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Viejo javier1010 dijo: 14.11.12
Bueno este es mi primer cuento, espero críticas de toda índole muchas gracias.





Los crucificados

Encerrado en su habitual melancolía de mediodía primaveral, en la que no paraba de lamentarse levemente por su suerte, se echó en la hierba de aquella plaza agitada. Logró apaciguar sus agitados pensamientos y abstraerse de lo que sucedía a su alrededor. Se olvidó de los incontables colectivos y autos que pasaban a metros suyos rugiendo con ese rugir constante que tan desagradable se hace al oído de los humanos. De las miles de personas hablando de nimiedades sin ninguna trascendencia. De sus compromisos, y de su miseria con horario de salida. Así estuvo un rato, calmo con sus pensamientos claros, figurándose cómo iba a cambiar su suerte en breve. Intentando conciliar sus razonamientos y prudencia, con los deseos saltantes de su corazón. Así estuvo un buen rato. El sol que golpeaba fuerte, y el calor aumentado por la ciudad, lo hicieron salir de su agradable ensueño. Se incorporó y sin percatarse aún de lo que sucedía a su alrededor, se colocó los zapatos y las medias que había usado hasta ese momento como almohada. Al levantar la vista, se encontró con la imagen que lo dejó sin aliento. La ciudad había cambiado: todo lo que antes había sido gris y verde, se había transformado y aparecía ahora destruído, como un paisaje del infierno. Los hombres que antes cargaban portafolios y almuerzos, cargaban ahora pesadas cruces de piedra. Sus caras, desfiguradas por el dolor, transmitían una desesperación que jamás había visto en un rostro. Ahora la veía en miles. Al aclarar un poco la vista, sin salir del pánico en el que se encontraba, notó como todos llevaban coronas de espinas en sus cabezas. Sus trajes y uniformes, se encontraban manchados con sangre y con marcas de cortes en todos sus cuerpos. Todos ellos se encontraban en iguales condiciones. El ruido de la ciudad no había disminuido, sino que parecía ahora infinitamente más caótico, aumentado por los sollozos de lamento de aquellos atormentados. Esta visión llenó su corazón y su mente de pensamientos tan dolorosos y tormentosos, que parecían tan infinitos e inacabables como esa ciudad infernal en la que ahora se encontraba. Se sintió como si hubiera descendido hacia un purgatorio lejano. Sin embargo, sabía que se encontraba exactamente en el mismo lugar en el que estaba antes. Pensó que estaría teniendo una horrible pesadilla. Pero tampoco se engañó con esto. Estaba muy despierto. Estaba más despierto que nunca en su vida. Podía sentir el miedo apoderarse de él y no dejándolo actuar, ni moverse, ni ser feliz nunca más. El miedo que experimentó, bien sabía que no podía ser experimentado en un sueño. Era real, y estaba allí. Era el momento en el que más intensamente sentía en su vida, y solo podía sentir el miedo que le transmitía esa realidad en la que ahora se encontraba inmerso. Paralizado siguió observando a esos seres atormentados que iban desfilando ante sus ojos. Seguían realizando sus actividades como si nada raro estuviera sucediendo. Sin embargo las cruces y las espinas los mortificaban. Las caras de desesperación y miedo, lo sumían en un profundo desconsuelo, pero ellos seguían subiéndose a colectivos y taxis, comprando y apurándose para llegar a algún lado. Quiso gritar, pero solo logro emitir un sollozo lastimoso. En ese momento vio acercarse un viejo, que no cargaba cruz.

- Disculpá, me podés decir qué es lo que pasa? ¿Qué son las cruces y por qué la gente está en ese estado? Siento que estoy en un sueño.
- No, no estás en ningún sueño.
- Entonces ¿qué significa esta escena infernal?
- Lo que pasa es que estás viendo todo en el plano espiritual. Lo que ves no son las personas, sino sus atormentadas almas.
- Pero no entiendo, ¿cómo puede pasar esto?
- Lo que pasa es que te volviste conciente. Sentís el tormento de las almas, lo descubriste. Igual, ya vas a volver a ver como antes. Esto es tan solo una revelación que te hace tu propio ser, a vos mismo, para que puedas ver las cosas como realmente son.
- Pero ésta no es la esencia de las personas. No puede ser.
- No, ésta no es la esencia del ser humano. Precisamente por esto sus almas se encuentran bajo tal tormento. ¿O creías acaso que la vida que llevan estos seres, es la que responde a los deseos de su alma? ¿Te creés que no trae consecuencias? Esa desconexión entre los verdaderos deseos del espíritu y las acciones y el modo de vida que llevan las personas, ¿no te parece lógico que se vuelva un tormento para el alma? Porque al cuerpo se lo puede engañar. Se puede sonreír y pretender felicidad y plenitud. Enmascararse bajo falsedades. Pero cuando eso se logra reprimiendo los deseos reales del espíritu, es éste el que sufre. Y te aseguro que nada tienen que ver estos deseos con los que los hombres pretenden o creen tener en sus vidas.
- No puedo soportar ver tanto dolor, tanta tristeza. En mi vida había experimentado una sensación de vacío tan grande y dolorosa.
- Eso es porque te volviste conciente del dolor. Del dolor íntimo y profundo que experimentan los seres humanos cuando traicionan su esencia. Relajate, tratá de entender lo que sucede a tu alrededor.

Intentó levantarse y sintió un aplastante peso en sus espaldas que no se lo permitió, a la vez que experimentó un dolor intenso y punzante en toda su cabeza.

- No te olvidés de tu cruz.

Presa del pánico estalló en un amargo llanto.

- No puede estar sucediendo esto. Tiene que ser una pesadilla.
- No lo es mi amigo. O mejor dicho, es la pesadilla humana diaria. Inconcientemente la viviste todo este tiempo, inconcientemente se reproduce día a día para miles, millones de almas.
- Y pero ¿qué puedo hacer? No quiero esto, no quiero estar así. ¿Cómo hago para volver a ver las cosas como antes?
- ¿Es eso realmente lo que querés?
- Sí, quiero volver a ver al mundo con optimismo, quiero ver a la gente con alegría, no quiero tener que cargar con esta cruz ni con estos dolores.
- ¿Pero es que acaso no lo entendés? Eso es lo que hiciste toda tu vida. El problema, lo veas o no, es el tormento que sufre tu espíritu al contradecirlo con tus acciones constantes y diarias. Nunca vas a poder escapar de sus verdaderos deseos, por más que te engañes con los placeres que este mundo tiene diseñados precisamente para eso, para alejarte de tus deseos y ambiciones más puras e íntimas.
- Entonces, ¿qué hago? Por favor decíme. ¿Dónde está tu cruz?
- Yo ya abandoné mi cruz hace tiempo.
- ¿Cómo hiciste? Te lo suplico me digas.
- Yo ya te expliqué. Si el sufrimiento viene de divorciar las acciones con los deseos reales de un modo sistemático y constante, ¿No estará la solución acaso en hacer precisamente lo contrario? ¿Recordás las palabras que están inscriptas en la puerta del infierno? “Por mí se va a la ciudad del llanto; por mí se va al eterno dolor” Esto es exactamente lo mismo. No hay peor crimen que hacer sufrir al propio espíritu.
- ¿Pero qué debo hacer?
- Solo vos vas a poder descubrir eso. Nadie te lo puede revelar. Mientras tanto, tenés una cruz que cargar.

Y sin decir más y con paso tranquilo, se alejó. Él se volvió a echar en la hierba, experimentando una angustia sin igual. Cerró los ojos y se concentró en lo que acababa de sucederle. Trató de analizarlo del modo mas calmo posible. Los profundos sentimientos que había experimentado. Las palabras de aquel hombre. Pensaba en su propia cruz, y se lamentó por haber permitido que ésta exista. Se pidió perdón a sí mismo, y se arrepintió de todo el mal que se había hecho. Por un instante anidó en su mente y en su corazón, la desagradable sensación de que ya no podría liberarse de ninguno de sus males. Desechó esta idea. Era tan oscura, pensó, que si era cierta, la vida ya no tenía sentido. Se dijo a sí mismo que nunca era tarde. No sabía bien qué debía hacer, ni cómo, pero sabía que lo peor, era no hacer nada. No podía ignorar lo que había experimentado. Claramente no deseaba volver a sentir ese dolor. Necesitaba liberarse de su cruz, reconciliarse con su alma, con sus deseos y consigo mismo. Cuando finalmente abrió los ojos y miró a su alrededor, la ciudad había vuelto a su color habitual, y la gente a su aspecto habitual. Cruzó la mirada con un hombre de traje oscuro sentado en un banco a unos metros. Podía ver en esos ojos una profunda tristeza. Se imaginó la tristeza en sus propios ojos. Se levantó decididamente y con paso firme pero tranquilo empezó a caminar. Sabía que no podía volver a caminar como lo hacía antes por este mundo. No si quería dejar atrás su cruz.

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