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Tema El Gran Macho Argentino

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Bueno, aqui les paso un cuento de mi autoría. Si bien no es inédito (fue publicado en una antología de cuentos de autores varios), lo quiero poner. Espero las críticas. ...

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Viejo 17 de mayo de 2006, 23:18
(Siempre un iluso!)
 
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Predeterminado El Gran Macho Argentino
Bueno, aqui les paso un cuento de mi autoría. Si bien no es inédito (fue publicado en una antología de cuentos de autores varios), lo quiero poner. Espero las críticas. Gracias!

Lo escribí hace 2 años, cuando iba al colegio. Actualmente dejé de escribir, hace casi ya un año, pero tengo ganas de volver a hacerlo.

Salu2

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“El gran macho argentino”
Nicolás E. Bianchi

Algunos habían ido a escucharlo; otros, ignoraban su presencia. El petizo Bernini tomaba un sorbo de su té y se preparaba para hablar. Los oyentes callaban. La máquina de café, la llamada “Express”, cortaba el silencio con su peculiar sonido. Ese ruido molesto, pero a la vez querido, ese ruido capaz de producir nostalgia en las personas que, por alguna razón, ya no pueden deleitarse con el producto de su melodía sinfónica. El mozo la apagó y se dirigió, café en mano, a la mesa donde estaba el petizo. Lo encontró sumido en sus pensamientos, como si quisiera ordenar las ideas antes de dar comienzo a su encendido discurso. El petizo le agradeció con un leve movimiento de cabeza. No había pronunciado palabra alguna aún. Esperaba a su amigo, el mecánico, “Héctor para los conocidos, el tuerca para los amigos”, solía decir.
Los entendidos giraron y lo vieron entrar por la puerta principal, un poco sucio, un poco engrasado: nunca daba la impresión de estar limpio. “Ni siquiera después de bañarse” rumoreaban las viejas chismosas del barrio. Divisó la silla de madera oscura que el petizo solía reservarle a su derecha. Tomó asiento y se dispuso a escucharlo. El tintineo producido por las cucharitas que golpeaban las tazas y los platos de té era lo único que separaba la sala del silencio absoluto.
– Correligionarios – dijo al fin.– Aquí me hallo entre ustedes: trabajadores sin descanso, estudiantes aspirantes a profesionales, abatidos obreros de hábiles manos. No estamos aquí reunidos por un vulgar tema como la economía portuguesa, la nueva especie de tortuga encontrada en las Galápagos, o (y aquí pido perdón por esta herejía a los colegas futboleros) el resultado de Boca Juniors el domingo pasado. Hoy voy a tratar un tema tan delicado como tormentoso, ya que todos lo vivimos. ¿Quién de vosotros no se levantó temprano y pretendió dirigirse al gloriosos templo del fútbol, que es la Bombonera, para encontrarse con que su mujer, con alguna hueca excusa entre manos, le impidió y le arruinó sus planes para aquel día? ¿Quién de vosotros, digo, no quiso mandar a su mujer a freír churros más de una vez, cuando los arrastró a ir de compra con ella, chantajeándolos con vanas promesas de índole sexual? Se trata de la injusta dominación a la que pretende sumirnos el sexo opuesto. Se trata de feroces fieras que nunca nos atacan de frente: sus ataques se asemejan a las termitas, que van penetrando la madera de los bellos pianos importados; poco a poco van penetrando y cuando uno se da cuenta: ¡Ya es tarde!.
En ese momento todos aplaudieron, y hasta algunos osados le profirieron gritos dignos de un emperador. La gorda sentada detrás del frío mostrador metálico, meneaba la cabeza en claro signo de desaprobación mientras miraba la caja de reojo: nunca la perdía de vista. El petizo supo que, a partir de ese día, no sería bienvenido en aquel sucio y frío bar de Villa Crespo.
– Me indigna, correligionarios – continuó, haciendo omisión a “la gorda de la caja” – Me indigna que esto nos pase a cada uno de nosotros. No pretendo ponerme de ejemplo pero les demostraré que cualquiera puede hacerlo. Revolución es la palabra justa, señores. ¡Revolución!, revolución contra el sexo opresor y egoísta. ¡Basta del Día de la Madre! ¡Basta del Día de la Mujer!, terminemos con esta dominación que, bajo el pretexto de la igualdad de sexos, lo único que logra es perjudicarnos.

Ciertos oyentes lloraron en aquel momento cumbre. Los gritos ensordecían a los otros clientes quienes, hasta el momento, habían permanecido ajenos a la presencia del gran orador villacrespense.
Es un revolucionario – gritó uno.
Una encarnación divina – se aventuró otro.
“Basta de dominación”, rugió un conocido barrabrava que, bajo el asentimiento del petizo, contagió al resto de la jauría. Los curiosos caminantes se detenían frente al bar a escuchar el espontáneo bullicio, que retumbaba en las cercanías. El fiel Tuerca sonreía, pasivamente. Estaba acostumbrado a las locuras de su amigo.
Un mozo, invadido por un mar de sentimientos, dejó caer la bandeja que llevaba, y al bramido de “Renuncio, gorda” se unió a la multitud que lo recibió como un héroe. El petizo lo llamó con una tierna mirada, digna de padre a hijo.
–Este hombre aquí – comenzó, luego de que todos hubieran callado– es el primero. El primer hombre en liberarse. El primero, digo, pero el último: ¡Jamás!. Yo le demostraré, al más escéptico, que nosotros podemos cambiar el mundo. Necesito su colaboración. Por el bien de la humanidad y nuestra Patria: ¡Liberación masculina ya!.
Indescriptible fue la explosión que produjeron estas últimas palabras en los oyentes, que ya se encontraban sumidos en un interminable frenesí. Unos lloraron; otros lo alabaron; todos lo compararon con héroes y próceres nacionales; algunos se subieron a las mesas, mientras que otros pocos insultaban a la infeliz gorda que se había convertido, súbitamente, en el estereotipo de la mujer dominadora.
Sombreros y pañuelos volaron sobre el petizo. Luego, los más exacerbados, comenzaron a lanzar las tazas y los platos de porcelana, hecho que obligó al Tuerca a proteger a Bernini. La gilada salió detrás del orador, quien iba saludando a los que se le abalanzaban. Un auténtico ídolo de rioba. La muchedumbre abandonó el bar: dejaban atrás un lugar completamente destruido. Cualquier testigo hubiera pensado que allí adentro se había producido la más dura batalla campal. La dueña se lamentaba ahogadamente, llorando sobre la caja, a la que agarraba con sus rollizas manos.
Afuera, la multitud se iba abriendo, cediendo paso a una apurada y desprolija hembra: la mujer del hombre del momento. Se acercó al petizo y le dijo: “Vamos flaco, no tengo todo el día para esperarte”.
El efecto fue demoledor: todos enmudecieron esperando la respuesta del petizo. Había sido desafiado en público, y eso le daba la ocasión justa para demostrar quien era. Los más jóvenes esbozaban tontas sonrisas, esperando la tan definitoria reacción.
¿No ves que estoy hablando? – respondió sobradamente.
Acto seguido, la mujer dejó el lugar tan rápido como llegó. Nuevamente hubo vitores para Bernini, quien, amablemente, se despidió de su barra.
El petizo desapareció en la esquina y se dirigió apresuradamente a su corroído automóvil. Dentro del mismo, esperaba su mujer, sentada en el oloroso asiento del conductor. Antes de subirse, miró hacia ambos lados de la calle, buscando alguna cara conocida. Entró confiadamente, con aires de dandy.
– Perdóname mi amor, nunca más va a volver a pasar, no te enojes – rogó el petizo, mirando fijamente la roñosa alfombra de piso.
Pero de esto nunca nadie se enteró. El petizo Bernini quedó inmortalizado, por el vulgo villacrespense, como el “gran idealista” que nunca fue.
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Viejo 17 de mayo de 2006, 23:36
I see dead people
 
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El cuento esta bueno....vos quien vendrias a ser...el petizo?? ejjeje
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  #3 (permalink)  
Viejo 06 de julio de 2006, 20:35
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Registrado: 17 de mayo de 2006
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Mensajes: 952
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jaja no es autobiográfico....

pero no, más bien soy femenista...

leanlo porfavorrrrr

Salu2

a verrrrrrr más comentarios??????

¿?????????????????????????????????????????

Editado por donelectron: 06 de julio de 2006 a las 20:35. Razón: DoblePost Unido
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