![]() |
| | LinkBack | Herramientas | Buscar en este tema |
| |||
| | |||
| Desde la mesa del bar que oficiaba de parapeto y con un café frío como testigo podía verla sentada en el mismo banco de la placita de Villa Urquiza, puntual como siempre lo fue, justo en la hora en la que nos habíamos citado. No tenía la misma actitud que hace quince años, cuando la había conocido. En ese entonces era una chica con actitud avasallante, un cuerpo escultural, la mirada directa y un mundo a sus pies. La mujer que estaba sentada ahora tenía la cara curtida por la vida, la mirada vacía y si mi vista fuera un poco mejor, podría asegurar la existencia de un anillo de casada. O de comprometida. O de lo que fuera que la ponía lejos de mi alcance. La cuestión es que había encontrado su teléfono en una agenda vieja, en realidad era el teléfono de la casa de sus padres. Invocando un pretexto absurdo y valiéndome de la senilidad de quien me atendió conseguí su teléfono actual. Admito que se mostró sorprendida cuando le dije quien era. Tras un segundo de silencio, que pareció eterno, un tibio “hola”, un “tanto tiempo” y todos los lugares comunes de dos perfectos desconocidos que hace años se conocían hasta los lunares del cuerpo y de los cuales hoy solo queda un recuerdo, quedamos en vernos un ratito en esa plaza, solo un ratito porque ella tenía que trabajar y solo le daban veinte minutos para almorzar y por los viejos tiempos. Ni nos habíamos contado acerca del curso de nuestras vidas. De aquel lejano paraje de mi memoria recordaba a una morocha espléndida que militaba en la universidad, todo nervio y hormona, pasión dentro y fuera de la cama. En esa época, en aquel lugar, recuerdo no haber tenido ese compromiso social pero si haber sentido una inyección de vida cada vez que estaba con ella. La pasión con la que describía a la decadencia del menemismo la hacía una suerte de quijote en su época, donde la moda era el viaje a Miami y ella, en cambio, planificaba viajes al altiplano. Cuando le comentaba lo inútil de su lucha, ya que la masa seguía siempre a quien le cantaba la mas dulce melodía y esa melodía apuntaba al consumo, ella ponía una mano en mi hombro, me miraba fijo –siempre presente esa mirada- transmitiéndome una reprimenda telepática y al rato trocándola en una sonrisa comprensiva. “Ya vas a ver como las cosas cambian en el futuro. A la gente le falta despertarse”. No me faltaba fe, simplemente no creía en la evolución de la raza humana. El modo como nos habíamos conocido ya era extraño, ella haciendo un trámite en un banco para el padre, yo la atendí y motivado por las dos montañas de su pecho, la invité un café. -“Me estoy yendo ahora, mas tarde no voy a poder”, me dijo mirando a otro lado -“Este trabajo es una mierda, y soy invisible, da lo mismo que esté o que no esté. Vamos ahora, son dos minutos, ¿Qué tenés para perder?”, le dije. Dudó y se hizo un silencio. -“No te puedo violar en pleno microcentro, menos adentro de un bar. No podría volver de nuevo. Además, tengo saco y corbata, eso garantiza decencia”. Todo con una sonrisa berreta estilo Carlín Calvo. Ese comentario pedorro cortó el silencio y fue la apuesta al café. Me vio –me escrutó- con sorpresa y con esa sonrisa comprensiva –la primera vez que la percibí- me dijo un “tengo un ratito, vamos”. Amparado en mi invisibilidad, me puse el saco, avisé un “vuelvo en un rato” respondido por un silencioso gesto de alguien demasiado ocupado para levantar la cabeza de sus papeles y fui por el café, y por los pechos. -“¿Porqué me invitaste un café?” -“Por impulso, para salir de la oficina. Me deprime” Me mira en silencio. Sonrie y entrecierra los ojos. - “Mentira. Por mis tetas. Todos los tipos son iguales, ¿sabés?” Y sorbió de su taza. Y volvió a sonreir. Una vez mas. Ahí sentí la primera inyección de vida. Y no la quise dejar ir. Es comprensible, todos queremos sentirnos vivos y cuando encontramos a alguien que nos brinda esa posibilidad, tratamos de retenerlo el mayor tiempo posible. Luego me comentó de sus estudios de sociología, de su militancia, de su noviazgo roto hace poco con el noviecito de la secundaria. Ella era todo vida. No pude evitar pedirle el teléfono y salimos un par de veces. Ella hablaba, quería hablar, quería abrirse a toda esa nueva experiencia universitaria, contarla y yo quería escucharla, salir del gris y entrar en los colores. La combinación ideal. -“¿Querés venir a las reuniones? Habla Néstor Vicente. Vamos a armar quilombo por la privatización de los astilleros” - “Con ese par de tetas, parás todas las balas de goma que le quieran tirar a tu columna, morocha” Largó la carcajada. Estaba mas interesado en ir al telo que en ir a una marcha y le confesé mi total desinterés por el asunto, en la oreja, entremezclado calentura y buscando un acople en el plan. Ella venía tan caliente como yo. - Vamos a Dallas y de ahí a la marcha. Pero la hacemos cortita, mirá que no tengo toda la tarde, ¿eh?, me dijo Dallas era un telo de medio pelo frente a la estación once. No fue a la marcha. Invariablemente, cada vez que nos veíamos terminábamos en el telo frente a la estación once, donde cambiábamos el discurso político por las posiciones sexuales hasta el otro día, o hasta donde diera el tiempo, y de ahí a mi gris puesto de bancario, y ella a su facultad, a la casa de sus padres, a cobrar su sueldo de hija o a una de las tantas marchas que la tenían por integrante. Nunca consiguió que me enganchara y al cabo de un tiempo, dejó de insistir con la política. No era una relación en sentido estricto, ni un noviazgo ni nada que se le pareciera. Nos hablábamos dos veces por semana, o tres, nos veíamos, ella charlaba hasta por los codos de sus cosas, de sus estudios, de la militancia, de lo podrido del sistema y yo la escuchaba, asentía a lo que decía aunque no me conmoviera en lo mas mínimo. Ella lo sabía, pero se sentía escuchada y tenía la estéril convicción de modificar ese perfil apático de mi personalidad. Después enfilábamos para Dallas, donde desplegaba una exhibición hormonal que me dejaba extenuado. Un día, como al pasar, entremezclado con la charla cotidiana, le comento que estaba de novio y se le borra esa sonrisa. -Es reciente. Bueno, lo nuestro nunca fue un noviazgo, me atajé. -Si no te dije nada, boludo. Contame, ¿Cómo es? Era su antítesis. La ama de casa perfecta, en versión veinteañera. Ideal para presentar a los padres. No podía hablar de política porque no sabía ni le interesaba saber la línea política del momento, ni siquiera leía un diario, pero podía hacer una docena de empanadas con el repulgue perfecto. Tampoco sabía mucho de sexo, pero con una mezcla de ingenuidad y timidez se prestaba a lo que yo quisiera. - “Bueno, te va a venir bien algo estable”. Otra sonrisa, esta diferente a las anteriores, mirada al reloj y un “Me tengo que ir, llamame que este viernes podemos vernos, dale? Bah. no se, ahora que estás de novio capaz se te complica” No creo que lo haya dicho con mala intención, pero ese comentario fue demoledor. Se hizo un silencio y la miré fijo. Supe que, en ese preciso momento, la había perdido para siempre. Se levantó, beso en la mejilla y salió con la misma decisión que tuvo siempre, moviendo ese cuerpo perfecto que atrajo las miradas de un par de tipos en el bar. La inyección de vida se iba por la puerta del bar. La llamé el viernes y no estaba. O al menos eso dijo quien me atendió. El sábado y no estaba. El domingo me atendió. - “No da para que nos veamos, no lo tomes a mal. Además me estoy viendo con alguien del centro (de estudiantes) y quiero profundizar las cosas. Por un tiempo no nos hablemos y vemos que pasa. No te enojes, ¿dale?” La ama de casa veinteañera pasó y se fue como la marea y otras tantas mas pasaron y se fueron hasta que una se quedó, y nunca mas supe nada de mi soma perfecto, hasta que encontré ese teléfono en la agenda vieja. Y ahora, sentado en un bar, mirando a la plaza, a esa mujer sentada en el banco que miraba el reloj y oteaba el horizonte a ver si aparecía ese recuerdo del pasado antes de los veinte minutos del almuerzo, pensaba en aquel momento, en los momentos que pasamos juntos, en esas charlas interminables donde ella me hablaba entusiasmada de política y de compromiso social y yo asentía, conforme con esa dosis de vitalidad, de sexualidad, que era todo lo que en ese momento necesitaba, en ese cuerpo de formas perfectas, en el recuerdo perfecto del momento ideal con la persona ideal. Ahora ella podía estar casada, seguro que lo estaba, con hijos, haber perdido ese brillo en la mirada, esa firmeza en sus convicciones. Por teléfono la había notado cansada. No era la misma, eso seguro. No quise arruinar el recuerdo de un pasado perfecto con la visión de un presente mediocre. Si no me hablaba de sus convicciones políticas con la vehemencia que tenía cuando era una muchachita me habría dado un puntazo al corazón. Lo se. -“Cobrate el café”, le dije al mozo. En la puerta del bar pasaba un taxi. Lo tomé. |
![]() |
Estas en ElForro.com
El pasado perfecto
| Herramientas | Buscar en este tema |
| |
Este tema está relacionado con otros ya publicados en el sitio. Podés visitarlos ahora! | ||||
| Tema | Iniciado por | Foro | Respuestas | Último mensaje |
| El pasado SI importa | tanodkno | Fútbol | 8 | 28 de mayo de 2008 02:38 |
| ¿Pasado pisado? | tito3000 | General | 66 | 10 de diciembre de 2007 02:02 |
| eL PaSAdO Te ConDeNa? | valerita | Presentaciones | 2 | 30 de julio de 2007 22:42 |
| Pasado pisado | braianavrin | Inéditos | 1 | 14 de junio de 2007 11:50 |
| El Pasado | Trancos | Inéditos | 4 | 13 de junio de 2007 18:12 |





