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Viejo nitram dijo: 14.10.07
Cayeron los dones del secreto. Enfrente tuyo. De pie los dos. Una fotografía de aquel instante. Me pediste sinceridad. Me apuraste con los labios a contarte, a decirte, a seguirte en el viaje al interior de nuestras verdades. A través de tus ojos mi mirada penetró y te vi como nunca te había visto. Te pedí un segundo para responder y sobró tiempo: te quiero, te dije y mis labios no fueron capaces de percibir el estímulo que los impulsaba. No te sorprendiste de mis palabras. Mi nariz se asemejó a una mancha en el aire que se alejaba. Se deslizaron mis manos hacia adelante sin mí. Me sentí desnudo como quien se quita la hipocresía y se exhibe sin ocultar. El cosquilleo dio paso a una sensación extraña. Me mirabas, temblabas y yo sentía tu temblor y a la vez lo veía. Aquello no era hacer el amor. No había tacto. Era todavía más perfecta la conjunción. Nos manteníamos a la misma distancia. El te quiero flotaba en aquel cuarto, como un hilo entre nosotros. El tiempo se frenó, no había hechos sucedidos, ni sucediendo, ni que sucederían. El te quiero era una luz, un color, pero a la vez se repetía en dibujos y giros de paredes, como una locura inalcanzable que nos alcanzaba porque estábamos de pie, siendo aquel te quiero; y al mismo tiempo no siendo más que testigos. Era más que palabras. Algunos detalles no podrán ser descritos. El te quiero era el lugar, y un instante también, rompiendo las reglas del universo que conocíamos, ¿cómo describirlas entonces? Murieron las respuestas, nacieron nuevas preguntas. El te quiero se transformó en el sitio donde nos mirábamos, en el fondo de nuestro encuentro, aunque del encuentro había nacido; no estaba claro el comienzo, el orden de las cosas desconocía su nacimiento. Éramos a la vez el sonido flotando sin nuestros trajes humanos. Fuimos risa sin rostro, humo blanco y dulce. Y arcilla creando seres urgentes sin más dotes que el amor, amor tangible, como un león, pero no áspero sino liso y suave. Y volvimos a ser piel. Los dones, quebrados, aquéllos en los que habíamos creído, se perdieron cuando me miraste, después de decirte te quiero. No sentía las piernas sino como raíces hacia el suelo. No lograba moverme. Te quiero, dijiste y tus sonidos se adueñaron de mi boca, como tus besos alguna vez, como tu lengua buscando la mía para formar la boca perfecta. Entraste en mi boca cambiando el sentido de los sentidos. Te escuché con los labios y no hablaron porque ya habían dicho.
Hasta ahí llegó lo poco que quedaba de razón. Lo sucedido luego es inexplicable y no estoy seguro de poder lograr un acercamiento a la verdadera calidad del hecho. Sí estoy seguro de que no va a ocurrir con otro ser. Pasó con vos y así será como lo cuente. Temí preguntarte por eso que sentí durante los segundos que vinieron luego, porque tu respuesta hubiera significado perder el centro y deambular para siempre en un ensueño. Lo sé. Porque nadie puede sentir algo así sin que otro sienta lo mismo. Porque vi tus ojos y eran los míos, vi tu cara y era la mía que te ansiaba, vi tus piernas, tus brazos y eran los míos, era yo quien estaba enfrente de mí y era yo quien contestaba a un te quiero, con tus labios, porque eras vos con mi cuerpo, supongo, quien me había dicho te quiero. No me sentía yo. No sé qué sentías, no pido respuestas. Como un rebote de amor, el te quiero rebotó entre nosotros y nosotros fuimos el otro en aquel instante que terminó en besos y excesos de caricias y olores profundos, ya en la realidad, siendo algo común entre dos que se aman. Pero lo que dura es la sensación de que en algún momento vos fuiste yo y yo fui vos, permitiendo al otro mirar el fondo, haciendo claudicar a los dones del secreto.

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