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Presentación en el foro de Inéditos:


Los eventos por lo general me anteceden. Todo en mi vida sucede antes que yo. He llegado demasiado tarde a todo, incluso a mi vida. Soy un retraso constante, una forma ajena a la contingencia y más cercano a la historia. Todos quienes me rodean han dado un paso al frente. Solo soy quien les recuerda lo que fueron. Los dolores se han intensificado. Mi cuerpo se expande y la mirada es un bulto demasiado cansador. Dejaré de lamentarme cuando deje de sufrir. Quizás abra las ventanas de mi cuarto la mañana siguiente y el fresco aire matutino de la ...

Datos del Tema
Creado el 09.09.09 a las 23:08
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Registro: 09 de septiembre de 2009
Mensajes: 1
Viejo 09.09.09, 23:08
Los eventos por lo general me anteceden. Todo en mi vida sucede antes que yo. He llegado demasiado tarde a todo, incluso a mi vida. Soy un retraso constante, una forma ajena a la contingencia y más cercano a la historia. Todos quienes me rodean han dado un paso al frente. Solo soy quien les recuerda lo que fueron. Los dolores se han intensificado. Mi cuerpo se expande y la mirada es un bulto demasiado cansador. Dejaré de lamentarme cuando deje de sufrir. Quizás abra las ventanas de mi cuarto la mañana siguiente y el fresco aire matutino de la primavera penetrará mis pulmones intoxicados. Pero ya será verano, de seguro. Siempre he llegado demasiado tarde. Toda una vida me he formado al final de la fila. Si pudiera tan solo avanzar fuera de este metro cuadrado imaginario, si pudiera voltear y ver que he recorrido por lo menos un cierto camino… si pudiera caminar. Pero andar en serio, avanzar, descubrir que cuatro paredes no son un sepulcro definitivo, constatar que no solo la ansiedad lleva el pan a la boca. Si pudiera sentir hambre por una vez, sed, frío, calor. Alimentarme al abrigo de una mujer, de un amigo. Siento más años que los siglos enteros y la vida no me ha alcanzado para nada en estos cuarenta abriles. Todo lo que aprendí lo he olvidado. Todos los sueños se han muerto inalcanzables. He borrado todos los libros de mi memoria. La muerte alcanzó a mis amigos en vida y los he sepultado uno por uno en el cementerio de los recuerdos. Pero ya no les recuerdo... probablemente. Todo en mi vida ha sido un sueño. Pero tampoco sueño, también es cierto. No he pegado los párpados en días y mi único cielo ha sido un techo halógeno y titilante, noche tras noche, día tras día. He notado seriamente que me deshago, pierdo cabello, no me crecen las uñas, mi piel se decolora, mi pecho golpea con menos intensidad y frecuencia a cada minuto; el aire me cansa, el aire maldito que reciclo en humo y me mata. Me suicido colectivamente un poco más cada día. Sería ridículo reventarme los sesos o romperme el cuello a estas alturas, si desde los quince me he estado asesinando de la manera más protocolar y burguesa que ha inventado el hombre en su afán autodestructivo.
¿Cómo llegué a estar solo? ¿Quiénes me han abandonado y a quienes he dejado? ¿Por qué esta tendencia a que todo lo bueno lo destruyo o contamino? Pero sería bueno dejar que las explicaciones fluyan, que las causas se justifiquen y que los hechos cuenten esta historia breve… para los demás. Quizás deba reconciliarme con la vida, estar en paz con Dios, y beber del perdón por mis pecados. ¿A quién perdona Dios? ¿Cómo saber que merezco siquiera ser perdonado? La locura es un paso a la virtud, la virtud el paso a la salvación y los salvos de esta tierra ni siquiera entienden que el camino más corto entre dos puntos ya no es la rectitud, ni siquiera la autoflagelación.
Ahora suelo perderme con facilidad entre los actos de la comedia humana.
Las noches de Santiago tienen el embrujo de las luces parpadeantes a la distancia, como un desierto invadido de luciérnagas murmurando el lento paso de las horas y la inminente caída de la soledad sobre las almas perdidas. Santiago se reinventa cada noche como la belleza de una mujer, que es siempre más cautivadora dependiendo del ojo con que se mire. Se duerme con la sutileza de la desnudez que rebota como un claro de luna entre lo tormentoso de la oscuridad y deja siluetas al paso de los besos y el silencio. De noche es una ciudad atrapada dentro de otra ciudad que no detectamos al paso y la vorágine de los días. Sólo el ruido metálico de las voces nocturnas a la distancia se adivina entre los silencios con que envejece la madrugada y nos deja la memoria en aquella eterna vacilación de que ya hemos olvidado probablemente que nada nos cuesta más que vivir con nosotros mismos.

Mi vida es el embarazo eterno de las ilusiones frustradas y la insuficiente capacidad de evacuar el dolor y desalojar la angustia. Soy el consciente infinito de la muerte en vida, y me siento a su vez con más vida que todos los muertos sepultados en mi memoria. En el cementerio de mis recuerdos he cavado la tumba del corazón turbulento y su innata incapacidad de amar. Tengo nombre y apellido con fonética disimulada, y sólo me llaman con la voz pálida con que me bautizaron los atardeceres de su ausente voz. Nada me queda tras nada haber tenido, sólo estos dedos enriquecidos con la arquitectura ajena y esta boca soberbia que se niega y se revela a no desatar el dolor.

Pero el amor tal vez entre toda esta coherencia disipada por la locura sutil y desmedida a veces, haya cuajado como una helada sobre los restos de un castigado y deshecho corazón…

¿Será que el tener todo lo que no quiero es la sentencia proporcional por no haber tenido lo único que en verdad he amado y que a estas alturas ya he perdido?

La cobardía nos cuesta lo que la mentira no alcanza a castigar... Por eso más me cuesta amarte y no tenerte que el que me quieras y no me ames.

Vayan para ti, entonces, estas palabras desgarradoras en este maltrecho e iluso intento por legarte algo que no fuese tan sólo amarguras en tu recuerdo

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