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Cheffs prestigiosos o populares que te parecen unos chantas. en el foro de Gastronomía:


[QUOTE=Reina bufon;4488726]Claro, pero es compararlo con Maxim`s eso. Creo que son cosas diferentes, ya que yo me refiero a esos cheffs populares y "de moda" que hacen cosas no originales y se los consideran "genios"; ¿me explico? Ahora entiendo, estuve viendo recetas de los petersen y son bastante normalitas..., habría que probar algo, pero desde ya te digo que el escalope al marsala tiene mejor pinta el de mi mama que el suyo..., je,je a veces saber venderse lleva mas lejos que ser un buen profesional, basta ver a martiniano, que no es que no me parezca bueno, directamente es ...

 
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Viejo 07.09.09, 06:03
[QUOTE=Reina bufon;4488726]Claro, pero es compararlo con Maxim`s eso. Creo que son cosas diferentes, ya que yo me refiero a esos cheffs populares y "de moda" que hacen cosas no originales y se los consideran "genios"; ¿me explico?

Ahora entiendo, estuve viendo recetas de los petersen y son bastante normalitas..., habría que probar algo, pero desde ya te digo que el escalope al marsala tiene mejor pinta el de mi mama que el suyo..., je,je

a veces saber venderse lleva mas lejos que ser un buen profesional, basta ver a martiniano, que no es que no me parezca bueno, directamente es un negado...
Hay gente que tiene facilidad para ciertas cosas, que a otros les resulta medianamente complicado, y hay un grupo restante al cual las cosas le cuestan el doble porque simplemente no es lo suyo..., martiniano creo esta en el último de los grupos. A mi, de los chefs argentinos me gusta Fernando Trocca. Y como personaje pintoresco Francis Mallmann, que es un payaso y como tal me causa gracia.
De Bissette a Bissette
Usuario Borrado
Viejo 07.09.09, 17:19
[QUOTE=Oliver;4498814]
Originalmente publicado por Reina bufon Ver mensaje
Hay gente que tiene facilidad para ciertas cosas, que a otros les resulta medianamente complicado, y hay un grupo restante al cual las cosas le cuestan el doble porque simplemente no es lo suyo..., martiniano creo esta en el último de los grupos.
No podria haberlo dicho mejor.

[QUOTE=Oliver;4498814]
Originalmente publicado por Reina bufon Ver mensaje
Claro, pero es compararlo con Maxim`s eso. Creo que son cosas diferentes, ya que yo me refiero a esos cheffs populares y "de moda" que hacen cosas no originales y se los consideran "genios"; ¿me explico?

Ahora entiendo, estuve viendo recetas de los petersen y son bastante normalitas..., habría que probar algo, pero desde ya te digo que el escalope al marsala tiene mejor pinta el de mi mama que el suyo..., je,je

a veces saber venderse lleva mas lejos que ser un buen profesional, basta ver a martiniano, que no es que no me parezca bueno, directamente es un negado...
A eso iba

Saludos
Viejo 08.09.09, 00:03
Como dicen, sobre gustos no hay nada escrito, a mi Maru Botana me gusta y está lejos de ser Osvaldo Gross, yo que se... prestigio es una cosa y popular es otra, Martiniano es popular pero no me parece que sea prestigioso. Donatto es popupar y también es prestigioso, al igual que Borja. Narda Lepes es más popular que prestigiosa, pero no deja de cocinar bien la mina y tiene un estilo y un montón de cosas que a MI me gustan, a otros les disgustaran... nose, todo varía segun lo encasillada o no que sea una persona con respecto a la gastronomía.

Saludos

Moderando: Gastronomía / Noticias Curiosas / Laboral - Reglas Generales - PM - Usá la Busqueda-
Usuario Borrado
Viejo 08.09.09, 20:52
Le "pedi prestado" este articulo a Isidoro Cañones, me parecio interesante y ya que Cooker nombra a Narda, daba para ponerlo (?).

La culpa es de Narda Lepes (de Carolina Aguirre, en la Revista Joy)




Cuando yo era chica, los chefs nacían chefs. Eran hijos de familias acomodadas, con padres polistas, madres de la rubia aristocracia porteña, y tías emparentadas con la duquesa de York. Tenían chacras que cubrían la mitad de Córdoba o Mendoza, niñeras de toda la vida, y en la adolescencia viajaban a pelar papas a Francia para volver, cinco años después, transformados en artistas de la cocina internacional. Se llamaban Francis Mallman o Gato Dumas, y uno los miraba ya no para aprender a cocinar, sino para envidiarlos. Para imaginarse el sabor de las trufas o para ver como lucía una langosta cocida, desnuda como una vedette escandalosa, en un set improvisado a orillas del mar Mediterráneo.

Los chefs eran un poco como las modelos o los actores de los años cuarenta. No reflejaban un modelo real de persona. Por el contrario, nos mostraban un ideal de elegancia, de glamour, un modelo distante de dandy culto y viajado que era inalcanzable para la mayoría de los mortales. Si queríamos aprender a cocinar, podíamos buscar recetas de ecónomas y amas de casa mediáticas discípulas de Doña Petrona, que nos enseñaban a hacer pasteles con sorpresita de salchicha, bombas de crema pastelera, y un arrollado primavera para Navidad.

Hasta hace unos años, no había vuelta que darle. Si te llamabas Omar Alderete o Nelson Pichirili lo mejor era que estudiaras otra carrera, como gasista, chofer de micro de larga distancia, o colocador alfombra por metro. La cocina era para la aristocracia. Si habías nacido como Choly Berreteaga la puerta de la cocina del Hotel Alvear se te cerraba en la cara.

Sin embargo, desde hace unos años, surgió un fenómeno impensado, que sin querer, desembocó en una catástrofe sin precedentes. De repente, debido a la masificación televisiva y a la proliferación de las escuelas de cocina con matrícula barata, cualquier joven de familia de clase media, llamado Juan Carlos Trossero o María Ayelén Petito, se compra un colador chino, un soplete para gratinar y una minipimer, y puede ser el chef ejecutivo del Hotel Alvear. Y está bien. Brindo por Juan Carlos, por Omar, por María Ayelén, y por Nelson, que cansados de colocar azulejos en baños ajenos, se decidieron por la pastelería. Admiro su iniciativa, en serio. Pero les pido un favor: antes de que yo me siente en su restaurante, avísenme que estudiaron una carrerita de dos años y que jamás pisaron Europa.

Díganme la verdad así yo puedo irme corriendo antes de que traigan la cuenta.

Al mismo tiempo, ante esta invasión de plebeyos, para evitar ser arrojados al averno de la impopularidad, muchos cocineros cogotudos que dieron sus primeros pasos en la vieja escuela, intentaron aggiornarse y hablarle al pueblo. Pero no lograron engañarnos, por supuesto: Dolli Irigoyen hace alfajores santafesinos y pastafrola pero con los membrillos de su propia chacra y Martiniano Molina hace un asado con cuero, pero con dos peones que, como las secretarias de los programas de la tele, ofician de asistentes sosteniéndole un disco caliente en sus manos de obrero sacrificado.

LA CULPA ES DE NARDA

La verdad verdadera, es que la primera cocinera que habló sin una papa en la boca, revoleó la comida con las manos y dijo que le gustaba el arroz pasado fue Narda Lepes. Antes de ella, nadie se había atrevido a confesar que le gustaba comer papa hervida con aceite de oliva. Nadie había hablado de hacer tostados con las sobras de la cena navideña. Nadie había dicho que en vez de salmón podían usar merluza, en vez de grosellas, frutillas y que podían suplir el cordero con una bandeja de carne cortada para milanesa. Nadie, pero nadie había cocinado una receta con ingredientes que uno tuviera, efectivamente, en la heladera. Nadie había sido protagonista de semejante invitación a la anarquía y al libertinaje culinario. Y por extensión, nadie tiene la culpa salvo ella, que por primera vez le hizo creer a millones de estudiantes indecisos que podían ser cancheros y vanguardistas revoleando dos cebollas coloradas y poniendo un cedé de Beck.

Y por un lado está bien. Este fenómeno es una conquista social, un síntoma evolutivo en el prejuicio del consumidor y del televidente. El problema es que cuando Narda Lepes le abrió las puertas de la cocina profesional a todos los adolescentes con problemas de orientación vocacional, no dejó pasar sólo a los nuevos talentos… ¡Dejó pasar a todo el mundo! ¡A los repetidores que habían rebotado diez veces en el CBC, a los vagos que no querían trabajar en serio, a los hijos que hacían un bizcochuelo para el día de la madre, a los niños ricos con tristeza que tenían el nombre para un nuevo restaurante en Palermo!

No tengo datos precisos, pero desde que la primera camada de chefs terminó la carrera, deben abrir dos o tres restaurantes por mes en Palermo y Las cañitas. Todos con las mismas mesas baratas pero decoradas con onda. Todos con los mismos mozos vagos y altaneros que estudian teatro o percusión. Todos con la misma carta de cocina de autor que incluye algún lomo en croute con verdes, una pesca del día con polenta crocante, una ensalada con aceite de albahaca, colchones de rúcula o espinaca, postres atiborrados de mascarpone y frutos rojos, y cualquier cantidad de vegetales que pretenden ser confitados cuando en realidad son hortalizas que navegan, naúfragas, en un río de aceite interminable. Y en todos, da la casualidad, que se come igual de mal.

LA RESPONSABILIDAD ES DE TODOS

Pero si bien la culpa es de Narda, la responsabilidad es de todo el mundo. Yo, al menos, me hago cargo. Después de todo, nos quejamos de esta invasión de cocineros burros y pretenciosos, pero nadie les da vuelta la mesa cuando llega la cuenta. Es más, todos pagamos comemos pésimamente mal, nos quejamos, nos indignamos, pero seguimos llamando, resignados, al mismo delivery de un sushiman que estudió por correspondencia.

Hasta el día de hoy, que dejo constancia formal de que estoy harta. Enferma de que un tarado que creció comiendo ravioles con pomarola y patitas de pollo me prometa que me va a deslumbrar; que un cabeza hueca que tuvo que memorizar la diferencia entre un huevo poché y un huevo Mollet para una prueba escrita, esté a cargo de mi cena. Estoy harta de leer “vinagreta de mostaza y miel” o “papas rotas” en todos lados. Estoy harta de los tomates cherry, del maracuyá, del salmón rosado hasta en la sopa, del pesto de rúcula y de esas mentirosas ensaladas tibias que no son otra cosa que una mixta con una lluvia de pechuga descuartizada tirada encima.

Hasta el canal Utilísima que era el último bastión de la cocina barrial, el emporio de la mayonesa y de las flores de rabanito, de repente quiso entrar de contrabando al mundo gourmet. En el mismo día, uno pegado al otro, en un programa hacen una torre de panqueques con paleta sanguchera, una sopa de hinojos glaseados servida en un pan de brioche individual, y hechizos de amor a cargo de una de las chancletas que actuaba en el programa de “Grande Pá!” en la década del noventa.

Y como estoy harta, no quiero seguir apañando ni tolerando las estafas culinarias de Palermo. Me niego a aceptar con cobarde mansedumbre que esta parva de adolescentes me siga cobrando un millón de pesos por sus engendros llenos de hongos babosos y aceite de cebolleta. Me declaro públicamente en contra de las escuelitas de cocina, de los chefs inexperimentados y de los bolichitos golondrina de Palermo Hollywood con nombre divertido como “No le digas a Laura” o “González”.

Hay que volver a la cultura del trabajo. Al concepto de maestro y aprendiz. A que nadie pueda dirigir una cocina si no fue golpeado por un chef déspota y borracho en la cocina de un gran hotel. A que todos tengan que estudiar veinte años, viajar quince veces, y conocer todas las variedades de hortalizas, de cocciones, de especias y de semillas hasta que puedan cobrar doscientos cincuenta pesos por una cena.

Y con esto no les digo que no cocinen, ni que dejen de experimentar, o que ya no improvisen, sino que dejen de cobrarme cuando todavía no saben hacerlo. Las cocineros deberían rendir un examen municipal antes de dirigir una restaurante. Los estudiantes de gastronomía deberían hacer prácticas culinarias en cocinas ajenas como lo hacen los maestros de escuela primaria antes de enseñar. Si tienen urgencia por ofrecer sus platos, que se entretengan haciendo dulce casero o vendiendo colaciones en la feria de Mataderos.

Pero basta de jugar conmigo, mis ilusiones y mi billetera. Estoy cansada. Harta. Podrida. Enojada. A mí, por lo menos, no me estafan más. Que se vayan a pelar papas, a arruinar doscientas salsas y a estudiar la cocción del huevo hasta el año dos mil veinte. No es mi culpa que Narda Lepes les haya abierto la puerta a todos los vagonetas. Nosotros, los clientes, necesitamos que venga alguien de manera urgente a cerrarla de vuelta.
Viejo 08.09.09, 22:08
A ver Matiniano por buena fuentes no cocina nada solo pone la cara, tiene un pibe que cocina para las notas de la nación. Otras son algunas cocineras de utilisima que los únicos ingredientes que conocen son la maynesa o la crema como Mitha Carbajal, Silvia Barredo o Alicia Galasch.
Con respecto a la nota de Carlina Aguirre coincido totalmente el problema está en los que quieren copiar a Narda, se hacen los cool y estudian gastronomía, ponen un restaurant y curran de lo lindo.
... That what you fear the most can meet you halfway...
Viejo 05.10.09, 16:37
Yo creo que el problema radica en que en un restaurant en palermo te pagan 1500 mangos, estas 9 hs diarias como minimo metido ahi, tenes un franco los lunes o martes... y que queres? Por esa plata quien va a trabajar? Rebaudino? No... los que recien empiezan, cocineros que tal vez ni estudiaron... La gente que quiere perfeccionarse se va a afuera... aca no se puede


Usuario Borrado
Viejo 05.10.09, 17:12
Originalmente publicado por FiguritaDificil Ver mensaje
Yo creo que el problema radica en que en un restaurant en palermo te pagan 1500 mangos, estas 9 hs diarias como minimo metido ahi, tenes un franco los lunes o martes... y que queres? Por esa plata quien va a trabajar? Rebaudino? No... los que recien empiezan, cocineros que tal vez ni estudiaron... La gente que quiere perfeccionarse se va a afuera... aca no se puede

No, ese no es el problema, en todas las profesiones se empieza desde abajo. Uno no pretende ser recien recibido y cobrar como si hubiera ejercido muchos años.
El problema es que la gente cree que gastando 70 pesos un ojo de bife es mas "cool" o pertenece a la high class. Hay muchos asi. (Bueno, ni que decir cuando te cobran un plato de pastas como si fuera un lomo Strogonoff....) Basta con ir a los restaurantes mas "TOPS" de Las Cañitas. Y obviamente, que el negocio rinde, por eso cada vez hay mas.
Eso creo yo , saludos
Viejo 06.10.09, 08:47
Originalmente publicado por naza1993 Ver mensaje
el de la propaganda de danette ¬¬
Es un actor!!!

Originalmente publicado por Lisandro83 Ver mensaje
El tipo que se quedo pelado y ahora hace propaganda de queso...
martiniano es?
creo que ahora se lo comerian en todos los programas
Martiniano se hizo famoso haciando asado... y no creo que NO sepa cocinar... solo que ahora es mas popular y por eso les acae mal!

Yo creo que sabes cocinar no tiene que ver con ser famoso... ni viceversa. Hay cocineros del "Gourmet" que detesto lo que no significa que cocinen mal... y otros que adoro como Borja... que por eso no cocinan bien (en este caso SI cocina bien o lo disimula bastante bien)
NaniQuena

Noting is impossible, just try it!!!

Lo que me gusta , , y !!
Viejo 06.10.09, 12:47
Originalmente publicado por naniquena Ver mensaje
Es un actor!!!



Martiniano se hizo famoso haciando asado... y no creo que NO sepa cocinar... solo que ahora es mas popular y por eso les acae mal!

Yo creo que sabes cocinar no tiene que ver con ser famoso... ni viceversa. Hay cocineros del "Gourmet" que detesto lo que no significa que cocinen mal... y otros que adoro como Borja... que por eso no cocinan bien (en este caso SI cocina bien o lo disimula bastante bien)
yo no dije que cocine mal yo creo que si empezara hoy de cero, creo que no aria mucha diferencia como lo hizo hace años.

ayer descubri en el gurmete (bruto!!!!) que la ensalada Cesar no es italiana que no deriva de los cesar y que es mexicana... no sabia donde ponerlo y como opine sobre comida creo que vale la anectdota


Save The world
Punch Norman
in the Face

Have a Beer

Viejo 07.10.09, 14:24
Originalmente publicado por Reina bufon Ver mensaje
Le "pedi prestado" este articulo a Isidoro Cañones, me parecio interesante y ya que Cooker nombra a Narda, daba para ponerlo (?).

La culpa es de Narda Lepes (de Carolina Aguirre, en la Revista Joy)




Cuando yo era chica, los chefs nacían chefs. Eran hijos de familias acomodadas, con padres polistas, madres de la rubia aristocracia porteña, y tías emparentadas con la duquesa de York. Tenían chacras que cubrían la mitad de Córdoba o Mendoza, niñeras de toda la vida, y en la adolescencia viajaban a pelar papas a Francia para volver, cinco años después, transformados en artistas de la cocina internacional. Se llamaban Francis Mallman o Gato Dumas, y uno los miraba ya no para aprender a cocinar, sino para envidiarlos. Para imaginarse el sabor de las trufas o para ver como lucía una langosta cocida, desnuda como una vedette escandalosa, en un set improvisado a orillas del mar Mediterráneo.

Los chefs eran un poco como las modelos o los actores de los años cuarenta. No reflejaban un modelo real de persona. Por el contrario, nos mostraban un ideal de elegancia, de glamour, un modelo distante de dandy culto y viajado que era inalcanzable para la mayoría de los mortales. Si queríamos aprender a cocinar, podíamos buscar recetas de ecónomas y amas de casa mediáticas discípulas de Doña Petrona, que nos enseñaban a hacer pasteles con sorpresita de salchicha, bombas de crema pastelera, y un arrollado primavera para Navidad.

Hasta hace unos años, no había vuelta que darle. Si te llamabas Omar Alderete o Nelson Pichirili lo mejor era que estudiaras otra carrera, como gasista, chofer de micro de larga distancia, o colocador alfombra por metro. La cocina era para la aristocracia. Si habías nacido como Choly Berreteaga la puerta de la cocina del Hotel Alvear se te cerraba en la cara.

Sin embargo, desde hace unos años, surgió un fenómeno impensado, que sin querer, desembocó en una catástrofe sin precedentes. De repente, debido a la masificación televisiva y a la proliferación de las escuelas de cocina con matrícula barata, cualquier joven de familia de clase media, llamado Juan Carlos Trossero o María Ayelén Petito, se compra un colador chino, un soplete para gratinar y una minipimer, y puede ser el chef ejecutivo del Hotel Alvear. Y está bien. Brindo por Juan Carlos, por Omar, por María Ayelén, y por Nelson, que cansados de colocar azulejos en baños ajenos, se decidieron por la pastelería. Admiro su iniciativa, en serio. Pero les pido un favor: antes de que yo me siente en su restaurante, avísenme que estudiaron una carrerita de dos años y que jamás pisaron Europa.

Díganme la verdad así yo puedo irme corriendo antes de que traigan la cuenta.

Al mismo tiempo, ante esta invasión de plebeyos, para evitar ser arrojados al averno de la impopularidad, muchos cocineros cogotudos que dieron sus primeros pasos en la vieja escuela, intentaron aggiornarse y hablarle al pueblo. Pero no lograron engañarnos, por supuesto: Dolli Irigoyen hace alfajores santafesinos y pastafrola pero con los membrillos de su propia chacra y Martiniano Molina hace un asado con cuero, pero con dos peones que, como las secretarias de los programas de la tele, ofician de asistentes sosteniéndole un disco caliente en sus manos de obrero sacrificado.

LA CULPA ES DE NARDA

La verdad verdadera, es que la primera cocinera que habló sin una papa en la boca, revoleó la comida con las manos y dijo que le gustaba el arroz pasado fue Narda Lepes. Antes de ella, nadie se había atrevido a confesar que le gustaba comer papa hervida con aceite de oliva. Nadie había hablado de hacer tostados con las sobras de la cena navideña. Nadie había dicho que en vez de salmón podían usar merluza, en vez de grosellas, frutillas y que podían suplir el cordero con una bandeja de carne cortada para milanesa. Nadie, pero nadie había cocinado una receta con ingredientes que uno tuviera, efectivamente, en la heladera. Nadie había sido protagonista de semejante invitación a la anarquía y al libertinaje culinario. Y por extensión, nadie tiene la culpa salvo ella, que por primera vez le hizo creer a millones de estudiantes indecisos que podían ser cancheros y vanguardistas revoleando dos cebollas coloradas y poniendo un cedé de Beck.

Y por un lado está bien. Este fenómeno es una conquista social, un síntoma evolutivo en el prejuicio del consumidor y del televidente. El problema es que cuando Narda Lepes le abrió las puertas de la cocina profesional a todos los adolescentes con problemas de orientación vocacional, no dejó pasar sólo a los nuevos talentos… ¡Dejó pasar a todo el mundo! ¡A los repetidores que habían rebotado diez veces en el CBC, a los vagos que no querían trabajar en serio, a los hijos que hacían un bizcochuelo para el día de la madre, a los niños ricos con tristeza que tenían el nombre para un nuevo restaurante en Palermo!

No tengo datos precisos, pero desde que la primera camada de chefs terminó la carrera, deben abrir dos o tres restaurantes por mes en Palermo y Las cañitas. Todos con las mismas mesas baratas pero decoradas con onda. Todos con los mismos mozos vagos y altaneros que estudian teatro o percusión. Todos con la misma carta de cocina de autor que incluye algún lomo en croute con verdes, una pesca del día con polenta crocante, una ensalada con aceite de albahaca, colchones de rúcula o espinaca, postres atiborrados de mascarpone y frutos rojos, y cualquier cantidad de vegetales que pretenden ser confitados cuando en realidad son hortalizas que navegan, naúfragas, en un río de aceite interminable. Y en todos, da la casualidad, que se come igual de mal.

LA RESPONSABILIDAD ES DE TODOS

Pero si bien la culpa es de Narda, la responsabilidad es de todo el mundo. Yo, al menos, me hago cargo. Después de todo, nos quejamos de esta invasión de cocineros burros y pretenciosos, pero nadie les da vuelta la mesa cuando llega la cuenta. Es más, todos pagamos comemos pésimamente mal, nos quejamos, nos indignamos, pero seguimos llamando, resignados, al mismo delivery de un sushiman que estudió por correspondencia.

Hasta el día de hoy, que dejo constancia formal de que estoy harta. Enferma de que un tarado que creció comiendo ravioles con pomarola y patitas de pollo me prometa que me va a deslumbrar; que un cabeza hueca que tuvo que memorizar la diferencia entre un huevo poché y un huevo Mollet para una prueba escrita, esté a cargo de mi cena. Estoy harta de leer “vinagreta de mostaza y miel” o “papas rotas” en todos lados. Estoy harta de los tomates cherry, del maracuyá, del salmón rosado hasta en la sopa, del pesto de rúcula y de esas mentirosas ensaladas tibias que no son otra cosa que una mixta con una lluvia de pechuga descuartizada tirada encima.

Hasta el canal Utilísima que era el último bastión de la cocina barrial, el emporio de la mayonesa y de las flores de rabanito, de repente quiso entrar de contrabando al mundo gourmet. En el mismo día, uno pegado al otro, en un programa hacen una torre de panqueques con paleta sanguchera, una sopa de hinojos glaseados servida en un pan de brioche individual, y hechizos de amor a cargo de una de las chancletas que actuaba en el programa de “Grande Pá!” en la década del noventa.

Y como estoy harta, no quiero seguir apañando ni tolerando las estafas culinarias de Palermo. Me niego a aceptar con cobarde mansedumbre que esta parva de adolescentes me siga cobrando un millón de pesos por sus engendros llenos de hongos babosos y aceite de cebolleta. Me declaro públicamente en contra de las escuelitas de cocina, de los chefs inexperimentados y de los bolichitos golondrina de Palermo Hollywood con nombre divertido como “No le digas a Laura” o “González”.

Hay que volver a la cultura del trabajo. Al concepto de maestro y aprendiz. A que nadie pueda dirigir una cocina si no fue golpeado por un chef déspota y borracho en la cocina de un gran hotel. A que todos tengan que estudiar veinte años, viajar quince veces, y conocer todas las variedades de hortalizas, de cocciones, de especias y de semillas hasta que puedan cobrar doscientos cincuenta pesos por una cena.

Y con esto no les digo que no cocinen, ni que dejen de experimentar, o que ya no improvisen, sino que dejen de cobrarme cuando todavía no saben hacerlo. Las cocineros deberían rendir un examen municipal antes de dirigir una restaurante. Los estudiantes de gastronomía deberían hacer prácticas culinarias en cocinas ajenas como lo hacen los maestros de escuela primaria antes de enseñar. Si tienen urgencia por ofrecer sus platos, que se entretengan haciendo dulce casero o vendiendo colaciones en la feria de Mataderos.

Pero basta de jugar conmigo, mis ilusiones y mi billetera. Estoy cansada. Harta. Podrida. Enojada. A mí, por lo menos, no me estafan más. Que se vayan a pelar papas, a arruinar doscientas salsas y a estudiar la cocción del huevo hasta el año dos mil veinte. No es mi culpa que Narda Lepes les haya abierto la puerta a todos los vagonetas. Nosotros, los clientes, necesitamos que venga alguien de manera urgente a cerrarla de vuelta.
Es el articulo más pelotudo que lei en mi vida, la cocina no es estudiar en europa, DESDE CUANDO HAY QUE ESTUDIAR EN EUROPA PARA SER BUEN COCINERO? Osea que si no vas a Europa sos un mediocre de mierda? vamos!!! Encima se dejan llevar por una mina que se caracteriza por pelear sobre cualquier tema y no tiene un minimo instrucción en gastronomía, probablemente nunca haya leido más que la reseña del buen comer de alguna revista pedorra.
Tengoq ue agregar a esto que grandes cocineros han nacido en la extrema miseria, lee sobre Carême que era uno de los hijos de un estibador del puerto, que estiman que tenía entre 15 y 25 hermanos y vivian en la extrema miseria, es uno de los iconos más importantes en la gastronomía siendo que la historia de el empieza cuando andaba tirado por la calle y lo contrata un tabernero para que se haga una moneda. Podes leer de Escofier que empezó siendo el cocinero en la colimba. Vengamos a la actualidad, Ferran Adria estudiaba administracion de empresas y empezó a laburar de lavaplatos en un restó, de ahi le nació la cocina, y convengamos que el lo que hace es inovacion no es cocina hecha y derecha. Y el sumun de esto es Homaro cantú considerado uno de los grandes iconos de la gastronomía actual y el mismo admitió nunca haber leido un libro de cocina, el loco invento un papel comestible que tiene sabor y no se que mierda más, esta BUENISIMO lo admito, soy partidario de que la imaginacion no hay que limitarla pero no confundamos las cosas. Habiendo dicho todo esto aclaro, para hablar hay que saber, para saber hay que leer y para leer algo como mínimo hay que respetar lo que se dice se esté o no de acuerdo, asique la próxima vez que citen a esta gente que no hace más que criticar y no se mira el ombligo piensenlo dos veces.

Saludos

Originalmente publicado por naniquena Ver mensaje
Es un actor!!!



Martiniano se hizo famoso haciando asado... y no creo que NO sepa cocinar... solo que ahora es mas popular y por eso les acae mal!

Yo creo que sabes cocinar no tiene que ver con ser famoso... ni viceversa. Hay cocineros del "Gourmet" que detesto lo que no significa que cocinen mal... y otros que adoro como Borja... que por eso no cocinan bien (en este caso SI cocina bien o lo disimula bastante bien)
Que uno deteste a un cocinero porque no le gusta no quiere decir que sea malo en lo que hace...

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