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[VOTACIÓN] Concurso de Cuento Corto en el foro de Literatura:
Cita
de givi
Originalmente publicado por givi
Bueno, esto me da muchiiiiiiiiiiiisima verguenza, nunca le muestro a nadie lo que escribo, pero supongo que despues de publicar aca me va a ser mas facil animarme a ineditos... como que paso la prueba de fuego de una XD
Algo que escribi despues de una clase de derecho procesal penal que me molesto mucho...
El ladrón de atributos
Eduardo era ladrón, pero no un ladrón común y silvestre, sino que robaba los atributos de las personas. Asi, por ej, se encontraba con un señor que ayudaba a cruzar la calle a una ...
Bueno, esto me da muchiiiiiiiiiiiisima verguenza, nunca le muestro a nadie lo que escribo, pero supongo que despues de publicar aca me va a ser mas facil animarme a ineditos... como que paso la prueba de fuego de una XD
Algo que escribi despues de una clase de derecho procesal penal que me molesto mucho...
El ladrón de atributos
Eduardo era ladrón, pero no un ladrón común y silvestre, sino que robaba los atributos de las personas. Asi, por ej, se encontraba con un señor que ayudaba a cruzar la calle a una viejita y le decía: arriba las manos, esto es un asalto, deme su generosidad!! El pobre señor le explicaba que trabajaba en un geriátrico, que no se imaginaba su vida sin la generosidad, que le daba el reloj si quería, pero con Eduardo no había caso, él siempre insistía en despojar a las personas de lo mejor que tenían.
Y así acumulaba sus pequeños tesoros, a un profesor de secundario, atacó en un callejón sin piedad, arrebatandole su paciencia, imaginense el caos al otro día en ese colegio... A un acrobata de circo le robó el talento, consecuencia: dos huesos fracturados. A Ruben, el verdulero del barrio, lo dejó sin la solidaridad en medio de un impactante asalto, pero doña Rosa, que justo salía de comprar los zapallitos para el almuerzo, alcanzó a llamar a la policia. Alto revuelo en el barrio, por fin habían atrapado al ladrón de atributos!!
El jucio fue rápido, siempre que el caso es famoso la justicia actua con sospechosa celeridad. El proceso pasó sin mayores conmociones que un último intento de dar su gran golpe y robarle la equidad al juez, nunca se supo si no la encontro o quizas se inhibió a último momento por la presencia de las cámaras de televisión.
La condena fue la esperada, el ladrón de atributos fue sentenciado a 15 años de prisión. Eduardo salió satisfecho con la sentencia y riéndose para adentro pensó: No sería más fácil despojarme a mi de mi bien más preciado, quitarme mi talento para robar?? Bastante ingenuo Eduardo, la inteligencia definitivamente no era su don, nunca entendió algo tan obvio, como que es mas fácil encerrar a lo que nos molesta, pornerlo bien lejos para no verlo, que intenar cambiarlo... pobre, no?
Yo participio, igual no sé en qué estaba pensando cuando escribí esto, jajaja. No suelo escribir cuentos. (Con lo de Musimundo supongo que le quise meter un intento de humor, dunno).
Compensados del juego
Era una situación muy inesperada, al menos en ese momento. El joven de 22 años entró al parque, ni muy elegante ni triturado. Se ubicó en unos árboles donde merodeaban algunos niños, y de vez en cuando pasaba la gente. Con la cabeza firme, como todo su último año, entabló conversación con dos mujeres de su edad, no estaban cerca, pero tampoco muy lejos. Entró tímido, como para generar algo, algo que él cree que puede percibir una persona de su edad y sexo opuesto. Se sentó con ellas y empezó con la rutina, simpatía por aquí, por allá, y un poco de risas. Era otra situación, tal vez esperada, una mujer de 19 años que derramaba lágrimas por todo el pueblo, estalló. Su novio tocó límite y tuvo la idea de abandonarla. La señorita, cautivada hasta en vestimenta, recorrió el barrio como para recobrar energía, la energía que supuestamente había depositado en el monedero del amor, y que la perdió, como moneda en locker de Musimundo (a menos que la devuelvan). Enojada hasta las venas, se sentó en un banco con su pollera verde, y cruzó las piernas. Los animales no tardaron en llegar, y los perros se aparecieron mucho más tarde. En el ida y vuelta, un hombre se acerco y le cantó una canción. Modesta, gesticuló en negativo, y se corrió un poco. Otros también trataron, pero se quedaron en la misma. Al fin y al cabo, nada. El muchacho de 22 años se despidió de las damas, dejándoles su número de celular y un intento de mirada provocadora, se marchó y dio camino hacia una avenida. En el medio de la avenida, se encuentran la risa simpática con la pollera verde. Se miran, se ojean, se ven, entran en juego, caminan más lento, sacan sus tijeras, doblan unos grados, calientan el agua, se acomodan las prendas, muestran las cremas, ríen sin verdad, juegan a la moda, y siguen de largo. Con su estética.
Yo participio, igual no sé en qué estaba pensando cuando escribí esto, jajaja. No suelo escribir cuentos. (Con lo de Musimundo supongo que le quise meter un intento de humor, dunno).
Compensados del juego
Era una situación muy inesperada, al menos en ese momento. El joven de 22 años entró al parque, ni muy elegante ni triturado. Se ubicó en unos árboles donde merodeaban algunos niños, y de vez en cuando pasaba la gente. Con la cabeza firme, como todo su último año, entabló conversación con dos mujeres de su edad, no estaban cerca, pero tampoco muy lejos. Entró tímido, como para generar algo, algo que él cree que puede percibir una persona de su edad y sexo opuesto. Se sentó con ellas y empezó con la rutina, simpatía por aquí, por allá, y un poco de risas. Era otra situación, tal vez esperada, una mujer de 19 años que derramaba lágrimas por todo el pueblo, estalló. Su novio tocó límite y tuvo la idea de abandonarla. La señorita, cautivada hasta en vestimenta, recorrió el barrio como para recobrar energía, la energía que supuestamente había depositado en el monedero del amor, y que la perdió, como moneda en locker de Musimundo (a menos que la devuelvan). Enojada hasta las venas, se sentó en un banco con su pollera verde, y cruzó las piernas. Los animales no tardaron en llegar, y los perros se aparecieron mucho más tarde. En el ida y vuelta, un hombre se acerco y le cantó una canción. Modesta, gesticuló en negativo, y se corrió un poco. Otros también trataron, pero se quedaron en la misma. Al fin y al cabo, nada. El muchacho de 22 años se despidió de las damas, dejándoles su número de celular y un intento de mirada provocadora, se marchó y dio camino hacia una avenida. En el medio de la avenida, se encuentran la risa simpática con la pollera verde. Se miran, se ojean, se ven, entran en juego, caminan más lento, sacan sus tijeras, doblan unos grados, calientan el agua, se acomodan las prendas, muestran las cremas, ríen sin verdad, juegan a la moda, y siguen de largo. Con su estética.
La dirección del sitio web era “Solo los usuarios registrados pueden ver los links. ¡Registrate ahora, es gratis!. El internauta, ocioso, hizo clic en “Conoce tu futuro”. La respuesta lo dejó azorado: “Morirás a la una en punto de hoy”. Tras un instante de perplejidad, esbozó una sonrisa. Sin embargo, no pudo evitar girar su cabeza y echar un vistazo al reloj de pared que tenía a sus espaldas. Las dos agujas, superpuestas, marcaban el mediodía. Una inexplicable sensación lo estremeció. Abandonó el sitio web y siguió deambulando por la Red, procurando seguir con su objetivo inicial: matar el tiempo. El paso del tiempo, no obstante, lo inquietaba. Cada tanto miraba el reloj, prestando especial atención al perezoso e hipnótico avance del segundero. En un momento dado saltó de su silla, corrió la cortina de la ventana de su habitación y miró al cielo. Era un día estival como cualquier otro: tórrido y de cielo despejado, nada que anticipara el fin del mundo. Se halló ridículo y volvió a sentarse frente a su computadora. Enseguida se puso de pie y le dio por revisar el pase del gas. Estaba cerrado. Intentó tranquilizarse y se propuso no volver a levantarse de su silla. La hora seguía corriendo y en su cabeza resonaba cada vez más fuerte el inexorable tictac del reloj. No tardó en darse media vuelta y fijar los ojos en él, para ya no despegarlos. Finalmente marcó la una. Entonces contuvo el aliento. Ahora eran los latidos de su corazón los que retumbaban en su cabeza. El segundero siguió su marcha y el hombre estuvo congelado hasta que éste completó una vuelta. De a poco, fue recobrando la calma. El reloj marcaba la una y cinco cuando abandonó la silla y fue a buscar un poco de agua fresca para su seca garganta. Un rato más tarde decidió tomar una ducha para reanimarse. Mientras se lavaba la cabeza, el jabón se le escurrió de las manos y saltó fuera de la ducha. Al salir en su busca, con los ojos entrecerrados a causa de la irritante espuma, lo pisó y se resbaló, cayendo de espaldas. El reloj de su habitación marcaba las dos en punto de la tarde, justo una hora más que el de su computadora.
NO HAGAS CLICK
EN LA CALAVERA LOS ENEMIGOS DE MIS ENEMIGOS NO SON MIS AMIGOS
Existen aquellos que gustan de pregonar que las ciudades esconden misterios más allá de lo visto por el manto gris del asfalto o lo guardado en el secreto de las baldosas. Sostienen con un fervor pasional que araña los límites de la locura la verdad en la existencia de eventos que exceden al plano material de la urbe y, más aún, revientan las fronteras del ser vulgar y cotidiano, del objeto social.
Yo no soy quien para desmentir a estos predicadores de aventuras, y aún cuando ostentara algún título de gran señor no estoy convencido de querer hacerlo. A veces me cuesta creer lo que veo, y cuando así sucede, prefiero inventarme que todo funciona en base al fluir de brisas coloridas con consistencia musical.
Es la última sentencia la que me recuerda la ocasión que quiero narrar. Volvía del trabajo, como casi todos los días, algo cansado y absorto en un mundo de canciones, caminando por el centro. Ese día en particular se presentaba espantosamente gris, frío y húmedo; a pesar del abrigo, el mal tiempo materializado en la más cruda lluvia lograba penetrar hasta los huesos y hacerlos sufrir. Me apuré a resguardarme en la parada del colectivo y, hecho un bollo contra uno de los rincones, esperé.
Un micro, veinte minutos de viaje, dos cuadras, mi casa, la cama, una frazada abrigada. Claro, el plan era aceptable en tanto se diera inicio a la sucesión de eventos con el primer acontecimiento: la llegada del transporte. Lamentablemente para mí, no pasaron diez, sino quince o veinte minutos de soledad total en la parada, y el desgraciado no aparecía. Entre tanto, busqué entretenimiento en los adoquines de la calle y las porquerías que tira la gente con total impunidad en la vía pública.
Al perder la mirada con la enésima cuenta de los posibles metros que me separaban de la plaza que tenía en frente, vi venir a un vagabundo. Un linyera, como le decimos acá. Un tipo de unos cincuenta y pico de años, con las barbas ralas, desprolijas y harto de roñosas. En la cabeza, un gorrito azul de lana fina; por lo demás, era un aguantadero de ropajes de poca monta: buzos, pullóveres y probablemente dos o tres pantalones. Sobre sus hombros, una bolsa de arpillera color yerba mate y un saco de vestir gris.
El linyera, al cruzar, supo encontrar refugio bajo el techo del puesto de diarios y revistas ubicado estrategicamente sobre uno de los laterales de la parada de micros. Sacó de la bolsa una suerte de almohada horrible y se sentó sobre ella, cubriéndose previamente la espalda con el saco sobre los hombros y dejando el resto de sus chucherías de indigente en uno de sus lados.
El tiempo seguía corriendo, la parada seguía vacía y mi diligencia no acertaba en aparecer. Muerto de frío, de angustia, de hambre y aburrimiento, me volví hacia el quiosco más cercano a mi antro de eterna espera y compré un chocolate. Mediano, aireado, sabroso y reconfortante. Al comenzar a comerlo, me di cuenta que el vagabuno me miraba. No sabía si acercarme y convidarlo o simplemente optar por lo fácil, por ignorar. Tras una breve reflexión, mi espíritu solidario se impuso sobre el dilema y me acerqué para ofrecerle un trozo generoso. El vagabundo, agradecido hasta la conmoción, tomó el pedazo de chocolate realizando algo así como una reverencia y volvió a sentarse sobre su almohadón mugriento.
Ahí fue cuando sucedió la magia. El tiempo pareció detenerse: la lluvia que rebotaba sobre techos y pisos dejó de escucharse, el viento se detuvo y todo ser vivo sobre la faz de la tierra quedó mudo. A mi alrededor podía aún ver vivir y existir a todos y cada uno, en una cámara lenta surrealista. Quien había desaparecido era yo.
El linyera me miró con los ojos embebidos en lágrimas anunciando la sonrisa que ocultaban las barbas. Se acercó el chocolate a la boca y tomó un bocado. Al masticarlo, bajó sus ojos hasta mis pies y los utilizó de punto de partida para examinarme completamente. Fue cuando su mirada cruzó la mía que su expresión se tornó eternamente pacífica y realizando un extraño movimiento con la mano que sostenía la golosina, exclamó:
'Ol idil, Imhadril!'
Su gorro poco a poco fue traduciéndose en miles de millones de partículas que se perdían con el viento. Le siguió su cara y todo su cuerpo, hasta finalmente desaparecer. Sobre la vereda quedó el pedazo de chocolate a medio comer. El tiempo volvió a marchar a su paso normal y mis oidos se inundaron estrepitosamente con los ruidos de la ciudad. Volví al refugio y pude divisar, más allá de la plaza, el alegre paralelepípedo azul-grana que me llevaría a casa.
Daniel von Iffig 'Querido por nadie, odiado por todos'
La dirección del sitio web era “Solo los usuarios registrados pueden ver los links. ¡Registrate ahora, es gratis!. El internauta, ocioso, hizo clic en “Conoce tu futuro”. La respuesta lo dejó azorado: “Morirás a la una en punto de hoy”. Tras un instante de perplejidad, esbozó una sonrisa. Sin embargo, no pudo evitar girar su cabeza y echar un vistazo al reloj de pared que tenía a sus espaldas. Las dos agujas, superpuestas, marcaban el mediodía. Una inexplicable sensación lo estremeció. Abandonó el sitio web y siguió deambulando por la Red, procurando seguir con su objetivo inicial: matar el tiempo. El paso del tiempo, no obstante, lo inquietaba. Cada tanto miraba el reloj, prestando especial atención al perezoso e hipnótico avance del segundero. En un momento dado saltó de su silla, corrió la cortina de la ventana de su habitación y miró al cielo. Era un día estival como cualquier otro: tórrido y de cielo despejado, nada que anticipara el fin del mundo. Se halló ridículo y volvió a sentarse frente a su computadora. Enseguida se puso de pie y le dio por revisar el pase del gas. Estaba cerrado. Intentó tranquilizarse y se propuso no volver a levantarse de su silla. La hora seguía corriendo y en su cabeza resonaba cada vez más fuerte el inexorable tictac del reloj. No tardó en darse media vuelta y fijar los ojos en él, para ya no despegarlos. Finalmente marcó la una. Entonces contuvo el aliento. Ahora eran los latidos de su corazón los que retumbaban en su cabeza. El segundero siguió su marcha y el hombre estuvo congelado hasta que éste completó una vuelta. De a poco, fue recobrando la calma. El reloj marcaba la una y cinco cuando abandonó la silla y fue a buscar un poco de agua fresca para su seca garganta. Un rato más tarde decidió tomar una ducha para reanimarse. Mientras se lavaba la cabeza, el jabón se le escurrió de las manos y saltó fuera de la ducha. Al salir en su busca, con los ojos entrecerrados a causa de la irritante espuma, lo pisó y se resbaló, cayendo de espaldas. El reloj de su habitación marcaba las dos en punto de la tarde, justo una hora más que el de su computadora.
Existen aquellos que gustan de pregonar que las ciudades esconden misterios más allá de lo visto por el manto gris del asfalto o lo guardado en el secreto de las baldosas. Sostienen con un fervor pasional que araña los límites de la locura la verdad en la existencia de eventos que exceden al plano material de la urbe y, más aún, revientan las fronteras del ser vulgar y cotidiano, del objeto social.
Yo no soy quien para desmentir a estos predicadores de aventuras, y aún cuando ostentara algún título de gran señor no estoy convencido de querer hacerlo. A veces me cuesta creer lo que veo, y cuando así sucede, prefiero inventarme que todo funciona en base al fluir de brisas coloridas con consistencia musical.
Es la última sentencia la que me recuerda la ocasión que quiero narrar. Volvía del trabajo, como casi todos los días, algo cansado y absorto en un mundo de canciones, caminando por el centro. Ese día en particular se presentaba espantosamente gris, frío y húmedo; a pesar del abrigo, el mal tiempo materializado en la más cruda lluvia lograba penetrar hasta los huesos y hacerlos sufrir. Me apuré a resguardarme en la parada del colectivo y, hecho un bollo contra uno de los rincones, esperé.
Un micro, veinte minutos de viaje, dos cuadras, mi casa, la cama, una frazada abrigada. Claro, el plan era aceptable en tanto se diera inicio a la sucesión de eventos con el primer acontecimiento: la llegada del transporte. Lamentablemente para mí, no pasaron diez, sino quince o veinte minutos de soledad total en la parada, y el desgraciado no aparecía. Entre tanto, busqué entretenimiento en los adoquines de la calle y las porquerías que tira la gente con total impunidad en la vía pública.
Al perder la mirada con la enésima cuenta de los posibles metros que me separaban de la plaza que tenía en frente, vi venir a un vagabundo. Un linyera, como le decimos acá. Un tipo de unos cincuenta y pico de años, con las barbas ralas, desprolijas y harto de roñosas. En la cabeza, un gorrito azul de lana fina; por lo demás, era un aguantadero de ropajes de poca monta: buzos, pullóveres y probablemente dos o tres pantalones. Sobre sus hombros, una bolsa de arpillera color yerba mate y un saco de vestir gris.
El linyera, al cruzar, supo encontrar refugio bajo el techo del puesto de diarios y revistas ubicado estrategicamente sobre uno de los laterales de la parada de micros. Sacó de la bolsa una suerte de almohada horrible y se sentó sobre ella, cubriéndose previamente la espalda con el saco sobre los hombros y dejando el resto de sus chucherías de indigente en uno de sus lados.
El tiempo seguía corriendo, la parada seguía vacía y mi diligencia no acertaba en aparecer. Muerto de frío, de angustia, de hambre y aburrimiento, me volví hacia el quiosco más cercano a mi antro de eterna espera y compré un chocolate. Mediano, aireado, sabroso y reconfortante. Al comenzar a comerlo, me di cuenta que el vagabuno me miraba. No sabía si acercarme y convidarlo o simplemente optar por lo fácil, por ignorar. Tras una breve reflexión, mi espíritu solidario se impuso sobre el dilema y me acerqué para ofrecerle un trozo generoso. El vagabundo, agradecido hasta la conmoción, tomó el pedazo de chocolate realizando algo así como una reverencia y volvió a sentarse sobre su almohadón mugriento.
Ahí fue cuando sucedió la magia. El tiempo pareció detenerse: la lluvia que rebotaba sobre techos y pisos dejó de escucharse, el viento se detuvo y todo ser vivo sobre la faz de la tierra quedó mudo. A mi alrededor podía aún ver vivir y existir a todos y cada uno, en una cámara lenta surrealista. Quien había desaparecido era yo.
El linyera me miró con los ojos embebidos en lágrimas anunciando la sonrisa que ocultaban las barbas. Se acercó el chocolate a la boca y tomó un bocado. Al masticarlo, bajó sus ojos hasta mis pies y los utilizó de punto de partida para examinarme completamente. Fue cuando su mirada cruzó la mía que su expresión se tornó eternamente pacífica y realizando un extraño movimiento con la mano que sostenía la golosina, exclamó:
'Ol idil, Imhadril!'
Su gorro poco a poco fue traduciéndose en miles de millones de partículas que se perdían con el viento. Le siguió su cara y todo su cuerpo, hasta finalmente desaparecer. Sobre la vereda quedó el pedazo de chocolate a medio comer. El tiempo volvió a marchar a su paso normal y mis oidos se inundaron estrepitosamente con los ruidos de la ciudad. Volví al refugio y pude divisar, más allá de la plaza, el alegre paralelepípedo azul-grana que me llevaría a casa.
La rutina de Francisco no parecía descarrilarse. Su día transcurría con total normalidad. El diariero le comentaba la jornada deportiva del fin de semana, el pescador le exhibía su última adquisición y hasta con los niños de la esquina lo invitaban a una mano al póker. Hasta que en su camino se cruzo con del misterio el barrio. Así lo llaman a el, aunque a vox populi se sabe que su nombre es Palmiro. Cansado que el mismo nunca le devolviera un saludo, Francisco opto por un plan que había podido desarrollar en sus incontables horas en la mesa de café. Un choque casual fue el motivo para que el sorprendido Espinosa se alarmase al tener enfrente suyo a un individuo de casi un metro ochenta del altura y unos noventa kilos. Con un gesto pidiendo disculpas y una mirada escurridiza Palmiro intentaba huir. Pero no le iba a resultar tan fácil. Francisco estaba listo retenerlo todo el tiempo que fuese necesario. Con un tono socarrón Pancho no tuve mejor idea de tratar de romper el hielo comentado que si se apuraba tanto, su pata de palo podría quebrarse. La mirada de Palmiro dejo de ser escurridiza para convertirse en desafiante. Rápidamente el gordo, (como también lo llamaban los amigos a Francisco) advirtió un: "no se me enoje Palmiro querido”. Déjeme invitarlo a café para remedir el mal momento. El tal Espinosa dudaba demasiado, pero si dudas con el gordo, perdes. Con un brazo en su hombro como tal lo hubiese hecho un amigo de toda la vida, pancho le marcaba el camino hacia el bar de la esquina.
El gallego atónito atendió a su habitual cliente sumado a su misterioso acompañante. Un cortado en jarrito como solía pedir el gordo, y para seguir sorprendiendo a la gente presente, Palmiro solo hizo el gesto universal del café. La boca de Francisco disparaba tal metralleta alemana en segunda guerra mundial, pero muy a su pesar solo recibía afirmaciones o negaciones con movimientos de la testa.
Su alrededor comenzaba a inquietarse al ver que su mejor exponente de la charla contemporánea no podía sacarle palabra alguna al señor Espinosa. Y pancho sintió la presión. Ya sus palabras no tenían su característico tono jocoso ni distendido. Cansado de dar vueltas con preguntas sin demasiado relieve, Francisco tartamudeando un poco y bajando la mirada, lanzo su mejor golpe: " Don Palmiro, disculpe mi atrevimiento pero siempre me pregunte… ¿A que se debe esa cicatriz que atraviesa su cara?”
Palmiro tomo una servilleta y arrebato la lapicera de una mesa aledaña. Descifrando una letra digna de un estudiante primario, se pudo leer en su escrito: Disculpe señor, también me cortaron la lengua.
La rutina de Francisco no parecía descarrilarse. Su día transcurría con total normalidad. El diariero le comentaba la jornada deportiva del fin de semana, el pescador le exhibía su última adquisición y hasta con los niños de la esquina lo invitaban a una mano al póker. Hasta que en su camino se cruzo con del misterio el barrio. Así lo llaman a el, aunque a vox populi se sabe que su nombre es Palmiro. Cansado que el mismo nunca le devolviera un saludo, Francisco opto por un plan que había podido desarrollar en sus incontables horas en la mesa de café. Un choque casual fue el motivo para que el sorprendido Espinosa se alarmase al tener enfrente suyo a un individuo de casi un metro ochenta del altura y unos noventa kilos. Con un gesto pidiendo disculpas y una mirada escurridiza Palmiro intentaba huir. Pero no le iba a resultar tan fácil. Francisco estaba listo retenerlo todo el tiempo que fuese necesario. Con un tono socarrón Pancho no tuve mejor idea de tratar de romper el hielo comentado que si se apuraba tanto, su pata de palo podría quebrarse. La mirada de Palmiro dejo de ser escurridiza para convertirse en desafiante. Rápidamente el gordo, (como también lo llamaban los amigos a Francisco) advirtió un: "no se me enoje Palmiro querido”. Déjeme invitarlo a café para remedir el mal momento. El tal Espinosa dudaba demasiado, pero si dudas con el gordo, perdes. Con un brazo en su hombro como tal lo hubiese hecho un amigo de toda la vida, pancho le marcaba el camino hacia el bar de la esquina.
El gallego atónito atendió a su habitual cliente sumado a su misterioso acompañante. Un cortado en jarrito como solía pedir el gordo, y para seguir sorprendiendo a la gente presente, Palmiro solo hizo el gesto universal del café. La boca de Francisco disparaba tal metralleta alemana en segunda guerra mundial, pero muy a su pesar solo recibía afirmaciones o negaciones con movimientos de la testa.
Su alrededor comenzaba a inquietarse al ver que su mejor exponente de la charla contemporánea no podía sacarle palabra alguna al señor Espinosa. Y pancho sintió la presión. Ya sus palabras no tenían su característico tono jocoso ni distendido. Cansado de dar vueltas con preguntas sin demasiado relieve, Francisco tartamudeando un poco y bajando la mirada, lanzo su mejor golpe: " Don Palmiro, disculpe mi atrevimiento pero siempre me pregunte… ¿A que se debe esa cicatriz que atraviesa su cara?”
Palmiro tomo una servilleta y arrebato la lapicera de una mesa aledaña. Descifrando una letra digna de un estudiante primario, se pudo leer en su escrito: Disculpe señor, también me cortaron la lengua.
Anotadísimo! Lo que sí, no puse exactamente igual tu nick, no encontraba esa o...