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d en el foro de Inéditos:


fa!! y ahí va de nuevo. bosquepulentismo puro. pero no de "ay se parece a", no. me encantó....

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Creado el 08.04.08 a las 23:27
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    geoffrey firmin
    Viejo 19.05.08, 03:06
    fa!!
    y ahí va de nuevo.

    bosquepulentismo puro. pero no de "ay se parece a", no.
    me encantó.
    Viejo 19.05.08, 15:57
    Che, muchas gracias, en serio. Se valoran y agradecen sus conceptos, sus ideas.

    Pronto lo voy a seguir y a cambiarle (decidirle) el nombre. Habrá novedades.

    [ smod ]
    Viejo 19.05.08, 21:39
    por dios, david, qué hermoso.
    la rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos.
    Viejo 20.05.08, 10:00
    Originalmente publicado por Desatormentándonos Ver mensaje
    por dios, david, qué hermoso.


    (Creo que un emoticón en esta zona es de lo más extraño, jeje.)

    En fin, mil gracias por tus palabras, se agradecen muchísimo. Muchísimo, en serio.

    [ smod ]
    Viejo 20.05.08, 12:37
    Originalmente publicado por dvdrgn Ver mensaje


    (Creo que un emoticón en esta zona es de lo más extraño, jeje.)
    estás hecho un nacho cualquiera, zangüango.



    (paaah, qué aliteración, "hecho un nacho").

    Editado por Witold: 20.05.08 a las 12:37 Razón: zanguango con diéresis... no no no: ¡NO LO VOY A EDITAR!
    Viejo 20.05.08, 13:32
    Prometo en la próxima entrega no plagiar tanto a Casas.

    O no tan descaradamente.

    [ smod ]
    Viejo 20.05.08, 13:46
    Originalmente publicado por dvdrgn Ver mensaje
    Prometo en la próxima entrega Solo los usuarios registrados pueden ver los links. ¡Registrate ahora, es gratis! a Casas.

    O no tan descaradamente.
    yo ya me encargué de hacerte saber que no era así, aunque sea cierto que es uno de los primeros símiles que vienen a la cabeza. (de todos modos, siempre siempre estamos atravesados por las que sean nuestras actuales lecturas; lo que uno escribe es -en parte- un diálogo con nuestras lecturas).




    firma,
    birmajer con polera.
    geoffrey firmin
    Viejo 20.05.08, 14:36
    yo dije no de "ay se parece a"
    además ¿alguien puede tirar la primera piedra? ¿eh?
    Viejo 23.05.08, 11:56
    "...Y lo pasé. Y me largué a reír. Y me reí hasta mitad de Olazábal, más o menos. Pensaba en si mi abuela me habría visto, si me retaría, pero no me importaba, de hecho me esperaba un buen griterío como premio a animarme. Ya me sabía otro, ahí mismo. Había probado la libertad de ser en su máxima expresión, ahí, entre los pedales, la cadena, las ruedas, las baldosas, el latido, la mandíbula, Asamblea al fondo.

    Hoy el baldío es un lujoso chalet, y el árbol ya no está más, y yo ya no ando en bicicleta. Pero a veces sigo tratando de probar la libertad, y siempre que me pasa pienso en el viento volándome el flequillo mientras paso triunfante la última fila de montañas."




    Que lindo che! me encanto esa imagen, sobre todo el final.... mucha sencibilidad.
    (despues leo lo que me falta)

    saludos.
    Viejo 23.07.09, 18:33
    Lo digo con toda la impunidad que sólo la palabra escrita puede darme: Fabián Casas es el mejor escritor argentino vivo actual. Y lo es justamente cuando esas dos cualidades se trasladan a su prosa, que está viva -esto es, salta del libro, toma al lector de las orejas y lo introduce en un mundo donde es difícil no identificarse con alguno de los personajes o, lo que es peor, sentir que alguna vez se estuvo inmerso en una situación similar- y es inherentemente actual.

    Alguna vez, hablando de este auténtico hijo de puta con mi amigo Nacho (un señor lector, un tipo de esos que los yankis llaman bookworm, alguien que si el estatus se definiera por cuántos libros ha leído andaría por la vida de galera, bastón, auto cohete y casa de oro sólido) él me dio una definición perfecta de una de las razones por las cuales Casas es tan genial. Me dijo algo así como que el tipo logra aggiornar (actualizar, para no usar una palabra tan de crítico de arte actual) la cultura pop. Para culminar con tan precisa definición -como una flecha al centro del blanco de la conceptualidad, mi amigo Nacho- lo comparó con Manuel Puig hablando de Rita Hayworth, "y él te habla de Zeppelin", me dijo.

    Eso me quedó, y me quedará, y es un sentimiento que se renueva cada vez que lo releo. Siento que Casas me habla a mí, pero además siento que detrás de esa reivindicación, esa reinterpretación del costumbrismo -un estilo olvidado o, lo que es peor, mal utilizado y por ende bastardeado- hay en realidad un minucioso trabajo de la lengua escrita, una facilidad de lectura que esconde una cultura bastante mayor a la del promedio de persona que leería a Casas. Alguien me dijo alguna vez que leerlo a Casas es como escucharlo, que cada cuento o ensayo es una anécdota que uno puede repetir sin saltear detalle alguno. Y eso es un enorme mérito para un tipo que puede citar en el medio de un cuento y sin sonrojarse (esto es, con pleno conocimiento de causa) el Tractatus de Wittgenstein o las Four Quartets de T.S. Eliot. Casas logra con la cultura lo que ninguno de los pseudointelectuales de la posmodernidad ha conseguido: absorberla y transformarla en materia útil que vaya más allá del enciclopedismo, utilizarla no como elemento de poder y descrédito al inferior -tendencia muy común en cualquier idiota intelectual argentino actual, sea de Carta Abierta o del Grupo Aurora- sino como elemento de análisis de su propia realidad.

    Así, leerlo no implica -como en Borges, o como más acá en el tiempo en todo el elitista grupo de Puán- una necesidad previa de conocimiento literario, musical, artístico o filosófico: los relatos de Casas se sostienen por sí mismos porque se valen, justamente, de la otra pata que los estructura y de la que ya he hablado, el costumbrismo. Allí donde el escritor que todos conocemos esgrime su intelectualismo, snobismo y otros ismos del mismo origen y con el mismo trasfondo ideológico, Casas saca a relucir su infancia barrial, su adolescencia drogadicta y errante, su fanatismo futbolero y rockero alejado de toda pose y su adultez analítica y, aún, soñadora.

    Y ahora, así, inconexo absolutamente, va el momento que sería como darse vuelta en el avión y tener a Tyler Durden al lado tuyo, o como encontrar salchichas descongelándose en la pileta de la cocina: el punto de inflexión de todo relato, en este caso, el cuento de cómo conocí y aprendí a amar a Fabián Casas.

    Estábamos en la puerta de los estudios TNT (otrora punto basal del rock argentino, pronto un edificio de departamentos, oneroso, importante y muerto), en Moreno y 9 de Julio. Acababa de terminar un ensayo de Pez cuando todavía eran el Pez que no entraba en la sala por la infinidad de aparatejos de Ernesto Romeo y yo estaba apoyado en la pared hablando profusamente con (o a, dependiendo del tema) Ariel Minimal. Había estado meditando este movimiento desde tiempo atrás: yo estudiaba a unas pocas cuadras de allí, en una universidad en San Juan y 9 de Julio, y soñaba -es un decir, pero grafica la situación- con el día en que me fuera de la cursada que sea (al fin y al cabo, eran todas lo mismo: pagar un título en plazos tiene esas cosas) para escuchar un poco de esa banda que (en aquel tiempo más, hoy un poco menos pero con igual intensidad) me fascinaba.

    Pues bien, ese día había llegado y allí estaba yo, hablando con el tipo que sí había escrito "esa canción que querés escuchar" sobre Gurdjieff. Yo tenía ventaja deportiva en esta: durante mi último año de secundaria me había lastrado en continuado, como virgen después del primer polvo, Del Todo Y Todas Las Cosas -un libro duro, plomizo, pero igualmente esclarecedor y apasionante- y El Heraldo Del Bien Que Vendrá, además de abrevar en algunos de sus aforismos (medio pelotudos, material de fanático) y conversaciones con fruición de estudioso. Minimal escuchaba y conversaba -embobado como empezaba a estar con la idea de los estados superiores de conciencia y el conocimiento de uno mismo según el buen George- mientras caminábamos casi por inercia; situación en la cual me dejé match point cuando me empezó a hablar de cuán fascinado estaba (también) con la figura de Litto Nebbia. ¡Para qué! Yo debía ser el único tipo de veinte años fanático enfermizo del genial rosarino y así, entre recomendaciones, llegamos a su casa.

    Una vez ahí, los mates se convirtieron en vinos y los vinos en porros y en algún momento en el medio de todo eso, Ariel empezó a ovacionar a ese tipo al que había conocido tiempo atrás, con quien había compartido esencialmente las mismas cosas que compartía conmigo esa noche (salvo por el tabaco, que yo no consumía, y seguramente por otras cosas más fuertes que no quiso o no pudo convidarme) y que era "uno de los mejores escritores de acá". Acto casi seguido, agarró una acústica que tenía al lado del sillón y me dijo "mirá la poesía que me tiró para que le ponga música" para largarse con "Buscando Aquel Martillo De Thor", aquella canción sobre jóvenes desocupados que juegan fulbito en televisión.

    De todas las frases, una se me quedó pegada al cerebro, esa de "y los pensamientos brotan de mi cabeza como el sudor / y nunca me cierran las cuentas" (tiempo después la descubriría recurrente en Casas, como tantas otras cosas y lugares: el corpus Casas tiene límites certeros para quien logra conocerlo). Ariel me prestó, en ese mismo acto, El Spleen De Boedo, ese librito de poemas simpático, de edición de autor con el escudo de San Lorenzo y en reemplazo de la sigla CASLA, magnánimo, un "CASAS" que me arrancó una risa no sólo por este juego sino por otro (el de los humores, la referencia borgeana y demás). No me quedaron dudas de que estaba ante algo más que interesante, y las confirmé desterradas cuando lo devoré mientras esperaba el primer tren en Retiro, sentado en el piso y abstraído del mundo.

    Tiempo después Ariel grababa Un Hombre Solo No Puede Hacer Nada, el disco accidental donde daba rienda suelta justamente a estas tres devociones homenajeando en el título a Gurdjieff, en la invitación a tocar a Nebbia y en grabar dos poemas/canciones de su autoría a Casas: la mencionada "Martillo" y "Ryan", otra joya plagada del ácido humor de Fabián y de su otra arista fundamental, el boedismo zen (término con el que Casas bautizó sus propias reflexiones y las de sus amigos en sus relatos siempre autobiográficos). Folklore, el disco que Pez grabó el mismo año que Ariel sacó aquel solista, también traía cositas de Fabián que -presente en la sala de grabación- había escrito tres poemas que la banda (casi sin ensayo: Casas las escribió, Minimal puso música y decidió sin más que entraban en el disco) registraría. Era la suite "Cantos Gnósticos Para Chicos" con dos partes: "La Escuelita Del Señor Extraño" (la de la referencia a Castaneda) y "Buda".

    Entre frases como "Buda toma calmantes" y referencias al padecimiento gnóstico con tintes infantiles -"Perdí todas las figuritas / Me melaron para toda la eternidad / Quiero volver a casa", decía- Casas, el muy hijo de puta, me seguía enamorando y le seguía mostrando al mundo (sin importarle si este quería o no escucharlo, claro está) que dentro de él estaban algunas de las reflexiones y los motivos más interesantes de la literatura argentina en conjunto. Pasó la lectura de lo que podríamos llamar su antología narrativa, Los Lemmings Y Otros (punto de inflexión para mí: a partir de ahí me pasó con él lo que a él, dice, le pasó con Céline después del insufrible Viaje Al Fin De La Noche, "quería saber todo sobre ese hijo de puta") y de los breves cuentos de Ocio a los que vuelvo cada vez que agarro ese escueto, ínfimo pero poderoso volumen como si fuera una hipnosis: leo un fragmento subrayado, recuerdo su genialidad y termino leyendo íntegros los dos cuentos.

    Pasó el tiempo, también, y hoy me encontré en una de esas librerías céntricas que tienen disquería y café, haciendo tiempo entre la desocupación. Quería buscar un regalo para mi hermano, es su cumpleaños pronto, pensé. Sabía qué regalarle pero no sabía si lo encontraría, era un disco -que no voy a revelar por si lee esto, claro, yo autobiográfico pero no boludo- y creía haberlo visto allí. Lo encontré demasiado rápido y, naturalmente, me vi llevado hacia la parte de los libros. Después de todo, y pese a que esos lugares parecen una varieté de la cultura posmoderna, no dejan de ser una librería. Revisando la parte de "literatura argentina" -tan amplia ella como para abarcar a Cielo Latini y a Filloy- me topé con otra cosa que sabía había visto allí: sus Ensayos Bonsai, recopilación de material publicado por Casas en blogs, revistas y demás. Lo agarré casi instintivamente y después de leer por enésima vez el ensayito que lo abre, aquel donde relata cómo la literatura argentina necesita un Cortázar después de llorar como un chico escuchándolo hablar en una entrevista con un gallego, me vi impelido -por esa fuerza que contaba arriba, las manos que salen del libro- a quedarme en uno de esos lugares que estos centros de detención de libros tienen como cazabobos (sillones, etc.: todo para que leas algo y te lo termines comprando, eso si no sos un muerto de hambre como yo) aprovechando el envión.

    Lo leí crítico con el punk, emotivo hablando de Olmedo, apreciando el Floyd de Waters -y menospreciando el de Barrett, por cierto- y para cuando llegué a "Charlas Con El Dragón", la anécdota de su hermano empapada de referencias a Led Zeppelin y encontré su definición de Zeppelin II -"una de las partituras de nuestra generación"- sabía que otra vez me había encontrado con eso que siento cada vez que leo a Casas.

    Que es un auténtico hijo de puta.

    [ smod ]

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