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| A continuación va mi primer cuento, luego de haber expuesto mis primeras poesías a los 13 años ambos. El título es largo, pero es para romper con el hábito de los títulos minimalistas. El original era "El tallo ahogado", pero lo cambié por este. Que lo disfruten, acepto críticas. En todos los puertos del mundo hay alguien que está esperando. Ya sea a algún familiar,a algún sueño, o a algún amigo. O simplemente buscar con la mirada algún barco que te recuerde algo. Y ése es el caso de Florencia Zamarramala, amante de los sonidos náuticos, como la sirena del barco alejándose del muelle o el murmullo de los pasajeros. O el ruido del agua al ser batido por las turbinas. Ese mismo sonido le recuerda al principio de su adolescencia, cuando el sueño de ser capitana de barco empezó a surgir en su mente. "¿Por qué no?" - se planteó cuando esa mañana el sonido de la bocina se hubo alejado por completo. Era su madre, que prefería que su hija tuviera un empleo menos controversial en una mujer. Su padre en su infancia la llevaba en bote a todos lados, e incluso cuando trabajaba la llevaba con él. Era el capitán más reconocido: por su antigüedad en el oficio y por lo bien que interactuaba con los pasajeros, incluso cuando hablaban en otras lenguas. Justamente gracias a eso, Florencia pudo aprender ciertas expresiones en distintos idiomas, y lo no menos importante: a ser cordial.Ni la noche tumbada sobre el ruido del mar pudo evitar emocionarse, las gaviotas graznaban a lo lejos. Su mirada al principio se perdía en la inmensidad del cielo, mas luego sólo vio manchitas tapadas por la sal de sus lágrimas. Como un apache desvelado, sus sentimientos se iban intensificando. Las luces del puerto, una constelación más; pudo ver a lo lejos un barco que estaba por zarpar. Una bocina, muchas olas y mucha gente saludaba con la mano a sus llorones familiares, a sus melancólicos amigos o a sus frustrados sueños. Estaba amaneciendo. Los rayos del Sol danzaban sobre el agua y todo transcurría con normalidad: una tímida mañana portuaria en la que nadie hubiera imaginado bombas nucleares, suicidios ni terremotos (?). Sin embargo, lejos de imaginar o suponer, la realidad era otra. No había moros en la costa. El panorama estaba como siempre suele estar antes de que algo malo sucediera. Mejor que antes, era lo esperable. Florencia Zamarramala siempre había sido como un ser acuático, encerrado en su amplio pero a su vez pequeño medio, acentuado por su parecido con un animal que no subsiste fuera del agua: se asfixia. Desnuda y con los ojos cerrados fue entrando al mar, que a su modo le daba la bienvenida abriéndole lugar. El agua se amoldaba a su cintura como un abrazo y a su paso las olas cuchilleaban y esperaban atónitas lo que podría suceder. Algunas cariñosas burbujas se aferraban a ella, como a una diosa. Su cuello ya era parte de esa orgía vibrante y entusiasta, junto con la punta de sus cabellos. Luego su cabeza y todo su cuerpo ya estaban sumergidos en ese festín, que desde afuera parecía verse como un torbellino enternecedor. Sus ojos aún cerrados podían percibir vehemente todo lo que la rodeaba, y no quería negarse ese último instante. Unas pocas partículas fueron privilegiadas cuando al abrir la boca, pudieron colarse. Fue allí cuando se sintió una burbuja más, olvidando su pesada y carnal anatomía. Pequeñas manchas grises en el techo indicaban el vuelo de las gaviotas, movedizas, como manchas de humedad vistas con sopor en verano. El rito culminó cuando su cuerpo ascendía junto a las burbujas que al unísono se apartaban. En ese momento, el Sol se permitió derretir su piel, su cuerpo y su alma para sólo fundirse y pertenecer para siempre al ciclo, aquel que nunca empieza y termina, sino que se modifica constantemente, como el blanco y el negro. Las nubes pasajeras rodeaban la atmósfera por debajo, yendo y viniendo, pedaleando. Se situaban en un lugar y lo abandonaban, como nómades. Era de noche. El húmedo rocío esclarecía el terciopelo de aquella plantación solitaria de jazmines, ya empapados. La luna curiosa, se asomaba por entre las nubes. Las flores le suplicaban a las nubes, y las nubes le suplicaban a la luna. Una por una caían las gotas: era irremediable. Los ya transparentes pétalos se entumecían hasta caer. El rocío ya no era rocío, y los jazmines sólo eran esqueletos. Ellas, las nubes amontonadas, no parecían haberse arrepentido. La tierra húmeda desprendía una fragancia típica, expandida por todo el terreno. Todo era tierra allí. A los insólitos visitantes les asombraba la presencia de aquella plantación solitaria. A muchos kilómetros de ese lugar, pero con esa misma humedad, se encontraba la ciudad. No era ni la más popular, ni la más vistosa, ni la más grande. Lo único que podía encontrarse interesante de ese sitio era su simpleza. A pesar de los colores llamativos, el gris del cemento seguía siendo protagonista, junto con el blanco. Ni siquiera las flores rompían, en su totalidad, esa monotonía ya que (como esas cosas que nadie se explica), la flor más vista era el jazmín. Parecía que el destino de esos pétalos era mojarse, pues las nubes grises volvían a manipularlos. De nuevo, despidiendo ese olor característico, las flores agonizaban pálidas bajo la tormenta. ¿Quién iba a rescatarlas? Habían brotado flores, y como flores se marchitarían. Luego de quince, treinta, tal vez cuarenta interminables minutos, las gotas dejaron de caer: la gente salía de nuevo a las calles, los nenes jugaban en los charcos y un apenas visible arcoiris se asomaba por entre nubes fanfarronas. A su vez, un típico pájaro blanquecino sobrevolaba distraído por entre las nubes, como en cámara lenta. Más abajo, los jazmines se abrían de repente como si se despertaran de una pesadilla. Casi se habían recuperado cuando un nene, sin aviso ni reflexión, produjo un leve cataclismo. Todas las flores se despidieron tácitamente de los abortados jazmines: estaban resignadas. La gaviota que a ningún lado se dirigía, posó sus ojos en la escena y optó por descender y ver mejor el hecho. Superficialmente no era nada malo pero, ¿quién habría pensado en ellas sain haberlas herido de algún modo? ¿qué perdería con sólo intentarlo? Y en ese monólogo de preguntas, finalmente decidió seguirlo: cruzó calles, dobló esquinas y salteó torres cuando finalmente el nene entró a una casucha de aspecto rústico. Se posó en una ventana y entornó los ojos, pero no pudo ver nada: eran vidrios empañados. Trató de remover el vapor con un ala, pero sólo se vio una mesa de madera oscura, como roble mojado. Removió más arriba y pudo observarse un vaso con agua, y en tal vaso se encontraba un expectante ramo de flores con jazmines frescos y violetas africanas. ¿De dónde habría conseguido violetas en aquella ciudad espectral? Era imposible saberlo. Su misión era, como la de un vendedor de globos, cumplir con su trabajo. Hasta que por fin alguien salió por esa indescriptible puerta. Intentó no batir las alas exageradamente, pero no logró su objetivo, pues una señora cuya cara tenía el aspecto de una pasa de uva y llevaba ruleros en la cabeza emitía unos ruidos estrambóticos al tiempo que agitaba sus manos tratando de ahuyentarlo. Muerta de risa, la gaviota simuló alejarse, aunque ese no era su plan. Su plan era intentarlo de nuevo a espaldas de... esa señora. Para sorpresa de él, la vieja no tardó en regresar, y no pudo prepararse para levantar vuelo. Así que tuvo que quedarse toda la noche acampando afuera, como si acaso estuviera enamorado de ellas. Se quedó dormido en el alféizar con una plumosa cabeza barriendo el vapor de la ventana. Seguía lloviendo. De repente se despertó, pero era de noche. Removió un poco el vapor de agua y las miró con un dejo de pena. No pudo dormir con la imagen de los jazmines encerrados en ese florero corrupto al principio, pero luego el ruido de la lluvia lo fue adormeciendo. Durmió poco, ya que el brusco ruido de la puerta lo alarmó, pero no se precipitó: supo esperar. Pacientemente se acercó y vio al niño alejarse. Volvió en seguida y pudo colarse por el marco de la puerta. Buscó con la mirada algún recodo donde ocultarse. Como oía pasos cercanos, no le quedó otra chance que aguardar debajo de la mesa. Vio dos pies arrugados y venosos dentro de dos pantuflas rosadas y bastante gastadas caminando hacia otra habitación. Sintió hambre, pero tragó saliva. Ya nadie lo veía: era ese momento o nunca. Tomó envión y pudo llegar a la mesa exitosamente. Desde allí la vista de la casa era más completa. No sólo había flores sobre la mesa, sino también un llavero muy convencional (ya que sólo eran llaves) y una pila de papeles de distintas tonalidades de verde, rojo y gris. En el centro se hallaban piolines, todos blancos. Como era de esperar, el ave en un principio pensó en envolver las flores y atarlos con los piolines, pero... ¿para qué arriesgarse la vida en algo muerto? Los pétalos deslucían su marchitez*, como si pudieran hablar, acaso de sus sentimientos de abandono. Se acercó despacio, con cautela. Las miró de cerca, pero cuando iba a piar, un pétalo cayó como cae la primera lágrima de un llanto mortificado. Así cayeron de los ojos de la gaviota las gotas resignadas a no cesar, tal vez jamás. Los pétalos seguían descendiendo de su cáliz ahorcado, hasta decapitar. Ese vaivén de confesiones en silencio finalizó cuando la mujer centenaria tal vez, abrió la puerta con una tijera en una mano, y con la otra, acomodándose los anteojos. Cada paso suyo era un latido acelerado en el corazón de la gaviota que, en el preciso instante en el que la señora abría la puerta para salir a podar, tenía el tallo sujeto en el pico y entrecerrando los ojos, salió agitando las alas, decidido a salvarse. Y así lo hizo: dirigiendo su vuelo hacia el lado contrario del que iba la señora, sus alas se empapaban bajo el brillo nocturno de ese día, el mismo en el que horas antes había dormido en el marco de la ventana. Bajo la luna plateada, sus alas se perlaban plenamente. Su pico, pionero en rescates florales, presionaba aún más el tallo, mas pronto lo soltó. Solitariamente se hallaba tentido en el asfalto, sobreprotegido sobre ese mantel negro, tal vez de luto. La gaviota lo observó durante mil segundos en los cuales no parpadeó: tenía la vista fija en el tallo. Cuando por fin se acordó de hacerlo, una gotera caía tanto de sus ojos como del cielo. El ave cerró con fuerza los ojos mientras el tallo era arrastrado por el agua, como dos amigos tomados de la mano. Navegó hasta darse cuenta de que tal vez sí, el mundo era plano, hasta que se lo tragó una alcantarilla. El cadáver flotaba por tuberías y caños, empujado por el agua. Sólo logró sonreír cuando se encontró a sí misma flotando bajo el sol. Allí, cerca del puerto. -------------------------------------------- Editado por Çelinè: 09 de junio de 2008 a las 21:07. |
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| Spoiler Qué fuerte y tan logrado, una historia de un amor no correspondido para los Mares, fué lo primero que se me cruzó en mis pensamientos.Al terminar de leerlo, cuando lo volví a leer, sinceramente me emocionó el cuento. Sentí cuanta naturaleza cubría la historia de la protagonista, me la imagino en un atardecer de cielo rojo, cubierto por una nubosidad intensas de nostalgia, este cuento sería hermoso hacerle un cortometraje, que HERMOSO, me gustó mucho!!. Saludos. |
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![]() hola celinita! me encanto, como todo lo que te lei hasta ahora saludetes! |
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| Te agradezco la crítica, muchas gracias Hola, braianavrincito... ¿cómo te va? Gracias por leerlo a pesar de su longitud, porque es medio largo para leerlo frente a la PC. Mil besos. |
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| No soy bueno elogiando, pero me fascina leer. Me encanto el cuento, por muchos motivos, el principal es que me hiciste ver el mar (cosa que yo como escritor mediocre nunca pude hacer XD), se me formo la imagen (de MI mar, obvio jaja) en la cabeza, me emociono. Espero leer mas cosas tuyas |
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![]() Linda historia. Lindo Final. Linda forma de relatar. Lindos juegos de palabras. Seguí Así! ![]() |
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| El signo de pregunta entre paréntesis fue un atrevimiento, similar a cualquier falla ortográfica corriente. Me gustó, en ese término de párrafo, acudir al humor sin sentido. Marchitez es un término inventado. Y carca, un error de tipeo Agradezco mucho tu crítica, se nota que leés mucho de los inéditos en general. |
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| Muy linda historia, "llega" a quien la lee, uno de los obstaculos mas dificil a la hora de escribir. Y por lo que veo, no fui al unico al que "llegaste" te felicito ! Me permito hacer algun critica (constructiva y con todo el respeto del mundo). Hay algunos aspectos de la redaccion que podes ir mejorando. Usas mucho la "repeticion" un recurso muy bueno, pero por momentos abusas de eso y le quita fluidez al relato. Igual, esa frase me gusto mucho ! Espero seguir leyendo muchas cosas tuyas! |
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La gaviota que amó a los jazmines y la chica que se hizo nube.
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