Caminando por la oscura rivera, me detengo por una brisa marina. El aire salado huele a melancolía y una ráfaga de frío me hiela la cara. Es una noche hermosa, perfecta para una caminata por la costa. La Luna llena resplandece en el cielo sin nubes enfriando el ambiente aún más con su luz pálida. Me inserto en meditaciones inútiles. Mi alma, apesadumbrada, se hace preguntas a las cuales ya tiene respuesta. Mientras, mi cuerpo, inmóvil, sucumbe a la belleza de delante.
Cuál es el por qué del miedo a la muerte. No trascender, a dejar el mundo del mismo modo en el cual llegaron a él, quizás. Qué temor absurdo. Durante nuestra vida, ínfima porción de tiempo que el universo nos regala probablemente sin pedir nada a cambio, no hacemos más que buscar la felicidad en cosas vanas para la vastedad aunque importantes para nosotros.
Un profundo suspiro escapa de mi. Mis ojos taciturnos siguen observando el paisaje, pero ya sin acongojarse por la inmensidad. No, ahora se concentran en la nada, mientras mi conciencia sigue trabajando.
Para vivir entre humanos, hay que acostumbrarse a dejar los sentimientos a un lado. Sólo pueden salir a la luz cuando se está entre conocidos, aunque incluso éstos no nos ven como realmente somos. Creamos barreras que nos defienden de los demás pero no de nosotros mismos. Ya no hay vuelta atrás, no hay solución. No hay forma de arreglarlo todo.
Un observador podría haberme salvado, pero a esas horas no había nadie. Ya no había vuelta atrás. Había encontrado a solución. Parada en la punta del precipicio, me abalanzo al agua, vuelvo a los orígenes. Antes de soltarme, una lágrima cae en el mar. Me da la seguridad de que mi vida no había sido en vano. Al menos, hice que el agua marítima fuera un poco más salada.