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Viejo Yogui D. dijo: 28.12.14
El mate siempre muy amargo. Pero qué sé yo, siempre siempre siempre seré un exagerado. Ahora hay que ver (¡Hay que ver!) horrorizado tan sólo el resabio de un atardecer, un sol cobarde que se pone siempre desde el otro lado y que pinta por ratitos nada más los pobres edificios. Y la lluvia que se viene, apurada. Siempre un exagerado, un inconformista. Amé, amo y amaré hasta el fin de ese rulo llamado Tiempo algunas cosas, todas las cosas, el capítulo 87 de un libro hermoso, un poema, una flor amarilla. Quisiera la fuerza para grabarlo en la piedra eternidad, usarlos para infringir la herida al maldito reloj.*

''Soy el vampiro de mi sangre,
- uno de esos abandonados,
condenados a risa eterna
cuya sonrisa es imposible. ''

Siempre un inconformista. Este mate está lavado y relavado, y esto es una mácula, una mancha de café que no se puede borrar. Lo tengo todo y quiero más, por esa sed, por ese amor urente hacia la vida, hacia cualquier experiencia, amo la lluvia que no llega, el silencio de las aves que recortan las nubes, caminar las calles interminables a cuyas orillas esperan los árboles. Los edificios sin hacer o a medio construir, las palmeras y esa diminuta hormiga que fuma en el balcón de enfrente. El mar interminable tan grande para los dos, tan pequeño para los dos. El mañana es mejor. La violencia de un escalofrío traidor que se escurre por la espalda sin avisar, conmovido el cuerpo autómata por los velos que se corren al leer a un poeta muerto algunas veces y renacido otras tantas. Amo estos dedos, estos ojos, esta cosmovisión, este salto al vacío eterno en busca de…más.

Muñeca rusa, dame un poco más
Dame de esa lástima aunque sea
Déjame la cadencia, esta música
Tocada por abejas
(Cansados aguijones tristes de la colmena)
*
Muñeca rusa, dame
Al menos la sabiduría de un tango,
Dame un poco más, déjame el perfume
De tiempos plateados
(Jazmines*dibujando el cordón de la vereda)

¡Desarma y sangra! Poetas que son hojas, hojas que son escalones, escalones que son alas y sueño y nubes. Se enfría el mate, de igual forma que nace el viento y canta el grillo. “Nacer, dar media vuelta al cordón, para no volver. Mirar toda la fiesta de afuera, buscando la emoción verdadera. A despertar a un mundo dormido.” Cuando ansío libertad uso las llaves, levantando tormentas de perro mojado, de frías vías de tren sin tren -tren cumpliendo horario administrativo y después nada, heladas líneas paralelas de metal sin amor-. Llaves. Qué terrible poder el de sacudirle, zarandearle el polvo a situaciones gastadas y regastadas. Estremece, en ocasiones. Uso las llaves entonces, piso sobre el tambaleante suelo y ecco, eco surge interminable y soy viento. No, perdón, viento no. Palabras que nadan sobre el aterciopelado lomo del viento, sí. Juguetes rabiosos, pases, derechos de ciudad. Llaves. Soy las llaves.

Érase una vez árboles
Ardiendo al tacto,
Desintegrándose,
Desbordando desencantos,
Érase el sol,
Los ojos de luciérnaga,
Las frutas del otoño,
Los edificios por la noche

Era, ese era, el tiempo
De manos, de reloj
Pulsera, bolsillo, pared
Llaves, tijeras, alcohol
Muecas, silencios, adiós

Eso érase
Y llovía
Y hacía frío
Y era martes.

Se imaginó la ventana empañada. El cigarrillo mojado por la lluvia no tenía tan buen sabor como había pensado cuando ¿decidió? Encenderlo. Pensó socarronamente que ni siquiera lo pensó, que fue un acto reflejo de un cuerpo hijo de una mente ausente. Recostado en el umbral de la lavandería respiraba un agradable aroma a ropa limpia mientras disfrutaba el mojarse con las gotas que cada vez caían más apuradas. Observó nuevamente los apartamentos de enfrente y volvió a pensar en la ventana del tercer piso, empañada. Alguien respirando sobre ella, viviendo desde el lado de adentro, quizás también observando el agua, pero no empapándose de ella. El último pensamiento lo entristeció un poco y recordó una frase de un estandarte de la paz jamaiquino y pensó que tal vez tenía razón. Quiso ver un poco mejor hacia arriba pero entre la oscuridad de la noche y las gotas kamikazes no pudo husmear si acaso había una luz encendida en el departamento. Qué más daba, habría que terminar por cruzar la calle y tocar el timbre. Apenas cerró la decisión y su cuerpo, ancla somatizante, escurrió sus garras internas y comenzó a apretar el estómago mientras paso tras paso adelantaba sus pesados zapatos a través de la vereda, cordón, salto, charco, puteada, carcajada, calle, rendido chapoteo, nuevo cordón y vereda. Se acercó tímidamente al umbral del edificio y tocó el timbre. Una voz familiar contestó y por un instante pensó en no decir nada y volver a su tímido lugar en la pared de enfrente, pero le ganó la valentía y saludo a la interlocutora, quien sorprendida, tardó un instante breve en bajar y proceder a invitarlo a subir.

Sé lo que va a pasar. Será verte y luego, la pregunta. La típica pregunta de siempre flotando desde tus labios hasta mis oídos. Y mi típicamente tímida sonrisa es una respuesta que no sacia. Que no satisface porque...
¿Pero qué querés oir? ¿Qué?
Tal vez simplemente sea ese cruel ser que no incita piedad, que no despierta simpatías. Yo. Y sin embargo todo se va plegando simétricamente. Y soy Dorian, mi querido Dorian Grey, abrazado al cuadro. La decadente eternidad, un espejo en el que suele mirarse este niño. En una temporada en el infierno, en el egoísmo de Safo.
Fuimos arrojados a la existencia, entonces ¿qué esperabas?
Un perfecto caos desarrollándose, de choques de partículas subatómicas de los que surgen átomos y moléculas y elementos y compuestos hidrocarbonados y ¡nitrogenados! y proteínas y células y tejidos y órganos y cuerpos y almas. Humanidad. Eso somos, una revolución, algo que avanza. Y de esa revolución un simple granito de arena en el mar, una ola, ¡casi un deja vu!, un militante de la paz y del ser. ¿Qué esperabas? Una compleja red de mentes chocando y chocando ¡como partículas subatómicas!
Todo se va plegando simétricamente. Obligación dulce, cruel ternura. Tengo que poner a deleitarme este disfraz de lobo un rato, yo, vil oveja divertida moneda en el aire, tengo que verme tentado a incluirme, tímido y humilde en el listado de amantes, de adictos a la presencia de melodías hechas por sintonía interna y otras patrañas y zapatos de goma. Tengo que intentar calzar el saco aunque quede grande. Me lo dijo un ángel en un baldío.

Sé de vos como sabe una hormiga de la existencia de otra en la otra punta del hormiguero. Alguna vez he chocado alguna que otra antena con hormiguitas que tienen contacto con alguna que otra hormiguita que tiene contacto con vos. Sé de vos como sabe una hoja de un árbol sobre otra hoja de otra rama del mismo árbol. Alguna vez el viento nos acercó en una caricia sublime.*
Por eso cuando salgo a mirar la luna en mi balcón a veces siento que en algún rincón (en algún balcón, quizás) estés mirando la luna con ojos como platos. Compro el diario, todos los diarios, algunos días esperando saber de vos, leer tu opinión en la portada.*
Y te digo más, no quiero saber de vos. No. No quiero. Veo una silueta enorme y misteriosa como tótem y sé que nunca habrá algo a la altura, que nunca una mueca que se refleje en otra mueca, que nunca unos ojos que se espejen en otros ojos serán algo más que eso. Reflejos sobre una sombra. Una sombra muy oscura y profunda y abarcativa que lo único que hace a cada instante es crecer y alejarse.
Es preciso un nuevo ser capaz de nacer mil veces...*Pero no. La esquizofrenia es una enfermedad muy rara, a veces creo que susurran a mis espaldas, que una voz tan tenue y dulce que no existe me arrulla, me calma y me deshace en un lento ardor.
A veces siento el paso del tiempo. Me voy yendo a alguna parte, desapareciendo. Ya no levanto envoltorios de caramelo de los pisos, ya la ventana empañada no dibuja fragancias violetas, ya no tacho lo que escribo. Ya estoy medicado. Y espero sobre una tela gris y raída las papillas, la corriente eléctrica y el haloperidol.
Pero todavía compro el diario.


Lúgubres escalones y humedad, humedad de paredes que se ciernen conforme suben y suben y conversan insulsamente sobre…no importa sobre qué. Por algo suben, por algo se asomó levemente a la ventana lluviosa, por algo sonó el timbre y por alguna razón que no puede definir decidió abrir, cansada como estaba, recién bañada como estaba, a punto de dormirse como estaba y decidió vestirse a las apuradas y abrir y dejar entrar. Tal vez fue un sueño dentro de un sueño, una lujuriosa y lasciva sensación, necesidad de otra piel… tal vez eso fuera, pero ya despierta se lo negaba y con qué ganas se lo negaba. Se interpelaba ya en silencio mientras miraba a su mojado amigo, se preguntaba por qué casi inconscientemente procedió a abrir la puerta, por qué. Quizás (y esto se lo repetía y repetía centímetro a centímetro hacia arriba) sentía el atender un timbre trasnochado no fuera por ganas de sexo, de intuición de almas, quizás no fuera por simple piel, se repetía ya sin paréntesis porque por dentro tenía una tranquilidad casi masoquista de algo absolutamente platónico, amputado, marchito e inconcretable por ser de la misma burda estirpe, hermanos de la noche, vampiros de algodones y jeringas. Las guerras dando vueltas en su cabeza y quizás en la de Marcos mientras suben, ambos suben, interminablemente unas escaleras cada vez más largas con el silencio, con el pesado silencio cargado a sus cansadas espaldas. Tensión en el ambiente y humo turbio en los corazones, entre risas nerviosas buscar la llave y excusar un desorden que nunca era tal.

Sin quererlo, el odio, frío y doloroso y amargo, inunda el pecho ante la incapacidad, nuevamente, de comunicar, de decir, de pasar del yo te entiendo que va de los labios para fuera, incapacidad de verlo o sospecharlo siquiera (no es gran cosa aparentemente (¡Aparentemente!)). Morboso mareo de muerte que se va pagando en cuotas, en silencios tímidos y oscuros, empetrolada ternura, casi absurda espera de dulces respuestas que no llegan, que no llegan.
Hablar lindo no*es la idea, al poner una letra sobre otra, apilándolas. Nadie intenta hablar y menos escribir de cierta forma. Es un intento a lo que salga, a cómo salga, de volcar un alma hacia fuera, un corazón que luego de bañarse de cielo busca surgir claro y honesto (Tu sèmes des syllabes pour récolter des étoles, etcétera) y al mismo tiempo el intento -otro más y van...- de tocar un Otro, otra alma, de rasparla, marcarla tal vez, con sentimientos (¡verdaderos!), de que algo quede, que algo traspase el velo.
¿Alguna vez alguien pudo comunicarse con alguien? ¿La verdadera empatía, acaso existe? Y el estigma, la llaga, el saber que las estrellas siguen floreciendo tras los ojos quema esta carcaza como acordes al vacío, y manos ciegas se tienden y se levantan sobre un ave que vuela.
Y no muere.

Quisiera mirarte
Sólo mirarte y no decir nada
¿Que conversación puede haber, acaso
Entre el sílex y el papel tornasolado?

Sólo queda encontrarse
En la muerte enredando las sábanas
En la luz verde que ilumina la salida de emergencia
Que en su blanca pálidez pregunta
¿Dónde queda el paraíso,
La tortura dulce de una cama?

Frescos indicios, grabados
En el fuego que consume lentamente la belleza del papel
(Cenizas que se pierden entre paredes
De hospital, de lúgubre tugurio*
Donde se adora al pedernal)

Que estaba por acostarse pero su llegada venía muy bien porque había un pequeño cartel de cumpleaños que intentaba hacer para una amiga y que no sabía cómo rellenar. El tendría alguna frase, conocería algo, una canción, un detalle hermoso, algo que contenga la esencia de un duende de cuatro pelos locos. El por qué esperaba estos detalles salvavidas de Marcos, ni el propio Marcos supo respondérselo. Se sentaron uno frente a otro bajo la ventana que daba a las escaleras internas del edificio, entre ellos una pequeña mesa de madera con cartulinas de colores y fotos desparramadas por doquier. Un vaso de cerveza a medio tomar, una jarra de jugo caliente y media pizza, los souvenirs de una noche que estaba cerrándose hasta que el letargo súbito se cambió por un par de horas más escamoteadas a la almohada.
Le ofreció un poco de líquido ámbar fresco mientras limpiaba supuestamente avergonzada de su pequeño caos, un caos que no odiaba y que incluso Marcos aprobaba en silencio. La vida era caótica, por qué razón un departamento donde se desenvuelve una fulgurante visión de la misma no debía de serlo. Le recriminó dulcemente esa vergüenza hipócrita con una caricia en la mejilla mientras con la otra mano tomaba el vaso de cerveza fresca que le ofrecieron tan tentadoramente.
Hojeaba distraído un libro de pensamientos budistas marcado y remarcado, con hojas ajadas de tanta lectura. Leyó una página al azar, un párrafo al azar, una línea al azar.
“Los jardines del cielo son un tesoro irrenunciable, un tierno puente por el que avanza indescriptible la felicidad primitiva.”
“¿Qué pensabas colocar en el afiche de cumpleaños?” Preguntó finalmente el joven a unos negros y curiosos ojos que se asomaban al otro lado de la mesa, divertidos. Caminó con los ojos a lo largo de lo que dejaba verse de su delgado y etéreo cuerpo, en ese corto instante de fricción mental.
“La verdad no tengo ni la menor idea, por eso te digo que venís al pelo” respondió “por ahí a vos se te ocurre algo”
“Pero si ni siquiera la conozco a la piba, apenas de vista”
“Aunque no la conocés, yo, que los conozco a los dos, te digo que me podés ayudar, así que mientras me tomás mi cerveza y me quitas valiosos segundos de sueño bien podrías ayudarme” sentenció, y le sacó burlonamente la lengua, a lo que siguió un remolino de carcajadas por parte de los dos.
“Si ponés algo de música, tal vez se me ocurra algo, flaca, dale”
“¿Y qué quiere escuchar el señorito? Ahí tenés, hacete cargo, no jorobes”
Se puso a revisar el reproductor de música de la muchacha mientras la observaba con el rabillo desenfundar un cigarrillo y caminar dos pasos hasta el mueble de la cocina buscando un encendedor. Un humo de pesado incienso se hizo presente en la habitación. Luego de la aplicada ceremonia volvió a dirigirle la palabra a Marcos
“Che, estás todo mojado, ¿no querés que te preste algo de ropa?”
“Creo que no me van a entrar tus corpiños”, respondió sonriéndo sin mirarla.
“Jaja, simpático encima. Tengo ropa de nene también por acá, señorito”
Ricardo Mollo y Pablo Arnedo con el baterista de turno, formula archi-comprobada. Juanchi Baleiron de invitado, through the course of an embrace our sisters felt on striking hand ¡Dios santo, qué sonido! Placer. Por un instante Marcos pensó en los vecinos. Pero qué importaba cuando adentro se estaba tan bien y la cerveza estaba tan rica. Hasta aceptó la ropa de un ex novio que tan gentilmente Lucía le ofrecía un instante atrás. Acordes dulces y húmedos. Por un instante sólo existió la música y las sonrisas entre el humo y la cerveza y el calor en el corazón. Marcos se puso a garabatear en un papel mientras Lucía lo miraba con ojos entornados, soñolientos como de gato.

Geométricamente el tiempo es redondo
(salvo en algunas muñecas
de señores con bigotes)
Vos fíjate
Cómo se derrite
Al ofrecerse suave al suave manipuleo

Horas de lata, minutos de agua
¡Segundos de aire!

¡Vuelan!
Gaviotas de felpa
Aviones que pasan y pasan
Y pasan

No tenía nada que ver con una tarjeta de cumpleaños, pero brotaba la tinta espontáneamente, y a eso no hay con qué darle. Lucía quiso espiar lo que estaba pasando entre él y el papel y él, jugando, se negó, riendo, y lo escondió bajo su camisa prestada.
“¿Y?” suspiró “¿No me vas a ayudar entonces? ¿Qué vamos a hacer?”
“No sé, podemos seguir así que estamos súper bien. Tranquilos, impregnados de lluvia y música. Es más, podrías traer esa guitarra polvorienta que debe estar enterrada entre toda tu ropa”
Obedientemente, seguí las indicaciones de Marcos y revolviendo una pila de ropas en mi cuarto saque desde el fondo la viola, desafinada y un poco rota, y se la ofrecí. “No”, me dijo, “quiero que la toques vos”. Un brote incipiente de nervios se presentó cubriéndome de pies a cabeza, debo confesar que me puse hasta un poco colorada. ¿Hacia cuanto que no tocaba una guitarra? Nunca había aprendido muy bien, solo las intuiciones internas me habían permitido aprender una que otra canción e inventar alguna melodía propia y mia. Tímida, una samba comienza a brotar de mis dedos y mis palabras se entrelazan como ramas verdes y nuevas con los acordes.

¡Oh sol!
Quisiera verte y tengo miedo
Mis dedos se pierden en la fútil hazaña
De hacerte desde abajo, de modelarte
Porque mis ojos, porque mi boca
¡Y estos pies!
No viajan, no permiten desplazamiento

Búsqueda irresistible
De manos*
Que giran y aplauden
Y sueñan y sienten
Y viven
Otras manos.

Lucía le escamoteó una de las hojas a Marcos, mientras él seguía ensimismado, con aire complacido, escribiendo, garabateando en papeles arrugados sus pensamientos.

Hay pasiones que se abrigan demasiado, yo
Adoro encontrar belleza sin quererlo,
De alguna forma extraña y bizarra
Pisando una baldosa suelta un día de lluvia
Un postre de madrugadas y calles frías
Cicatrices de una paz en proceso
De formación, piedritas verde esperanza
Que no se rompen, sueños congelados
En bocas de tormenta.

Hay pasiones que se abrigan demasiado, yo
Adoro encontrar belleza sin quererlo
Y de alguna forma extraña y bizarra
Bajo una baldosa encontré una estrellita negra
Un postre de madrugadas y calles frías
Heridas abiertas, mariposas
En agonía, rotas flores de vidrio
Luces muertas,*
Y siempre el Tiempo, estropeándolo todo

Lucía enternecida y rendida ya, se desgarraba las manos tratando de acompasar los momentos. El le pasó unos versos, haciéndole morisquetas, divertido, como diciéndole “a ver si te animás a musicalizar esto”. Elegante, Lucía seguía tocando, quizás cualquier cosa, pero sonaba tan bien, se estaba tan bien…

Una súbita cornisa
¡Por favor, un borde!
La oscuridad,
La eterna caída,
El desprejuiciado abismo
Pide a gritos
Un filo, el amor del cuchillo

Pero no hay nada,
Las manos sangrantes,
Úlceras purulentas
Ansiosas, secas, frías,
Ya no aguardan ni abrigan
Un viso de esperanza
O de vida.

Ahora ganaba el miedo. Qué era este juego perverso, esta serpiente eternamente mordiéndose la cola. Le escupió sus preocupaciones en la cara al intruso en su hogar quien reía, loco, a las carcajadas, y deliraba. Lucía comenzó a asustarse enserio. Marcos hablaba solo, a los gritos. “El granito de arena cayó fuera del reloj y hay un juego que vos no querés jugar. Pero querés. Y yo quisiera poder mostrarte un poco ese mundo, darte una manzana, pero estas manos no alcanzan y este cráneo cínico, febril, todo lo que piensa lo lastima
¡Una lástima (la ausencia de vibraciones)!, las flores que no viven del sol algunas veces tienen mejor sabor. Pero el granito de arena ya cayó fuera del reloj.
Acaso lo único que pueda sentir sea la angustia de siempre, saber que otra vez se termina una libertad, otra vez salirme de un libro, otra vez la misma piedra y caminar acelerado sin saber esperar esa locura que ansío y tiene un precio (altísimo). Ese gato negro, tan hermoso, no deja ver, con las pupilas abiertas, una luna hecha para mí.” Histriónico se retorcía. Ella dejó la guitarra y le rodeó el cuello con los brazos. Dulcemente, versos psicópatas fueron depositándose desde los labios de Marcos a sus oídos.

El tiempo es un incendio constante.*
Quisiera explicarme, pero no sé,
no sé lo que siento.
Huracanes.

Y yo que todo lo necesito,*
lo necesito de vos.*
No sé qué busco, no sé*
qué podés darme.*
Dámelo todo.*

No tengo nada que ofrecer, salvo*
una bella alma misántropa,*
revuelta y enredada,*
dulcemente retorcida y perversa.*
Todo lo necesito.*
Todo.*

Quisiera el agua en los pulmones,*
una sábana blanca, el ectoplasma,*
la eficaz sonrisa salvadora*
de vaya a saber qué.*

Soy un joven ladronzuelo de instantes,*
deseo jamás dejar la estancia*
en el averno de las sensaciones.*
No sé qué quiero de vos,
no sé qué podés darme pero estás ahí,*
flotando en la nube de neuronas que tengo tras los ojos.*
Y el tiempo es un incendio constante.

Amaneció enredada entre las sábanas, sola, fría. La ventana abierta dejaba entrar una brisa fresca. Afuera, el sol. Una notita junto a la ventana, otro papel.

La noche, borracha, terminó temprano,
Afuera los pájaros orquestan un amanecer para nadie
A vos te gana la fiaca*
y das media vuelta*
con los cabellos revueltos.
Tu preciosa espalda desnuda
enciende hasta el cigarrillo mojado en mi bolsillo

Y yo, forzado (falsamente) a elegir entre dos espectáculos,
con la saudade de Tom Jobim
recorro lascivamente los pasos que me separan de la cama
Dibujando una caricia perezosa
Quisiera recostarme, pero no, fumando me voy
Enamorado de la pintura que inocente
Me regalas,
Disculpame.

Odió ese registro escrito de disculpas, telegrama de despedida… ¿Por qué, con qué necesidad disculpas?, se dijo. No tanto tiempo después supo que eso fue lo último que supo de él. Leyó en el diario días más tarde que se había volado el cráneo a la salida de un bar. Buscaba una llave, cuantas veces oyó esas palabras…Una tenue nube gris le tiñó sus madrugadas durante un buen tiempo, el fumar sola se hizo costumbre, a pesar que nunca supo bien quién era esta sombra de muchacho (nunca se interesó demasiado), algo había raspado en su interior, algo sonaba verdadero en las sensaciones que le despertaba (o le despertó, Lucía no conjuga muy bien los verbos, sepa disculpar). De cualquier forma, con los días fue olvidándose de todo este asunto de estrellas fugaces, de madrugadas sorpresa, hasta que encontró una última notita, escondida en un paquete de caramelos. Por fuera, la notita que Marcos había escondido aquel día, a modo de sobre, aunque llena de más y más y más palabras… No se animaba a abrirla. Leyó lo que había por fuera, con la piel hecha un harapo.

No me guardes ni me pierdas
No tengas miedo
No me tengas miedo
No te tengas miedo
No te
Preocupes

Caminé toda la noche*
Buscando*
Ese banquito con tu nombre
Para nada, simplemente
Para endulzar un hueco

Soy de terror
Siempre me moví con un cinismo atroz
La botella de agua junto a la cama
Entibia la lenta resaca*
Que juega con mis cansados pies
Y nada calma una plaza vacía
Una sonrisa que no está

Hace frío y tartamudeo, ya ves*
Hablándole a nadie
Parado en la morgue
Donde enterré la arañita
Que descansaba en mi nariz

¿Por qué será que me absorbe tanto la imagen,*
de un verde bichito de luz,
Un puntito sobre el aire?

No entendía, no entendía. En el recuento de las cosas todo fue como un beso sordo, virginal, ausente, unilateral, una fantasmagórica boca*que nunca encontró otra boca.
Naturalmente, supo a nada el dolor metálico*de monedas falsas, de sonrisas vacías.
Se preguntaba en ocasiones si acaso tendría otra melodía la solitaria luna, el vino agrio,
la estúpida muerte que siempre nos encuentra desnudos.

La cenicienta borrasca se presenta como súbita película en el balcón. Pero nadie atiende, adentro también pasan cosas. Brillante sobre el mic en una mano, en la otra un plato sucio. En el lavadero canta, mientras desinfla la pila de servicios usados. Veinte años después, la rueda mágica. Algo le pica, sin embargo. Hace tiempo que está ahí, ensombreciendo el departamento desde la mesa. Pesada carga que le sigue incluso cuando va al baño, cuando duerme, cuando sale del edificio.*
Un hermetismo brillante que no termina de comprender. Por qué no todo escrito, todo expresado, todo dicho como alfombra persa. Escarbando un poco, tal vez un esbozo de respuesta nace. No todo expuesto porque no tiene el mismo resultado, las posibilidades se limitan y el encuentro es superfluo y pasajero, no hay verdadera empatía, las almas no se marcan. Una palabra y se deshace el cerrojo. Pero esto requiere una mirada cómplice, un ion dispuesto a frotarse para que de la lámpara surja...*

Abrió de una vez el sobrecito y leyó. “Nota mental. El parpadeo y lo que le sigue, la constante sucesión de irracionalidades. El mundo. Incluso la irracionalidad de fingir comprender al mundo para (intentar) caminar las calles como bicho normal. Es que ando un poco confundido, rogando al fuego que llegue al fin, que roce esta alma y apague un incendio animal ¡Animal! Perdido en la bruma de las calles que son mente, muñequitos que se arman y desarman a piacere. Es tan hermoso un puente, una línea que avanza invisible y transversal, engramas, cuerdas que se tienden. Escuchar Eruca Sativa a bordo de un puntito sobre el puente, pensar. Que en todas las fotos se ve tan sola. Y el tiempo no es una foto. Y el viento en el rostro, dejándose caer, mojando los ojos”. Lucía rió al fin. Y corrió al balcón. Y saltó. El tiempo no es una foto. Y el viento en el rostro, dejándose caer, mojando los ojos, lo entendió cuando estaba cayendo. Lo entendió cuando estaba cayendo.

Los árboles se posan sobre los pájaros
Y en la densa baldosa la oruga va pateando
Lenta y represiva, los recuerdos,
Ese ovillo eternamente enmarañado

¿Qué quiere decir esto,
Este cuaderno amarillento,
Esta carnivora flor, abierta
Para nadie?

¡Para Nadie!
El sonido,
La postura de loto,
El número

Las lunas
Que miran
Un mundo
Bajo el delicioso aroma a tinta

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