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Creado el 14.06.06 a las 17:34
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| Bueno, hace ya veinte años se nos fue, a mi parecer, el mejor escritor argentino: Jorge Luis Borges Creo que no hay mejor forma de homenajearlo que publicar un par de sus textos (cuentos, poesías, ensayos), bueno empiezo yo... Funes el memorioso Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzado. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887... Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo -género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño; Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres, "un Zarathustra cimarrón y vernáculo "; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones. Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año 84. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: "¿Qué horas son, Ireneo?"". Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: 'Faltan cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco". La voz era aguda, burlona. Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro. Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O'Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles. Los años 85 y 86 veraneamos en la ciudad de Montevideo. El 87 volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el "cronométrico Funes". Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado... Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina. No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latín. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los Comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, "del día 7 de febrero del año 84", ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, "había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó ", y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario "para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín". Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, f por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat y la obra de Plinio. El 14 de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba "nada bien". Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El "Saturno" zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día. En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del capítulo xxiv del libro vii de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non iisdern verbis redderetur audíturn. Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al más difícil punto de mi relato. Éste (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche. Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los veintidós idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles. Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etcétera. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entre sueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: "Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo". Y también: "Mis sueños son como la vigilia de ustedes". Y también, hacia el alba: "Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras". Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo. Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo. La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando. Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele. Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, el gas, la caldera, Napoléon, Agustín de Vedía. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie de marca; las últimas eran muy complicadas... Yo traté de explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario de un sistema de numeración. Le dije que decir 365 era decir tres centenas, seis decenas, cinco unidades: análisis que no existe en los "números" El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme. Locke, en el siglo xvii, postuló (y reprobó) un idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera un nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez. Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferír el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucioso y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente. Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos. La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra. Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce, más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles. Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar. Ficciones, Emecé,1996, Buenos Aires. | ||
| Gracias por recordarme mi deuda más grande con la literatura. Igual, justamente Ficciones si leí, pero cuando tenía algo así como 13 años, y no entendí un soto la intención. Le Temps Detruit Tout | ||
| Vale recordar que aparte de ser un gran escritor (no el mejor argentino a mi criterio), apoyó la dictadura del 76´ y almorzó con Videla. No es que esto le quite mérito como escritor pero a veces pareciera que a la gente no le importase al hacerle tanto homenaje. | ||
| Hay que recordarlo, hay que sentirlo. A pesar de su deseo de olvido ("la meta es el camino, yo he llegado antes") hay que pegar igual que con proa o prisma, sus invenciones en todos los muros posibles. ¡ Qué curioso! en el mismo foro, a centímetros estan junto a él, los mismos que quieren arrebatarle ese puesto de Uno, irremplazable en la literatura. Después de Él, la Nada posmo. No hay nada con menos sentido que ale ( la loca ), alfonsina ( la femisista) o olga...sin palabras... ¿Quién -qué- puede realmente interesarse por ellas? ¿Quién puede sentir algo? No vale, (y esto lo dijo Él) juzgar a un hombre por lo menos valiosos que tiene, y son las ideas políticas... ¿tendríamos que tachar también a kipling acaso? ¿a Pound?¿ a Marechal? ¿a todos los que fueron "politicamente incorrectos" y a la vez Brilllantes autores?Pecariamos evidentemente de necios. O de pésimos lectores. ¡Parece que nos tendría que caer mejor Rwalsh, o soriano, entonces! ...o benedeti... una vez leí algo sobre una biblioteca total... que supondría todos los libros exelentes de la literatura, pero también asi los mas baratos y desastrosos, yo me imagino una Biblioteca Perfecta con todos sus anaqueles llenos del mismo libro, uno de borges Lo primero en la metafísica, es echar a codazos a Kant (Macedonio) | ||
| También recordemos que lo hizo por ser antiperonista... y luego se retracto. Eso me suena conocido; ahhhh ya me acorde, nuestro hombre santo, nuestro hombre bueno, el señor Sábato (que luego participó en la creación del libro "Nunca más", es decir el informe de la CONADEP), también apoyo la dictadura del '76 y almorzó con videla... Igualmente... es un escritor... su vida fue escribir NO SE LO RECUERDA POR SU IDEARIO POLITICO (sino quién recordaría a Nieszche?) SINO POR LO QUE ESCRIBIO!!!! PS: me sorprendió que salga ese pensamiento de usted vicky, la tenia mas alto que lo que parece ser... | ||
| 1º Lo de Sábato no lo sabía hasta hará una hora que me lo hicieron saber (De todos modos estamos hablando de Borges) 2º Tiene razón. Lo reivindicamos por la grandeza de su literatura y no por sus ideales. Es que a veces siento que la gente se olvida que apoyó a las dictaduras de Videla y Pinochet. De todos modos tiene razón mi comentario estuvo de más, este es un tema para homenajearlo, no para criticarlo. Pido disculpas. 3º Me apena muchísimo no cubrir las expectativas de alguien que me cae tan bien como usted. Un abrazo. | ||
| Queres hablar sobre las inclinaciones politicas de este autor?? anda a economia, politica, sociales | ||
| Vamos bien hasta acá. ¿Era un ránking esto? ¿Tenemos que votar? ¿Es ironía, no? O yo estoy muy boludo para captarlas últimamente... pero ¿Cuál es el goyete de meterse con los demás para reivindicar lo que nos gusta? Claro que no, coincido. No le veo nada de malo, Benedetti, de hecho, me gusta más. Yo me aburriría... digo, un cacho de universalidad... Saludos. Suena medio agresivo tu comentario. Vicky Malvavisco ya aclaró lo que dijo, no necesita ni que yo la defienda, ni que vos la mandes a postear a ningún lado. P.D1: No aporté nada al debate todavía, después posteo una nota muy interesante (y extensa) de Página/12 acerca de la reinvindicación literaria para con Borges y lo que parecería que al fin se logra, es decir, la superación del prejuicio ideológico para con Jorge Luis. P.D2: ¿Alguien leyó "Nueva refutación del tiempo" de "Otras inquisiciones"? Si es así, que comente alguna impresión, a mí me termina de cerrar más como ensayista y hasta "metafilósofo" que como literato. P.D3: Si bien no hay que juzgar a Borges por lo que pensaba (o a veces NO pensaba) en materia de política, tampoco hay que obviar la verdad, digo, los artistas son una totalidad, son seres políticos también, el aspecto ideológico no puede serlo todo, pero existe, y es un factor a tener en cuenta. Una cosa es reivindicar la obra, y otra, al autor. Si reivindicamos la figura de Borges como totalidad, hay que aceptar lo que eso conlleva. Saludos, bis. Amada, supón que no hay remedio. Remedio es todo lo que intento. Amada, toma este pensamiento, colócalo en el centro de todo el egoísmo, y ve que no hay ausencia para el dulce abismo. Editado por Inconstante: 18.06.06 a las 13:19 | ||
![]() Che, después vengo, esto se puso apasionante. Ahora me tengo que ir, pero no empiecen a cagarse a trompadas sin mí (chiste). | ||
| [quote=Inconstante]Vamos bien hasta acá. Bueno, eso esta bien... ¿Era un ránking esto? ¿Tenemos que votar? Nooo! Los cuentos son de Borges, los ránkines de Harold Bool, el Dr Jhonsson americano... ¿Es ironía, no? O yo estoy muy boludo para captarlas últimamente... pero ¿Cuál es el goyete de meterse con los demás para reivindicar lo que nos gusta? daaa... Claro que no, coincido. Ah bueno me alegro... No le veo nada de malo, Benedetti, de hecho, me gusta más. OJojojojoj ( si, como dijo el griego en el Cratilo, el nombre es arquitipo de la cosa, en las letras de rosa esta la rosa, y todo el Niloo en la palabra Nilo // Ya cumplida la cifra de los pasos que te fue dado andar sobre la tierra, digo que has muerto. Yo tambien he muerto, soy un animal sentado // La noche nos impone su tarea mágica. Destejer el universo, las ramificaciones infinitas, de efectos y de causas, que se pierden, en ese vértigo sin fondo, el tiempo//) es difícil que supere a benedetti? NO Yo me aburriría... digo, un cacho de universalidad... Saludos. En un libro de Borges, cualquiera, tenes: a Homero, a Virgilio, a De Quincey, a las Mil noches y Una ( segun Burton), a Platon, a Shopenhauer, a Tolstoy, a Zennon de Elea, a Meyrink, a Poe,a Melville... eso es universalidad... ( la macana es que no tenes el codigo davinci, no=) ) Suena medio agresivo tu comentario. Vicky Malvavisco ya aclaró lo que dijo, no necesita ni que yo la defienda, ni que vos la mandes a postear a ningún lado. Bueno, esto esta bien... P.D1: No aporté nada al debate todavía, después posteo una nota muy interesante (y extensa) de Página/12 acerca de la reinvindicación literaria para con Borges y lo que parecería que al fin se logra, es decir, la superación del prejuicio ideológico para con Jorge Luis. ASI?? y que dice el diario del gobierno ?? ojo! la nota de La Sarlo, deja todo que desear ( en la Ñ) P.D2: ¿Alguien leyó "Nueva refutación del tiempo" de "Otras inquisiciones"? Si es así, que comente alguna impresión, a mí me termina de cerrar más como ensayista y hasta "metafilósofo" que como literato. OJOJO metafilósofo... no, ese es Xul Solar... tranquilamente es un escritor que se burla de la filosofia dándole el vuelo necesario para convertirla en literatura fantástica... después de todo, si hopy podemos leer a Platón veinte ( un poco mas) siglos después, es porque hay algo en su filosofía que es inherente al hombre... P.D3: Si bien no hay que juzgar a Borges por lo que pensaba (o a veces NO pensaba) La que pensaba era la madre... en materia de política, tampoco hay que obviar la verdad, digo, los artistas son una totalidad, son seres políticos también, Todos somos seres políticos... el aspecto ideológico no puede serlo todo, pero existe, y es un factor a tener en cuenta. Una cosa es reivindicar la obra, y otra, al autor. Si es un factor a tener en cuenta por qué despues una cosa es el autor y otra la obra... Si reivindicamos la figura de Borges como totalidad, Noooo, quien habló de reivindicarlo totalmente... es un literato genial, que nos ha entregado toda su vida que ha ido a buscar a los grandes y qeu se ocupó de bajarnoslos ... entendió dilemas filosoficos universales y los llevó al ámbito del gaucho, hay que aceptar lo que eso conlleva. que cosa? tener en cuenta el factor aquel, o separar la obra del autor? Sábato santo?, Castillo dice que putear a sábato es un deporte nacional... che como cayó en la resistencia eh? se nota que esta viejo Lo primero en la metafísica, es echar a codazos a Kant (Macedonio) | ||
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