidora y espetó: -¿Qué pasa? ¿Qué mirás? -Nada. ¿No te gusta la comida que comés así? -Sabés que el pescado no me gusta y sólo lo como por obligación. -Y vos sabés que el pescado te hace bien. Luego de otro silencio, Valeria dijo en voz baja: “La que tendría que estar ofendida soy yo, por bancarme que uses esa remera roñosa”. Ante esta última frase, Martín sintió cómo un calor subía de lo más hondo de sus entrañas. Sus instintos, sus ganas de liberarse, de rebelarse, fueron creciendo y, rápidamente, vencieron las barreras de la prudencia y el raciocinio. -¡Basta! ¡Me tenés harto!. Laburo 10 horas por día como un negro para bancarnos, para pagar la maldita hipoteca y cuando vuelvo lo único que encuentro son reclamos, planteos… ¡Basta! Valeria no pudo más que callar. Nunca había recibido una respuesta así de Martín. Nunca en estos 3 años de casados, ni tampoco durante el largo noviazgo que los unió. No hizo más que mirar atónita como Martín se calzaba las zapatillas, agarraba las llaves de la casa y se iba pegando un portazo. Frente a ella quedaron los 2 platos, ambos a medio terminar, y la servilleta de Martín tirada en el piso. Pasaron unos segundos de atónita observación, hasta que por fin un par de lágrimas decoraron su bello rostro.
Ya en la calle, mientras fumaba un cigarrillo, Martín reflexionaba. En un primer momento, sólo se sucedían en su cabeza pensamientos y sensaciones de descontrol, de rebeldía, causados por los agobiantes reclamos de su mujer. Sin embargo, con el correr de las cuadras y de los cigarrillos, su ira y su cólera iba mermando, dando lugar a la razón. “En realidad, casi todos los planteos que me hace Vale son por mi bien”, pensó sorprendido, incrédulo ante el hecho de haber adoptado para sí el argumento que Valeria proponía ante la resistencia de Martín a adoptar sus recomendaciones. Reflexionó aún más y advirtió que realmente era amor lo que sentía por ella. Recordó los buenos momentos, los inicios, el sexo, y esa adorable rutina que es el noviazgo. Recordó la fiesta del casamiento y las ilusiones, los planes, los proyectos. Y se arrepintió. Se arrepintió de su desplante, se arrepintió de su reacción. Cayó en cuenta de que nunca Valeria había utilizado formas amenazantes o injuriantes en sus planteos. Nunca. Y, avergonzado, advirtió que lo que verdaderamente le molestaba era que ella tuviera el suficiente valor como para marcarle sus errores, en un golpe directo a su orgullo. Tiró su último cigarrillo en el húmedo asfalto y comenzó el camino de vuelta. Volvería, pediría perdón y trataría de arreglar las cosas. Le diría que la amaba, cosa que era real. Y le propondría lo que tanto ella quería: tener un hijo. Estaba ya a una cuadra. Caminaba absorto, pensativo, pero con una sonrisa en la cara: este incidente lo ayudó a confirmar sus sentimientos hacia Valeria. Cualquiera que lo hubiera visto caminar pensaría que se trataba de un demente, pues caminaba con la mirada por momentos perdida en el horizonte, y por momentos fija en el suelo. Así fue como llegó caminando a la última esquina que le faltaba. Tan absorto en sus pensamientos iba Martín que no advirtió que un auto se acercaba a una velocidad considerable por la calle que estaba a punto de cruzar. Cuando puso su primer pie en el asfalto, el conductor del auto advirtió lo que iba a suceder. Sin embargo, ya era demasiado tarde. “Qué frío que hace, y yo en shorts y remera…” fue lo último que pensó Martín antes de morir.
Spoiler de El Idolo de Barro
Dios Ha Muerto.
Dios ha muerto! Exclamo el joven. El cielo se cubrio de nubes, al color de un rojo vivo. Comenzo a llover como nunca antes habia llovido, las gotas decendian derrapantes en consecuencia a un Dios que se desangraba poco a poco. No habia muerto, agonizaba, pero era logico que en minutos moriria.
Dios empalidecia y su tinte se gastaba, era lrazonable que en la tierra los hombres no lo veian, primero porque las rojas y fulminates nubes tapaban el cielo, y segundo la muerte de Dios era algo abstracta, pero era sabido, todos caian en la cuenta que Dios moria. Este se habia suicidado en pleno Paraiso.
Dios ha muerto! Exclama otro hombre. Dios abatido y vencido ante el escepticismo y el nihilismo de los hombres, se dejo vencer y se dejo morir. Una nueva sociedad, donde casi no quedaban Cristianos, sino una nueva generacion de jovenes que preferian dejar de creer, que preferian estudiar Filosofia, antes de Medicina, los habia formado de maera tal que ya no encontraban a un Ser Supremo. Pero ahora que ironia, descubrian a un Dios al que siempre habian negado su existencia, y ahora lo comporbaban, y no tenian otro remedio que creer en el, pero nuevamente lo perdian, ya que este se habia muerto.
El Cosmos era apocaliptico, manchas, nebulosas, y galaxias, se mesclaban y estallaban como una orgia cosmica. Pero en la tierrra como senial de la muerte del ser supremo, solo veiamos un cielo cubierto de nubes rojas, y una lluvia que no cesaba.
Al fin y al cabo dejo de llover, era sabido, Dios habia perdido todo tipo de sangre, y uno desconocia como habia muerto, era extraño pensar que se suicido con una pistola o un cuchillo, en fin era una muerte simbolica y abstracta, y ya era suficiente con pensar que finalmente tenian la fe de que Dios existia, bueno existio.
A donde iria ahora, uno cuando muere va al cielo, pero segun los cristianos el suicidio se pena con el infierno, asi que uno suponia que ahora Dios se encontraba en el infierno, y ya no era el amo de nada. dejando la Tierra al azar.
Spoiler de Quieroser
Carta de un muerto
Desde donde te escribo no hay apuros las oraciones no terminan y la tinta no se agota, los renglones son infinitos y caben en ellos infinitas palabras. Acá solo hay tranquilidad y reina la paz, los días son más parecidos a los años y los años más parecidos a los siglos. Estoy bien no te preocupes no me extrañen estoy solo pero no en soledad, soy luz, soy luces.
Spoiler de razhiel-nan
Sobre su Sommier…
…Soledad, soñaba. Solitaria, sospechaba serpentina sensualidad sobre Santiago. Sometida, saboreaba sólida sustancia. Su secreto, sintiendo sinuoso sobrecogimiento, sollozaba. Superficial sudor sobre su seno. Salpicando, surgió salvaje satisfacción.
Suspirando, serenó su sueño. Silenciosa sonrió.
Spoiler de Jokerman
Una hora
Tenía una hora hasta salir al trabajo. Una hora para aprovechar de la mejor manera posible (siempre es el mejor momento para mejor aprovechar). Encerrado en una habitación, una hora: poco tiempo y pocas opciones. Tenía una hora totalmente libre de obligaciones y actividades de rutina. El tiempo lo perdía pensando en qué hacer. Los minutos pasaban, y el espacio de tiempo se reducía. Tenía que hacer algo rápido. Puse música.
La música tiene sobre mí un extraño efecto magnificador de la realidad. La monotonía y la frivolidad de mis días quedan reducidas a polvo, y me entran ganas de hacer algo grande, algo trascendente. Mientras estoy bajo el manto de su ensueño, todo este mundo se me muestra lleno de alegría y ansias de seguir caminando sobre su superficie, seguro de que algo interesante está a punto de pasar. La música me ofrece posibilidades que luego la realidad me desmiente. En realidad estoy completamente desilusionado con la vida. El arte que tanto me alimenta no es para mí más que un insidioso mal del cual me regocijo sólo con las formas de aliviarlo, del cuya cura ni siquiera me interesa conocer. Tal vez el mal no sea el arte, y la cura simplemente no existe y el arte es lo mejor que hasta ahora el hombre pudo descubrir para mitigar ese cáustico malestar que invade sus horas con extrañas ideas sobre una porción de existencia que no se extiende sobre su mundo terrenal, pero que su mente puede, sin piedad, imaginar.
En fin, entre pensamientos y pensamientos que hablaban un poco de esto y un poco de otras cosas que simplemente escaparon de mi memoria o cuyo carácter tan etéreo las hace imposibles de transcribir, la hora se consumió y tuve que irme de mi casa. Otra hora desperdiciada: mi cuerpo inmóvil y mi mente que no hacía más que anticipar futuras desiluciones.
Spoiler de Luke.
Miguel Berreta.
Esta es la historia (sin nudo, sin desenlace y sin fin) de un tipo llamado Miguel Berreta:
Miguel Berreta es el típico ejemplo de persona sin proyectos, de las personas que no esperan nada de la vida, de las personas que viven por inercia, un tipo que en su puta vida se preguntó para qué mierda vivir, un pedazo de masa con grasa que ocupa un lugar en el espacio ¿Saben a qué tipo de persona me refiero, no? Un infeliz, desgraciado, no en forma de insulto, sino por la esencia de esas palabras. Lo único que por lo que se le puede considerar un hombre son sus características anatómicas, aunque dejen mucho que desear.
Miguel Berreta se despierta a la mañana después de que el despertador haya sonado 10 minutos y el se haya dignado a apagarlo. Se sienta en el borde de la cama en la que se encuentra solamente él con su pachorra característica, se está quedando calvo así que no está muy despeinado, se estira tirándose algún que otro pedo bien calentito, tiene una musculosa blanca con manchas de café, una malla a cuadros de todos colores, calcetines con elásticos gastados. Va al baño después de pararse con esfuerzo debido a la barriga birrera que tiene. Se mira al espejo y observa a ese hombre sin expectativas que no sabe por qué se sigue levantando si no piensa progresar. Decide no afeitarse ésta vez, se saca las lagañas, larga un moco bien verde proveniente de su garganta al lava manos, empieza a lavarse la dentadura amarilla y torcida. Se prepara un café y tostadas, las come con la boca abierta y hace ruido mientras bebe. Sale a la puerta a agarrar el diario que le dejan todas las mañanas, pero nunca sin antes rascarse un huevo. Mientras desayuna pone en la tele el canal Volver para ir despertándose. Luego se viste con esfuerzo, el pantalón ya casi no le entra, encima su forma de colocárselo no lo ayuda (bien arriba, casi para ahorcarse), la camisa abajo del mismo hace notar más aún la barriga, parece que en cualquier momento se le desprende.
Berreta es un empleado administrativo que nunca ascendió durante 25 años de trabajo (trabajo en negro, por eso no está jubilado) y siempre obedeció órdenes del mismo patrón que siempre lo trató como un conejillo de indias. Llega a su escritorio y lo primero que escucha es “¡Otra vez tarde, Berreta! ¡La puta que te parió!”. El patrón no lo despide simplemente por lástima, sabe que si lo hace Berreta se muere de infeliz (esta vez como insulto), lo curioso es que nunca mostró ese lado compasivo al darle órdenes a Berreta, es un tipo que le gusta mostrar su autoridad y aparentar ser insensible. Berreta labura con un rendimiento mediocre, no es ágil con los papeles, a pesar de tantos años no mejoró su habilidad, pero por falta de voluntad, no por falta de capacidades, eso es lo que más indigna. Se nota que lo hace por profesión y no por vocación, no eligió ese trabajo por decisión propia sino para no defraudar a su entorno social en donde no esperaban otra cosa de él que eso, no se atrevió a jugarse por lo que lo apasionaba, se dejó dominar por las presiones sociales (sinceramente no sé qué lo apasionaba, mi género omnisciente tiene un límite). Para almorzar se hace un mini recreo y saca la hamburguesa que compró en el Mc Donlad’s (vaya a saber con carne de qué animal estará hecha esta vez) antes de ir al trabajo, le pone muchísima sal al huevo, es medio ignorante, con su sobrepeso lo puede matar, lo condimenta bastante, a tal punto que con cada mordisco se le cae un poco de mayonesa al escritorio que después la limpia con el dedo y lo chupa, también le quedó mayonesa en el bigote, pero no se da cuenta, aunque ya es costumbre que pase, ese bigote está muy descuidado, duro y pegoteado, no se le puede pasar ni siquiera el peine.
Llega a su casa, no hay ni una carta que le haya llegado, ni una llamada en el contestador, está todo muy desordenado y sucio, obviamente no le importa, total nadie lo va a visitar. Se pone a cenar más comida chatarra manchando todo y con mucha sal (como de costumbre) mientras mira Tinelli y se entretiene mirando culos, observa lo que nunca formó parte de su vida más que en sueños mojados de su adolescencia, observa mujeres.
Se pone la misma ropa de siempre, se acuesta sin que nadie que lo acompañe a su lado, se prepara para seguir con la misma rutina el día siguiente, se duerme sin siquiera hacer una mínima reflexión sobre si eso es lo que realmente quiere de su vida, es que está muy cansado, entiéndanlo.
Si es que supieron comprender y entender esto último es porque hay un Miguel Berreta dentro de ustedes.
Spoiler de Arsha krishna
Suicidio en el carajo de cuerpo (cero) “El universo son burbujas, una dentro de otra. El universo es como un charco de agua, todo lo que se ve de un lado se refleja del otro y nadie sabe donde empezó el reflejo y donde la materia ya que paradójicamente, una dice de la existencia de la otra. “ Este tipo de cosas graciosas piensa Cuerpo. Cuerpo es un andrógino casi humano, pues es cuarenta por ciento tinta por parte de madre y vive en una caja espacial de cartón. Está tan lejos de todas las galaxias que esta fuera del tiempo, y tan lejos de cualquier otra materia física que no conoce el espacio pero lo que si conoce cuerpo es que su existencia es inexistente ya que él es la excepción de su conciencia. Cuerpo vive parado en el medio de la caja y se mueve dentro de sí mismo, sube muy a menudo al carajo de su cuerpo por una escalera bastante peligrosa, aunque él no le teme al peligro. A este lugar lo denomina el punto cero y así cuenta hasta el nueve, que queda en sus pies. Un día se le cayó una pestaña y tuvo la brillante idea de dividirse en 9 partes, y así orgulloso vive sin razón de ser, sin conducirse hacia ningún lugar ni tiene expectativas de cambios en su vida. Reduce su existencia a pensamientos, pero con esto del nueve empezó a tener dudas. -¿si no tuviera que contar entonces que contaría? ¿Si me di cuenta de que podía contar, que había antes de la pestaña? Quizás antes todo era al revés. ¿Pero entonces si antes todo era al revés?, hizo memoria y conto para atrás todos los acontecimientos del nueve al cero y ahí volvió a contarlos hasta ultimo y siguió durante mucho rato divertido pensando que había por fin logrado una respuesta. De repente se dio cuenta de que había repetido este proceso más de nueve veces y dividió estos del cero al nueve y del nueve al cero en grupos diferentes y los diferenció entre sí por tener de antecesores tantos del primer orden como del segundo. Cuando quiso darse cuenta, había contado tanto para un lado y para el otro y había hecho tantos grupos dentro de los acontecimientos que tuvo que escribirlos y no pudo notar que el primer grupo no tenia antecesor, pero que todos los demás dependían de la existencia de los anteriores pero a la vez estos tenían una relación intermedia del orden, a esta repetición decidió llamarla “patrón” que obviamente se dividía en 0 y 1. Si cero iba del cero al nueve y uno del nueve al cero, entonces dos no podía ir del cero al nueve otra vez, por lo tanto dos significaba del cero al nueve y del nueve al cero pero ¿entonces al llegar al nueve, era el fin? Si podía seguir contando dentro. Pasar al cero otra vez lo limitaba a pasarse a otro nivel dentro de cada número pero la complejidad infinita de cada número seguía teniendo un fin en sí mismo como totalidad y esto carecía de plenitud mental para Cuerpo. “todo lo que se puede contar va del cero al nueve y vuelve del nueve al cero, y se repite para siempre en una ida y vuelta” Pero entonces cuerpo pensó en la vuelta, el solo la conto porque sabía que así podía volver a contar y esto le daba un sentido al orden pero no al principio. Entonces cuerpo se dio cuenta que la respuesta estaba del nueve al cero del sector 9, no existía, la cuenta terminaba del 0-9 y el cero volvía a empezar de la misma forma. -Juntar el uno y el 0 sería estúpido porque entonces ese número valdría dos-pensó. Y la existencia del movimiento dependía de este patrón a la inversa. Entonces cuerpo descubrió el secreto. “el problema es muy fácil, la unión entre el 0 y el 9 es de nueve a cero pero este no es visible en el nueve, por eso no existe.” Y entonces el uno no existía, el dos valía 0 y el 3 valía dos por eso el cuatro, el cinco valían lo que tres y se simplificaban. El seis valía cuatro, el siete cinco, el ocho no existía y el nueve valía seis. “El uno, el cuatro, el cinco y el ocho son de nueve a cero, lo que es igual a nada y esto responde claramente a mi incógnita del inicio de todos los números y acontecimientos del universo, del nueve al cero hay lo mismo que del cero al nueve pero a la inversa, si yo me parase en la inversa seguiría viendo de nueve a cero. Entonces estos son los acontecimientos invisibles, la condición del tiempo como existencia depende de la existencia del mismo a la inversa en cada división de cada número, de cada instante hasta el infinito en continuo movimiento dándole así un sentido a mis pensamientos siempre desde cero hasta el nueve pero entonces, hace rato que deje de contar.” Cuerpo se condujo en su caja hasta el límite de la burbuja del universo y materializo su razón de ser en un vaivén que va y vuelve desde la creación de su idea, atrapándolo para siempre, ya que mas allá es de nueve a cero, y eso es invisible.
Spoiler de Sirena
El Periódico (fragmento)
La decadencia era, para el, la ausencia. La ausencia de lluvia, de gris, de sombras angulosas, esquinas sombrías. Solo un canto distante, seco, opaco llegaba a el como ondas que anuncian una rotura en la superficie, y parado en esa calle era la definición de decadencia. Una calle sin oscuridad, sin niebla, sin soledad, un lienzo roto manchado de cemento viejo, un farol feo, negocios hediondos, personas sin rostro que pasaban a su lado. Y el sol. Un hombre de mediana edad, con un traje grasiento, barba de dos días, y un periódico viejo bajo el brazo, parado en una calle sucia ni muy llena ni muy vacía, y el sol. Eso era la decadencia, para el.
El Hotel era una sociedad de ladrillos que había perdido su identidad largo tiempo atrás, aunque había ganado en matices (las paredes estaban pintadas con la mas variada paleta de colores, lo que un día fue un insípido blanco, hoy era una combinación de granate y carmín parecido a perros desangrándose sobre el barro. Pero la vista no era el único sentido que resultaba excitado por el lugar, o mejor dicho salvajemente atacado, pues la familia de olores que emanaban de cada rincón solo podía ser comparable con algún baño turco después de una jornada completa de viernes, luego que empresarios obesos peludos, grasosos impregnaban la madera con el desprender liquido de su piel, y los perfumes baratos que compraban por centavos en los puestos chinos. Cada uno de los vetustos muebles que ocupaban las habitaciones, era casi a un ser viviente, teniendo su propia voz, fragancia, y porque no, truculenta historia. El hombre, o lo que en alguna primavera fue un hombre, resultaba difícil de distinguir del mostrador, pareciendo tener ambos la misma edad, o al menos el mismo uso, el mismo desgaste, las mismas grietas en el rostro, aunque Víctor tenia un mechón deshilachado de blancos cabellos que le raspaba las cejas, y parecía resplandecer sobre su piel amarillenta y arrugada. Tendría unos 50, o 73 años, pero le brillaban aun los ojos grises, y silbaba mucho al hablar, y se escupía la nariz al hacerlo. Al hacerle la reserva por una noche, salivó todo el papel, que se mezclo con la tinta, formando un agujero en la hoja. También salivó en el manojo de billetes que uso para pagar, y en los que devolvió como cambio), y el nombre en el letrero eran ahora 3 letras: T, Y, O, de las cuales solo la O mantenía un bombillo sano, que emitía un resplandor apagado. Entró y reservó una habitación.
Se sentó en el filo de luz que a través de las deshilachadas cortinas dividía la habitación, desfigurando el mobiliario con haces blancos de polvo, que parecían incómodos gnomos gordos de hombros anchos, formando una sectaria ronda alrededor de la cama, envuelta en sombras. En la esquina inferior, una V de luminosa tierra alojaba a un hombre, de mediana edad, feo, con un periódico. Podía oler las fluidos secos en el aire, la transpiración pegajosa en los pliegues de las sabanas, escuchaba los gritos de la noche anterior chorreando de las paredes, sexo y llanto, y humillación concentrados en fantasmas borrachos bailando al son del delirio, de la fiesta secreta que se escondía día y noche, tras la sociedad de la ladrillos de la calle sin oscuridad.
Ciertamente Virgilio (este claro, no es su nombre real) no era un hombre de esos que encuentran placer en los sórdidos laberintos de la perversión, del dolor erótico, la sangre y la saliva, pedofilia, zoofilia, necrofilia o alguna de esas practicas tan comunes en esos tiempos. Ni siquiera le gustaba tener alguna lámpara encendida, encomendándose a la mas completa oscuridad, al refugio de los parpados, a la cristiana negación del orgasmo animal, a la culpa y la expiación. Así había sido criado, y nunca se había planteado cosa diferente (y porque habría de hacerlo), pero ahora, en ese día, esa semana, mes, año, lustro, sabia Dios (y El mismísimo claro que lo sabia) en que momento su camino, su haz de luz se había difuminado, los bordes de su vida se habían desdibujado, el marco de su realidad agrietado con mil grietas diminutas, minúsculas, conspiradoras, habían quebrado su voluntad, y mas que envuelto en el negruzco puño de la miseria (como era de esperarse, o al menos el esperaba inconcientemente el destino horrendo encomendado al imbecil promedio, el cubo gris que encasillaba, el magullamiento de la carne y la mente, el marchitamiento, la muerte. Así ocurrió con su padre, el padre de él, y su bisabuelo, todos atrapados en un cajón mucho antes de las palas con tierra, condecorados, los callos en las manos, la gomina en el pelo, las lagrimas detrás de la piel) se encontraba totalmente librado a su suerte, en una maqueta mal construida, con edificios mal pintados con temperas viejas, en calles de cartón corrugado, carteles de papel, personas de palillos y algodón, una obra representando la mas absurda, omnipotente, imparable, asfixiante decadencia humana. Y su pelo se encanecía entre la grasa, rogando a su dios que los rociara con fuego, o con gloria.
Afuera, en la calle sin niebla, cantaban chicos jugando al felonio (un juego de origen suizo, traído por los soldados italianos durante la guerra. Al ser muy pequeño el tablero, y fácil de jugar, era muy popular entre las tripulaciones de los submarinos. Esto, y el vino de manzana se decía, en chiste, habían ocasionado la derrota de la unión del Sur. Consistía, el juego, en un cuadrado de papel, de 12 centímetros por 20, doblado en cuatro cuadrados iguales, y a su vez en dos círculos. En cada uno de los pliegues se anotaban números primos y una letra intercalada del abecedario. Usando la deducción, un poco de adivinanza, se tenía uno que apoderar de los pliegues del adversario, tomando cada jugador un turno por ronda, a excepción del primero, llamado el capitán, que tomaba dos. Al llegar a América, se había transformado un poco la metodología, dependiendo de la zona, y los chicos llegaban a usar una pequeña piedrita, que arrojaban al suelo para determinar el lugar que se salteaba cada ronda), resonaban los gritos de los vendedores de pescados, chucherias, revistas, telas, la sirena de algún vigilante…. Cosas irreales, en una nebulosa gris que estallaba en la ventana sucia abrazada de deshilachadas cortinas, un filo de blanco con polvo sobre las sabanas pegajosas, un hombre feo que ahorcaba su destino en un cuento sin sentido, sin principio, sin final, sin gloria ni fuego. Y las acciones eran bloques en la intrascendencia, pasos invisibles en un laberinto etéreo, eterno, pequeños pasos, pequeñas lagrimas en el periódico, pegoteado sobre la cama, en una habitación infecta de fantasmas ebrios y gnomos enjutos, en un hotel de ladrillos sin nombre, en una calle sin oscuridad, sin niebla ni soledad, con un farol feo, parte de una ciudad geométrica, en un país desconocido que chupa la sal de un mar sin olas, chocando con el limite inexistente de la infinidad del universo seco. Ni la vida ni la muerte tenían significado, un cuento sin historia.
Salio de la habitación, tropezando con un escalón. Escupió el farol feo mientras pedía un taxi. Había olvidado el periódico en la habitación.
Spoiler de Intratable
Jorge y yo
Ya estoy viejo. Me cuesta caminar. Me cuesta salir. Los años no vienen solos. y eso Jorge lo sabe.
Nuestra amistad data de muchísimos años, es él realmente mi único amigo. Siempre di todo por él,
años y años acompañándolo en sus problemas y siendo de su ayuda para cuando me necesite.
Me queda la duda de saber que será de su futuro para cuando yo ya no esté, ahora que el pelo blanco
gana terreno en mi y mis caderas poco a poco dejan de responder.
Por ahí se niega a entender la realidad, o simplemente trata de no pensar en eso. Una lágrima rodó por
su cara al saludarme esta mañana; nunca lo había visto llorar desde que me trajo a vivir a su casa.
Todo fue felicidad para ambos después de que abandoné la escuela de aprendizaje, estaba realmente
con un compañero; ya lejos de ese entrenamiento arduo y díficil, que si bien me ayudo a ser mejor, me
hizo perder años de mi juventud.
Pero en balance, no me quejo de nada. Fui feliz, y de partir, quisiera que tanto Jorge como yo suframos
lo menos posible. Realmente me estoy sintiendo mal, y creo que sería lo mejor para ambos.
Esta noche ya no me puedo levantar. El frío me cala los huesos, y un dolor fuerte en mi pecho casi no
me deja mover. Jorge no me ve ni nunca me vio, pero soy como su mirada. Y sabe que sufro.
Me acaricia, me abraza y me besa. Con tanto amor no nos podríamos despedir. Con su voz
templada y entrecortada, me dice: "Fuiste mi amigo, el mejor lazarillo, y te voy a extrañar mucho".
Y me dormí entre sus manos.
Spoiler de Juan Eduardo I
La vida de Arturo era rotundamente aburrida. La rutina lo tenía asfixiado, las obligaciones lo atornillaban a un pasar monótono, magro, insípido. Se levantaba temprano, se duchaba, se vestía, desayunaba y salía. Tomaba el colectivo vacío y lo abandonaba repleto. Entraba a trabajar ocho y media, saludaba a su jefe, relojeaba a la secretaria, una petisa regordeta hermosa, para él, y se abocaba enteramente en su tarea. Tras cuatro horas frente a la computadora, completando planillas de cálculo, se hacía el tiempo para ir a comer. Frecuentaba normalmente el mismo restaurante, a donde llegaba siempre solo y se retiraba de la misma manera. A pesar de verlos todos los días, no concretaba diálogo alguno con los mozos, quienes lo identificaban como el señor tristeza, dado que, al elegir, comía pizza, sólo de muzzarella, ravioles, de ricota, helado, de chocolate y vainilla y demás. Los grandes placeres culinarios eran un completo enigma para Arturo. Ya en la oficina, por la tarde, retomaba sus tareas hasta las siete, cuando emprendía la vuelta a casa. Se cocinaba lo que podía, aprovechaba un ratito de su tiempo libre con la tele o el diario, y se acostaba. Diez y media estaba en el sobre, tranquilo, tal vez imaginando qué sería de su vida al día siguiente. Y acertando, seguramente.
Arturo no era un pibe, ya contaba casi los cuarenta y encauzaba su futuro hacia un túnel del cual nunca podría salir. Necesitaba un cambio. Lamentablemente, nadie se lo decía, sus parientes más cercanos no vivían en el país y lo visitaban los años bisiestos. Hijo único, soplaba los veinte cuando murieron sus padres. Uno atrás del otro, sin previo aviso, dejando al joven desamparado a la buena de nadie, con un miserable departamento y deudas que se acrecentaban mes a mes. Con gran valentía sobrellevó el mal momento. Estudió, se compró un auto, un televisor, y se supuso feliz. Abrigó por un tiempo en su mente las ansias de formar familia, pero el deseo perdió peso, escapó a los recovecos, cual cucaracha herida, para finalmente disiparse en un mar de lágrimas las cuales Arturo no supo contener.
Un buen día, Arturo se despertó, como siempre, y decidió agregarle pimienta, sagacidad, aventura, a su vida. Así, de sopetón, abandonó el traje que tan pulcramente había vestido hasta entonces y dejó su casa. En un acto de altísimo riesgo, tomó el tren, salió de la ciudad y, por primera vez en sus años como profesional, faltó a trabajar. Anduvo en la pesada del conurbano, de bar en bar, buscando locura para su vida. No lo consiguió. Las once de la noche lo hallaron exhausto, con ganas de retomar la rutina que tanto detestaba. Pero ya de vuelta en casa, se dijo que en un solo día era poco probable lograr tal cometido, por lo que fijó un plazo de siete.
Esa semana, decididamente, no paró. Se animó a todo lo que le producía curiosidad. Frecuentó prostíbulos, probó paco, tomó pastillas, se emborrachó, fue al teatro, cine, robó, fue preso, salió, viajó, frecuentó prostíbulos, probó paco, fue a la cancha, al parque, al museo, gastó todos sus ahorros en el casino, frecuentó prostíbulos, recuperó todos sus ahorros en el casino, quemó dinero, lavó dinero, se compró un microondas, caminó por Laferrere, Morón, Ituzaingó, Berisso, llegó a La Plata en su coche nuevo, lo chocó, lo reparó, fumó paco, frecuentó prostíbulos, durmió, vagó, pegó onda con unos pibes, los traicionó, corrió, tiró piedras y acabó en el hospital. Semejante frenesí no le significó más que unas pocas anécdotas, un corte sobre la ceja, y una cuenta de luz enorme, ya que olvidó apagar la del cuarto antes de salir de gira.
Del trabajo lo fletaron, a la petisa nunca más vio, pero se dio cuenta que lo suyo era la rutina, no había nacido para la joda, que la aventura la vivan otros, pensó. Y así, con su carpeta de elásticos bajo el brazo, tomó el colectivo, en busca de un nuevo destino, aburrido, pero adecuado para él.
Spoiler de Susese
Una poco creíble historia de cómo comenzó “El Forro”
En una de tantas esquinas del barrio de Once se erigía, orgulloso a pesar de todo, el bar “de Bartolo”. Fundado a fines de la década del cincuenta por un joven vasco recién llegado al país, conservaba desde sus modestos orígenes hasta la actualidad, un cálido ambiente familiar. Era algo así como un club de amigos, con una mesa por cancha y café, cigarrillos y charlas interminables como sagrados deportes. Un párrafo aparte las rigurosas olimpíadas de ginebra del invierno… Los clientes eran siempre los mismos, salvo por unos pocos circunstanciales. Aún cuando dejaran de vivir o trabajar en el barrio, seguían con ese ritual de encuentros con cualquier excusa; al punto que los que ya no podían hacerlo enviaban a un representante que aseguraba la permanencia del linaje en el local. Algo así como una membresía ganada a fuerza de asistencia y apego a sus añosas tradiciones. Adame Monaberri y su pequeña hermana Susane llegaron a la Argentina en busca de sus tíos paternos radicados en años anteriores. Partieron de España luego de la inesperada muerte de sus padres, en busca de lo que les quedaba de familia. Era, a decir de sus mayores, lo más importante en la vida de toda persona. Luego de meses de fallida búsqueda y aconsejado por un par de paisanos, el joven decidió establecerse y continuar con el negocio familiar. Fue así que con el capital disponible adquirió una antigua casa con un local bastante amplio en la parte de adelante. Con el resto abrió una cuenta en el banco y lo administró de tal manera de asegurar la educación de su hermana; al menos hasta que el bar comenzara a ofrecer dividendos. Ya de niño, obediente y curioso, permanecía trabajando con sus padres apenas se desligaba de sus tareas escolares. Esa experiencia fue fundamental al momento de iniciar su propio emprendimiento. Quizás lo mas particular era que nunca le puso un nombre: “BAR”, rezaba un cartel de madera y letras oscuras ubicado sobre la puerta. Cuando le preguntaban al respecto, Adame respondía: “le voy nombrar como el primer pariente que encuentre”. Con el correr de los años, todo siguió igual. Con la vuelta de la democracia en el ’83 se corrió la voz del embarazo de la hermosa Susane que daría a luz a mitad del año siguiente a un barón bautizado Bartolome. Entonces se lo vió descolgar el cartel, para devolverlo a su sitio dos días después. Ahora podía leerse “de Bartolo”, en cariñosa referencia al nuevo propietario, ya que Adame resolvió heredárselo a su sobrino y único pariente sobre la faz de la tierra. Desde la adolescencia, el nuevo propietario tenía dos fuertes inquietudes. La primera era reunir el dinero suficiente para que su madre y tío pudiera regresan (aunque más no sea como turistas) a la tierra de sus padres. La segunda dependía de la primera y consistía en poder desligarse del negocio y la tradición familiar que por momentos le producía ana sensación de asfixia inextinguible. No podía enfrentar la anciana mirada su tío, ni siquiera insinuarle sus planes. Tampoco con su madre. Con los únicos que podía hablar del tema era con su reducido e infalible grupo de amigos. Cuatro sin incluirlo, para ser exacto. Todos descendientes directos de antiguos clientes, siguiendo la tradición (en principio), para luego desarrollar una estrecha relación con el niño silencioso y observador que llegaba de la escuela y se apostaba del lado interno del mostrador. El primero en acercarse, acaso por que eran de la misma edad, fue Baldomero. Intelectual, extrovertido y romántico, escribía sonetos y se los obsequiaba a sus amigas con la tácita invitación a que dejaran de serlo. Casi termina todo antes de empezar, cuando en la primer conversación Baldomero (embelezado) le pregunta por la hermosa mujer que asoma por la ventanilla de la cocina. -Esa es mi madre…- respondió Bartolome, con gesto adusto. -¡Que hermosa mujer es tu mamá!- replico el primero sin sonrojarse. Del otro extremo del mostrador una voz susurrante, repetía frente a un espejo, alternando gestos y poses: ¡Ahhhhhh.….mujeres! Macedonio, en pleno trance narcisista, practicaba (como si le hiciera falta) su perfil mas encantador. Ya casi adolescente, cautivaba masivamente al género femenino sin demasiado esfuerzo. Luego de varias tardes de encontrase, Baldomero decidió que ya era tiempo de marcar territorio y se adueño de una de las mesas libres, cada vez mas numerosas. Luego se sumo Isidro, el militante. Apasionado por la política y de cuna peronista, siempre hablaba de la situación del país y de otros temas a los que los demás (a pesar de respetarlo), no le daban demasiado importancia. Completaba el grupo Antonio “el sumiso” (butizado así por Baldomero), un adolescente cabisbajo y de modales (demasiado) refinados. Con veintiún años cumplidos y sus mayores de viaje tomo la decisión de cambiar de rubro y se lo hizo saber a sus amigos. -¿Un cyber? ¿Querés infartarlo a tu tío? – dijo Isidro -Yo creo que…- sugirió Antonio si terminar la frase. Sin darse cuenta estaban sumergidos en una calurosa discusión que amenazaba disolver aquel circulo de íntimos. Una semana después, con la aprobación de su madre y si tío se inauguraba “El Barto” (el primer cyber de Once), con un pase libre y lugares reservados para los miembros de la antigua cofradía. Ya no hablaban tanto, aunque chateaban casi todo el tiempo. Un día, Bartolome les mando un mensaje intrigante que decía: “tengo una idea bárbara para que esto siga creciendo…”
Una pregunta: ¿Se puede subir más de un cuento? y...¿Hay un mínimo de caracteres?
Es un texto por persona. Si después te decidís por otro, lo cambiamos, pero dos a la vez no. Si querés podés subirlos a Inéditos y ver cómo son recibidos también.
Y no, no hay mínimo de caracteres.
Esperamos tu texto!
Había una vez un viejo científico loco que inventaba artefactos de dudosa confiabilidad. Esta historia cuenta de cómo este señor se volvió querido por la gente de su pueblo, que antes lo odiaba de maneras poco felices y díficiles de remarcar en estos escritos.
Este científico vivía en las afueras de "Las Afueras", cerca de "Los Lejos", donde tenía un enorme castillo en lo alto de una colina. En el pueblo de Las Afueras la gente contaba detalladamente terribles historias sobre cierto alguien que habitaba en esa inmensa mansión mansa y que hacían que los niños jamás se acercaran o siquiera pensaran en hacerlo. El lugar demandaba respeto. Pero no todos los niños. Había un niño muy especial, que no creía todas esas temibles historias. Es por eso que este niño de identidad desconocida se dirigió una noche oscura hacia la vieja y degradada mansión en lo alto de la colina.
Saludó a su madre como todos los dias para ir a buscar agua al aljibe, del otro lado del bosque. Guardó unos binoculares de bambú en su mochila de algarrobo, se calzó las zapatillas de arena, se peinó el jopo rebelde que lo aquejaba durante semanas, y se dirigió a frenar con los mitos y leyendas que circulaban alrededor del viejo mareado.
Pero este niño no sabía que ese mismo día se iba a realizar una conspiración contra ese viejo. Más de la mitad de Las Afueras estaba yendo con antorchas hacia lo alto del castillo, donde también se encontraba el chico, que desconocía este hecho. La conspiración se disipó entre los árboles, mientras que incautelosamente los incertos se porcilaban hacia la insoculable violecidad que atribuía a este ceste. Natividamente, el chico se crivitó hacia lo surcoso del lujoso tirso humuente. El individuo mudó y se sucó. Indivinidamente el carso tomó por las astas el cígrido rematante intraso y lo hirió. Lamentablemente toda la gente los miró detenidamente y nunca más los volvieron a saludar.
El Pintor No por salir corro mas fuerte, no por soñar pasan las horas sin poder detener luego, esos cuadros en la mente de tantas guerras ganadas, esas de todos los días.. y es que acaso me doy cuenta, pero no quiero enterarme, tengo sueños momentáneos, que me apartan de la tierra, Me permiten vislumbrar, cosas para otros ocultas, pues entonces me levanto, transpirada de conciencia, maldecida de demencias, orgullosa de mis muertos, los que mueren en mis días, cuando empuño mi pincel, el que me saca de quicio, que me sosiega de vicios, con tinta de mis entrañas. Y solo tengo conciencia, en los momentos debidos, cuando todo esta perdido, es entonces que renazco para plasmar las culpas, en el lienzo del fracaso...., pero no solo del mío.
Del fracaso respiramos, gracias a él morimos... para nacer de nuevo; plumón de androide, cuna de creadores, progenitor de ilusiones. En él, se envenenan próceres, se iluminan los mediocres, se sosiegan los amores, desencadenan tumores: las velas del mar del sueño, destierran vivos los muertos, varados en la tontera. Así como en él se acunan, los sueños mas retorcidos, los duelos menos dolidos, los dioses menos oídos......, historias...., incomprendidos.
Yo creo en él y me apego, al fracaso repentino, al final mas detenido de la historia de finales. Del habito los umbrales, de las pasiones enfermas, de mi paz y de mi guerra. , de mi crueldad, de mi viaje. Del vientre de mis molinos, giran fracasos ladinos, de mis zapatos albinos barros de incandescencia, del fondo de la conciencia mis eternos despertares encienden de caminares, que se plasman en mi tela. Que palpitan, que sustentan, a mis pupilas vencidas, las malditas acuarelas se adueñan de mis partidas.
Es entonces cuando vuelvo, que me encuentro descansada, que encierro lo que he soñado en una celda celosa, de mirar y de ver cosas, de mutar, de haber volado, de encender lo que ha pasado en una llama de rosas, y fumo y dejo olvidado, lo que así el fracaso quiso, dejar inmortalizado.
Entro con este.....tal vez lo cambie pero no estoy segura.
Había una vez un viejo científico loco que inventaba artefactos de dudosa confiabilidad. Esta historia cuenta de cómo este señor se volvió querido por la gente de su pueblo, que antes lo odiaba de maneras poco felices y díficiles de remarcar en estos escritos.
Este científico vivía en las afueras de "Las Afueras", cerca de "Los Lejos", donde tenía un enorme castillo en lo alto de una colina. En el pueblo de Las Afueras la gente contaba detalladamente terribles historias sobre cierto alguien que habitaba en esa inmensa mansión mansa y que hacían que los niños jamás se acercaran o siquiera pensaran en hacerlo. El lugar demandaba respeto. Pero no todos los niños. Había un niño muy especial, que no creía todas esas temibles historias. Es por eso que este niño de identidad desconocida se dirigió una noche oscura hacia la vieja y degradada mansión en lo alto de la colina.
Saludó a su madre como todos los dias para ir a buscar agua al aljibe, del otro lado del bosque. Guardó unos binoculares de bambú en su mochila de algarrobo, se calzó las zapatillas de arena, se peinó el jopo rebelde que lo aquejaba durante semanas, y se dirigió a frenar con los mitos y leyendas que circulaban alrededor del viejo mareado.
Pero este niño no sabía que ese mismo día se iba a realizar una conspiración contra ese viejo. Más de la mitad de Las Afueras estaba yendo con antorchas hacia lo alto del castillo, donde también se encontraba el chico, que desconocía este hecho. La conspiración se disipó entre los árboles, mientras que incautelosamente los incertos se porcilaban hacia la insoculable violecidad que atribuía a este ceste. Natividamente, el chico se crivitó hacia lo surcoso del lujoso tirso humuente. El individuo mudó y se sucó. Indivinidamente el carso tomó por las astas el cígrido rematante intraso y lo hirió. Lamentablemente toda la gente los miró detenidamente y nunca más los volvieron a saludar.
El Pintor No por salir corro mas fuerte, no por soñar pasan las horas sin poder detener luego, esos cuadros en la mente de tantas guerras ganadas, esas de todos los días.. y es que acaso me doy cuenta, pero no quiero enterarme, tengo sueños momentáneos, que me apartan de la tierra, Me permiten vislumbrar, cosas para otros ocultas, pues entonces me levanto, transpirada de conciencia, maldecida de demencias, orgullosa de mis muertos, los que mueren en mis días, cuando empuño mi pincel, el que me saca de quicio, que me sosiega de vicios, con tinta de mis entrañas. Y solo tengo conciencia, en los momentos debidos, cuando todo esta perdido, es entonces que renazco para plasmar las culpas, en el lienzo del fracaso...., pero no solo del mío.
Del fracaso respiramos, gracias a él morimos... para nacer de nuevo; plumón de androide, cuna de creadores, progenitor de ilusiones. En él, se envenenan próceres, se iluminan los mediocres, se sosiegan los amores, desencadenan tumores: las velas del mar del sueño, destierran vivos los muertos, varados en la tontera. Así como en él se acunan, los sueños mas retorcidos, los duelos menos dolidos, los dioses menos oídos......, historias...., incomprendidos.
Yo creo en él y me apego, al fracaso repentino, al final mas detenido de la historia de finales. Del habito los umbrales, de las pasiones enfermas, de mi paz y de mi guerra. , de mi crueldad, de mi viaje. Del vientre de mis molinos, giran fracasos ladinos, de mis zapatos albinos barros de incandescencia, del fondo de la conciencia mis eternos despertares encienden de caminares, que se plasman en mi tela. Que palpitan, que sustentan, a mis pupilas vencidas, las malditas acuarelas se adueñan de mis partidas.
Es entonces cuando vuelvo, que me encuentro descansada, que encierro lo que he soñado en una celda celosa, de mirar y de ver cosas, de mutar, de haber volado, de encender lo que ha pasado en una llama de rosas, y fumo y dejo olvidado, lo que así el fracaso quiso, dejar inmortalizado.
Entro con este.....tal vez lo cambie pero no estoy segura.
¡Anotados! Sirven ambos y pueden cambiar si dudan...
Pulso la perilla de la luz artificial. Sin que yo pueda siquiera intuir, a una velocidad imperceptible, rayos electromagnéticos abrazan mi cuarto y la clara realidad se prosterna ante mis ojos. Disipo mis dudas: no hay nadie. Sólo la tenue solidez perpetua de las cosas. Puedo ver de otra manera, de una, quizás, menos conveniente y terrible. Apabullante. Miro como si no fuera un hombre, ni un animal, como si no fuera un ser, fuera de mí, desde el costado del mundo de las percepciones. Veo cómo todo cambia, se interpola, cómo la verdad es una sola, indisoluble y compacta. Veo el intento de los hombres en organizarlo todo, restringiendo así su condición de libertad. Estoy sucio. En cuanto me levante tendré que bañarme. Ahora dormiré.
Ya es de mañana y existo. Una lagaña se cuela por mis pupilas húmedas y la molestia me irrita. Con pesadez voy hasta el baño y examino con delicadeza frente al espejo mi ojo. Logro encontrarla y la tiro. Ya nada me preocupa. Me bañaré. Prendo la ducha. Mis oídos perciben con tenacidad el ruido que provoca el agua al caer al piso. Oigo un bullicio lejano. Ya me aseo. Coloco en mi cabello un perfumado cosmético, refriego solemnemente como si de ese modo pudiera limpiar mis pensamientos cuando de repente comienzo a transformarme. Mis manos se aglutinan a mi cabeza y comienzo a sentir mis brazos como si fueran un líquido viscoso. El agua de la ducha comienza a golpearme sin piedad, originando en mis membranas cráteres insignificantes. Voy desapareciendo, muy de a poco, en un impulso de la naturaleza de la gravedad. Comienzo a caer, lentamente, sin intención, sólo dejándome caer. Sólo dejando que mi cuerpo sea lo que quiere ser. Sin impedimentos, ni condicionamientos.Ya me resigno, no lucho, mi piel se va transformando en una crema que llega hasta mis huesos y que también los transforma. Mis órganos, mis huesos, mis pensamientos, mi vida, toda mi vida, ahora es, inexplicablemente, crema de enjuague.
Me encanta la competencia. Y como no creo en la suerte ¡les deseo suerte a mis competidores!
Pulso la perilla de la luz artificial. Sin que yo pueda siquiera intuir, a una velocidad imperceptible, rayos electromagnéticos abrazan mi cuarto y la clara realidad se prosterna ante mis ojos. Disipo mis dudas: no hay nadie. Sólo la tenue solidez perpetua de las cosas. Puedo ver de otra manera, de una, quizás, menos conveniente y terrible. Apabullante. Miro como si no fuera un hombre, ni un animal, como si no fuera un ser, fuera de mí, desde el costado del mundo de las percepciones. Veo cómo todo cambia, se interpola, cómo la verdad es una sola, indisoluble y compacta. Veo el intento de los hombres en organizarlo todo, restringiendo así su condición de libertad. Estoy sucio. En cuanto me levante tendré que bañarme. Ahora dormiré.
Ya es de mañana y existo. Una lagaña se cuela por mis pupilas húmedas y la molestia me irrita. Con pesadez voy hasta el baño y examino con delicadeza frente al espejo mi ojo. Logro encontrarla y la tiro. Ya nada me preocupa. Me bañaré. Prendo la ducha. Mis oídos perciben con tenacidad el ruido que provoca el agua al caer al piso. Oigo un bullicio lejano. Ya me aseo. Coloco en mi cabello un perfumado cosmético, refriego solemnemente como si de ese modo pudiera limpiar mis pensamientos cuando de repente comienzo a transformarme. Mis manos se aglutinan a mi cabeza y comienzo a sentir mis brazos como si fueran un líquido viscoso. El agua de la ducha comienza a golpearme sin piedad, originando en mis membranas cráteres insignificantes. Voy desapareciendo, muy de a poco, en un impulso de la naturaleza de la gravedad. Comienzo a caer, lentamente, sin intención, sólo dejándome caer. Sólo dejando que mi cuerpo sea lo que quiere ser. Sin impedimentos, ni condicionamientos.Ya me resigno, no lucho, mi piel se va transformando en una crema que llega hasta mis huesos y que también los transforma. Mis órganos, mis huesos, mis pensamientos, mi vida, toda mi vida, ahora es, inexplicablemente, crema de enjuague.
Me encanta la competencia. Y como no creo en la suerte ¡les deseo suerte a mis competidores!
Bueno, esto me da muchiiiiiiiiiiiisima verguenza, nunca le muestro a nadie lo que escribo, pero supongo que despues de publicar aca me va a ser mas facil animarme a ineditos... como que paso la prueba de fuego de una XD
Algo que escribi despues de una clase de derecho procesal penal que me molesto mucho...
El ladrón de atributos
Eduardo era ladrón, pero no un ladrón común y silvestre, sino que robaba los atributos de las personas. Asi, por ej, se encontraba con un señor que ayudaba a cruzar la calle a una viejita y le decía: arriba las manos, esto es un asalto, deme su generosidad!! El pobre señor le explicaba que trabajaba en un geriátrico, que no se imaginaba su vida sin la generosidad, que le daba el reloj si quería, pero con Eduardo no había caso, él siempre insistía en despojar a las personas de lo mejor que tenían.
Y así acumulaba sus pequeños tesoros, a un profesor de secundario, atacó en un callejón sin piedad, arrebatandole su paciencia, imaginense el caos al otro día en ese colegio... A un acrobata de circo le robó el talento, consecuencia: dos huesos fracturados. A Ruben, el verdulero del barrio, lo dejó sin la solidaridad en medio de un impactante asalto, pero doña Rosa, que justo salía de comprar los zapallitos para el almuerzo, alcanzó a llamar a la policia. Alto revuelo en el barrio, por fin habían atrapado al ladrón de atributos!!
El jucio fue rápido, siempre que el caso es famoso la justicia actua con sospechosa celeridad. El proceso pasó sin mayores conmociones que un último intento de dar su gran golpe y robarle la equidad al juez, nunca se supo si no la encontro o quizas se inhibió a último momento por la presencia de las cámaras de televisión.
La condena fue la esperada, el ladrón de atributos fue sentenciado a 15 años de prisión. Eduardo salió satisfecho con la sentencia y riéndose para adentro pensó: No sería más fácil despojarme a mi de mi bien más preciado, quitarme mi talento para robar?? Bastante ingenuo Eduardo, la inteligencia definitivamente no era su don, nunca entendió algo tan obvio, como que es mas fácil encerrar a lo que nos molesta, pornerlo bien lejos para no verlo, que intenar cambiarlo... pobre, no?