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Tema Amaba locamente a Pilar

Es raro cómo desde chiquitos vamos descubriendo el amor. Porque usualmente el primer amor viene acompañado de miles de desilusiones. Así de injusta es la cosa: un amor contra miles de contratiempos. Y Pilar es aquella niña a la que siempre recordaré tiernamente como el ser que sin darse cuenta ...

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Viejo 28 de junio de 2006, 17:58
 
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Predeterminado Amaba locamente a Pilar
Es raro cómo desde chiquitos vamos descubriendo el amor. Porque usualmente el primer amor viene acompañado de miles de desilusiones. Así de injusta es la cosa: un amor contra miles de contratiempos. Y Pilar es aquella niña a la que siempre recordaré tiernamente como el ser que sin darse cuenta me enseñó lo que significa estar perdidamente enamorado.

Pilar… cómo olvidarla. Ella ocupaba todos mis pensamientos en esas tardes de jardín de infantes. Significaba todo para mí. En realidad no recuerdo su cara, pero recuerdo que me gustaba mucho. Pero mucho en serio ¿eh?. Ni siquiera puedo recordar el color de su pelo o de sus ojos, pero recuerdo que era hermosísima, nadie en toda la salita podía comparársele.

Y ella no lo sabía, pero fue mi primer amor.

Recuerdo que la amaba locamente. Claro que mi amor infantil era completamente idílico, algo mágico e ideal que sólo podía existir en la mente de un niño de 4 años. Pero yo hacía de todo por sobresalir y que ella me notara: desde azotar a otros niños con los bloquecitos más puntiagudos que encontrase hasta introducirme objetos en la nariz y pasearme por la sala, con el sencillo fin de que ella dijera “salí, tonto!”.

Me preguntarán por qué río tanto. Es que cuando pienso en ella vienen a mí muchísimas anécdotas como la de aquella tarde en que decidí que no podía regresar a casa sin entablar aunque sea un pequeño diálogo, sin que ella me regalase algunas frases de su linda voz. Esa tarde, la seño nos había dejado jugar a lo que cada uno quisiera, y aproveché ese momento para acercarme a ella e invitarla a que jugase conmigo. Entonces ella se dio vuelta, me miró con esos ojos de princesa, y me dijo que ella no podía jugar con un nene a los autitos, porque eso era aburridísimo y que la dejara sola. Cosas de chicos… pero he de admitir que Pilar era un poquitito cruel y esa tarde clavó en mí un puñal que signó mi pequeño corazoncito.

¡Pero cuánto la amaba! Tanto tanto, que me esforzaba diariamente por enamorarla. Recuerdo un viernes, antes de volverme a casa, decidí hacer un enorme sacrificio para lograr su amor: regalarle mi merienda y alimento, un paquete de galletitas Manón. Una vez hube juntado el valor suficiente para acercarme hasta ella, saqué del bolsillo de mi pantalón el paquetito que tenía guardado desde la mañana y se lo entregué, sin poder levantar la mirada del piso, mientras ella me miraba sonriendo. Fue en ese momento que hizo algo que me lastimó un poco: sacó de su mochilita un alfajor de chocolate, lo abrió y se puso a comerlo delante mío, al tiempo que me devolvía las Manón con mirada de desprecio y me decía que esas galletitas no eran tan ricas como su alfajor. Sí, Pilar era un poquito asquerosa, pero a pesar de que para ese entonces había descubierto que era un poquito chueca, yo la quería igual.

Me preguntarán qué significa esa sonrisa picarona en mi cara. Bueno, es que tal vez “quería” suene un poco exagerado. Después de todo, ¿qué puede entender un niño de 4 años de sentimientos? ¿no?. Sin embargo, yo ocupaba mis tardes pensando en cómo conquistarla… supe entonces por una de sus amiguitas mas amigotas que le encantaban los Ositos Cariñosos, así que durante toda una semana soporté las cargadas de mi hermano mayor mientras miraba a los Cariñositos porque quería hablarle con conocimiento de causa. El plan era sencillo: ser una enciclopedia viviente del mencionado dibujito, para que me admirara y se enamorara perdidamente de mí. Claro que no podía estimar entonces el daño colateral que iba a sufrir mi autoestima infantil cuando decidí pasar a la acción. Ese día me acerqué mientras ella esperaba en la cola que se había formado al pie del tobogán del arenero del jardín y le dije que a mí también me gustaban los Ositos Cariñosos, que eran mis dibus preferidos. Estaba entonces preparado para que se rindiera a mis brazos muerta de amor. Pero en cambio, ella comenzó a reírse muchísimo, al tiempo que llamaba a todas mis compañeritas y les contaba que yo miraba dibujitos de nenas. No puedo evocar esta anécdota sin reírme… y sin admitir que Pilar era un poquito mal parida, y que aunque se pusiera aritos pequeñitos igual se notaba que tenía una oreja más abajo que la otra, aunque todavía no alcanzaba a determinar cuál de las dos era la que le confería ese típico aspecto simiesco.

Pero yo la seguía queriendo, o por lo menos, estimando. No me daba por vencido en la conquista de su corazón. Esperé durante muchos meses el 19 de octubre. Yo sabía desde principios de año que ese era el día de su cumpleaños, y pensaba comprarle algo hermoso para regalarle. Había pensado en las pinturitas Tammy, o en Mi Pequeño Pony… es que como comprenderán, ese día tenía que lucirme; ese día Pilar tenía que ser definitivamente mía. Justamente ese año caía domingo, así que el viernes estaba muy nervioso: era el día en que repartiría las invitaciones! Por supuesto, estaba feliz… cuando sacó el pilón de invitaciones de su mochila mis ojos se iluminaron, luego se entrecerraron, luego se abrieron de par en par y por último la miraron con extrañeza, buscando respuestas: había repartido todas las invitaciones y ¡¡¡a mí no me había dado!!! ¡¡¡Sólo había invitado a las nenas!!! Claro, qué podía esperar yo de Pilar, que era flor de reventada, y menos mal que no se me acercó con ese aliento… se ve que en la casa les gustaba la comida con ajo… y encima no se lavaban los dientes.

Ustedes preguntarán por qué mis mandíbulas están tan apretadas y por qué el ceño tan fruncido. Es que ahora veo todo desde otro ángulo: esa maldita zorra necia y desgarbada nunca significó para mí más que una mera compañera de salita roja. Sí, he de admitir que en algún otro momento de mi vida me he “confundido” con ella… Pero tampoco exageremos y mezclemos… “Amor”, es una palabra un poco grande ¿no?… Ok ok, digamos que sí, me parecía linda, y despertaba en mi una catarata de sentimientos, pero nunca fue más allá del deseo de golpearla, un poco de odio, tal vez rencor…

Además nunca nadie pudo probar que esos dos dientes no se le cayeron “naturalmente”, después de todo, eran dientes de leche, y sí, admito que por ahí fue un poco prematuro que se le cayeran a los cuatro añitos, pero por el sólo hecho de que la encontraron llorando, empeñarse en relacionar las manchas de sangre en el papel de regalo de esas pinturitas Tammy con los dientes supuestamente “rotos”, a mí, por lo menos A MI, me suena un poco traído de los pelos…
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