5912 usuarios conectados | 885.002 forros | 163.064 temas | 3.293.677 mensajes | seremos forros, pero somos una bocha

Estas en ElForro.com | Arte y Comunicación | Literatura

Tema Nunca le abras la puerta a un chino - Hernan Casciari

Les dejo estos textos, parte 1 y parte 2 de los publicados por el magnífico Hernán Casciari. Pueden encontrar más de él en Solo los usuarios registrados pueden ver los links. ¡Registrate ahora, es gratis! Pero este me gustó mucho, tanto como para compartirlo... Nunca le abras la puerta a ...

Sobre Nunca le abras la puerta a un chino - Hernan Casciari en el foro de Literatura:


Responder
 
LinkBack Herramientas Buscar en este tema
  #1 (permalink)  
Viejo 29 de agosto de 2008, 04:03
 
Registrado: 15 de marzo de 2006
Ciudad: Rosarina
Edad: 20
Sexo: Mujer
Mensajes: 447
Nunca le abras la puerta a un chino - Hernan Casciari
Les dejo estos textos, parte 1 y parte 2 de los publicados por el magnífico Hernán Casciari. Pueden encontrar más de él en Solo los usuarios registrados pueden ver los links. ¡Registrate ahora, es gratis! Pero este me gustó mucho, tanto como para compartirlo...

Nunca le abras la puerta a un chino
por Hernán Casciari
El 12 de septiembre de 2098 Woung viajará por segunda vez en el tiempo. Siempre, desde chico, había querido conocer a su tatarabuelo, porque Woung también es escritor, un joven escritor de 23 años. Al llegar a esta época, Woung me deja un mensaje en el contestador: “Hola, estoy buscando a Hernán Casciari, mi nombre es Woung. Usted no me conoce pero yo sí... Quisiera verlo. Llámeme por favor”, y me da el número de un teléfono móvil.
—Será un lector de Orsai —me dice Cris, mientras le cambia los pañales a la Nina—, lo raro es que sepa el número del fijo. Esta gente generalmente te llama al móvil.
—Y ni siquiera.
Es cierto. Suelen contactarse lectores conmigo, para quedar a comer en el FreeWay o cosas por el estilo, pero siempre lo hacen por mail al principio, tímidamente. Nunca llaman a casa, nunca dicen “quisiera verlo”. Pero a mí me extrañaban más otros detalles:
—Lo raro también es el nombre —le digo—: nombre chino, acento argentino. Y además me trata de usted, pero tiene la voz de un pibe joven.
Como soy un poco miedoso con los desconocidos y un poco indiferente con los desvergonzados, no lo llamé un carajo. Entonces pasaron tres días y el lunes (ayer) sonó otra vez el teléfono. Esta vez yo estaba en casa jugando con la Nina.
—Hola, soy Woung, ¿está Hernán Casciari?
—Él habla.
—Necesitaría verlo —me dice—. Me vuelvo esta noche y solamente hice el viaje para conocerlo a usted. Si no le molesta paso por su casa en un rato.
—No sé si voy a poder atenderte, mi mujer no está y yo estoy con mi hija, y es un quilombo si viene gente...
—Mejor, mucho mejor —me dice—. También quiero ver a la bisabuela.
—¿A qué bisabuela?
—Yo le explico cuando nos veamos. Por favor, Hernán. Sería un rato nada más, unos mates, hablamos un poco y me voy.
Lo del mate me da una cierta tranquilidad.
—Bueno, qué sé yo, como quieras. Te paso la dirección, ¿tenés para anotar?
—Estoy acá cerca, en la Sagrada Familia, y la dirección me la sé de memoria desde la otra vez —me dice—. Ahora mismo le toco el timbre. Usted vaya poniendo el agua.
Casi no tuve tiempo de pensar cómo podía ser que tuviera mi dirección ‘desde la otra vez’. ¿Qué otra vez? No había pasado un minuto desde la conversación telefónica y ya estaba sonando el portero eléctrico. En vez de abrir desde adentro, como hago siempre, salí afuera para orejear la cara del invitado través de la puerta de la calle.
Lo que vi fue a un muchacho medio chino, oriental mezclado con cristiano, esa gente híbrida que hay ahora, esa gente moderna y cosmopolita. Bien vestido, eso sí, y con una media sonrisa gigante en la cara. Me estaba saludando con la mano.
Le abrí al puerta con un poco de miedo y me pegó un abrazo. Al verlo hacer dos gestos, el corazón me dio un salto: su cara me sonaba conocida, pero no recordaba de dónde. Me preocupaba sin embargo esa familiaridad, sobre todo cuando él estaba serio. En cambio cuando se reía era más chino que nunca, y eso me parecía mejor.
Después de los saludos en el rellano se metió en casa sin pedir permiso y se fue derecho al sofá donde estaba la Nina. Mi hija lo miraba sin miedo: cosa extraña en ella, que es muy fifí con los recién llegados. Suele ponerle mala cara a toda la gente nueva hasta que no le dan caramelos o pan. Pero al chino lo miraba feliz, como si fuera un juguete.
—Yo a usted no llegué a conocerlo —me dice Woung apretándole los cachetes a mi hija—, pero a Nina sí. A ella sí que la conozco, ¿cierto, Nina?
La Nina dice que sí con la cabeza. Es el colmo.
—¿De dónde la conocés a la Nina, del fotoblog? —le pregunto con algo de resquemor, como si de pronto supiera que no tendría que haberle abierto la puerta a ese hombre, al menos no con mi hija dentro.
—No, de ahí no —me dice—. Nina es mi bisabuela, por parte de madre.
Me recorre un frío por la espalda. Me dan miedo los locos, desde siempre les tengo fobia, porque nunca sé cómo hay que reaccionar ante su desdoblamiento. Hago un esfuerzo por entender de una manera lógica lo que ha dicho:
—¿Tu bisabuela también se llama Nina? ¿Eso me querés decir? —pregunto, y lo miro a los ojos, pidiéndole en silencio que no diga lo que sospecho que está a punto de decir.
Pero va y lo dice, un segundo después de que yo adivine lo que va a decir, él sonríe y lo dice:
—Nina es mi bisabuela, Hernán. Usted es mi tatarabuelo —se sienta en una silla, como si estuviera cansado, como si ya no importara nada más, y remata—: y yo vengo del futuro.
En la tele sin sonido hay dibujos animados que Nina observa sin pestañear. Todo lo demás en mi casa es silencio, y un chino loco que me mira.
—Venís del futuro —repito despacio, sin perder la calma, poniéndome entre el recién llegado y mi hija, midiendo la puerta, buscando con la vista algún tramontina para defenderme del ataque inminente del desquiciado.
—Del año 2098 —me dice—. Éste es el árbol, mírelo tranquilo.
Me pasa un pedazo de papel escrito a mano, con el dibujo de un árbol genealógico muy desprolijo, como si hubiera sido redactado durante un viaje en tren. Lleno de líneas, flechas y círculos que omito, el papel viene a decir algo así:
“Nina se casa con Fernando (un abogado uruguayo) y da a luz a Marc, en 2026. Marc se casa con Dai-ki, coreana, y tienen a los gemelos Yuan y Andreu en 2051. Yuan se casa con con un abogado argentino y nacen Li (2070), Lucas (2072) y Woung (2075).”
Del otro lado del papel hay un mapa para llegar a la Sagrada Familia, al Parque Güell y a otros centros turísticos de Barcelona. Le devuelvo el ‘arbol’ y lo miro a los ojos, sin gestos. Lo estoy estudiando lentamente.
A decir verdad, el chino no parece peligroso en un sentido físico. Quiero decir, no parece inquieto o desesperado por matarme. Toda su locura, por el momento, es verbal. Pero yo me he cruzado muchas veces con locos: sé que son paulatinos, sé que su alucinación va siempre increscendo, que nunca hay que confiar en la serenidad de sus manos. ¿Para qué mentir? Estoy cagado de miedo. Mi hija tiene un año y medio, hace solamente dieciocho meses que la tengo conmigo. Yo me he cruzado con locos muchas veces, y siempre supe defenderme, siempre supe moderar una situación con una dosis de sicología, o por lo menos supe salir disparando a tiempo. Pero ésta es la primera vez que estoy poniendo en peligro algo más importante que mi vida. Nina está ahí, en el sofá, con sus ojazos inocentes. Y yo estoy cagado de miedo.
Tiempo. Necesito hacer tiempo para saber cómo actuar, de qué modo sacarme de encima a este chiflado.
—No me cree —me dice el chino.
—¿Debería?
—En realidad, pensé que me iba a costar menos convencerlo, una vez que viera el árbol genealógico —me dice—... Yo leí una teoría suya, ¿se acuerda?, en la que usted dice que los extraterrestres no existen, que somos nosotros mismos en el futuro. Usted mismo ha escrito alguna vez eso.
—Suelo escribir muchísimas boludeces, demasiadas.
—Pero ésta era verdad —me alienta—. Déle, ¿por qué no se sienta y se relaja un poco? —me acerca una silla—. ¿Quiere que ponga el agua, que tomemos unos mates?
Entonces me decido por una estrategia y actúo.
—Podríamos hacer lo siguiente —le digo, con mucho tacto, fingiendo mirar el reloj con naturalidad—. Yo tendría que llevar a Nina a la guardería ahora mismo. Si querés nos encontramos en el bar de la esquina, en media hora. Me esperás ahí y charlamos. Toda la tarde, ¿qué te parece?
—No vas a venir —me dice, y entonces me tutea.
—¿A dónde? —me empiezan a temblar las piernas— ¿A dónde no voy a ir?
—Al bar. Te voy a esperar una hora, dos horas, y después llega un guarda civil y me pide los documentos. Vos estás en la casa de tus suegros. Me mandás a la policía por teléfono porque pensás que estoy loco, que quiero hacerte daño.
Se me llenan los ojos de lágrimas. Era ésa exactamente mi idea, exactamente ésa, punto por punto.
—No, nada que ver... ¿Qué te hace pensar así? —le pregunto.
—Ésta es la segunda vez que vengo a verte. La primera me mandaste la policía. Yo te estaba esperando en el bar. Ahora ya aprendí, por eso te traje el árbol, para que me creas.
—¿Es tu segunda vez? —digo, sonriendo de pánico— ¿Esto es como “El día de la marmota”?
—Sí... Y vos sos Andy McDowell —me dice, y se ríe como un chino feliz—. Mirá. Vamos a hacer las cosas bien. Yo no pienso hacerte nada malo, ni a vos y ni a ella. ¿Cómo voy a hacerles algo malo si son mi sangre? Solamente vine para charlar un rato, para conocerte.
—Estás loco, hermano, no podés pedirme que te crea —le digo.
—En un minuto, justo en un minuto, va a llamarte tu mujer al móvil —me dice—. Preguntando si yo vine. Eso pasó la primera vez, y va a pasar ahora de nuevo. En cincuenta segundos, exactamente. Con ese dato te convenzo de que es cierto todo lo que digo. ¿Te convenzo con ese dato? Treinta segundos y suena el teléfono. ¿Con eso te quedás tranquilo?
No le respondo; me muerdo el labio. ¿Tranquilo, me quedo tranquilo con eso? Miro el móvil que está sobre la mesa. No sé qué quiero que pase. No sé si prefiero que no suene, y saber que estoy frente a un loco peligroso que sabe karate; o si prefiero que suene, que sea Cris la que llame, y entonces saber que el chino que sonríe es, realmente, mi tataranieto que ha llegado del futuro en una nave nodriza o algo así. No sé qué quiero.
—Veinte segundos —dice Woung—. Cuando llame tu esposa, decile que todavía estoy acá, que estamos charlando, que soy un lector de Orsai, que está todo bien. No la alarmes, es al pedo... Yo mientras voy a poner el agua para unos mates —me guiña un ojo y dice:—Diez segundos y suena. Tranqui.
Woung se levanta y se mete en la cocina. Me quedo quieto. Escucho el agua caer como una lluvia en el fondo de la pava, el fuego que se enciende, y su voz, la del chino, que dice muy despacio: “cinco segundos, y cuatro, y tres...” Todo parece un sueño.
Y entonces suena mi teléfono móvil. Es Cristina: quiere saber si vino el lector raro, si ya se fue, que cómo era, que qué quería.
—A la noche te cuento —le digo—. Estamos tomando mates acá en casa. Más tarde te llamo, la Nina está viendo la tele. Un beso.
Cuando cuelgo, Woung saca la cabeza por la puerta de la cocina, sonriendo con su sonrisa de chino, y me dice:
—Tomás con sacarina y un chorrito de limón, ¿no? Como toda la familia.
—Sí, Woung —le digo—, como lo toman ustedes.

(parte 2, titulada "Tarifa plana de porro y otros avances")
—No quiero saber qué va a pasar conmigo, no quiero saber qué va a pasar con las personas que quiero. No quiero que se te escape una sola palabra ambigua; no quiero pistas. Respetá mi vida, Woung, respetá la felicidad de este noviembre en donde nadie se me ha muerto, quiero seguir acá un tiempo, no quiero que la sombra de tus datos me tapen el solcito— le dije a mi tataranieto—, lo que yo quiero saber del futuro es lo superficial, el chusmerío; soy demasiado cagón para todo lo que importa.
Woung me miraba serio y asentía. Ponía la boca como en el momento antes de escupir la gárgara, como diciendo: usted tranquilo.
—A no ser —le digo, con cautela— que yo en el futuro sea un líder de la resistencia contra las máquinas inteligentes; en ese caso, si soy un héroe y tu generación me idolatra, contame todo.
—No, abuelo. Usted no es nada de eso.
—Mejor, porque estoy a favor de las máquinas. ¿Y ustedes qué? —le pregunto— ¿Vienen seguido acá al pasado, o es una moda nueva?
—Viene bastante gente a comprar porro, porque allá casi no hay. Pero así como yo, a visitar antepasados, muy poco. Es un viaje incómodo, y bastante caro.
—¿No hay porro en el futuro? —se me pone la piel de gallina.
—Como haber hay —me dice Woung—, lo que ya no existe es esa cosa tan linda de ustedes, de armarlo, de ver la hoja, de fumar echando humo. De eso no hay más.
—¿Y cómo fuman porro ustedes?
—Tenemos tarifa plana —me dice—. Pagamos por mes un precio fijo, y hay empresas que te dan el servicio, directo a la cabeza.
—¿Están todo el tiempo drogados?
—¡No! Bueno, la mayoría no. Yo ahora estoy desconectado, porque estamos hablando. Pero si quiero un poco, parpadeo tres veces y ya me sube. Es práctico.
—Más que práctico. ¡Es buenísimo! —le digo— No hay que ir a comprar, no hay que esconderse por ahí, nunca llevás nada encima...
—Y además no te hace falta fingir —me dice Woung—. Si estás drogado y se aparece tu vieja, parpadeás dos veces y ya estás pilas. El tiempo que haga falta.
—Qué maravilla, el futuro —le digo—. ¿Y cuánto sale por mes, la tarifa plana de porro?
—Hay varios precios. Yo tengo el servicio de Vodafone, que sale 11 minutos al mes.
—¿Once minutos?
—En el futuro no hay dinero —me dice Woung—. El valor más preciado es el tiempo. Todos nacemos ricos, digamos. Cada chico que nace, tiene unos cien años de crédito. Después crecés y vas gastando tiempo. ¿Querés comprarte una moto? Te cuesta seis meses. ¿Una casa? Un año y pico. Todo lo que comprás se te va debitando. Y todo lo que vendés, se te acumula.
—No entiendo.
—Imaginate que te vas con una puta —me dice Woung—. Una puta cobra 30 minutos un servicio completo. Cuando terminás de cogerte a la puta, vos tenés media hora menos de vida, y la puta media hora más. Es fácil.
—¿Y entonces quiénes son los ricos en el futuro?
—El concepto de riqueza varía según los intereses de cada quién. Por ejemplo, yo tengo 23 años, es decir, tengo un capital suficiente para tener siete coches, dos chalets, y darme la gran vida durante cinco años más y morir. O también tengo la posibilidad de vivir sin lujos hasta que cumpla los 80 ó los 90. Cada uno hace lo que quiere.
—¿Y la gente que suele hacer?
—Hay de todo. Los conchetos se mueren jóvenes —me dice Woung—. Yo soy del grupo que vive despacio para llegar más lejos. Hasta ahora, mi gasto más extravagante fue el de venir a verte. Este viaje me costó tres años. Es carísimo.
—¿Te vas a morir tres años antes por mi culpa?
—No, no se mide de esa manera... Digamos que voy a vivir lo que me quede con la alegría de haber hecho lo que tenía ganas de hacer.
—¿Y el trabajo, entonces? —quiero saber— ¿Cómo funciona, cuánto gana la gente en el futuro?
—La gente gana exactamente lo que trabaja —me dice Woung—. El que trabaja seis horas al día, gana seis horas al día. El que trabaja cuarenta horas a las semana, gana eso. Y se puede vivir sin trabajar, pero claro, vivís menos.
—Entonces el trabajo cualificado no cuenta —digo—. Un carpintero que tarda dos horas en hacer una silla, y un poeta que tarda dos horas en componer un poema ganan lo mismo.
—Exacto: cada uno gana dos horas.
—¿Pero si el poema es maravilloso?
—Esa es una gran tara de tu sociedad... Creer que un poema puede ser más maravilloso que una silla.
—¿Y los ladrones entonces, qué roban si no hay dinero?
—No hay ladrones —me dice Woung—, ni crímenes económicos. Sólo, cada tanto, algún crimen pasional.
—Entonces habrá cárceles.
—No. Hay multas. Te multan con los años exactos de la víctima. Si matás a un tipo de 35 años, esa es tu multa: 35 años. Muchas veces significa pena de muerte. Casi nadie mata a nadie. Tampoco hay suicidios. ¿Para qué vas a suicidarte, si podés comprarte lo que quieras con lo que te resta de tiempo y morir en la opulencia?
—¿Entonces no hay malos?
—¡Claro que hay malos! Los pesados, por ejemplo. Esa gente que te cruzás en la calle y se te pone a hablar y te hace perder el tiempo. Los densos. Ésa es la gran escoria de mi sociedad. Los que tardan mucho para contarte un chiste, los que te hacen esperar en el auto, los que te invitan a fiestas aburridas... El que te hace perder el tiempo sin disfrutarlo, ésos, son lo malos.
—¿Y la política, cómo funciona?
—Ya te dije, no hay ladrones.
—Pero me imagino que en cada país habrá un presidente, y que al presidente lo elegirán entre todos. Una democracia, algo así.
—Cuando acabamos con las enfermedades —me dice Woung—, y pudimos lograr que el mayor capital humano fuese la salud (es decir: el tiempo de sobrevida) acabamos también con el capitalismo y el comunismo. Acabamos con todo. Nadie tiene nada que otro pueda robar para su beneficio. Si matás a alguien, no te quedás con su tiempo extra. Entonces, ¿para qué matarlo? En el mismo sentido, ¿para qué necesitamos democracia y boludeces si todo está en orden siempre?
—Me emociona esto que me estás contando, Woung —le digo sinceramente—, pero tiene que haber grietas, tiene que haber fallos. Somos humanos, y estamos hechos para cagarlo todo y hacerlo mierda. ¿Dónde está el fallo?
—Los fallos también son una tara de tu sociedad, abuelo. Con el tiempo las cosas irán mejorando mucho. Te lo garantizo.
Woung se fue de casa casi de noche, y me dejó una sensación extraña de paz. Estaba claro que yo no llegaría a vivir de esa manera (fumo demasiado para tener esperanzas a largo plazo) pero quizás Nina, mi hija, sí pueda ver ese mundo en donde el capital humano más importante es el tiempo.
Parpadeé tres veces, no fuera cosa que el wifi de porro con tarifa plana durase todavía en el comedor de casa, pero no pasó nada. Entonces abrí la cajita feliz y me armé uno de los antiguos, de los que se enrollan con los dedos, de los que cuestan diez euros en la esquina. Y me senté en el sillón grandote a perder el tiempo.
Citar y responder
  #2 (permalink)  
Viejo 10 de septiembre de 2008, 23:17
Cuenta Suspendida
 
Registrado: 25 de abril de 2008
Mensajes: 15
Predeterminado Re: Nunca le abras la puerta a un chino - Hernan Casciari
geahg, este Casciari escribiendo siempre lo peor. No entiendo como todavía no guiona programas de televisión.
Citar y responder
Responder

Estas en ElForro.com | Arte y Comunicación | Literatura

Tema Nunca le abras la puerta a un chino - Hernan Casciari

Herramientas Buscar en este tema
Buscar en este tema:

Búsqueda avanzada
Este tema está relacionado con otros ya publicados en el sitio. Podés visitarlos ahora!
Tema Iniciado por Foro Respuestas Último mensaje
hernan aaroncm Presentaciones 0 10 de agosto de 2008 16:36
soy HERNAN libriano25 Presentaciones 0 15 de abril de 2008 17:51
Me recibi en 2001, nunca ejerci, nunca supe como empezar... La-xeny Estudios 4 12 de marzo de 2008 17:53
[BLOG] Entrevista a Hernán Casciari becube Sitios Web 4 02 de diciembre de 2007 23:50
Hernán Casciari - Instrucciones a un hijo para la masturbación Motorpsico Literatura 4 21 de agosto de 2007 22:09

Iniciar Sesion

Recordarme