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| Disculpe que hable tan atropelladamente. Desmesuradamente, quizás. Pero mis nervios están deshechos. Embotados. Afilados. Es que las pesadillas me atacan en cualquier lugar, a cualquier hora, sin previo aviso. Es como parpadear y no poder abrir los ojos de nuevo. Absurdo. Molesto. Peligroso. La otra noche ocurrió en el transubte que me llevaba a mi ce1dilla en la periferia. Y aún me aterra. Descontrola. Seduce. Estaba en la fila de la salida del transubte cuando me sentí cansado. Cerré mis ojos, algo mareado, y traté de respirar, pero el aire no llegaba a mis pulmones. Tosía. Y nadie parecía darse cuenta de que me estaba asfixiando. Una niña de cabellos dorados, vestida con un tul blanco y un suave lazo rosado en la cintura llevaba arrastrando un muñeco sin cabeza. Yo tosía y tosía tratando de aspirar. Inspirar. Escapar. El muñeco estaba vestido de payaso. ¿Se da cuenta? ¿Lo comprende? ¿Me comprende? Yo tosía y la niña me miraba con sus dulces ojos azules. Profundos. Inquietantes. Impávidos. Me perdí en su mirada, vagando por las grises vetas de las pupilas y por un instante pude verme, frente a ella, arrodillado en el suelo tosiendo a punto de fallecer. Extinguir. Desafiar. Y toda la gente pasaba alrededor y por encima de mí sin ayudarme. Socorrerme. Comprenderme. Tosí de nuevo y la gente desapareció. Y la niña. Y el payaso. Jamás había visto un payaso. ¿Cómo pude saber que aquel muñeco lo era? Estoy ahora trabajando en mi máquina. La pantalla muestra la zona del ataque. Programo los blancos de nuestros bombarderos. El diseño del ataque es aprobado y soy felicitado. Cuando vuelvo a mirar los blancos están sobre mi refugio. Mi ciudad. Mi celda. Trato de detenerlo. Corregirlo. ¿Trato? El traje me aprieta y el sudor me ahoga. Asquea. Libera. Giro en el taburete y veo un inmenso valle de trigo dorado meciéndose con la delicada brisa de primavera. Tan amplio que me siento desnudo. Desprotegido. Feliz. Dicen que esa sensación enloquece a las personas que han huido a la superficie y que luego no pueden volver con normalidad a la ciudad subterránea. En uno de los surcos hay clavada una extraña figura. Es una burlesca parodia de ser humano, vestido con harapos inmundos, que se usaba antiguamente, para mantener alejados a los pájaros. Cuando aún existían los pájaros. No quiero mirar, pero me parece que se le derrumbó la cabeza Vuelvo la vista al prado. Las cadenciosas espigas parecen finos granos de arena danzando al capricho del viento. Pero, si nunca vi un trigal, ¿Cómo pude soñarlo? Y el viento; debe ser como cuando agito un papel sobre mi piel húmeda. Jamás he salido de la Ciudad-Refugio. A la superficie. Al desamparo. A la tentación. Desde que recuerdo he prestado servicio en la milicia. He atravesado todos los niveles y mis superiores confían en mí. Dicen que yo siempre estuve en servicio, Pero creo que me mienten. Vagas imágenes se escapan a mis esfuerzos por rescatar mis recuerdos Y me dan miedo, casi tanto cómo esta pesadilla. El trigal... ¿O era un desierto? Me rodea. Me abruma. Me incita. El traje no está preparado para él calor. El exterior. La rebeldía. Sirve bien para los oscuros estratos de la Ciudad-Refugio, especialmente para los niveles más profundos. Sombríos. Restringidos. El sol brilla cegador sobre mí. Pero, ¿Cómo brilla el sol? ¿Será como el brillo de mi monitor cuando giro las perillas al máximo?. El sol y el calor me sofocan. Agobian. Intrigan. Escarbo en la arena reseca en busca de la uterina seguridad del subsuelo. Encuentro algo. Es algo conocido. Es algo conocido pero distinto y, a la vez, algo que jamás he visto. Es el muñeco decapitado vestido de payaso. Sin embargo, este tiene colgados sus miembros y su cabeza, con hilos, a una cruz de madera. Es completamente diferente. Incongruente. Idéntico. Lo tomo por los brazos. Apenas alcanzo a percibir que tengo algo en las manos, no hay peso, no distingo las texturas de su ropa, el condenado casi no existe. Miro por el agujero del pescuezo: La oscuridad total. Pero algo brilla en el fondo de esa negrura abismal. Aguzo la vista. Es un rectángulo negro de bordes brillantes, como una puerta a la que se le filtra la luz por las rendijas. La luz y las voces. Puedo oírlas aún cuando no alcanzo a descifrar lo que dicen. Discuten. Dos voces dulces contra una poderosa. Un hombre y una mujer se niegan a entregar algo que les reclama la autoridad. Las voces cariñosas se oponen. Se desgastan. Se entregan. Me entregan. Lucho por a1canzar la puerta. La cerradura esta demasiado alta. Siento un incontenible impuso de llorar, pero no sé por qué razón. El piso esta frío, la habitación, oscura, y la cuna vacía se mece en vano. Empujo la puerta con todas mis fuerzas. Nada. Con toda mi mente. Nada. Con todo mi corazón. Se abre. Estoy de nuevo en la sala de guerra. Mi pantalla aún muestra la gráfica equivocada. Nadie advierte el error, ni mi presencia. ¿Qué sucede? Alguien está sentado en mi taburete y prepara la detonación de las ojivas. En instantes habrá destrucción. Aniquilación. Liberación. Me abalanzo y trato de detenerlo ¿Trato? Lo tomo del brazo y lo hago girar. Jamás lo he visto, pero lo conozco. El maldito no tiene cara ni cabeza. Es el payaso. El títere. La marioneta decapitada, vestida con mi uniforme de servicio. |
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Sueños (relato de ciencia ficción)
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