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| Cuando me acuerdo de mi niñez en realidad no me acuerdo; es decir, cuando lo pienso no veo más nada que una especie de humareda gris, espesa, como ésa que sale del primer fuego del asado y te lastima los ojos, la nariz. Veo, decía, como una nebulosa. Pero en el medio (en el literal medio, perdido en el centro) de esa densa incertidumbre que aparece siempre, pero siempre que me acuerdo hay algo que se puede ver muy claramente, sin esfuerzo. Es una tarde cualquiera, ponele, un martes a primera tarde, después de comer (en casa siempre se comió a las religiosas doce). Yo tenía una bici tipo Aurorita, dios, amaba esa bici: azul metalizado, timbre (no bocina, eh, timbre, timbre de estridente "ring", una rareza. En esos días si lo hacía sonar me sentía el capo de la cuadra, aunque nadie me oyera) y una sola rueda de apoyo, la de la izquierda. Pasa que yo daba siempre, como recorrido único y dado que tanto mi vieja como mi abuela me sobreprotegían asquerosamente, vueltas a la manzana. Asamblea, Gazcón, Olazábal, Malabia, Asamblea. Mis dos dominatrices, además, me forzaban a ir bien despacito, me acuerdo. Es que en la esquina de Asamblea y Gazcón (yo vivía -vivo- a mitad de cuadra) se alzaba el desafío, el terror del iniciado en el ciclismo barrial: un terreno baldío cuya vereda era para mí una suerte de cadena montañosa inviolable. Literalmente, eh: las baldosas levantadas por las raíces de un enorme árbol eran una temible barrera infranqueable. Acelerar antes de ellas te garantizaba una velocidad quizás inmanejable, con el correspondiente aumento de tus chances de irte de boca al piso; circunstancia humillante para los recién liberados de la infame rueda de apoyo ya que nos volvía vulnerables a, ante el golpazo, sufrir otra vez el soslayo de tus libertades que significaba ese artilugio cagón. ¿Y quién querría eso? Por tanto, mis días de por sí monótonas bicicleteadas transcurrían en la más absoluta parsimonia ante los (mínimo dos) atentos ojos de mis guardianas, zorras: sabían que superada esa esquina, el trayecto perdía todo desafío y, por ende, toda emotividad. Por eso mis vueltas eran todas, sin excepción, tediosas y lentas recorridas. Mi rebelión se agotaba al girar en Gazcón. Pero esa tarde algo cambió. Me acuerdo, sí. Yo llevaba puesto un conjunto de jogging celeste que lucía en el buzo, magnánima, la estampa de mis eternos héroes sin tiempo, Las Tortugas Ninja. Era mi ropa preferida. (En casa hay, aún, una foto en la que se me ve enfundado en ellas, abrazando a mi hermano y sosteniendo un muñeco de Batman. Amo esa imagen porque así me gustaría recordarme de pibe. Con el buzo de las Tortugas, loco.) Ese día, además, mi abuela (única guardiana de turno, se ve) se había citado a charlar con Pena, la vecina de al lado, en la vereda como se hacía antes. Se sentaban durante horas en un paredón bajo que la casa de Pena tiene (aún) como una suerte de entrada y hablaban horas de la vida, lo caro que está todo y eso. Mientras, claro, mi abuela aprovechaba para sacar al nene. Ahora que lo pienso, a mis seis no era más que un perro: lo sacamos cuando se inquieta. Tal vez de ahí haya surgido mi inquietud constante, mi ansiedad. En fin, psicologías aparte, la cosa es que me habían sacado bici entre manos, buzo de las Tortugas con parches en los codos; así que me dispuse a hacer lo que solía: pedalear. Antes de arrancar, amaestrado como buen animal de compañía, solía avisar a mis guardas de mis intenciones. En la ilusión, evidentemente, creía que era para recibir miradas y henchir el pecho orgulloso de mi habilidad ciclística; en la práctica no era más que el fruto de un acto reflejo inducido por años de adoctrinamiento en la más asfixiante sobreprotección. Sin embargo, ese día cuando le dije a mi abuela que me mire, no respondió. Es más, enfrascada evidentemente en el chisme del momento, ni siquiera me miró. Yo, sin embargo, arranqué como siempre: despacioso pero decidido, como un río. Paseaba lentamente por los metros cuando, casi al llegar a la tan temida esquina, me subió un ansia que no había experimentado nunca. La carencia de interés por parte de mi abuela, aquel sentimiento de impunidad, esa libertad primaria e iniciática, se agolpaba en mis muslos, bajaba a mis rodillas. Las sentía acalorarse como pidiendo más, como el auto que pide el cambio. Los capilares de mis sienes y mis mejillas se repletaban, yo era un solo latido, una sola pulsión. Envuelto en un manto de omnipotencia decidí pedalear más y más fuerte. Esta vez no iba a dejar que aquellos filosos picos me cortaran el vuelo. Iba a volar o... O... O... Ni siquiera pensaba en lo demás. Sólo pensaba en que el viento me pegaba en la cara y ni siquiera miraba al piso, miraba a la otra esquina, al chalet enorme de en frente mientras las ruedas de la bici eran pura potencia, energía suelta. Al pasar por las baldosas sentí fuerte la vibración en la cola, en la espina, en la mandíbula, en la cabeza, me sentí vibrar y tuve que cerrar los ojos un segundo. No me dolía pero estaba estremecido. Duro, sabía que ésto era resistir o resistir hasta doblar en Gazcón y lo demás, bueno, lo demás era un malo conocido. Y lo pasé. Y me largué a reír. Y me reí hasta mitad de Olazábal, más o menos. Pensaba en si mi abuela me habría visto, si me retaría, pero no me importaba, de hecho me esperaba un buen griterío como premio a animarme. Ya me sabía otro, ahí mismo. Había probado la libertad de ser en su máxima expresión, ahí, entre los pedales, la cadena, las ruedas, las baldosas, el latido, la mandíbula, Asamblea al fondo. Hoy el baldío es un lujoso chalet, y el árbol ya no está más, y yo ya no ando en bicicleta. Pero a veces sigo tratando de probar la libertad, y siempre que me pasa pienso en el viento volándome el flequillo mientras paso triunfante la última fila de montañas. |
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| esto que voy a decir no aporta mucho, pero lo digo igual: que lindo. cada vez me gustan más este tipo de cosas, digo, lo de escribir sin el rulo de la lapicera: llevar al otro de la oreja por una buena historia y ya. la gran casas, por ahí, pero distinto también. felicitaciones. |
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| Yo sabía que tarde o temprano te ibas a despachar con algo así. Realmente me encantó. Todas mis felicitaciones. (Comentario al margen, hay unos cuantos hallazgos notables, como por ejemplo lo de "artilugio cagón", lo de las "dominatrices" y lo de "lo sacamos cuando se inquieta"). Reitero mis aplausos. ¡Ja! Posta que sí. |
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| Lograste pasearme por tu infancia (y por mi infancia), lograste mostrarme un barrio que desconozco pero que no dista mucho del mio a pesar de estar 400 km distantes uno del otro. La imaginación vuela a la par de tu flequillito al viento y puedo ver esa bicicleta jajajaja....si, como no! si la mia era naranja!. Pero sabes? mas allá de la excelente descripción de todos los hechos, me quedo con la moraleja oculta, la enseñanza implícita que trae esto....animarse, "darle para adelante aunque vengan degollando" (dijera mi nona), no ver lo malo sino lo bueno y solo ir. Cuantas veces me gustaria ser ese nene que se atreve sin pensar en otra cosa con la alegria de la misma infancia por lograr lo cometido. Impecable....IM - PE - CA - BLE! |
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| ademas de la enseñanza implicita de la que habla Anubis, lo que a mi me gusto ese aire de nostalgioso que sobrevuela todo el escrito. En definitiva, creo que todos, en algun momento de nuestra vida añoramos nuestra infancia y la recordamos como una de las mejores epocas de nuetras vidas, donde el espiritu libre y ludico de las personas se eleva por encima de todo. Excelente! Felicitaciones che! |
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| Excelente, excelente! Muy bien escrito, contagia esa emoción por los recuerdos, por la niñez, por las cosas que pasan y uno, de grande, evalua, atesora. Dan muchisimas ganas de seguir leyendote. Abrazo! |
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| Che, gracias. Nada más que decir salvo gracias. No esperaba que lo leyeran, menos que lo comentaran. Se los agradezco. Nunca en mi vida había volcado nada autobiográfico en escrito, haberlo hecho y que haya gustado es una alegría enorme. Repito entonces, gracias. |
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| Che, muy bueno dvd. No acostumbro a pasar por inéditos, pero la verdad, esto me encantó y me hizo recordar a mi también cosas de la infancia. Abrazo! |
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| "La puta que te parió", me dijo el gordo Gerardo. Tenía la costumbre de putearme (y viceversa), pero esta vez la preocupación se le notaba en el ceño y -lo que más me alertó- en la voz. Aunque fueran las tres de la mañana (y lo eran) e hicieran cinco grados (y los hacían) el gordo hijo de puta nunca tenía frío. Así que ese traqueteo de vocales sólo podía significar una cosa: Gera tenía miedo. "¿Para qué carajo me trajiste?". "No jodas más, gordo, tomate un trago", le repliqué, tratando de tragarme la masa de nervios que me comprimía la garganta. Jugarla de duro, pensé, la tengo que jugar de duro así los pibes no se cagan. Hoy no podemos perder. Quién sabe qué va a pasar si perdemos. Atrás nuestro estaban los de siempre, también disimulando el cagazo padre. Martín, que fumaba como un barco a vapor y que ya iba por el tercero al hilo. Suerte que le gustaban los de filtro, si no no iba a poder levantar las manos. Emi y el ponja Sergio, amigos de la infancia, se calentaban los cuerpos cerca del fuego y las gargantas cerca de la ginebra. Hablaban pelotudeces, de minas, todo sea por no pensar. A esa hora el Poli era sepulcral. Había una sola luz, y era la de la calle. En el medio del playón de cemento partido por hileras de pasto habíamos puesto el tanque que usábamos para prender el fuego con lo que tuviéramos a mano. Emi, el pirómano, traía la nafta y armaba unas fogatas soberbias, de llamarada intensa y profuso calor. Ahí nos calentábamos las manos mientras tomábamos o fumábamos hablando de la nada misma. Nos conocíamos del barrio. Yo era compañero de escuela de los cuatro, y con ellos nos rateábamos -primero por la ventana de la secretaría, cuando la enrejaron directamente por la puerta del colegio- para ir a boludear al Poli. El Poli era el Politécnico, un viejo y enorme edificio abandonado que ahora, con sus inmensos galpones de chapa repletos de eco, hacía las veces de punto de encuentro para los pibes de mi edad. Era el paraíso, en esos tiempos: no había nada más que vastos espacios vacíos, cajones de birra como asientos, sombras fantasmales y libertad. Ir era una adicción. Así conocí a los demás: Pablín (que se bajaba un whisky como si fuera agua de la canilla), un pibe valiente que era capaz de agarrarse con tres sólo por honor; Diego, que jugaba al fútbol como los dioses (la predestinación del nombre); Agustín; Gabriel... Esa noche estaban -estábamos- todos. Y como para no. Con estos pibes (a veces todos, otras veces menos) solíamos treparnos en el tren y bajar en cualquier estación por un fenómeno extraño, pero fácilmente comprobable: siempre cerca de las estaciones de tren; ya sea en plazas, fábricas o playones, había un grupito haciendo la misma que nosotros. La misión entonces era clara, imperialista, romana, de conquista: había que bajarlos. Armábamos unos quilombos antológicos, peleas ocho contra ocho, diez contra diez sin piedad hasta que uno de los dos grupos, aterrorizado y diezmado ya sea por la ofensiva o por la custodia, se retraía corriendo. Nos impulsaba una suerte de frustración, un nihilismo que apechugábamos agrupándonos en la bandera del barrio, llevándola a los golpes por la zona, haciéndonos fama de duros, de pibes que tenían aguante. Nos enorgullecía encostrar, amoratarnos; el dolor de huesos era miel y las marcas trofeos. "Si nunca le metiste una piña en la napia a un gil" -decía Lucas, un pibe más grande, repetidor, que nos acompañaba a aguantarla y repartía sin asco y sin culpa, un "killer" impiadoso, bastión de nuestras resistencias- "no sabés lo que es vivir". Me acuerdo que la primera vez que lo dijo, iluminado su rostro por las llamas, yo lo estaba mirando desde lejos, sentado y creí asistir a una revelación, un momento místico. Me reflejé en los ojos de ese enfermo que encerraba una trompada en su palma izquierda, regodeándose en el ruido que hacía mientras reía sonoramente. Verlo parado ahí -duro de merca, distante del grupo y mirando hacia el fondo de Guayaquil como esperando la explosión- me alivió un poco. Llevaba una manopla en el puño derecho y una sonrisa asesina, kamikaze. Los estaba esperando, y yo entendí que yo también. Supe que cuando tirara la primera (y había que tirarla, siempre, regla número uno) todo este ánimo cagón se iba a ir. Yo era un animal, y tenía que depredar. Mantener el honor. "Sangrar, pero hacer sangrar", decíamos siempre cuando nos daban una. Como ese día que le abrieron el mate al gordo Gerardo, un piedrazo certero que cortó el aire y cayó tieso, la sangre en una línea ancha entre los ojos, bajando por la nariz, sobre los labios. Pero el gil era uno solo, y nosotros cuatro. No lo matamos por piedad, pero lo herimos por honor. |
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| del re carajo, déivid. sos el maestro/padre del realismo boulognista. cortito, brutal y contundente, ya que estamos en onda. soy tu fan. 5 beshezas. |
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