Esto es un fragmento de algo muy largo e inconcluso que escribo de vez en cuando, y me parece que es lo único rescatable. En realidad me gustó la idea que plantea.
Cuando más grande, y ya casi superada la pubertad, se sumergió en una laguna amorosa exterior, pero interior a sí mismo. Es decir, nunca dejó de amar a algunas chicas, pero la reciprocidad de este amor no existía; su amor se mantuvo siempre dentro de su ser: platónico, imaginado, como un tesoro que nunca quiso entregar a nadie.
Estar enamorado de una mujer y nunca decírselo es algo que siempre le había gustado hacer, mantener vivo ese amor por siempre, sentirlo propio y ser egoísta; pero no era porque tuviera miedo de no corresponder, o que esta persona le "diera vuelta la cara": no, su egoísmo amoroso se debía a su amor por el amor -valga la redundancia-, al estado de ánimo que correspondía a la "felicidad" que provocaba el hecho de sentir amor, a temer arruinar su dicha conociendo en profundidad a la persona a la que iban dirigidos todos sus pensamientos, los cuales se manifestaban todo a lo largo del día.
Estaría bueno ampliar esta idea.