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Relatos y cuentos relacionados con futbol en el foro de Fútbol:


les dejo un cuento muy pero muy bueno, vale la pena leerlo. son 5 minutos. El decidió, de entrada nomás, dejarlo en libertad. Tenía la idea de que los amores no se imponen, ni siquiera se eligen. Pensaba que en todo caso eran los amores los que optan, los que se reimponen a uno. Por eso, con cierta prescindencia fatalista pensó que si tenia que ser, sería, y que si no, era inútil gastar pólvora en chimangos. No lo fue fácil, sin embargo. Sobre todo cuando en sus narices otros rivales se lanzaron a tratar de convencerlo. Le costo sobreponerse, ...

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Creado el 27.10.06 a las 19:17
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Viejo 27.10.06, 19:17
les dejo un cuento muy pero muy bueno, vale la pena leerlo.
son 5 minutos.

El decidió, de entrada nomás, dejarlo en libertad. Tenía la idea de que los
amores no se imponen, ni siquiera se eligen. Pensaba que en todo caso eran
los amores los que optan, los que se reimponen a uno. Por eso, con cierta
prescindencia fatalista pensó que si tenia que ser, sería, y que si no, era
inútil gastar pólvora en chimangos.

No lo fue fácil, sin embargo. Sobre todo cuando en sus narices otros rivales
se lanzaron a tratar de convencerlo. Le costo sobreponerse, y aceptar
sonriendo a sus tíos y primos y cuñados y amigos y vecinos tentándolo a
raulito, ofreciéndole camisetas y pelotas y gorritos, a cambio de promesas
de fidelidad a sus propios cuadros. Tampoco dijo nada cuando sorprendió a
mas de uno de esos buitres futboleros enseñándole al chico lo cantitos de la
cancha, instruyéndolo subrepticiamente en las rivalidades históricas,
ensalzando las hipotéticas virtudes de los unos y vilipendiando las
supuestas taras infames de los otros.

El los dejo. Un poco por esa resignación que era tan suya. Y otro poco
porque a veces, en sus días tristes, sospechaba que tal vez fuese mejor así,
que la cadena de afectos inexplicables se cortase con él, sin involucrar a
su hijo. Que tal vez el chico terminase siendo mas feliz siendo hincha de
algún grande, saliendo campeón de vez en cuando, viendo la cancha llena,
comprando "El Grafico" con su ídolo en la tapa. Si al fin y al cabo el venia
sufriendo hacia? ¿Cuánto? Más de veinte años desde aquel campeonato. Y
después la debacle. Hasta el descenso había tenido que sufrir? hasta el
descenso. Y a la vuelta, la desilusión grande del 94.

Justo en la última fecha, será de Dios, en la última fecha. Si faltaba tan
poquito, un empate y listo? pero ni siquiera.

Por eso, seguramente, acepto con entereza que Raulito, desde los nueve, mas
o menos, empezase a decir que era de River, como el Tío Hugo; aunque en el
fondo mas recóndito de su ser, el sintiese sinceros deseos de pasar al Tío
Hugo, lenta y dulcemente, por la picadora de carne y la maquina de hacer
chorizos.

Es que, a solas consigo mismo, sabia que le hubiese encantado que Raulito
saliese uno de los suyos. Que ahora que ya tenía trece, ahora que era todo
un hombrecito, habría sido lindo ir juntos a la cancha. A la tarde,
tempranito en el tren y en el 118, hablando de bueyes perdidos, mirando el
partido de tercera acodados en el escalón de arriba, dejando pasar la vida.



Pero igual no cambiaba de idea. No señor. Que si tenia que ser que fuese, y
si no, no. Igual, y por si acaso, cultivó su propia planta de leyendas
mentirosas, como mantener viva su persistente esperanza. Y aunque le daba un
poco de vergüenza comparar al equipo del 73 con la Selección del 86, igual
seguía adelante, envalentonado en su propia pirotecnia falaz, enternecido en
la admiración dibujada en los ojos de Raulito.

Esa tarde, la inolvidable, la definitiva, empezó como todas, con el mate y
la radio en la mesita de hierro del patio. El padre decidió prevenirlo de

entrada:

-Mirá hijo que hoy juegan contra nosotros.

Raulito lo miro con curiosidad.

-¿Y que problema hay, pa?

El padre, feliz en la sencillez del chico, termino sonriendo:

-Tenés razón, Raulito, ¿Qué problema hay?

A los veinte minutos penal para River. El chico lo miro al padre, como
dudando. El lo tranquilizo a pesar de si mismo:

- Gritálo tranquilo, Raulito. Eso sí: si después hay un gol nuestro, no te
enojes si yo lo grito.

- No, papá, si no me enojo ?le aclaro, muy serio.

Después grito el gol, pero no mucho. Fue un grito breve, un poco tímido. El
padre lo palmeo.

-No seas tonto, Raúl, gritálo todo lo que quieras.

-Así esta bien, pa ?fue toda su respuesta.

Al rato vino el dos a cero. Ahí el chico lo miro primero, y después dio un
par de aplausos, y eso fue todo.

-Che, ¿Qué clase de hincha sos vos? ¿Así te enseñó tu Tío Hugo a gritar los
goles?

-No, pa, el los grita como loco. Como vos los grita.

-Y entonces grita tranquilo hijo. ?y después añadió, con un guiño:- ojo que
en el segundo tiempo capaz que grito yo, ¿eh?

Se sentía en paz, dueño de una felicidad sencilla y robusta. Casi ni se
acordaba de que iban perdiendo. Empezaba a pensar que tal vez no fuese tan
terrible que su hijo fuera de River. A lo mejor iban a poder ir a la cancha
igual, turnándose un domingo cada uno, si el fixture ayudaba.

El segundo tiempo siguió por el trillado sendero de la tragedia. Un
contraataque y tres a cero. El pibe ni siquiera hizo un gesto cuando el
relator vociferó la novedad a voz de cuello -Che, Raulito, ¿Estas dormido,
vos? ?El padre lo palmeo con afecto.

-No papi, -Zarandeaba las piernas cruzadas en el regazo, como cuando pensaba
en cosas complicadas.

Luego aventuró: -No sé, me da un poco de lastima.

El padre se rió con ganas?

-Dejate de jorobar, Raúl, y difrutalo. Total un partido más? uno menos?

Aparte, cuidado, pibe ?bromeo-, mira que a lo mejor todavía se lo empatamos.

Para colmo, y como dándole la razón, al ratito vino el tres a uno. El padre
lanzo un gritito contenido, tenso, como el que habrían dado los jugadores,
saludándose apenas entre ellos, disputándole la pelota a un arquero con
ganas de enfriar la cosa, corriendo hacia el medio campo para ganar tiempo.

El hijo lo miro sin tristeza. Cuando sus ojos se cruzaron, ambos sonrieron.



-Te dije pibe, ojo con nosotros. Mira que somos bravos.

Por lo que decían en la radio, el partido se estaba poniendo bueno.

- Escucha, Raulito: los tenemos en un arco.

Pero el aviso era inútil. El chico seguía el relato concentrado, serio.

Acompañaba las jugadas trascendentes como patadas en el aire, como jugando
el también su parte del asunto. El padre sonrió. Como son los pibes. Se
posesionan de tal modo que se sienten ellos mismos protagonistas del
partido. En realidad, no solo los pibes: un par de semanas atrás el mismo
había hecho trizas el termo en un esfuerzo supremo por despejar al córner un
disparo bajo que iba a sobrar fatalmente al arquero.

A los treinta, más o menos, tiro de esquina sobre el área de River. El chico
seguía enchufadísimo. Hasta balanceaba ligeramente el cuerpo de un lado a
otro, como todo buen cabeceador esperando el momento de correr un par de
metros y madrugar al marcador y pegar el salto y conectar el frentazo. Pero
había algo que al padre no le cerraba, algo en el modo en que estaba parado,
algo en la expresión de sus ojos negros.

El corazón le dio un vuelco cuando comprendió: el pibe se estaba perfilando
de atacante, no de zaguero. El movimiento era para zafarse de un marcador
pegajoso, los ojos tenían el fuego de vení bola, vení que te mando a
guardar. El brazo derecho se alzaba en el gesto que se le hace al siete de
ponéla acá, justo acá por lo que más quieras.

El relato se suspendió en una nota aguda, una de esas notas que se alargan,
que perduran en el aire, mientras el relator decide si tiene que gritar o
decir que paso cerca. Igual no hizo falta, porque la hinchada, de atrás de
ese arco, lo grito primero, y el relator en todo caso se encaramo después de
ese alarido. El padre lo grito con ganas, entusiasmado. Tres a uno es una
cosa, pero tres a dos es otra bien distinta, y entonces?

Tuvo que interrumpirse de golpe en sus divagaciones. Porque a sus pies, al
costado de la mesita, de rodillas, de cara al cielo, gritando como si lo
estuvieran desollando, con los brazos extendidos y las palmas abiertas,
mezclando los chillidos de su vos de nene y los ronquidos incipientes de su
madurez en ciernes, estaba el pibe, el pibe ya sin vueltas, ya sin chance
alguna de retorno, ya inoculado para siempre con el veneno dulce del amor
perpetuo, ya ajeno para siempre a cualquier otra camiseta, mas allá de
cualquier dolor y de todas la glorias, dando al cielo el primer alarido
franco de su vida.

El padre se lo quedo mirando, impávido, hasta que el pibe se quedo sin vos y
volvió a sentarse. Tuvo miedo de pronunciar palabra, como si cualquier cosa
que dijese conllevara el riesgo de destruir ese hechizo de epopeya. El pibe,
igual, no lo miraba. Estaba ciego a cualquier cosa que no fuese esa cancha,
ese arco de sus desdichas, ese reloj fugaz y traicionero, ese relato
interminable de centros llovidos al área y despejes agónicos. Sobre todo eso
el padre pensó después, porque en ese momento, agobiado en la constatación
de su pequeño milagro íntimo, apenas le quedaba tiempo de mirarlo al pibe,
de comérselo con los ojos, de grabárselo para siempre en el recoveco más
recóndito de su alma.

En eso estaba cuando, ya en el descuento, River jugo mal al off-side y el
nueve se escapo con pelota dominada. El relato radial se trepo de nuevo a
uno de esos agudos oraculares. El pibe se puso de pie, incapaz ya de tolerar
la tensión de la jugada. Con el rugido de la hinchada de fondo, padre e hijo
contuvieron el aliento, con el alma pendiendo de ese nueve que entraba al
área a liquidar el pleito, que punteaba la pelota por encima del arquero,
buscando el segundo palo. El relato se cortó de pronto, y cuando continúo ya
lo hizo en un tono menor, para explicar lo inexplicable: la pelota besando
el travesaño y yendo a morir al techo de la red, ya inútil, ya sin sentido,
ya con el árbitro pitando el final.

El padre se volvió a mirarlo. El chico estaba rojo de l abronca, con los
ojos muy abiertos de tan incrédulos, con los puños apretados de impotencia.

Pensó primero en decir algo, como para tratar de mitigar ese dolor en carne
viva. Pero lo disuadió la certeza de que era mejor así, porque así eran
siempre las cosas, y las cosas no podían estar mal, si así eran siempre.

Los labios del chico se torcieron en una mueca, por fin se lazó en un llanto
desbocado. Ya era grande. Lo suficiente como para querer llorar a solas. Por
eso se levanto de pronto y corrió hasta su pieza. El padre escucho el
portazo, y no necesito verlo para saberlo derrumbado sobre su cama, confuso,
dolido, ignorante de qué debe hacer uno con el dolor y con la rabia.

El padre lo supo llorando a mares, y se recogió en esas lágrimas. Porque uno
puede decir que es de muchos cuadros. Uno puede cambiar de idea varias
veces. Sobre todo si abundan los tíos y los primos grandes, dispuestos a
comprar con pelotas y camisetas la fidelidad de un corazón novato. Pero una
vez que uno llora por un cuadro, la cosa esta terminada. Ya no hay vuelta
atrás. No hay caso. De la alegría se puede volver, tal vez. Pero no de las
lágrimas. Porque cuando uno sufre por su cuadro, tiene un agujero
inentendible en las entrañas. Y no se lo llena nada. O mejor dicho, solo se
le llena con una sola cosa? con ganar el domingo que viene. De manera que
asunto concluido. La suerte está echada. Nosotros acá, el resto enfrente.

Algunos más amigos, otros menos. Pero de este lado nosotros, los de acá, los
que no tenemos en común, tal vez, victoria alguna, pero que compartimos las
lágrimas de un montón de derrotas.

Cuando su mujer salió al patio, extrañada de que su marido siguiese al
sereno en el atardecer frió del otoño, lo encontró llorando a él también,
pero unas lagrimas gordas, densas, de esas que abren surcos pegajosos en su
camino, de esas que uno llora cuando esta demasiado feliz como para
sencillamente reírse.

-¿Se puede saber que les pasa? ?pregunto la mujer confundida. El la miró,
sin preocuparse siquiera de ocultar sus lagrimas-: Hace rato que Raulito
entró a su pieza y dio un portazo, y me dice que no quiere que entre, y se
lo escucha llorar y llorar como loco. Y ahora salgo y te veo a vos también
moqueando ¿Me queres explicar qué cuernos pasa?

El hombre la considero con benevolencia. ¿Qué otra cosa podía hacer?

¿Intentar explicarle? ¿Cómo? Se conformo con mirarla, mientras seguía
sintiendo el fluir del tiempo en el gotero de cristal de ese momento
indestructible.

-Seguro que le ganaron a River y vos lo cachaste al chico, ¿no? Seguro que
te la agarraste con el nene, ¿no? ?Ella lo miraba con gesto de severo

reproche- Semejante grandulón, ¿No te da vergüenza?

-No, Graciela, no le hice nada. Si River ganó 3-2. Al chico no le dije nada,
te juro ?respondió con calma, desde la cima de su paz reconquistada.

-Pero entonces no entiendo nada ¿Me decís que gano River, y el nene está
llorando como loco encerrado en su pieza?

-Si, Graciela. Ganó River. Pero el pibe no es de River, Graciela. ?Y se
sintió reconciliado con la vida, eufórico, agradecido, emocionado; dueño
legítimo y absoluto de las palabras que iba a pronunciar. Después se
incorporó, porque cosas así se dicen de parado:- Lo que pasa es que Raulito
es de Huracán, Graciela? ¡¡¡DE HURACAN!!!
04-11-07
DIA MUNDIAL DE SAN SILENCIO
EN HONOR A LA POSTAL
MAS GRANDE DEL MUNDO

Viejo 13.05.07, 00:26
Lo levanto, debo ser el único que lo leyó, o no, pero si le hubieras sacado el final hubiera sido un texto PERFECTO, pero con ese final no puedo disfrutarlo
distinto si hubiera dicho "DE PLATENSE!!!", lo hubiera disfrutado el doble
venía muy metido en el texto, pensando que no iba a nombrar ningún club, y cuando leí el final, sinceramente me desilucioné
Y MUCHAS VEEECES LLORÉ POR VOS!(8)
Viejo 13.05.07, 16:13
muy lindo el cuento....
Ro 100% riverista /ro_riverista
elPolo
Viejo 13.06.07, 21:56
Bueno
aca les traigo unos cuentos de futbol contados por Apo
Los grabe de la radio, de su programa que transmite los Sabados Por Continental
La verdad me encanta como los relata, muy conmovedor
Si te gusta el futbol, bajatelo, te van a gustar

Los cuentos son:

_El Pichon de Cristo - Fontanarrosa

_Algunas de las menciones que hace Dolina sobre el futbol en su libro "las cronicas del angel gris"

_Maradona (no se de qien es)

Los tuve que comprimir mucho
los puse en formato .aac
No creo que tengan problema, por lo menos si utilizan winamp

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(despues subo algunos otros que tengo)
Viejo 13.06.07, 22:15
Se agradece, un buen aporte.
Hasta En El Cielo Debe Haber Una que Otra Injusticia...
http://dandochangui.wordpress.com/
Viejo 13.06.07, 22:22
Los cuentos de Apo son un clásico de los sábados, recuerdo cuando iba a pescar todos los findes con mi viejo, que me tiraba a leer el Olé mientras dejaba la caña y escuchaba a este hombre.
Se agradece
Y MUCHAS VEEECES LLORÉ POR VOS!(8)
Viejo 22.07.07, 11:40
HOLA! bueno..este es mi primer aporte en este foro.. este es un cuento del negro FONTANARROSA que me encanta.. no estoy segura de como se llama.. pero como me dolio muchisimo la muerte de este idolo..yo kiero homenajearlo de alguna forma..y esto es lo que se me ocurrio y lo que tengo mas al alcanze .. espero que disfruten del cuento tanto como yo ^^

un beso!

cla..


Sí yo sé que ahora hay quienes dicen que fuimos unos hijos de puta por lo
que hicimos con el viejo Casale, yo sé. Nunca falta gente así. Pero ahora
es fácil decirlo, ahora es fácil. Pero habla que estar esos días en Rosario
para entender el fato, mi viejo, que hablar al pedo ahora habla cualquiera.
Yo no sé si vos te acordás lo que era Rosario en esos días anteriores al
partido. ¡Y qué te digo “esos días”! ¡Desde semanas antes ya se venía
hablando, del partido y la ciudad era una caldera, porque eso era lo que
era la ciudad! Claro, los que ahora hablan son esos turros que después vos
los veías por la calle gritando y saltando como unos desgraciados,
festejando en pedo a los gritos y después ahora te salen con que son...
¿qué son?... moralistas... ¿De qué se la tiran, hijos de mil putas? Ahora
son todos piolas, es muy fácil hablar. Pero si vos vieras lo que era la
ciudad en esos días, hennano, prendías un fósforo y volaba todo a la
mierda. No se hablaba de otra cosa en los boliches, en la calle, en
cualquier parte. Saltaban chispas, te aseguro. Y la cosa arrancó con el fato
de las cábalas. O mejor dicho, de los maleficios.
—Hay que entender que no era un partido cualquiera, hermano, era una
final final. Porque si bien era una semifinal, el que ganaba después venía a
jugar a Rosario y le rompía el culo a cualquiera. Fuera Central como Ñul,
acá le hacía la fiesta a cualquiera. ¡Y cómo estaban los lepra! ¡Eso, eso
tendrían que acordarse ahora los que hablan al reverendo pedo y nos
vienen a romper las pelotas con el asunto del viejo Casale! ¿No se
acuerdan esos turros cómo estaban los lepra? ¿No se acuerdan ahora, mi
viejo? Había que aguantarlos porque se corrían una fija, pero una fija se
corrían, hermano, que hasta creo que se pensaban que nos iban a llenar la
canasta. No que sólo nos iban a hacer la colita sino que además nos iban a
meter cinco, en el Monumental y para latelevisión. ¡Pero por qué no se van
a la concha de su madre! ¡Qué mierda nos van a hacer cinco esos
culosroto! ¡Así se la comieron doblada! ¡Qué pija que tienen desde ese día
y no se la pueden sacar!
Pero la verdad, la verdad, hermano, con una mano en el corazón, que
tenían un equipazo, pero un equipazo, de padre y señor mío.
Hay que reconocerlo. Porque jugaban que daba gusto, el buen toque y te
abrochaban bien abrochado. Estaba Zanabria, el Marito Zanabria; el Mono
Obberti ¡Dios querido, el Mono Obberti, qué jugador! Silva el que era de
Lanús, el albañil. ¡Montes! Montes de cinco; Santamaría el Cucurucho
Santamaría, qué sé yo, era un equipazo, un equipazo hay que reconocer, y
la lepra se corría una fija. ¿Sabés cuántos había en la ruta a Buenos Aires,
el día del partido? Yo no sé, eran miles, millones, yo no sé de dónde
habían salido tantos leprosos. Si son cuatro locos y de golpe, para ese
partido, aparecieron como hormigas los desgraciados. Todos fueron. ¡Lo
que era esa ruta, papito querido! Entonces, oíme, había que recurrir a
cualquier cosa. Hay partidos que no podés perder, tenés que ganar o
ganar. No hay tutía. Entonces si a mí me decían que tenía que matar a mi
vieja, que había que hacer cagar al presidente Kennedy, me daba lo
mismo, hermano. Hay partidos que no se pueden perder. ¿Y qué? ¿Te vas
a dejar basurear por estos soretes para que te refrieguen después la
bandera por la jeta toda la vida? No, mi viejo. Entonces, ahí, hay que
recurrir a cualquier cosa. Es como cuando tenés un pariente enfermo
¿viste? tu vieja, por ejemplo, que por ahí sos capaz hasta de ir a la iglesia
¿viste? Y te digo, yo esa vez no fui a la iglesia, no fui a la iglesia porque te
juro que no se me ocurrió, mirá vos, que si no... te aseguro que me
confesaba y todo si servía para algo. Pero con los muchachos
enganchamos con la cuestión de las brujerías, de la ruda macho, de
enterrar un sapo detrás del arco de Fenoy, de tirar sal en la puerta de los
jugadores de Ñubel y de todas esas cosas que siempre se habla. Por
supuesto que todas las brujas del barrio ya estaban laburando en la cosa y
había muñecos con camiseta de Ñubel clavados con alfileres, maldiciones
pedidas por teléfono y hasta mi vieja que no manya mucho del asunto
tenía un pañuelo atado desde hacía como diez días, de ésos de “Pilato,
Pilato, si no gana Central en River no te desato”. Después la vieja decía
que habíamos ganado por ella, pobre vieja, si hubiera sabido lo del viejo
Casale, pero yo le decía que sí para no desilusionarla a la vieja.
Pero todo el fato de la ruda macho y el sapo de atrás del arco eran, qué sé
yo, cosas muy generales, ya había tipos que lo estaban haciendo y
además, el partido era en el Monumental y no te vas a meter en la pista
olímpica a enterrar un sapo porque vas en cana con treinta cadenas y no
te saca ni Dios después, hermano. Entonces, me acuerdo que empezamos
con la cosa de las cábalas personales. Porque me acuerdo que estábamos
en el boliche de Pedro y veníamos hablando de eso. Entonces, por
ejemplo, resolvimos que a Buenos Aires íbamos a ir en el auto del Dani
porque era el auto con el que habíamos ido una vez a La Plata en un
partido contra Estudiantes y que habíamos ganado dos a cero. Yo iba a
llevar, por supuesto, el gorrito que venía llevando a la cancha todos los
últimos partidos y no me había fallado nunca el gorrito. A ése lo iba a
llevar, era un gorrito milagroso ése.El Coqui iba a ir con el reloj
cambiando de lugar, o sea en la muñeca derecha y no en la izquierda,
porque en un partido contra no sé quién se lo había cambiado en el medio
tiempo porque íbamos perdiendo y con eso empatamos.o sea, todo el
mundo repasó todas las cábalas posibles como para ir bien de bien y no
dejar ningún detalle suelto. te digo más, estuvimos parados en la tribuna
en el partido contra Atlanta para pararnos de la misma manera en el
partido contra la lepra el boludo de michi decía que él había estado detrás
del Valija y el Miguelito porfiaba que el que había estado detrás del Valija
era él. Mirá vos, hasta eso estudiamos antes del partido, para que veas
cómo venía la mano en esos días. ¿Y sabés qué te lleva a eso, hermano,
sabés qué te lleva a eso? El cagazo, hermano, el cagazo, el cagazo te lleva
a hacer cualquier cosa, como lo que hicimos con el viejo Casale.
Porque si llegábamos a perder, mamita querida, nos teníamos que ir de la
ciudad, mi viejo, nos teníamos que refugiar en el extranjero, te juro, no
podíamos volver nunca más acá. Íbamos a perecer
esos refugiados camboyanos que se tomaron el piro en una balsa. Te juro
que si perdíamos nosotros agarrábamos el “Ciudad de Rosario” y por acá,
por el Paraná, nos teníamos que ir todos, millones de canallas, no sé, a
Diamante, a Perú, a Cuzco, a la concha de su madre, pero acá no se iba a
poder vivir nunca más con la cargada de los leprosos putos, mí viejo. Ya
el Miguelito había dicho bien claro que él se la daba, que si perdíamos
agarraba un bufo y se volaba la sabiola y te digo que el Miguelito es capaz
de eso y mucho más porque es loco el Miguelito, así que había que
creerle. O hacerse puto, no sé quién había comentado la posibilidad de
hacerse trolo y a otra cosa mariposa, darle a las plumas y salir vestido de
loca por Pellegrini y no volver nunca más a la casa. Pero, te digo, nadie
quería ni siquiera sentir hablar de esa Posibilidad. Ni se nombraba la
palabra “derrota”.
Era como cuando se habla del cáncer, hermano. Vos ves que por ahí te
dicen “la papa”, o “tiene otra cosa”, “algo malo”, pero el cangrejo, mi
viejo, no te lo nombra nadie. Y ahí fue cuando sale a relucir lo del viejo
Casale. El viejo Casale era el viejo del Cabezón Casale, un pibe que
siempre venía al boliche y que durante años vino a la cancha con nosotros
pero que ya para ese entonces se había ido a vivir al norte, a Salta creo, lo
vi hace poco por acá, que estaba de paso. Y ahí fue que nos acordamos de
que un día, en la casa del Cabezón, el viejo había dicho que él nunca, pero
nunca, lo había visto perder a Central contra Ñul. Me acuerdo que nos
había impresionado porque ese tipo era un privilegiado del destino.
Aunque al principio vos te preguntas, “¿Cómo carajo hizo este tipo pata
no verlo perder nunca a Central contra Ñul? ¿Qué mierda hizo? Este coso
no va nunca a la cancha”. Porque, oíme alguna vez lo tuviste que ver
perder, a menos que no vayás a. los clásicos. Y ojo que yo conozco
muchos así, que se borran bien borrados de los clásicos. O que van en
Arroyito, pero que a la cancha del Parque no van en la puta vida. Y me
acuerdo que le preguntarlos eso al viejo y el viejo nos dijo que no, y nos
explicó. El iba siempre, un fana de Central que ni te cuento, pero se había
dado, qué sé yo, una serie de casualidades que hicieron que en un
montón de partidos con Ñul él no pudiera ir por un montón de causas que
ni me acuerdo. Que estaba de viaje por Misiones —el viejo era
comisionista—; que ese día se había torcido un tobillo y no podía caminar,
que estaba engripado, que le dolía un huevo, qué sé yo, en fin, la verdad,
hermano— que el viejo la posta posta era que nunca le había tocado ver
un partido en que la lepra nos hubiera roto el orto. Era un privilegiado el
viejo y además, un talismán, querido, porque así como hay tipos mufa
que te hacen perder partidos adonde vayan, hay otros que si vos los llevás
es número puesto que tu equipo gana. No es joda. Y el viejo Casale era
uno de éstos, de los ojetudos.
Entonces ahí nos dijimos “Este viejo tiene que estar en el Monumental
contra Ñubel. No puede ser de otra forma. Tiene que estar”... Claro,
dijimos, seguro que va a estar, si es fana de Central, canalla a muerte.
Pero nos agarró como la duda viste? porque nosotros no era que lo
veíamos todos los días al viejo, te digo más, desde que el Cabezón se
había ido al norte a laburar, al viejo de él no lo habíamos vuelto a ver ni
en la cancha, ni en la calle ni en ninguna parte. Además, el viejo ya estaba
bastante veterano porque debía tener como ochenta pirulos por ese
entonces. Bah, en realidad ochenta no, pero sus sesenta, sesenta y cinco
años los tenía por debajo de las patas.
Entonces, con el Valija, el Colorado y el Miguelito decimos “vamos a la
casa del viejo a asegurarnos que va y si no va lo llevamos atado”. Porque
también podía ser que el viejo no fuera porque no tuviera guita, qué sé
yo. Nosotros ya habíamos pensado en hacer una rifa a beneficio, una
kermesse, cualquier cosa. El viejo tenía que ir, era una bandera, un
cheque al portador.
La cuestión es que vamos a la casa y... ¿a qué no sabés con lo que nos
sale el viejo? Que andaba mal del bobo y que el médico le había prohibido
terminantemente ir a la cancha, mirá vos. Nos sale con eso. Que no. Que
había tenido un infarto en no sé qué partido, en un partido de mierda
después que una pelota pegó en un palo, que había estado muerto como
media hora y lo habían salvado entre los indios con respiración artificial y
masajes en el cuore, que no había clavado la guampa de puro pedo y que
le había quedado tal cagazo que no había vuelto a ir a la cancha desde
hacía ya, mirá lo que te digo, dos años.
¡Hacía dos años que no iba a la cancha el viejo ese! Y no era sólo que él
no quería ir sino que el médico y, por supuesto, la familia, le tenían
terminantemente prohibido ir, lógicamente. No sé si no le prohibían
incluso escuchar los partidos por radio, no sé si no se lo prohibían, para
que no le pateara el bobo, porque parece que el viejo escuchaba un pedo
demasiado fuerte y se moría, tan jodido andaba. Vos le hacías ¡Uh! en la
cara y el viejo partía. ¡Para qué! Te imaginás nosotros, la desesperación,
porque eso era como un presagio, un anuncio del infierno, hermano, era
un preanuncio de que nos iban a hacer cagar en Buenos Aires, mi viejo.
Entonces empezamos a tratar de hacerle la croqueta al viejo, a
convencerlo, a decirle “Pero mire, don Casale, usted tiene que estar, es
una cita de honor. ¡Qué va a estar mal usted del cuore, si se lo ve cero
kilómetro! Vamos, don Casale —me acuerdo que lo jodía Miguelito—
¿cuántos polvos se echa por día? usted está hecho un toro”. Pero el viejo,
ni mierda, en la suya. Que no y que no.

...



Viejo 22.07.07, 11:41
Le decíamos que el partido iba a ser una joda, que Ñubel tenía un equipo
de mierda y que ya a los quince minutos íbamos a estar tres a cero arriba,
que el partido era una mera formalidad, que el gobierno ya había decidido
que tenía que ganar Central para hacer feliz a mayor cantidad de gente.
No sé, no sé la cantidad de boludeces que le dijimos al viejo para
convencerlo. Pero el viejo nada, una piedra el hijo de puta. Para colmo ya
habían empezado a rondar la mujer del viejo, madre del Cabezón, y una
hermana del Cabezón, que querían saber qué carajo queríamos decirle
nosotros al vicio en esa reunión, porque medio que ya se sospechaban
que nosotros no íbamos para nada bueno. En resumen que el viejo nos
dijo que no, que ni loco, que ni siquiera sabía si iba apoder resistir la
tensión de saber que se jugaba el partido, aun sin escucharlo. Porque el
viejo los diarios los leía, tan boludo no era, y sabía cómo venía la mano,
cómo era la cosa, cómo formaban los equipos, suplentes, historial,
antecedentes, chaquetillas, color, todo. Nos dijo más. “Ese día —nos
dijo— bien temprano, antes de que empiecen a pasar los camiones y los
ómnibus con la gente yendo para Buenos Aires, yo me voy a la quinta de
un hermano mío que vive en Villa Diego”. No quería escuchar ni los
bocinazos el viejo. “Me voy tempranito a lo de mi hermano, que a mi
hermano le importa un sorete el fútbol, y me paso el día ahí, sin escuchar
radio ni nada”. Porque el viejo decía y tenla razón, que si se quedaba en la
casa, por más que se encerrara en un ropero, algo iba a oír, algún grito,
algún gol, alguna cosa iba a oír, pobre desgraciado, y se iba a quedar ahí
mismo seco en el lugar. Así que se iba a ir a radicar en la quinta de ese
hermano que tenía, para borrarse del asunto.
Muy bien, muy bien. Te digo que salimos de allí hechos bosta porque
veíamos que la cosa venía muy mal. Casi era ya un dato seguro como
para decir que éramos boleta. Para colmo, al Valija, el día anterior le había
caído una tía del campo y él se acordaba que, en un partido que perdimos
con San Lorenzo, esa misma tía le había venido el día antes. Era un
presagio funesto el de la tía.
Fue cuando decidimos lo del secuestro. Nos fuimos al boliche y esa noche
lo charlamos muy seriamente. El Dani decía que no, que era una
barbaridad, que el viejo se nos iba a morir en el viaje, o en la cancha, y
después se iba a armar un quilombo que íbamos a terminar todos en cana
y que, además, eso sería casi un asesinato. Pero al Dani mucha bola no le
dimos porque ha sido siempre un exagerado y más que un exagerado,
medio cagón el Dani. Pero nosotros estábamos bien decididos y más que
nada por una cosa que dijo el Valija: el viejo estaba diez puntos. Había
tenido un infarto, es cierto. Pero hay miles de tipos que han tenido un
infarto y vos los ves caminando tranquilamente por la yeca y sin hacer
tanto quilombo como este viejo pelotudo, con eso de meterse adentro de
un ropero, o no ir a la cancha, o dejar que te rigoree la familia como la
esposa y la otra, la hermana del Cabezón. Por otra parte, y vos lo sabés,
los médicos son unos turros pero unos turros que se ve que lo querían
hacer durar al viejo mil años para sacarle guita, hacerle experimentos y
chuparle la sangre. Y además, como decía el Miguelito y eso era cierto,
vos lo veías al viejo y estaba fenómeno. Con casi sesenta afios no te digo
que parecía un pendejo pero andaba lo más bien. Caminaba, hablaba, se
sentaba, qué sé yo, se movía. ¡Chupaba! Porque a nosotros nos convidó
con Cinzano y el viejo se mandó su medidita, no te digo un vasazo pero
su medidita se mandó. La cosa es que el Miguelito elaboró una teoría que
te digo, aún hoy, no me parece descabellada. ¡El viejo era un curro,
hermano! Un turrazo que especulaba con el fato del bobo para pasarla
bien y no laburarla nunca más en la vida de Dios. Con el sover del bobo
no ponía el lomo, lo atendían a cuerpo de rey y —la tenía a la vieja y a la
hermana del Cabezón pendientes de él —viviendo como un bacan, el
viejo. Y... ¿de qué se privaba? De algún faso; que no sé si no fasearía
escondido; y de no ir a—la cancha. Fijate vos, eso era todo. Y vivía como
Carolina de Mónaco el otario. Bueno, con ese argumento y lo que dijo el
Colorado se resolvió todo.
El Colorado nos habló de los grandes ideales, de nuestra misión frente a la
sociedad, de nuestro deber frente a las generaciones posteriores, los
pendejos. Nos dijo que si ese partido se perdía, miles y miles de pendejos
iban a sufrir las consecuencias. Que, para nosotros y eso era verdad, iba a
ser muy duro, pero que nosotros ya estábamos jugados, que habíamos
tenido lo nuestro y que, de últimas, teníamos experiencias en malos ratos
y fulerías. Pero los pibes, los pendejitos de Central, ésos, iban a tener de
por vida una marca en sus vidas que los iba a marcar para siempre, como
un fierro caliente. Que las cargadas que iban a recibir esos pibes, esas
criaturas, en la escuela, los iban a destrozar, les iban a pudrir el bocho
para siempre, iban a ser una o dos generaciones de tipos hechos bolsa,
disminuidos ante los leprosos, temerosos de salir a la calle o mostrarse en
público. Y eso es verdad, hermano, porque yo me acuerdo lo que eran las
cargadas en la escuela primaria, sobre todo.
Yo me acuerdo cuándo perdimos cinco a tres con la lepra en el Parque
después de ir ganando dos a cero, cuando se vendió el Colorado Bertoldi,
que todavía se estará gastando la guita, y te juro que yo por una semana
no me pude levantar de la cama porque no me atrevía a ir a la escuela
para no bancarme la cargada de los lepra. Los pibes son muy hijos de
puta para la cargada, son muy crueles. ¿No viste cómo descuartizan
bichos, que agarran una langosta y le sacan todas las patas? Son unos
hijos de puta los pibes en ese sentido. Y lo que decía el Colorado era
verdad. Ahora todo el mundo habla de la deuda externa, y bueno,
hermano, eso era algo así como lo de la deuda externa, que por la cagada
de cuatro reverendos hijos de puta que empeñaron el país, la tenemos
que pagar todos y los hijos y los hijos de nuestros hijos. Y si estaba en
nosotros hacer algo para que eso no pasara, había que hacerlo, mi
querido. Además, como decía el Colorado, ya no era el problema de la
cargada de los pendejos futbolistas, está también el fato del exitismo. Los
pibes ven que gana un equipo y se hacen hinchas de ese equipo, son así,
casquivanos. Son hinchas del campeón. Entonces, ponele que hubiese
ganado Ñubel y... ¡a la mierda! ... de ahí en más todos los pibes se hacían
de Ñubel, ponele la firma. Y no te vale de nada llevarlos a la cancha,
conversarlos, hablarles del Gitano Juárez o el Flaco Menotti, ni comprarles
la camiseta de Central apenas nacen. No te vale de nada. Los pendejos
ven que sale River campeón y son de River. Son así. Y en ese momento
no era como ahora que, mal que mal, vos los llevás al Gigante y los pibes
se caen de culo. Entonces, cuando van al chiquero del Parque, por mejor
equipo que pueda tener Ñul, los pibes piensan “Yo no puedo ser hincha de
esta villa miseria” y se hacen de Central. Porque todo entra por los ojos y
vos ves que ahora los pibes por ahí ni siquiera han visto jugar a Central o
a Ñul y ya se hacen hinchas de Central por el estadio. Es otra época, los
pendejos son más materialistas, yo no sé si es la televisión o qué, pero la
cosa es que se van de boca con los edificios.
Entonces la cosa estaba clara, había que secuestrar al viejo Casale, o sino
aguantarse que quince, veinte años depués, hoy por ejemplo, la ciudad
estuviese llena de lepra sos nacidos después de ese partido, y esto hoy
¿sabés lo que sería? Beirut sería un poroto al lado de esto, hermano te
juro.
El que organizó la “Operación Eichmann”, como lo llamamos, fue el
Colorado. La llamamos así por ese general aleman, el torturador, que se
chorearon de acá una vez los judíos ¿viste? y lo nuestro era más o menos
lo mismo. El Colorado es un tipo muy cerebral, que le carbura muy bien el
bocho y él organizó todo. El Colorado ya no estaba par ese entonces en la
O.C.A.L.. La O.C.A.L., no sé si sabés es una organización de acá, de
Rosario, que se llama así porque son iniciales, O.C.A.L “Organización
Canalla Anti Lepra”. Son un grupo de ñatos como el Ku-Klux-Klan, más o
menos, que se reúnen en reuniones secretas y no sé si no van con
capucha y todo a las reuniones, o si queman algún leproso vivo en cada
reunión. Mirá yo no sé si es requisito indispensable ser hincha de Central,
pero seguro seguro, lo que tenés que hacer es odiar a los lepra. Tenés
que odiar más a los lepra que lo que querés a Central.
Hacen reuniones, escriben el libro de actas, piensar maldades contra los
lepra, festejan fechas patrias de partidos que les hemos ganado, tienen
himnos, son como esos tipos los masones esos, que nadie sabe quiénes
son. Andan con antorchas. Bueno, de la O.C.A.L., de la O.C.A.L. al
Colorado lo echaron por fanático, con eso te digo todo pero es un bocho
el Colorado y él fue el que organizó todo el operativo.
Y te la cuento porque es linda, te la cuento porque es linda, no sé si un
día de estos no aparece en el “Selecciones” y todo. Averiguamos qué
ómnibus iba para Villa Diego, adonde tenía la quinta el hermano del viejo
Casale. Desde donde vivía el viejo, ahí por San Juan al mil cuatro cientos,
lo único que lo dejaba en ese entonces, si mal no recuerdo, era el 305 que
pasaba por la calle San Luis. O sea que el viejo tenía que tomarlo en San
Luis-Paraguay o San Luis-Corrientes, no más allá de eso a menos que
fuera muy pelotudo y lo fuera a tomar a Bulevar Oroño que no sé para
qué mierda iba a hacer eso. Ahora, la. duda era si el viejo se iba a ir en
ómnibus o en auto, porque si se iba en auto nos recagaba, pero nos
jugábamos a que se iba a ir en ómnibus porque auto no tenía y seguro
que el hermano tampoco tenía porque debía ser un muerto de hambre
como él, seguramente. Y te digo que la cosa venía perfecta, porque el
viejo nos había dicho que iba a salir bien temprano para no infartarse con
las bocinas o sea que nosotros podíamos combinarlo con el horario de
salida nuestra para el partido. Porque también nos cagaba si salía a la una
de la tarde para Villa Diego porque después ¿cómo llegábamos nosotros a
Buenos Aires para la hora del partido con el quilombo que era la ruta y en
un ómnibus de línea? Lo más probable es que nos hiciéramos pelota en el
camino por ir a los pedos. Y por otra parte, hermano, Villa Diego queda
saliendo para Buenos Aires o sea que la cosa estaba clavada, era posta
posta.
Después hubo que hablar con los otros muchachos, porqu e convencer al
Rulo no nos costó nada, a él le daba lo mismo y, además, le contamos los
entretelones del asunto. Te digo que el Colora manejó la cosa como un
capo, un maestro. El asunto era así, el Rulo es un fana amigo de Central
que tiene un par de ómnibus, está muy bien el Rulo. Y en esa época tenía
un par de coches en la línea 305. Fue un ojete así de grande, porque si no
teníamos que conseguir otro coche, cambiarle el color, pintarlo, qué sé yo,
ponerle el número, un laburo bárbaro. Pero el Rulo tenía dos 305 y con
uno de ésos ya tenía pensado pirarse para el Monumental el día del
partido y más bien que se llevaba como mil monos que también iban para
allá. Lo sacaba de servicio y que se fueran todos a la reputísima madre
que los parió, no iba a perderse el partido ese.
Entonces, el Rulo, con los monos arriba Y nosotros, tenía que estar con el
ómnibus preparado, el motor en marcha, por España, estacionado. Y el
Miguelito se ponía de guardia, tomando un café, justo en un boliche de
ahí cerca desde donde veían la puerta de la casa del viejo Casale. Creo que
a las cinco, nomás, de la matina, ya estaba el Miguelito apostado en el
boliche haciéndose el boludo y junando para la casa del viejo. Te juro que
ni los tupamaros hubieran hecho un operativo como ése, hermano. Fue
una maravilla.
Apenas vio que salía el viejo con una canastita donde seguro se llevaba
algún matambre casero, algo de eso, el pobre viejo, el Miguelito cazó una
Vespa que tenía en ese entonces, dio la vuelta a la manzana y nos avisó.
Cargó la moto en el ómnibus, en la parte de atrás, detrás de los últimos
asientos y nos pusimos en marcha.
Ya les habíamos dicho a tres o cuatro pendejos, de esos quilomberos de la
barra, que se hicieran bien los sotas, que no dijeran ni media palabra y se
hicieran los que apoliyaban. Nosotros también, para que no nos
reconociera el viejo, estábamos en los asientos traseros, haciéndonos los
dormido, incluso con la cara tapada con algún pulover, como si nos
jodiera la luz, o con algún piloto.
Te digo que el día había amanecido frío y lluvioso, como la otra fecha
patria, el 25 de Mayo. Además, el quilombo había sido guardar y esconder
todas las banderas, las cornetas, las bolsas con papelitos, los termos, todo
eso. Uno de los muchachos llevaba una bandera de la gran puta que
medía 52 metros ¡52 metros, loco! Media cuadra de bandera que decía
“Empalme Graneros presente” y tuvimos que meterla debajo de un asiento
para que el. viejardo no la vichara.
La cosa es que el viejo subió medio dormido y se sentó en uno de los
asientos de adelante que ya habíamos dejado libre a propósito para que
no viera mucho del ómnibus. Rulo le cobró boleto y todo. Y nadie se
hablaba como si no nos conociéramos. Y como el ómnibus iba haciendo el
recorrido normal, el viejo iba lo más piola, mirando por la ventanilla. La
cuestión es que llegamos a Villa Diego y el viejo tranquilo. Cada tanto,
cuando nos pasaba algún auto con banderas en el techo, tocando bocina,
el viejo miraba a los que tenía cerca y movía la cabeza como diciendo
“¡Mirá vos!”.
Se ve que tenía unas ganas de hablar pero nadie quería darle mucha bola
para no pisarse en una de ésas. Así que nos hacíamos todos los dormidos.
Parecía que habían tirado un gas adentro de ese ómnibus hermano. Como
cuando se muere algún ñato ¿viste? que se queda a apoliyar en el auto
con el motor prendido y lo hace cagar el monóxido de carbono, creo.
Bueno, así parecía que a nosotros nos había agarrado el monóxido de
carbono. Pero, cuando llegamos a Villa Diego, por ahí el viejo se levanta y
le dice al Rulo “En la esquina, jefe.”. Y yo no sé qué le dijo el Rulo, algo
de que ahí no se podía parar, que estaba cerrado el tráfico, que había que
seguir un poco más adelante y el viejo se la comió, pero se quedó
paradito al lado de la puerta. Al rato, por supuesto, de nuevo el viejo, “En
la esquina”. Ahí ya el Rulo nos miró, porque se le habían acabado los
versos. Y ahí, hermano... ¡vos no sabés lo que fue eso! Fue como si nos
hubiésemos puesto todos de acuerdo y te juro que ni siquiera lo habíamos
hablado. Empezaron los muchachos a desplegar las banderas, a sacar las
cornetas y las banderas por la ventana, y a los gritos, hermano, “¡Soy
canalla, soy canalla!” por las ventanas.
Pero no para el lado del viejo, el pobre viejo, que la cara que puso no te
la puedo describir con palabras, sino para afuera, porque los grones, con
lo quilomberos que son, se habían ido aguantando hasta ahí sin gritar ni
armar quilombo para no deschavarse con el viejo, pero cuando llegó el
momento agarraron las banderas, empezaron a sacar los brazos y golpear
las chapas del costado del ómnibus y también el Rulo empezó a seguir el
ritmo con la bocina.
¿Viste esas películas de cowboy, cuando los choros van a asaltar una
carreta donde parece que no hay nadie, o que la maneja nada más que un
par de jovatos y de golpe se abren los costados y aparecen 17.000
soldados que los cagan a tiros? ¿Que levantan la lona y estaban todos
adentro haciéndose los sotas? Bueno, ese ómnibus debió ser algo así. De
golpe se transfonnó en un quilombo, un escándalo, una de gritos, de
bocinazos, cornetas, una joda. ¡Y la gente al lado de la ruta! Porque desde
la madrugada ya había gente a los costados de la ruta esperando que
pasaran las caravanas de hinchas. Era para llorar, eso, conmovedor, te
saludaban, gritaban, levantaban los puños, por ahí algún lepra, a las
perdidas, te tiraba un cascotazo... Pero vuelvo al viejo, el viejo, no sabés
la caripela que puso. Porque nosotros lo estábamos mirando porque
decíamos: éste es el momento crucial. Ahí el viejo o cagaba la fruta, el
corazón se le hacía bosta, o salía adelante. El viejo miraba para atrás, a
todos los monos que saltaban y cantaban y no lo podía creer. Se volvió a
sentar y creo que hasta San Nicolás no volvió a articular palabra. Te digo
que el Rábano, el hijo de la Nancy ya se había ofrecido a hacerle
respiración boca a boca llegado el caso, que era algo a lo que todos, mal
que mal, le habíamos esquivado el bulto porque, qué sé yo, te da un poco
de asco, además con un viejo.
Pero mirá, te la hago corta. Mirá, cuando el viejo ya vio que no había
arreglo, que no había posibilidad de que lo dejáramos bajar del ómnibus,
se entregó, pero se entregó entregó. Porque, al principio, nosotros nos
acercamos y nos reputeó, nos dijo que éramos unos irresponsables, unos
asesinos, que no teníamos conciencia, que era una,verguenza, qué sé yo
todo lo que nos dijo. Pero después, cuando nosotros le dijimos que él
estaba perfecto, que estaba hecho un toro, que si se había bancado la
sorpresa del ómnibus quería decir que ese cuore se podía bancar cualquier
cosa, empezó a tranquilizarse. El Colorado llegó a decirle que todo era una
maniobra nuestra para demostrarle que él estaba perfectamente sano y
que incluso el médico estaba implicado en la cosa.
Mirá hermano, y creéme porque es la pura verdad ¿qué intención puedo
tener en mentirte, hoy por hoy? mucho antes ya de entrar en Buenos
Aires ese viejo era el más feliz de los mortales, te lo digo yo y te lo juro
por la salud de mis lujos. El viejo cantaba, puteaba, chupaba mate, comía
facturas, gritaba por la ventana y a la cancha se bajó envuelto en una
bandera. No había, en la hinchada, un tipo más feliz que él. Vino con
nosotros a la popu y se bancó toda la espera del partido, que fue más
larga que la puta que lo parió y después se bancó el partido. Estaba verde,
eso si, y había momentos en que parecía que vos lo pinchabas con un
alfiler y reventaba como un sapo, porque yo lo relojeaba a cada momento.
Y después del gol del Aldo, yo lo busqué, lo busqué porque fue tal el
quilombo y el desparramo cuando el Aldo la mandó adentro que yo ni sé
por dónde fuimos a caer entre las avalanchas y los abrazos y los desmayos
y esas cosas. Pero después miré para el lado del viejo y lo vi abrazado a
un grandote en musculoso casi trepado arriba del grandote, llorando. Y
ahí me dije: si éste no se murió aquí, no se muere más. Es inmortal. Y
después ni me acordé más del viejo, que lo que alambramos, lo que
cortamos clavos, los fierros que cortamos con el upite, hermano, ni te la
cuento. Eso no se puede relatar, hermano, porque rezábamos, nos
dábamos vueltas, había gente que se sentaba entre todo ese quilombo
porque no quería ni mirar. Porque nos cagaron a pelotazos, ya el segundo
tiempo era una cosa que la tenían siempre ellos y ¿sabés qué era lo fulero,
lo terrible? ¡Qué si nos empataban nos ganaban, hermano, porque ésa es
la justa! ¡Nos ganaban esos hijos de puta! ¡Nos empataban, íbamos a un
suplementario y ahí nos iban a hacer refocilar el orto porque estaban más
enteros y se venían como un malón los guachos! ¡Qué manera de
alambrar! Decí que ese día, Dios querido, yo no sé que tenía el flaco
Menuttl que sacó cualquier cosa, sacó todo, vos no quieras creer lo que
sacó ese día ese flaco enclenque que parecía que se rompía a pedazos en
cada centro. Le sacó un cabezazo de pique al suelo a Silva que lo vimos
todos adentro, hermano, que era para ir todos en procesión y besarle el
culo al flaco ése ¡qué pelota le sacó a Silva! Ahí nos infartamos todos,
faltaban cinco minutos y si nos empataban, te repito, éramos boleta en el
suplementario. Me acuerdo que miro para atrás y lo veo al viejo, blanco,
pálido, con los ojos desencajados, pobrecito, pero vivo. Y ahora yo te
digo, te digo y me gustaría que me contesten todos esos que ahora dicen
que fue una hijaputez lo que hicimos con el viejo Casale ese día. Me
gustaría que alguno de esos turritos me contestara si alguno de ellos lo
vio como lo vi yo al viejo Casale cuando el referí dio por terminado el
partido, hermano. Que alguno me diga si, de puta casualidad, lo vio al
viejo Casale como lo vi yo cuando el referí dio por terminado el partido y
la cancha era un infierno que no se puede describir en palabras. Te digo
que me, gustaría que alguien me diga si alguien lo vio como lo vi yo. ¡La
cara de felicidad de ese viejo, hermano, la locura de alegría en la cara de
ese viejo! ¡Que alguien me diga si lo vio llorar abrazado a todos como lo vi
llorar yo a ese viejo, que te puedo asegurar que ese día fue para ese viejo
el día más feliz de su vida, pero lejos lejos el día más feliz de su vida,
porque te juro que la alegría que tenía ese viejo era algo impresionante! Y
cuando lo vi caerse al suelo como fulminado por un rayo, porque quedó
seco el pobre viejo, un poco que todos pensamos; “¡qué importa!” ¡Qué
más quería que morir así ese hombre! ¡Esa es la manera de morir para un
canalla! ¿Iba a seguir viviendo? ¿Para qué? ¿Para vivir dos o tres años
rasposos más, así como estaba viviendo, adentro de un ropero, basureado
por la esposa y toda la familia? ¡Más vale morirse así, hermano! Se murió
saltando, feliz, abrazado a los muchachos, al aire libre, con la alegría de
haberle roto el orto a la lepra por el resto de los siglos! ¡Así se tenía que
morir, que hasta lo envidio, hermano, te juro, lo envidio! ¡Porque si uno
pudiera elegir la manera de morir, yo elijo ésa, hermano! Yo elijo ésa.



Viejo 09.09.07, 11:09
sos groso! si conseguis mas x favor subilos,

gracias!
Viejo 09.09.07, 22:51
Alejandro Apo = Idolo total..

Pasarme las horas actualizando el sitio, los sábados despues del partido.. escuchandolo a el... creo que algo más lindo en este mundo no puede exisir!


Muy bueno!
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