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Creado el 16.05.06 a las 14:07
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| Sanmao A la vuelta de Xi An, Shanghai estaba desierta y helada. Cumplí con la tarea y las promesas y dormí vestido hasta que Lu Ming llamó. Después salí. Desde la ventana de la casa Huang Pu, donde suelo reunirme a fumar con los pocos shanghaineses que entienden de pipas, se tiene una vista privilegiada de Jing An. La calle Beijing Xi, con sus casonas afrancesadas y sus edificios de departamentos típicamente comunistas, cuadrados, uniformes y ordenados, se extiende en diagonal desde la intersección con Wulumuqi Lu, afectada por una suave curvatura que pone frente a los ventanales Huang Pu medio kilómetro de vidas. A diferencia de otras grandes ciudades, pasada la medianoche es difícil encontrar ventanas iluminadas. La noche es más profunda en Shanghai. Aquella madrugada la reunión era menos animada que de costumbre. Apenas si éramos cuatro, contándome a mí, mientras que las semanas anteriores superamos la docena de personas. El Remy Martin, el Walker y la latakia latían en mis tobillos, cerca de mi risa. Estaba estúpidamente excitado, y tenía ganas de decir cosas impropias acerca de lo que veía por la ventana. El problema era, como comenté antes, lo abismal de la noche: la ausencia total de algo banal y superfluo acerca de lo cual divagar. --¿Qué mira hombre, tan intrigado? --preguntó Liu Liu con las que fueron las primeras palabras que me dedicó en toda la noche. Hacía cuatro horas que nos llenábamos de humo y alcohol. --Nada. No sé. Busco algo, creo. --respondí ejecutando una mueca de zalamera cortesía, cosa a la que los chinos ebrios (o casi, este grado hay que observarlo) son especialmente aficionados. --Bueno --rió Liu Liu --siendo así creo que lo mejor será abrir otra botella. No lo reconocí en su gesto, en su tono. Hablaba en un chino especial para mí, pude notarlo, pausado, sin modismos de Shanghai. Dio una larga pitada a su billiard arenada y cancerosa, como para liquidarla, y escupió una serpiente de humo verde y persistente que recorrió en una espiral el cuarto, desde los sillones hasta el techo. Se acomodó, sacó el celular del bolsillo del saco y accionó los botones "pero aquí no queda nada; una llamada y hago traer algo de casa". Aquella tarde las cosas habían salido bien. Dos o tres gestos adecuados terminaron en una notable recompensa. Por una vieja promesa, tuve que comprar un reloj de casi cien mil yuanes. Lo llevaba puesto, un Tank Solo. El absurdo que todo aquello significaba me exponía mucho más al alcohol, y por ende a mí mismo. Alguien golpeó. Liu Liu saltó del sillón y abrió la puerta que da a la calle. Un chino adolescente que hablaba con susurros minúsculos, pecoso, afeminado, marcado por la sangre del Turquestán del Este, ahora China, entró. Sus labios llamaron mi atención, gruesos y rojos, en una boca menor a los esperado para esos brazos largos. Parecía pintada, como en la ópera china, los personajes femeninos. El chico traía una botella de Camus XO Elegance envuelta en un pañuelo. Liu Liu es un tipo de guita: hay bodegas y seda en su vulgaridad. --¿Conoce usted este veneno? --me preguntó señalando al chico o a la botella "Sí, he probado. Creo que es excelente para este momento" dije mientras volcaba los restos de whisky en el canasto con maderos para el hogar. Cerré los ojos buscando la paz que me permitiese gozar del cognac. Así, sin ver más que puntitos de colores sobre mis párpados, me volví hacia el criado. Debe haber sido muy perspicaz Liu Liu, o yo fui más sanguíneo que político. Después de todo, es sabido que el alcohol disuelve mis cortinados más antiguos y me muestra tan maldito como... Las lecciones más duras las aprendí desnudo, sin piel y desecho en una botella. Debe haber sido alguna de estas dos cosas, porque me miró sin dejar de apuntar hacia el chico, y dijo: --¿Le gusta lo que ve? Uno es Camus, el otro San Mao. El chico, siempre mirándome a los ojos, abrió el cognac y me sirvió. Llenó el vaso hasta que rebalsó y chorreó sobre mi mano. El hilo de bebida se metió por la manga, hasta el codo, mojando un camino bajo la camisa. --Si también gusta de la bebida, Sanmao esta noche se casará con usted --susurró Liu Liu en mi oido. El chico desabrochó mi manga y limpió el cognac con sus dedos sucios. Sentí dos otres acordes graves y un golpe en la mano izquierda: algo pasaba con mi aliento y mi pulso. Alguien dijo algo. San Mao llenó mi vaso otra vez. ----------------------------------------------------------------------------- PRIMERA CRÓNICA Salí de casa de madrugada. Los que tenemos mal gusto gozamos de mañanas como esa: la niebla, el frío, la lluvia y el viento, todo junto, o de a ratos, estimulan la sensación de irrealidad y cierta tendencia hacia la melancolía. Zaoshang hao (buen día), dice el tipo que cuida la entrada del edificio. Ni hao ma (¿cómo estás?), respondo batiendo la mano con la intención de parar un taxi en Zhenning lu, la calle donde vivo, en el centro de Shanghai. A la estación de tren. Dieciocho yuanes; algo así como seis pesos. El taxi es barato en China, y los taxistas son menos desconfiados que amables, aunque lo primero no lo descartan. Sobre todo los mayores, quienes —sospecho cada vez con mayor paranoia— no perdieron la memoria de las autodenominadas concesiones extranjeras. Pocos eufemismos son tan hipócritas como los referidos a la presencia extranjera en China a lo largo de la historia. La estación de trenes de Shanghai es inmensa, brutal y cuadrada. Está estratégicamente rodeada de plazas en las que los miles de chinos del interior que por alguna razón tuvieron que venir a la ciudad esperan de madrugada la partida de su tren. Un día cualquiera, hasta medio millón de personas toma el tren. Los trenes y su materia: vagones, locomotoras, asientos y mozas, son proporcionales a la ciudad. De la calle al vagón hay un tramo difícil, plagado de alimañas urbanas: asesores informales que por unos pocos yuanes se ofrecen a llevarte hasta tu asiento en el tren, tres o cuatro puestos de guardia en los que piden pasajes para evitar que le explosión demográfica trate de refugiarse de la lluvia. Escaleras, pasillos y, al fin, el tren. Una especie de muralla china con ruedas, de dos pisos, tan larga que llega hasta donde la niebla no deja ver. Pasé las pruebas. Me senté. Cambia el tiempo. Ahora escribo. Veo por la ventana las locomotoras que van a arrastrar este cacho de mundo rodante. Una, dos. Tres: tres máquinas. Sacudón, chillido y golpe. Estamos listos y andando. Los alrededores de Shanghai son algo decadente y hermoso. China tiene una sorprendente facilidad para el género de belleza que me cautiva: el encanto de lo roto, lo caído, la fractura y la decadencia. El crecimiento impropio y desigual de China en lo humano y lo económico genera unos márgenes que suceden sin pensar en ellos o sin esperarlos. Las afueras de las ciudades de la costa este son un espacio para este tipo de ensayos degenerados. Millones de chinos tratan de ingresar al mundo junto al mar, luminoso e industrializado, y llegan hasta el borde de ese mundo. Los latinoamericanos sabemos bien qué es eso. Acá también pasa. Solo que el mamzug, el mejunje humano tiene un poco de China, del Tibet, del Turkestán del Este, de Mongolia, de Kazajstán. Y, extraño mecanismo, un fondito de dignidad hace que los tipos floten. Son gente muy rara. Su ropa, su arquitectura, su comida. En todo, preservan algo de lo propio, de lo sanguíneo. Aun a pesar de la ciudad y su negrura, imperante y deseada. Shanghai. Yuyao. Ningbo. Se suceden las estaciones, como es de esperar en un tren en movimiento. La moza —sí, en los trenes chinos hay moza— se pasea cada cinco minutos con un pava inmensa. “Debe ser de diez litros” calculo en voz-mental alta. Ofrece llenar los vasos. Nadie toma agua en botella, básicamente porque nadie toma agua fría. Noventa grados es la norma. Treinta, o algo así, se considera frío. Colofón: todos tienen unos vasitos transparentes con tapa, en los que llevan agua humeante. Toman, gritan, hablan por teléfono, y comen. Eso es el inventario de acciones chinas en el tren. Una, tres o quince horas, lo que dure el viaje. Llego a Huangyan. Mi destino. La persona que tiene que venir a buscarme no está. En el fondo me alegro, así puedo dar una vuelta. Huangyan se considera un pueblo chico, y en general no figura en los mapas, a pesar de tener casi tres veces la población de Bariloche. No hay un solo occidental en ninguna parte. Mejor. Camino por una avenida que parece ser la principal. Entro en un piringundín, un localito de tres por tres con una olla gigante en el centro de la que sale un vapor blanquísmo. Pido un par de bollos chinos de cabra, yangroude baozi, y un vaso de leche de soja. Delicioso, como siempre, y todo por menos de un tercio de dólar. Salgo renovado. Ya no llueve y el viento sacude la tierra. Llamo a mi contacto en Huangyan. Se supone que estoy trabajando. Se olvidaron de mí, pero ya me van a buscar. Sigue el trabajo del día. Doce horas, tal vez menos. A media tarde un banquete infame con aguardiente de arroz, como siempre. Serpiente, cangrejos y maní. Disfruto y me sorprendo. Ya comprendo a los chinos. Puedo hacerles chistes, y hasta me revolean cigarrillos por la cabeza durante la cena, lo cual constituye un signo de confianza muy notable. Sin embargo sus casas, su mundo, sus zapatos y sus dialectos me devuelven a mi centro, a mi ejercicio narcisista, y me inunda la adolescente y turística sensiblería de observar y comparar. Es imposible dejar de ser un idiota en China. ----------------------------------------------------------------------------- Shanghai - XiAn Cuando se baja del tren en Xi An al mediodía, una atmósfera ardiente y brumosa oculta el extremo sur del andén. De esa luz repentina, del temblor de los ojos cansados por la lectura en marcha, surgen decenas, centenares de chinos cargando bolsas, canastos y bebés. Más bolsas que bebés. Algunos de los viajeros llevan el bai zheng, el gorro cilíndrico de tela blanca de los musulmanes. La estación Xi An Zhong Zhan, a diferencia de las otras dos que tiene la ciudad, está frente a la muralla de la ciudad vieja. Xi An fue capital imperial, y tiene una muralla impactante, oscura, altísima y en impecable estado. En las afueras, pueden verse los restos de la vieja muralla Han, pero esa es otra historia. La entrada de la estación reverbera en reflejos cobrizos. Son las bicicletas-taxi, oxidadas, que revolotean en torno a la estación. – Dao zhong de da zhan -”a la torre de la campana” digo en chino a una mujer de boca larga y ojos cansados – shi wu kuai a -la mujer responde “son quince kuai” Me subo en el sillón de cuerina roja. La mujer pedalea. En cuanto dejamos la agitación del tumulto y cruzamos la muralla, entrando en la ciudad vieja, el tiempo y mi angustia de detienen. Ya no importa llegar. Un hombre de piel oscura y barba blanca, con su gorro y su hajir musulmán sale de una mezquita. El templo está disimulado detrás de un puesto de venta de carne de cabra, y la aguja de la entrada está custodiada por un millar de moscas carnívoras. Estas son los argumentos de la brvedad de la mirada: la mugre y la sombra. Así los musulmanes son entre los budistas, y entre los hijos de los hijos de los maoistas. Llegamos a la torre, pagué y despedí a la conductora de mi bicitaxi. Después de dar unas vueltas para orientarme en la simetría de Xi An, encontré mi rumbo, y ejecuté los pasos conocidos. En encuentro, la charla, la disputa, el engaño y el éxtasis. Cena a las cinco de la tarde, con menos pez que serpiente. Algo de cerveza tibia y té verde. Por la Xi Lu hacia la muralla, desde la torre, se llega a la altura de la gran mezquita Ab Bahar. Después del atardecer se percibe la cercanía del templo en el murmullo ancestral que aplasta el espíritu, y obliga a internarse en los callejones desde Xi Lu hacia arriba, al este. Las moscas, la mugre nuevamente. Entre toldos y carros llenos de animales muertos está la mezquita, blanquísima, recta y absurda, llena de luz. Caminé entre los barrotes gastados de un jardín centenario, hoy alternados por el robo de las barras. Un chino me siguió con la mirada desde que entré a la calle principal, desde su ventana frente al tolderío. Yo también lo miré, y pensé en su vida, en su dentadura y su almuerzo. Saqué algunas fotos, comí un bash bajiar de arroz con melaza y semillas. Eso me dejó satisfecho. “El tren de la noche sale en media hora, tengo que correr” pensé saboreando el bajiar pegoteado en mis dedos, y decidí pasar la noche en aquel inframundo atemporal, en el Xi An del atardecer. “Mañana será otro día, otro tren”. Estuve un rato frente a la mezquita sin animarme a entrar. No porque supusiera que, tal vez, no fuese bien recibido. Nada de eso. Tan solo mantuve mi postura en la medianera que me toleraba como una medida de resguardo, para preservar la tibia serenidad en los movimientos del mundo. Me dejé observar, y eso fue todo. “Tengo que buscar dónde pasar la noche” Caminé de vuelta por el mismo camino hasta la Xi Lu, la avenida principal de la ciudad amurallada. Algunas luces me hirieron, y dejé el bolso en el piso para decidir que rumbo tomar. Fuera de las luces. La cerveza de la tarde latía en mi nuca. La memoria del sol, el sudor y la tierra pegadas a mi cuerpo. Kan Kan Liu Liu decía un cartel a cien metros de la avenida, sobre una transversal. Me llamó la atención el arreglo de neones, complejo, fractal. Masajes. Entré, subí una escalera y esperé en un living adornado con un Buda de plástico dorado con dos velas-lamparita color naranja. El sonido a mi espalda me provocó recordar un Barock en Ciudad Universitaria. Tenía 4 o 5 años. Mi viejo tocaba, y yo estaba en el camarín. Me impactó el cambio en el ambiente, de la euforia del campo a la expectativa de los músicos aburridos. El silencio del sonido. Las caras, el viejo en calzones mirando el piso. Dejé el bolso entre las patas de la única silla y me senté. Tosí adrede para llamar la atención. De una puerta que no había visto surgió un chino han, flaco y morocho. Me ofreció un masaje. -¿Va a pasar la noche en Xi An? -Preguntó en chino mi interlocutor. -Así parece. Aunque todavía tengo la opción de tomar el micro de medianoche hacia Shanghai. -Pase con Xiao Jie: un masaje con aceite de oliva y va a querer quedarse para siempre, dijo el chino y me señaló la puerta. 160 yuanes, escribió en un papelito que me entregó. Le dí la plata. Caminamos por un pasillo de madera, y al fondo golpeó una puerta. Xiao Jie, la masajista, abrió. Entré. Escribo desde Xi An. Tal vez hoy vuelva a Shanghai, a la euforia del campo. | ||
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