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| Creo que todos en algún momento de nuestra vida vivimos domingos eternos sin querer o queriendo hasta que por casualidad...casualidad?...mmm...si, casualidad, encontramos nuestro sábado perfecto. Se me hace que si lo hacias prosa me hubiera gustado igual |
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| Es hermoso, che, posta. Muy desolador, justamente, como la soledad. Estar solo es de lo peor que te puede pasar, pues la única situación en la que uno está acompañado es la única por la que vale la pena vivir. Por eso creo que tu título es una falacia. Pero todo el resto, es hermoso. |
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| Muchas gracias Ya que mencionás lo de la prosa... Creo que la forma es un accidente. Yo elegí esta por una cuestión de ritmo, para imprimirle un ritmo, y mejor me callo porque ya me empiezo a aprecer a Federico Klemm.Muchas gracias, don. Y espero que esta vez se cumpla la simetría: usted publica, yo publico - yo publico... Usted sabrá. Algo así como China Zorrilla en Esperando la Carroza. Yo hago ravioles, ella hace ravioles, etc. Seguro usted tiene algún que otro poemilla guardado por ahí. |
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| Intentaremos, señor. Algo hay perdido por ahí, sí. |
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se vienen duelos literarios entre mi amigo y el hombre malo? ![]() Perdon por el interruptus, sigan nomas |
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| Yo sí titulé "Soledad" a un cuento, pero no habla de eso. Hay un personaje que se llama así, y es muy solitaria la vida del relato. Me encantó. (...) la de los amigos que no bastan la de los amigos que se casan la de los amigos invisibles la de los oficios absurdos la del egoísmo altruista la de los malos consejos los malos hábitos las costumbres gastadas la de las putas la soledad en pagarés la soledad consciente la soledad inconsciente accidental adrede (...) (...) es como el nombre o como el color de ojos, de pelo, de piel, es como los padres (...) la soledad no se ofrece nunca como compañía (la soledad no cuenta como cónyuge, a pesar de tener nombre de mujer) Me encantaron esos versos, sobre todo el de "es como los padres". |
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| A mi público (?) me debo. Dejo otro cuento. A mi juicio bastante desprolijo, pero es autobiográfico (en un 80%) y ya saben, las cosas en la vida pasan así, de manera atropellada y por lo general no tienen ni pies ni cabeza. Prometo no atocigarlos más con estos dislates. No tiene título y es un poco largo. Tómenselo con paciencia o mejor ni se lo tomen. Au revoir. En aquel entonces yo estaba estudiando Derecho. Y es que pertenezco a una dinastía de abogados. Trepás mi árbol genealógico y te encontrás a mi viejo, que es abogado; a mi abuelo, que era abogado; a mi bisabuelo, que era abogado… En fin, así hasta llegar al rey Salomón, que en los divorcios resolvía el tema de la tenencia de los hijos partiendo al medio a los pibes. Podría pensarse –pues– que aquella carrera era una imposición, pero no. Si bien yo no la había elegido, tampoco me habían obligado. Digamos que la acepté con la misma blandura con que se acepta la tradición. Para mí, Derecho no era menos fatal (ni tampoco más terrible) que la calvicie, echar panza o –ya que estamos– la muela de juicio. Pero hete aquí que ahí nomás del edificio de grandes columnas y escalinatas interminables, se halla ubicado el museo nacional de Bellas Artes. En algún momento (en estos casos es muy difícil determinar cuál fue el momento cero) se me hizo costumbre ir allí después de clase. Y enseguida, la costumbre se me volvió vicio. Pasaba horas y horas recorriendo las salas del museo. A veces me olvidaba de almorzar, a veces salía y ya era de noche. Simplemente perdía noción del mundo. Un día de tantos, sucedió que me enamoré. Sí, ahí mismo. Yo me enamoro en cualquier lado. En el colectivo, en la sala de espera del dentista. Cómo no iba a enamorarme en el museo, en ese lugar del que ya me había apropiado, que se había convertido en el centro de mi existencia. Resulta que me la cruzaba bastante seguido. Justo cuando me había resignado a que lo nuestro iba a quedar en la unilateralidad platónica de mirarle el culo (el mejor que vi hasta ahora), ella me abordó. Para los tipos tímidos, las mujeres que van al frente son doblemente hermosas. Hay una cierta belleza en la comodidad. Me contó que estaba haciendo un trabajo de investigación y que necesitaba un modelo. Que mi cara era perfecta, que era justo lo que andaba buscando. Habituado al acartonamiento y la solemnidad con que se desenvolvían las relaciones humanas en mi facultad, el avance de esta chica se me antojaba una revolución, una conmoción inédita, algo así como el bombardeo a Pearl Harbor. Anotó algo en la esquina de una hoja de su cuaderno y luego arrancó ese pedazo. Me lo dio y se despidió con un beso ruidoso en mi mejilla: en otra época lo hubiese decodificado como una señal de que yo le gustaba. Enseguida entendí que aquello había sido ni más ni menos que un beso. Yo venía de hacer primaria y secundaria en un colegio religioso y únicamente de varones, para meterme de inmediato en Derecho: era lógico que la naturalidad de una estudiante de pintura me supiera a cosa de otro mundo. Leí lo que me había escrito: una dirección, un día y una hora. Me desalentó que no hubiese un número de teléfono. Ahora que lo pensaba, ni siquiera me había dicho su nombre. En fin, por alguna razón entendí que no había ningún interés de su parte, y me acordé de la letra del tango que dice hoy vas a entrar en mi pasado. A la semana siguiente, un miércoles si no me equivoco (aunque el dato es irrelevante), acudí a la cita. A las nueve de la mañana en la Prilidiano Pueyrredón. Con que ahí estudiaba mi chica, que en realidad no era ni sería nunca mía, o sí, pero no. (Tomaduras de pelo del destino: ella se llamaba Mía). Entré al aula y no pude evitar sentirme ridículo y desubicado. Un boludo de trajecito impecable entre tanta bohemia de pelos sucios y pantalones manchados de óleo. Divisé a Mía en la otra punta, al final del laberinto de atriles y termos para el mate. La saludé con un discreto apretón de manos (sí, soy todo un playboy) y bueno, fue ahí que se me presentó y no me quedó otra que reírme para mis adentros, porque después de todo hay que tomárselo con humor. Así que “Mía”, ja ja. Mientras preparaba sus pinceles y sus óleos, Mía me explicó más acerca de su trabajo. Constaba de una parte teórica y otra práctica. Lo primero, todo el asunto de relevamiento de museos y análisis y reseñas históricas, ya estaba finiquitado. Restaba lo otro, la realización de una obra que tenía que emular el estilo que a ella le había tocado investigar. A algunos les había tocado renacentismo, a otros surrealismo, a otros fauvismo… A Mía, cubismo. De modo que ahora todo cobraba sentido. Mi cara era perfecta para un retrato cubista. Saquen ustedes sus propias conclusiones. Estuve posando durante varias horas, con unos cuantos recreos en el medio, no fuera cosa que me contracturara. Terminada la clase, quise echarle un vistazo al cuadro, a ver cómo iba. La verdad, no iba ni para atrás ni para adelante. Y ahí quedaría, porque Mía jamás lo concluyó. Unos miércoles después, me desayuné con la noticia –de boca de una de sus amigas– de que Mía había tenido una revelación, y que se había dado cuenta de que lo suyo era la hotelería. Bien por ella, pensé. Quizás deba añadir que nunca más la volví a ver. Para colmo de males, había reprobado TODOS los parciales y mis padres me habían enviado MENOS DE LA MITAD de lo que solía ser mi mensualidad. Pero los dioses siempre nos compensan. Fue entonces que recibí la providencial visita de mi tío Reinaldo. (Hago un breve flashback: yo nací en La Plata. Venir a estudiar a Buenos Aires fue casi un capricho. No me lo puedo explicar de otra manera. Eso, o fueron mis ganas siempre incontenibles de complicarme). La aparición de mi tío Reinaldo no pudo haber sido más oportuna: estaban a punto de echarme a patadas de la pensión. Una tarde, volviendo de la facultad, sorprendí a la dueña arrojando mis bolsos a la vereda. Como si estuviese guionado, justo en ese instante se bajó de un taxi mi tío Reinaldo y él, que es un garca de aquellos, se apalabró a la dueña y la convenció de que no me echase. Es más: me pagó ese mes, los dos anteriores que debía, y los próximos seis por adelantado, salvándome así del desalojo. Una pequeña observación acerca de lo que acabo de decir sobre la precisión guionada con que mi tío entró en escena: la vida no está guionada. Desvarían los que comparan a la vida con una película. En las películas todas las historias cierran y cada situación tiene su propósito, su significado, su razón de ser. Este quilombo en el que estamos metidos es todo lo contrario. Está lleno de cabos sueltos y de historias que no llevan a nada o que terminan de manera abrupta o que se quedan a mitad de camino. Lo de Mía es un ejemplo. En cuanto a mi tío Reinaldo, con quien conviví cinco semanas, ¿qué puedo decir? ¿Qué se puede decir acerca de un individuo cuyo talento es imitar a Juan Carlos Calabró? Él no era, en realidad, mi tío sino mi padrino de bautizo. Le decía tío no sé por qué, calculo que para abreviar. Él venía todos los años desde La Plata y se quedaba conmigo un mes o un poco más, aunque nunca mucho más. En esta ocasión, su compañía me trajo cierto alivio, me distrajo de mi pena de amor. Porque yo a Mía la amaba. Y la amaba porque yo tenía veinte años. Mientras le hacía conocer la ciudad a mi tío Reinaldo, él me hacía conocer el mundo. Me llevaba al hipódromo, a los cabarés, una vez a las peleas de box… Fue entonces que entendí que había otras cosas. A esta iluminación (quizás algo tardía) se sumó otra: la del arte. Desde luego, yo seguía yendo al museo nacional y a las galerías y a otros museos también, pero además –y a pesar de que nuestro “proyecto” con Mía había muerto antes de nacer– seguía en contacto con algunos alumnos de la Pueyrredón. Uno de ellos me propuso infiltrarme en la clase de pintura, “ya que tanto te gusta”. A mí me sonaba a terrorismo, a ilegalidad, a cosa clandestina, y no quise saber nada. Pero este pibe me terminó convenciendo. Porque al fin y al cabo, me dijo, la escuela ya estaba en decadencia y era todo un caos, todos se cagaban en los estatutos, las actas, las planillas y todo el circo burocrático. Inclusive, y no estoy inventando, había linyeras instalados en los pasillos del edificio. Así que por qué no. Fue así que me aboqué al quehacer artístico. Honestamente, yo era de madera. Pero lo disfrutaba mucho. Era muchísimo más gratificante que quemarse las pestañas con el derecho romano, el código penal, el código civil y todas esas cosas que –se suponía– iban a darme de comer. Los profesores jamás se percataron de que yo era un intruso. Tenía tres profesores. Una era una vieja oligarcona de la Recoleta, que muy probablemente en la vida de Dios había tocado un pincel. No me acuerdo su nombre –una lástima. El otro, Jorge Servera, era un putañero borracho perdido, y apuesto que él tampoco había visto siquiera un pomo de témpera en sus cincuenta y pico de años. Le gustaba darse chapa con que había expuesto en Europa, en Estados Unidos y en la concha de la lora, pero nunca nos mostró un solo cuadro. Y menos que menos si uno se lo pedía, especialmente porque (y de esto Servera se daba cuenta) nadie quería verlos por mera curiosidad: querían verlos para comprobar si de veras tenía autoridad para defenestrar (como lo hacía casi siempre) lo que pintábamos sus alumnos. Por último, estaba una tal Astrid, que era la que supervisaba mi sector (era un aula muy grande, con mucha gente, y no bastaba ni con uno ni con dos pares de ojos). A esta tal Astrid le gustaba hacerse la fumada, la errática, la de costumbres insólitas, la extravagante. Ella, como tantas otras y al igual que todas, sin éxito, quería ser la Maga. Un día vino esta Astrid con el anuncio de un concurso de pintura. Lo organizaba el grupo artístico del que ella formaba parte. La cuestión es que me entusiasmé muchísimo con eso. Quería participar en aquel concurso, ganar el premio (una orden de compra por $1000 en una librería artística, pero siempre podría venderla), y alimentar así la rebeldía que muy tímidamente estaba empezando a crecer en mí; poder decirles a mis viejos: ¿Ven? ¿Ven? Esto es lo mío, esto es para lo que nací, no tengo por qué enredarme el alma de telarañas en un buffet judicial. (Al principio dije que no me generaba ningún conflicto seguir abogacía. Pero también es cierto que tenía necesidad de rebelarme incluso contra lo que me era absolutamente indiferente, más que nada porque yo tenía veinte años). Mi cabeza bullía de creatividad. Mi cabeza era una usina de ideas grandiosas. Me dediqué al concurso como nunca me dediqué a ninguna otra cosa en mi vida. Con la práctica, con disciplina, con empeño, me superé en un cien, en un doscientos, en un mil por ciento. Los escarceos lastimosos de hacía apenas unas pocas semanas atrás me parecían lejanos y ajenos. Había evolucionado de pithecantropus a Klimt en un parpadeo. Compararme con mis compañeros me hacía sentir superior. Incluso era mejor –mucho mejor– que Astrid. Ella, a diferencia de Servera, nos mostraba sus obras. Me acuerdo que una vez llevó un lienzo de unos quince por quince, apenas salpicado por unas gotitas de acuarela gris. Astrid lo exhibía orgullosa. Según dijo, representaba no sé qué cosa de la opresión capitalista, una pelotudez. Pobre, pensé: no tenía la más mínima oportunidad conmigo, porque yo era un GENIO. Pero como todo genio, estaba enfermo de perfeccionismo. Perdí la cuenta de la cantidad de telas que destruí. Yo quería irrumpir con una obra majestuosa, soberbia, supernatural, indiscutible, incuestionable. Quería –en términos vulgares– echar toda la carne al asador. Pero no había caso, ninguna me convencía. Finalmente los astros, las musas y mis ganas entraron en conexión y pinté mi obra maestra, mi obra cúlmen, el súmmum; aquel cuadro era mi everest. Estaba seguro de que sería un giro copernicano en el mundillo de las artes plásticas. Imposible describirla. Era colosal, tajmahalesca, absoluta. Me imaginaba dando entrevistas, rodeado por infinidad de micrófonos, bañado por los flashes, y explicando que sí, que aquella obra me justificaba, que mi alma estaba puesta allí, que el artista como instrumento de los dioses, que etcétera etcétera. Y aplausos y mujeres y aviones y gloria y fama… La fecha tope de recepción de material estaba muy cerca. Exactamente, una semana después de que mi tío Reinaldo partiese. El último día fuimos a las carreras. Además de la típica melancolía previa a las despedidas, había algo más flotando en el ambiente. Lo había tenido frente a mí todo este tiempo, y recién ahora lo advertía. Mi tío Reinaldo era un payaso, y por ende tenía la tristeza de los payasos. Una tristeza remota que le enturbiaba la mirada, que se distinguía entre el estruendo de sus carcajadas si uno prestaba la suficiente atención. Una tristeza que persistía más allá del motivo que la había originado; algo así como las uñas y los pelos de un muerto, que continúan creciendo. Me di cuenta por la manera en que miraba a los caballos galopar en la pista polvorienta. La suya, en ese momento, era actitud de velorio. Quise distraerlo contándole algo grato. Nadie conocía mi pasión por la pintura, nadie salvo los chicos de la Pueyrredón. Y tuve la brillante idea de compartir con mi tío lo del concurso. Otra vez, como si estuviese obedeciendo a un guión, fui a dar en la tecla. Apenas le mencioné que pintaba, Reinaldo se puso a llorar. Se llevó las manos a la cara y se largó a llorar como un bebé. Se sacudía, se lamentaba, la gente se daba vuelta y nos señalaba, hacían comentarios. Yo no sabía dónde meterme. A la salida (no ganamos nada), ya en el auto, serenado, me confesó su pena. –Yo soy un artista frustrado –dijo. Y me contó que en toda su vida sólo había podido pintar un único cuadro. Era el retrato de un caballo. Muy realista, me dijo que era, muy realista; era como si el caballo se saliera de la tela. –Pero después de aquello no pude volver a pintar –continuó–. No sé por qué, simplemente no pude volver a hacerlo. Y ese cuadro fue a parar a la mierda, andá a saber por dónde anda. Aquella historia me deprimió bastante. Pero al día siguiente me levanté de excelente humor y mi tío Reinaldo también. Lo acompañé hasta la estación y no lloramos ni nada. –Nos vemos a fin de año, hijo de puta –se despidió, con ese estilo tan suyo, tan garca. Esa misma tarde, por pura vanidad, les mostré el cuadro con el que pensaba participar en el concurso a mis profesores. Fui haciéndome el humilde, con la excusa de que necesitaba sus consejos. Y gocé diabólicamente de las caras que pusieron al ver mi obra. Servera literalmente masticaba su bronca. Quería mantener el rostro inexpresivo, pero la mirada le ardía de odio y como ya dije, literalmente masticaba su bronca, se podían oír sus muelas haciendo crack crack crack. La vieja no estaba. Pero estaba Astrid. Cómo disfrute humillándola. Opresión capitalista las pelotas. ¡Esto es arte! Estaba verde de la envidia. Profe, ¿cómo se obtiene el verde envidia? Chupala, vos que ponías cara de asco cuando veías mis naturalezas muertas. “Le falta pulso a ese pincel”, decías. “Esa línea, esa sombra, mmmmm, no me convence”. ¡Ja! A la noche me fui a acostar totalmente satisfecho, con la certeza de que la victoria era inminente. Pero en mitad de la madrugada me despertó una angustia terrible; sentí que me faltaba el aire, que me iba a morir. Entonces comprendí y me avergoncé y me arrepentí de mi soberbia. Yo era una artista, no una puta vedette. Yo tenía que ser desinteresado, desapegado, buscar mi satisfacción espiritual, no utilizar mi don para el mal. Si era capaz de ganar ese concurso, ¿por qué no reivindicar a mi tío Reinaldo? ¿Por qué no permitirle que volviera a vivir su sueño al menos a través de mí? Después de todo, él había impedido que me quedara sin techo, y me había llevado a debutar y a una pelea de box (una sola vez, sí, pero algo es algo). La mañana siguiente, falté a clases y fui –en cambio– al hipódromo, con algunas hojas y unas carbonillas, dispuesto a llevar a cabo el legado de mi tío Reinaldo. Me había dado ánimos leer a Borges, que dijo algo así como que lo que no hace un hombre lo terminan haciendo todos los hombres, no me acuerdo bien. Me quedé en el hipódromo prácticamente hasta que cerraron. Al día siguiente regresé y al otro también, y al otro. Nada iba a detenerme. Ni siquiera que el plazo para entregar las obras para el concurso estuviese por terminar. Entre boceto y boceto, tuve una idea brillante, como no podía ser de otra manera. No sólo iba a pintar el caballo de mi tío Reinaldo, sino que además iba a montar en él un pedazo mío. O mejor dicho mía. Así es: Mía montada a caballo. Desnuda. No se puede ser tan genial, me dije, y extasiado, corrí a la pensión y me encerré en mi cuarto. Me sentía poseído por una fuerza extraterrena; un impulso ajeno a mi propio cuerpo conducía mis manos de una punta a la otra del bastidor. Mezclaba los colores como por inspiración divina. Jamás me había salido tan perfecto el tierra siena tostado. Cada tanto echaba una mirada a mi anterior cuadro. Basura. Simplemente basura. El de ahora era el que de veras contaba. La redención de un genio extinguido antes de tiempo, es decir, el de mi tío Reinaldo, y el homenaje excelso al más grande de los amores, el de Mía. Llegado el día, fui a la galería donde se realizaba el certamen, dejé mi cuadro en la administración, me dieron un ticket (constancia de mi participación) y me dediqué a ver los cuadritos de mis rivales mientras aguardaba el veredicto. Algunos eran pésimos, otros no estaban tan mal. Astrid no participaba, claro, pero era uno de los jurados. Me la crucé e intercambiamos sonrisas de mutuo desprecio. En el momento de evaluar las obras, o sea, cuando los jueces deliberaban quiénes serían los merecedores de los tres primeros puestos, nos mandaron al fondo, donde había un patio, y nos encerraron allí. Los competidores nos mirábamos unos a otros con recelo, tratando de adivinar quién sería el autor de cuál porquería. Al cabo de media hora o un poco más nos hicieron entrar de nuevo. Astrid se colocó delante de mí, esta vez exultante, casi burlona, y me dijo: –Una lástima que no presentaras el trabajo anterior; ese al menos merecía la mención de honor. Me puse pálido. Pero enseguida me compuse. Seguramente había querido asustarme, hacerme creer por un instante que había fracasado, cuando en realidad ella misma había tenido que condescender a que me fuese otorgado el primer lugar. Mi cuadro se llamaba Sueño Galopando. Hasta el título es una mierda, ¿no les parece? “Sueño Galopando”. Una grasada. La puta que lo parió, ¿quién me manda a hacerle los honores a un tío mediocre, cuyo único talento (y esto creo ya haberlo señalado) era imitar a Calabró? Cuando digo Calabró digo Johnny Tolengo y ese pasito pelotudo que no sé cómo no se enredaba los pies. Y Mía. ¿Ven? Por pajero me pasa. Ni el apellido supe y la terminé retratando. “Retratando” es una manera de decir, porque si vieran lo que era la mina que pinté… Se parecía más a la dueña de la pensión. No sé en qué estaba pensando cuando pinté aquella bosta. El caballo, para que se den una idea, no sé, era más bien un perro demasiado grande, un gran danés con problema de tiroides. Un asco. “Sueño Galopando”. De más está decir que lo tiré al carajo en cuanto me lo dieron. Se lo dejé a unos cartoneros. Para que se limpien el orto, les dije. Que les aproveche. Y el ticket que me dieron en la galería… Bueno, ahí lo tengo. Lo mandé a enmarcar. Es un recordatorio de lo imbécil que soy. * * * |
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| ¡Jajajaja! Qué buen final, Güítol querido... Me gusta cómo naturalizás la idea, el relato, sentí como si estuviésemos sentados uno en frente de otro y me lo estuvieras contando. Nada de innecesarias grandilocuencias, ningún dislate de pura soberbia de escritor, simplemente una historia que fluye sola, armónica, natural. Veloz, pero sabe pausarse y comentar la situación cuando es necesario para no dejar cabos sueltos que distraigan. Último comentario: capturás muy bien la parte miserable de las emociones humanas. Eso en la escritura es una virtud, pero en la vida... Puede llegar a ser una maldición. ¿No? |
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| Ah, es una agonía ser yo. Gracias, amigo. Muchias. |
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| Me lei todo (no de un tiron), la verdad que genial, increíble todo!! El primer cuento, sensacional, realmente atrapante... mientras lo leia trataba de adivinar que cual era la historia con Erika (igual no acerté) El poema, me encantó. mas que leerlo lo imaginaba como canción...no se por que ![]() El ultimo, me causaba mucha intriga mientras leia, imposible de adivinar que rumbo iba a tomar. No se como explicarlo, pero me resultaba atrapante el cambio de sensaciones (?) |
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El costumbrismo miserable de Witold
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