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| Bueno, tenía este cuento por ahí y hoy las defensas de la timidez andaban medio bajas así que acá lo publico. Se llama Cosa de Chicos y espero que les sea leve. Saludos para todos los que me conocen. Puede ser, sí, que los chicos lo perciban todo. Pero no entienden. Claro, tienen buena memoria, y después sí terminan entendiendo. El tío Raúl, por ejemplo. Sólo cuando fui lo suficientemente grande (a eso de los 14 años) me di cuenta de que era borracho. Borracho en serio. Para las fiestas se agarraba unos pedos terribles; quedaba casi siempre al borde de la internación. Era muy grave lo suyo. Y sin embargo, para mí no eran más que simples payasadas para hacernos reír. La última navidad que compartió con nosotros yo apenas estaba aprendiendo hablar. Recuerdo que disfruté como nunca la actuación del tío Raúl, hasta hacerme pis encima. La mañana siguiente lo encontré dormido abrazado al inodoro. En ese momento era imposible que yo comprendiera. Hoy lo pienso y es tristísimo, patético. A los pocos meses, mamá me despertó con la noticia de que el tío Raúl se había «ido al Cielo». ¿O acaso me iba a explicar qué es la cirrosis? No tenía sentido. Es por eso que tengo miedo. No de que Gabi se dé cuenta, sino de que en el futuro se acuerde, ate cabos y termine odiándome. Gabi estaba fastidioso ya desde antes de irnos. Primero no quería bañarse. Después, cuando por fin logramos meterlo en la ducha, no quería salir. –Ese chico se va a gastar si sigue abajo del agua –le dije a Lorena. Lorena todavía lo ayuda. Lo terminamos sacando entre los dos. Entonces fue que no quería vestirse. Lorena trataba de pasarle un buzo por la cabeza, en tanto que yo había conseguido ponerle los pantalones. Pero las zapatillas me estaban costando bastante. –Lo vas a ahorcar –dije. De veras parecía que iba a estrangularlo con el buzo. Mientras tanto, Gabi aullaba y pataleaba. A mí, de chico, jamás me levantaron la mano. Para algo está la psicología. O la pedagogía, como sea. Pero en cambio Lorena... Al menos eso lo tranquilizó. La subida al auto estuvo un poco complicada, también, aunque no tanto. A Gabi le había servido el escarmiento. Eso sí, no habló en todo el viaje. En realidad, ninguno de los tres abrió la boca en todo el viaje. Llegamos muy temprano a lo de Andrés. Apenas estaban Andrés –naturalmente– y un muchacho de rulos, muy flaco, al que nos lo presentó como Willy. Érica por suerte no estaba. Todavía no había vuelto de trabajar. –Willy estuvo en Bristol tres años –me contó Andrés. Willy sonrió y dijo algo que no entendí. Se había olvidado por completo del castellano. Andrés me pidió que le diese una mano. Estaba preparando una picada. Así que mandé a Gabi a jugar con Mica y me puse a cortar salame. De fondo, escuchábamos las hazañas de Willy en el Reino Unido. Andrés oficiaba de traductor. Willy hablaba y hablaba y nada más. Ni siquiera destapó el vermouth. (Lo tuve que hacer yo). No me caía mal Willy. Era simplemente un pelotudo. La iba de artista. Tres años viviendo de pasar música en un boliche. Bah, en un antro. Tres años robando con eso. Tres años cobrando en LIBRAS. Después del primer vaso sentí ganas de ir al baño. En el living vi a Lorena fumando como una chimenea industrial. Ahí, sola. No le dije nada. Ya sé que no tengo que decirle nada. Lo que sí me llamó la atención fue que Gabi estuviese en el sillón, también solo, mirando dibujitos animados. Me acerqué y le pregunté por Mica. Él no me respondió: me miró como si fuese un desconocido, y como él ya está aleccionado y no habla con desconocidos, se fue. En eso apareció Mica. Una adorable princesa en miniatura, sí, pero arisca como no debe haber otra. 6 años y el temperamento de una institutriz inglesa. La saludé con una sonrisa, haciéndome el cariñoso. Ella ni me registró. Siguió de largo y a la que sí le dio bola fue a Lorena. Lorena la subió a upa y aplastó el cigarrillo por la mitad para no echarle el humo en la cara. Empezó a preguntarle cómo le iba en el jardín, si ya había venido el Ratón Pérez, en fin: los tópicos usuales de los diálogos con chicos, con acento de deficiente mental y todo. Como yo allí sobraba, me dirigí a hacer lo mío. Estaba lavándome las manos cuando oí que llegaba gente. Por un instante temí. Pero no: resultó ser una pareja amiga de Érica y Andrés. Traían botellas. Andrés les indicó que las guardaran en la heladera, y a mí me convidó una aceituna y me dijo que fuésemos hasta la computadora, que ya había bajado las fotos del DF. Andrés había ido en viaje de negocios a México dos meses atrás, y ahora quería mostrarme las fotos que había sacado. Mi opinión es que hay un entusiasmo fácil, una fascinación de indio con taparrabos por la imagen digital; de repente, cualquier cosa merece ser fotografiada y mostrada por el solo hecho de haberlo hecho con una cámara digital y tenerla en una computadora. Sin mencionar lo incómodo que es mirar las fotos en un monitor. Cuánto más prácticos el revelado a la antigua, los álbumes y los portarretratos. Enseguida se nos unieron los recién llegados y Willy. Todos alrededor de la fogata electrónica, incluso Gabi. Lo sentí tironeándome de la camisa. Quería coca. Lo acompañé a la cocina. Mica entró detrás de nosotros. Le pregunté si ella también quería. Ella se encogió de hombros y se marchó. Estaba sirviéndole a Gabi cuando el ruido de la puerta me hizo volcar un chorro fuera del vaso. Corrí a ver quién era. Recuperé el pulso al ver que se trataba de unos perfectos desconocidos. Más tarde sabría que eran unos compañeros de trabajo de Andrés. Le di su vaso a Gabi y traté de limpiar la mesada, pero la gaseosa ya se había secado y en su lugar había ahora una mancha pegajosa de esas que suenan a velcro cuando uno camina en el cine. –Se me volcó un poco de coca –le dije a Lorena en cuanto la vi entrar. Ella tomó la bandeja con la picada y se la llevó al living sin pronunciar palabra. Durante los siguientes veinte minutos cayeron unos siete u ocho invitados más. Para entonces sentí una especie de alivio, si tuviese que llamarlo de algún modo. Había suficientes personas como para mezclarme, confundirme, abstraerme. Puse piloto automático y fui rotando de conversación en conversación sin importarme nada, ni Gabi ni Lorena y ni siquiera Érica. Sus padres (los padres de Érica) llegaron y tampoco me importó. Todos se impacientaban y preguntaban por Érica. Yo no. Yo tomaba vermouth y comía papas fritas, salame, queso. Me sentía estúpidamente feliz de escuchar anécdotas sin gracia y de hacer chistes con menos gracia todavía, de repetir lo estupendo que me iba en mi trabajo y en mi vida, y de poner cara de interesado cuando los demás me venían con lo mismo. Cerca de las 9 y media llegó Érica. Todos la recibieron con aplausos y ovaciones, una efusividad calurosa y unánime como sólo Lady Di o Maradona merecerían. Ella iba pidiendo disculpas, a medida que nos saludaba uno a uno, por la demora. Es que después del trabajo había decidido pasar por la peluquería. Por cierto, estaba hiperproducida. Parecía una modelo publicitaria. A nadie se le hubiese ocurrido que regresaba del yugo diario. Verla de nuevo no fue tan terrible como había pensado, salvo cuando se saludó con Lorena. Aquella visión me produjo el mismo estremecimiento helado en la espina dorsal y en los dientes que un cuchillo y un tenedor cuando se chocan. Por lo demás, a mí me saludó con total indiferencia. De hecho, se dedicaría a ignorarme olímpicamente durante toda la noche. En ese aspecto mis previsiones fueron acertadas. Aquello no me sorprendió. Lo que sí no dejaba de sorprenderme era el comportamiento de Gabi. Los nenes tenían una mesa preparada exclusivamente para ellos, junto a la de los adultos, una suerte de pequeña península con 7-Up y Coca-Cola en vez de Gancia y cerveza, y panchos y chizitos en lugar de pizzetas y canapés y medialunas con jamón y queso y tacos. (Andrés se había enviciado con los tacos durante su estadía en el DF y había aprendido a hacerlos para poder seguir comiéndolos acá). La cuestión es que no había manera de que Gabi se sentase en la mesa que le correspondía, no mientras estuviese Mica alrededor. Por eso permanecía atornillado al regazo de Lorena, fabricando caballitos con corchos, escarbadientes y miga de pan. Pero en fin, mejor era no pensar, no estar tan pendiente. Después de todo, yo la estaba pasando «increíble». De hecho, me había convertido en el centro de la atención. Lo digo sin ningún orgullo, porque a fin de cuentas mi papel no era muy diferente del que solía hacer mi tío Raúl. Eso me deprimía bastante, especialmente porque sucedía muy a menudo y casi contra mi voluntad. La gente celebraba mi ingenio, aplaudía mi sentido del humor. Se congregaban en torno a mí como si yo fuese el Jesucristo del stand-up. Todos menos Lorena, por supuesto (pero yo ya sé que no tengo que criticarle esas actitudes suyas), y el grupito con el que se había dignado a alternar. Pensé que Érica tampoco se sumaría, pero sí lo hizo; al rato se ubicó muy cerca de mí junto con Andrés, que la tenía abrazada por la cintura. No pude evitar considerar aquello como una provocación. No obstante, continué firme en mi rol de animador, imperturbable en tanto metiera más y más alcohol. Claro que demasiado termina por destrabarle la lengua a uno. Fue entonces que me ensañé con Willy. Fue un paso en falso. Lo puse en ridículo frente a todo el mundo. Me había metido con su mujer (aunque yo ni siquiera sabía si tenía o no). Dije o di a entender que él no había sido el único al que le vino bien el viaje a Bristol. Inmediatamente, todos empezaron a carraspear y a mirar hacia otro lado, y Willy cerró los ojos y dejó caer la cabeza como a un robot al que lo hubiesen desenchufado de golpe. Sólo Érica me miraba fijo, indignada y reprobatoria. Andrés, con mucho disimulo, me informó al oído que Willy acababa de divorciarse de su mujer, justamente a raíz algo que había ocurrido mientras él estuvo afuera. Consideré –pues– que la opción más sensata sería hacer mutis por el foro y de ahí en adelante pasar lo más desapercibido posible. Aun así, Érica no dejaba de mirarme. Afortunadamente, la fiesta pronto retomó su cauce. En un momento dado, Gabi vino a atrincherarse entre mis piernas. Jorge, el padre de Érica, que estaba hablando conmigo acerca de las acciones de su empresa, se interrumpió para alzarlo y hacerle cosquillas en la barriguita. –¿Qué pasa, campeón? –le preguntó, con una confianza que ni yo mismo me he ganado con Gabi–. ¿Eh? ¿Qué anda pasando? Un gordo analista de sistemas, amigo de Érica, con mitad de un triple de humita en la mano y la otra deshaciéndose en su boca a plena vista, se asomó por encima de mi hombro y sugirió: –¿No tendrá cagadera? No le contesté. –O parásitos –insistió. Tampoco le contesté, pero él no se daba por aludido. –¿Es tu hijo? –me preguntó luego, sin mirarme–. Más bien se parece a Andrés. Tampoco le contesté. Tendría que haberle partido la cara. Le arrebaté el nene a Jorge y lo llevé con los otros nenes a la pieza de Mica. Una vez allí, Gabi se aferró al marco de la puerta y se puso a berrear y a sacudirse como un endemoniado. –Pobre gordo, ¿qué le pasa? –me preguntó una rubia cara de Barbie, seguramente amiga de Érica y título de maestra jardinera en trámite. –Se cagó encima –respondí. La dejé muda. Ella no se esperaba aquello. Se alejó, consternada, forzando una sonrisa. Los chicos me miraban. Quién sabe qué pensarían de mí, o qué pensarían de Gabi, que no bien lo dejé en el piso, se abrazó a una de mis piernas. Comprendí que era inútil luchar. Lo volví a cargar y lo llevé de regreso al living y dejé que fuese con su madre. Pasada la medianoche llegaron los últimos invitados. Eran unos cinco, tres chicas y dos muchachos con pinta de yuppies. Esa es una constante. Nunca faltan los que llegan a las mil y quinientas. Y rara vez tiene explicación. Simplemente se les antoja llegar a esa hora. Les debe gustar la comida fría y la bebida caliente. Obviamente, eso retrasó la torta. Lorena estaba cruzada de brazos y daba golpecitos con el pie, la clásica y ya tan sabida señal de que quería irse, de que nos fuéramos despidiendo. Yo no le hice caso. Me mostraba a Gabi, lo inquieto que estaba. Desde lejos le prometí que en cinco minutos. Para eso yo también tengo mi sistema gestual. Bajo los párpados, muevo la cabeza afirmativamente... y me escapo hacia otra parte. Dos horas más tarde, por fin, Andrés apagó las luces y empezó a batir palmas y a entonar el feliz cumpleaños. Enseguida lo secundamos todos los demás. El coro dispar, las velas que no encienden, la vacilación de no saber con qué apelativo nombrar al homenajeado. Érica sonreía a los flashes, pensaba tres deseos. Cuando se inclinó para soplar las velas, la perspectiva de su escote me infundió un vértigo semejante al de estar al borde de una cornisa. Hubo aplausos y chiflidos y cada uno de nosotros fue a abrazarla y felicitarla: Andrés el primero. Cuando llegó mi turno temblé. No había razón para hacerlo, en realidad. Al fin y al cabo, la reunión se había desarrollado en la más absoluta normalidad, a excepción del brevísimo incidente con Willy. Sin embargo, yo temblaba. De alguna manera me decepcionó que ella aceptara mi abrazo como si nada, e incluso que me sonriera y agradeciera como a todos los demás. Yo esperaba una escena, algún tipo de desplante, un escándalo de aquellos. Mientras la Barbie a la que yo había tratado mal cortaba y distribuía las porciones de torta, con Andrés nos pusimos a destapar unas botellas de Chandon. Los corchos volaron por el aire y los invitados se agachaban y se atajaban riéndose. Todos nos divertíamos mucho. En la cocina, mientras buscaba hielo, me crucé con Érica. Ella venía a guardar lo que había quedado de torta en la heladera. Era la primera vez en toda la noche que estábamos a solas. –Érica –le dije. Ella ni me miró ni dijo nada. –Me parece que deberíamos hablar. Ella meneó la cabeza y dijo repetidas veces que no, no y no. –En serio –insistí. Érica cerró la heladera y enfiló hacia la puerta. Alcancé a tomarla de un brazo. Ella se detuvo y giró en redondo y se me quedó mirando. Me había concedido la oportunidad de decir lo que tenía para decir. Pero entonces me quedé en blanco. Las mujeres tienen esas armas. Ella, con su exasperación quieta y su impaciencia a punto de estallar, había hecho que me olvidara de todo. –Sólo quiero saber si lo vas a tener. Ella me dedicó una sonrisa cínica, quizás algo sobreactuada pero de todas formas hiriente, y se fue. En el living, Lorena y Gabi estaban con Mirtha, la madre de Érica. Mirtha estaba hinchándole las pelotas a Gabi con eso de que si le habían comido la lengua los ratones, y Gabi hundía la cara en la pollera de mi mujer, negándose y gruñendo, sin saber que así era peor, que cuanta más resistencia opusiera, más pesada se pondría aquella vieja. Hasta que entonces sí, se desató el terremoto. A la vieja de mierda se le dio por levantar en el aire a Gabi, mirarlo fijo a los ojos y soltarle: –¿Y MICA? ¿ES TU NOVIA? Cómo será que la vieja lo tuvo que soltar. Jamás vi a nadie gritar así, a ese volumen y con esa intensidad, sin que se le destrozara la garganta. Gabi se puso rojo como un tomate, como un globo a punto de reventar, llorando a moco tendido. Los mocos le chorreaban de a gotones espesos, sobre la boca, sobre la ropa, sobre el piso. Los invitados tuvieron que taparse las orejas. Mis propios tímpanos no resistieron. Era como si a todos nosotros nos atravesaran los oídos con un hierro al rojo vivo. Y Gabi que gritaba y saltaba y pateaba, y ni siquiera Lorena se animaba a frenarlo. Detesto hacer cosas como la que hice. Pero la situación lo exigía. Agarré a Gabi de los pelos y lo llevé arrastrando hasta la habitación de los dueños de casa. Nos encerramos ahí y recién salí una vez que hube logrado que se durmiera. Lo dejé en la cama matrimonial, chupándose el pulgar y arropado con los abrigos de los invitados. En la puerta estaba Andrés. Me preguntó si Gabi se había serenado. Le dije que sí. Entonces Andrés me dijo que a Mica también la notaba rara. –Lo ve a Gabi y sale corriendo –dijo–. No entiendo. Ellos son muy amigos. –Andá a saber –le dije, encogiéndome de hombros–. Cosa de ellos. –Cosa de chicos –estuvo de acuerdo él. Di unos pasos más, pero Andrés me detuvo con una mano sobre mi espalda. Su tono era entre confidencial y de preocupación. –¿A vos te pasa algo? Le contesté que no, que para nada. –Jurámelo por los viejos. Y a mí no me gusta jurar por nadie. * * * Editado por Witold: 10 de abril de 2008 a las 20:29. |
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| A la flauta! Flor de cuento te despachaste eh! Me paso algo que pocas veces me pasa cuando leo algo de este subforo: iba leyendo e iba imaginandome las situaciones pero staba intrigada y ahi lo nuevo: que algo me de intriga, que algo me atrape y este pendiente pensando "con que se descuelga ahora?" o "Por que la inquietud del hombre?". Me gusto el tramaje y hasta la vulgaridad de algunas palabras usadas, lo hacen mas cotidiano y acerca brechas, no pone esa fria distancia entre lo que uno vive y lo que se lee como si fuera vida ajena. MUY bueno, realmente. Te felicito "hombre malo" |
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| Recien termino de leerlo... El interés va de menor a mayor de la mano de una narración prolija, sin estridencias mas que el llanto despavorido de Gabi (pavada de efectos especiales!). Es un cuento corto , no de los mas cortos, matizado agradablemente con el contraste de los niños que son adultos (Mica) y de los adultos que actuan como niños (el pobre de Willy, la rubia cara de Barbie), además de la delicada crudeza con que se tratan cuestiones del calibre del alcoholismo, el aborto (o entendí mal?)... todo enmarcado en una situación normalita y cálida. Me gusto mucho, sobre todo si forma parte de algo mas extenso, ya que me parece que deja algunos temas muy importantes demasiado colgados. Digo, para un cuento corto propondría por lo menos una buena duda bien plantada hacia el final. Siga con las defensas bajas amigo, no creo que le vaya nada mal. Saludos.- |
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| Permitime una felicitacion. O mejor, 2. La verdad, EXCELENTE escrito. No me gusta leer (estoy trabajando en eso) y la verdad es que llegue al final sin cortar para nada. Leyendo la respuesta de Susese, mas que el tema del aborto, yo lo tome por el lado de que el hijo que iba a tener Erica era de él... Daba para seguir esa reunion.. el manejo de los tiempos y el vocabulario me parecio excelente.. Enserio, ojala postees mas de este tipo de cosas, dan ganas de trabajar en el tema de que no me gusta leer. |
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| me gusto mucho don Si bien, las referencias a cosas como maradona o alguna otra que me haya molestado menos, me hicieron perder atencion, me gusto como esta redactado, el vocabulario, las cosas dichas a medias (la mitad que se dice de esas cosas dichas a medias...) y el centro puesto sobre los niños es la fruta del postre. yo personalmente estoy practicando con esto de extenderme en mis escritos, debo confesar un poco (solo un poco) de envidia (sana eh) jeje saludos! |
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| groso poder transitar una narración con tanta facilidad. que no caiga en intensidad, que no termine como un chiste de condorito. me gustó mucho, uitold. |
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| Me gustó y mucho, muchísimo. Muy intenso, muy fácil de seguir y con un desenlace hermoso. Felicitaciones, amigo. Excelente escrito, como todos los de su cosecha. La verdad que no tengo muchas palabras que decir, pero puedo detenerme en tu áspera pero clara caracterización de los personajes (incluso uno siente que los conoce), en una linda y simplificada elección de las palabras que (una vez más) te acercan al relato y en un fluir muy natural, casi que lo que relatás se va descorriendo solo. Me gustó mucho, mucho. Y dale para adelante con las defensas bajas. Dale. Que sirve; que te sirve, que nos sirve. No nos prives de cosas tan lindas como ésta, y de las mejores que seguro que andarán por ahí. |
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| me encanto! simple y llanamente. La verdad, suelo leer pero siempre critico algo y la verdad que esta vez mas que una critica tengo una pregunta: ¿Lo va a continuar? y.. yo tambien imagine que Erica estaba embarazada de el. |
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| Érica está embarazada de él, Andrés no lo sabe y es por eso que nuestro héroe (?) le pregunta si lo va a tener o lo abortará. |
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| Agradezco de corazón todas las opiniones. Creo que sólo la gente maldecida con una timidez extrema puede darse una idea de lo difícil que es mostrar estas cosas, y la sensación extraña (¿satisfacción?) que provoca en uno que los demás lo comenten y digan que les ha gustado. De nuevo, muchas gracias. Esa vendría siendo la idea principal. Hay un par de puntas más, quizás no tan importantes, pero están. |
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El costumbrismo miserable de Witold
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